El Comando Abuelita

Llevo varios días tratando de convencer a mi madre.

Mi madre, al parecer, tiene un arsenal de medicamentos en un armario del cuarto de baño. Varias cajas de paracetamol, dolagial, ibuprofeno, nolotil y alguna otra cosa.

Lo descubrí el otro día. No me había percatado de ello hasta que escuché a los honorables ministros de nuestro Gobierno comentando que la cosa está muy mala, que es insostenible este sistema y que las peligrosas abuelas -siento confesar que mi madre es una de ellas- que guardan, perdón, que almacenan, varias cajas de medicamentos por los cuales, hasta ahora, no han tenido que pagar nada “a tocateja” en las farmacias son responsables directas, perdón, culpables, de esta crisis que tiene a los servicios de Cáritas “acolapsados”, que diría el otro.

Escuché a los ministros con su sabiduría y su buena voluntad inquebrantable y lo comprendí. Vi la luz. No puede ser. No puede ser que señoras como mi madre -integrantes del Comando Abuelita- cobren ese impuesto revolucionario a los contribuyentes. Es más, sin saberlo, quizás, el Comando Abuelita sisa en aspirinas hasta a ellas mismas, que también son contribuyentes de esta España grande y libre con su retención más o menos proporcional a su soldada de menos de 500 euros al mes tras una vida trabajando desde los 13 o 14 años, que se ve que mi señora madre fue una privilegiada y no entró a servir a los señores hasta esa edad, y hasta pudo aprender, mal que bien, a escribir y leer en una escuela en la que los niños estaban separados de las niñas, como dios manda, que, ya se sabe, a las niñas las carga el diablo.

Me senté muy serio con mi madre y le transmití, en un ejercicio de lealtad institucional y patriotismo, la necesidad de que entregue las medicinas. Sin condiciones. Como gesto de buena voluntad hacia los mercados.

El arsenal estaba compuesto por dos cajas de ibuprofeno, otro par de paracetamol, media de dolagial y otra media de nolotil y amoxixilina, o como se escriba.

Espero que nuestro fiel Gobierno sepa comprender la ausencia de mala fe por parte de mi madre, que nunca imaginó que tener un par de cajas de paracetamol en casa fuera delito y que, mayormente, las guardaba para tener que ir al ambulatorio las menos veces posible a por una receta, que la mujer ya tiene una edad, la columna vertebral con más curvas que el cuerpo de Shakira y las piernas pa’ el arrastre.

Mi madre nunca imaginó que formaba parte del Comando Abuelita y que estaba arruinando al mundo global. Le expliqué lo de Lehman Brothers y sintió la culpabilidad de los más de cinco millones de parados de este país y del quebranto de Europa, pese a que sin su ayuda, yo mismo, estaría durmiendo debajo de un puente al tratar de vivir por encima de mis posibilidades, comprarme un piso en el extrarradio del extrarradio, con una peñita como único servicio público en la zona, sin jardines ni piscina ni zona común pero con un fantástico huerto vecino, junto a la SE-30, grandes vistas, donde cantan gallos, y firmar un préstamo contando con unos ingresos mensuales que me serían rebajados por el bien común alrededor de un 30% y acabar con una hipoteca con la vocación ascendente del miembro de Nacho Vidal. Le expliqué, además, que mi padre, un afortunado porque en lugar de empezar a trabajar con 13 o 14 años empezó a currar con 9 o 10 y tiene la suerte de tener más años cotizados y contar con una pensión de alrededor de 700 euros al mes, podía quedarse al margen de este turbio asunto porque las recetas, aunque fueran para la unidad familiar en ocasiones, solían estar a su nombre. Mi padre siempre tuvo un aire de estadista, y probablemente por eso, el resfriado lo combatía con un carajillo con el café de la mañana. La vieja escuela.

Aparte de entregar las medicinas, por supuesto -nada de tregua temporal de medicamentos y cosas así, entrega sin condiciones por el bien de España-, era necesario pedir perdón. Públicamente. Me ofrecí a asesorarle como experto en comunicación. Acredité para ello, la cantidad de horas que trabajo por el bien de mi empresa y de España y lo modesto de mi salario. Es decir, una de las principales líderes del Comando Abuelita de esta nación estaba, aunque ella no lo supiera porque a mí no me lee ni mi madre, ante un profesional altamente cualificado. De los que necesita este país, con dos carreras, idiomas, varios cursos de efepé, diez años de experiencia en el sector, amén de otros trabajos previos -los minijobs tienen muchos años, oiga- para subsistir durante los estudios y, muy importante, mucha vocación. Convencí a la madre que me parió de que personas como yo, hipotecadas hasta las cejas y tirando de crédito el día 10 de cada mes para poder seguir comiendo, es lo que necesita este país. Le expliqué lo de la competitividad de los chinos y su digno ejemplo para los empresarios de este país. Mi madre comprendió que yo era la persona indicada para su vuelta a la normalidad tras años, sin saberlo, en la clandestinidad del Comando Abuelita.

La primera idea que tuve, recordando el digno ejemplo de ese otro abuelito pero en este caso ejemplar que es don Juan Carlos de Borbón, fue mandarla de cacería, a matar elefantes a África o donde sea, romperse la cadera con un amigo alemán de buen ver y, varios días después, pedir perdón. El hecho de no tener dinero para el viaje a África, que mi madre no sepa cazar y que le den miedo hasta los cachorritos de Golden, que a mi padre no le iba a hacer gracia que se marchara con ningún amigo alemán de buen ver y que se rompiera la cadera -para como la tiene, viene a ser lo mismo-, no frenó mi propósito. Sin duda, la idea era genial. Si al monarca español le funcionó, a mi madre también le funcionaría. Desistí de mi objetivo al comprender que no es lo mismo una abuelita cualquiera que un Borbón. Don Juan Carlos salió de la sala del hospital y con once palabras cambió el rumbo de la historia. Ni Marlon Brando lo habría hecho mejor. “Lo siento mucho. Me he equivocao’. No volverá a ocurrir”. El mejor discurso de su carrera. No es fácil decir eso poniendo pucheritos. Los españoles -los de buena fe, los de verdad- con el corazón encogío’. No, no es fácil. Se da la circunstancia de que mi madre, más que a Marlon Brando como referente interpretativo -“Qué bien trabaja”, hubiera dicho- siempre ha tenido como ejemplo a Carmen Sevilla. O sea, que lo de poner pucheros y pedir perdón no iba a colar. Otra cosa hubiera sido dar el cupón. Ahí lo habría clavao’.

La idea por la que me decanté fue, dado que estamos ante una célula terrorista de abuelitas que amenaza el bien de España, la de la declaración formal de rendición. Mesa, bandera en la pared con el emblema del Comando Abuelita y declaración de perdón propiamente dicha. Por supuesto, mi madre debía presidir la mesa, con una media en la cabeza, para no ser reconocida, que las abuelitas, tras entregar las medicinas, tienen derecho a una nueva vida de copago sanitario. Mi madre sugirió un capirote de nazareno en lugar de un pasamontañas o una media.

La cosa quedó tal que así: “Atención. Somos integrantes del Comando Abuelita. Vamos a entregar el arsenal de medicamentos. Somos nuevos en esto del terrorismo. Queremos dejarlo. Entregaremos hasta los prospectos. Viva España, coño. Viva el Rey”.

Finalmente, tras enterarme de que el Gobierno va a donar los mismos 10.000 millones de recorte en Sanidad y Educación -los costes del Comando Abuelita y la kale borroka escolar- a una entidad bancaria y de la dimisión de Rodrigo Rato, su mujer la rata y sus hijos los ratones -homenaje a Gomaespuma-, le sugerí a mi madre que acabara el alegato de entrega de medicinas añadiendo al “Viva España, coño. Viva el Rey” un solemne “Viva Bankia, y olé”. Sin duda, a partir de ahora, los mercados estarán más tranquilos y mi madre, así como todas las abuelitas de España, dormirá más pobre aún, con sus menos de 500 euros de pensión, pero más tranquila. Todo sea por la patria. “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Como complemento al perdón institucional, mi madre y el resto de integrantes del Comando Abuelita procurarán morirse lo antes posible para ocasionar el menor gasto añadido al Estado. Estamos, sin duda, ante un pequeño paso para una abuelita pero un gran paso para la humanidad. El fin de la crisis ya está más cerca.

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