“El abrazo de Paco Gandía y Silvio”

«Conspiración en El Tremendo». «Asesinato en la Macarena». Un thriller (en tres partes: “El asesino de la regañá”, “El crimen del palodú”, “El prisionero de Sevilla Este” y un extra: “El misterio del perro, la mermelada y el cantante”) con aroma a adobo de Blanco Cerrillo. Juego de luces y sombras en el Garlochí, con saeta de fondo. Dice la ciencia que los elefantes pueden reconocerse ante el espejo. Se estudia si el sevillano sabe reconocerse fuera del reflejo de las fiestas de la primavera. Guste o no. Y si no gusta, «Matalascañas está a una hora». Ombliguismo. Nepotismo. «Un color especial». Narciso ante su imagen en el Guadalquivir. El tiempo detenido. Algo que no se puede explicar. El «miarmismo», corriente filosófica. «Muerte o montaditos», así empezó todo. Los Cantores de Híspalis son los Beatles de la ciudad. «La Junta de Gobierno de la Macarena manda más que el Club Bilderberg». «Sevilla es el abrazo de Silvio y Paco Gandía».

Julio Muñoz Gijón (Bami, Distrito Sur, 1981) pudiera pasar por moderno rancio pero no por rancio modernito, ni siquiera cuando era delegado en la Facultad ni cuando Antonio Burgos le citó sin saberlo –éxtasis del «enterismo»– a cuenta de una carta a su hermano Diego en la que explicaba por qué uno es del Betis. Hace tres ediciones de «El asesino de la regañá» se quitó el antifaz y puso rostro al «Roberto Saviano de la calle Feria». Rancio Sevillano, el autor del libro «que Sevilla no quiere que leas». Y, por más que le canse, el periodista al que se le cayó en lo alto el campanario de Lorca en pleno terremoto. Un Tintín con el alma grávida de Haddock, catalizador de aventuras, a ser posible sin cruzar allende Sevilla Este –«o Córdoba Oeste»– o –«¿a cinco minutos?»– el Aljarafe.

Sevilla, potencia mundial en la dualidad pasional –cainismo, le llaman por ahí–, en el arte de la bulla en la Campana y el milagro de multiplicar el espacio en la caseta. «Universo bipolar», donde «hay quien parece en posesión de monedas de sevillanía». «Yo sé cuántas veces hay que llamar a La Mortaja para que te abran» y «salgo a correr todas las mañanas», defiende con el humor por bandera. Un tratado de una ciudad muy religiosa pero poco espiritual. En materia de nihilismo y guasa, el sevillano carece de rival. «La semiótica del bar de Pepe, el Muerto –que aparecerá en la segunda parte– y su liturgia del taburete». Hasta «las señoras de Móstoles» se están riendo. «El asesino de la regañá», una red de incertidumbres, y guasa, desde el Callejón del Gato. «La vida no es una caja de bombones, la vida es una pavía».

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