“La catedral del siglo XXI”

«Fagamos una iglesia tal e tan grande que los que la vieren nos tomen por locos». Sevilla, 1401.

El 27 de marzo de 2011, con cuatro años de retraso y un 70% de sobrecoste, «la ciudad de Sevilla inauguró este espacio siendo su alcalde don Alfredo Sánchez Monteseirín», según reza una placa, con la forma del contorno que dibuja la estructura de «las setas» desde el cielo, en el Metropol Parasol. Según el regidor, con esta obra, «inauguramos la Sevilla del siglo XXI».

La placa, la última descubierta por Monteseirín como alcalde, se ubica en la Plaza Mayor de un complejo, paradójicamente, privado durante, al menos, 40 años; el tiempo de concesión a la constructora Sacyr. En el acto y en su concurrida y particular foto de las Azores –salvando distancias–, en el epitafio de Monteseirín tras tres mandatos, ausentes sus socios de Gobierno de IU, la oposición formada por el PP y hasta las altas esferas del PSOE. Si en la puesta de largo del Cercanías se presentó el ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, para arropar al candidato Juan Espadas, Monteseirín se vio solo en su último acto. Ni presidentes, ministros ni consejeros. Apenas el subdelegado del Gobierno, Faustino Valdés, y socialistas próximos como Evangelina Naranjo o Carmen Hermosín, en su condición de amigos. Tampoco estuvieron los ex delegados de Urbanismo Emilio Carrillo y Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, impulsores, junto a Monteseirín y el presidente de la Agrupación de Interés Económico, Manuel Marchena –que estuvo, faltaba más–, de lo que denominan «la catedral del siglo XXI».

Más de 123 millones de coste en un proyecto que ha consumido fondos con voracidad de oca y continuos retrasos y cinco fechas de culminación incumplidas, probablemente, tienen la culpa de tanta ausencia. El amargo don de la promesa y la lacerante soledad en la muchedumbre, se llaman las películas. Pese a todo, Monteseirín –«dos medias verdades no hacen una verdad», dijo Multatuli (etimológicamente «he sufrido mucho»)– defendió que con el Metropol «se respetan los restos arqueológicos, el mercado –‘olvidado tras 30 años de indolencia’, dijo, doce de ellos con él en el cargo, por cierto–y se recupera un espacio público, con la financiación del sector privado». Sí, «con la financiación del sector privado», insistió. Tal cual. Con el desahogo de quien no gasta ni chistes. Como si la extinción del 40% de los fondos de la ciudad para su desarrollo urbanístico en una década, como si 65 millones en subvenciones a fondo perdido, no repercutieran en los futuros proyectos ni hubieran salido del bolsillo del contribuyente.

Monteseirín también defendió que las «setas» en «sólo un año cubrirán la inversión acometida» –123 millones, que se sepa, nos contemplan–, repercutiendo en el turismo, los hoteles, la hostelería y la imagen y proyección de la ciudad. «El proyecto se comenzó en una época de bonanza económica. Ahora estamos en crisis y es cuando más se necesita para crear empleo», aseveró, ofreciendo una receta –él, que es médico– para la recuperación económica con aires a la prescripción de los galenos del siglo XIX, que usaban la sangría y las sanguijuelas para sanar, cuando muchos –se decía– «morían de médico».

El alcalde defendió que la «arriesgada obra» no es «un capricho» suyo. A los que le preguntan «por qué», se limitó a responder «y por qué no» y recurrió al discurso de que «el pasado y el inmovilismo no traen bienestar», citando a Felipe Benjumea tras recibir el Premio Sevilla Nodo Entre Culturas. «Hubo un concurso, con un prestigioso jurado, y ganó la increíble idea de Jürgen Mayer –‘un macareno nacido en Berlín’–», defendió; obviando que el Parasol nació sin proyecto ejecutivo y que durante casi tres años la corporación ocultó que no sabía cómo abordarlo, algo que sólo logró saltándose las indicaciones del Consejo Consultivo y reduciendo su escala.

El alcalde agradeció «a los que han creído» y «a los que han mantenido una distancia» hasta ver los resultados. Sobre lo que llamó «sevillanía rancia» no dudó de que «hará este espacio suyo, como las peatonalizaciones, el carril bici o la Plaza de España» y pidió que «no tengan miedo a cambiar de opinión». «Será uno de los lugares más sevillanos de Sevilla, símbolo secular de la Sevilla eterna», que abre otra era. Algo así dijeron un día del Titanic. También pidió «disculpas» por «las obras y los retrasos».

Monteseirín dijo adiós con una obra colosal, «la catedral del siglo XXI», en un día como de boda pero con iluminación de entierro. Decía Bergamín que «sólo el toro puede juzgar al torero». El tiempo juzga a los dirigentes y dirá si el alcalde más longevo de Sevilla, como el obispo Waleran de «Los pilares de la tierra», subió a las alturas sólo para caer o de verdad inauguró una nueva era.

«A la sombra» que proyecta la Encarnación

El Metropol, que algo tiene de panal, se inauguró el mismo día que en 1987 Cela recibió el Príncipe de Asturias por obras como «La colmena». El del 27 de marzo de 2011 no fue el del discurso del 13 de mayo de 1940 en el estreno de Churchill en Gran Bretaña; ni el del 19 de noviembre de 1862 de Lincoln en Gettysburg; ni el de febrero del año 4 a. C. de César tras cruzar el Rubicón; pero algo tuvo del de Marco Aurelio ante el cadáver de Julio César -este alcalde ya huele a muerto (político) o, quizás, era el olor a pescado en el Antiquarium, procedente del mercado- y del de Napoleón a la sombra de las pirámides, de las «setas» de la Encarnación en este caso. Tantas críticas como visitantes recibió el Metropol en su apertura, con pintura aún fresca. Así es Sevilla. También un 27 de marzo «Forrest Gump» se alzó con seis Oscar. Un tonto o un ejemplo. Según. Monteseirín se despidió en la obra que tantas dificultades le ocasionó. Su legado. «El mayor riesgo es no asumir ninguno», dijo, solemne, citando a Juan Ramón: «Tira la piedra de hoy, olvida y duerme. Si es luz, mañana la encontrarás, ante la aurora, hecha sol».

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