Mafalda está en “las setas”

Aunque le llamen «spanish revolution», no hay que ser un genio –basta con no ser político– para comprender que la vocación de este movimiento es la de la bacteria, esos organismos capaces de romper la parte más dura del organismo. Con la pretensión de que el graffiti escrito en una pared de San Francisco –«Si el voto cambiara algo, sería ilegal»– se convierta en anatema. El «conseller de Interior» catalán, Felip Puig, se ha convertido en el máximo impulsor del movimiento 15-M, también en Sevilla, ahora que languidecía y las «setas» devenían en Casas Viejas al aire libre, previo paso por el Decathlon, que ha hecho el agosto con las tiendas Quechua, y en clases de capoeira y otras actividades gratificantes para el espíritu humano.

«La Subdelegación dice que somos 215; la Policía , 43; la Junta, que ha llovido y no estamos. La realidad es que somos mucha gente», decían a través del megáfono, con guasa, los organizadores. La realidad, según los agentes que custodiaban la marcha, es que «entre 5.000 y 10.000 personas» partieron de la Plaza de España, al lado del mercado medieval del Prado, rememorando tiempos donde los lacayos trabajaban para los señores con la intranquilidad del mañana. «Como la reforma laboral», acertó a comentar un manifestante. Ahora. Tiempos en los que las ofertas de trabajo derivan del anuncio de Shackleton en la prensa reclamando voluntarios para la Antártida: «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». «No somos antisistema, el sistema es antinosotros», gritaron. Y algo de cierto debe haber, porque el gentío hizo en el sentido de la circulación hasta la rotonda del Prado.

Otros muchos se fueron sumando por el trayecto. A las 21:05, en las «setas» –donde se gritó «No estás sola, Barcelona» y «Sin banderas» cuando un espontáneo ondeó la tricolor–, más de 10.000. Por megafonía, aseguraron que la Policía habló de 23.000, pero el Cecop, para variar, un clásico, ni confirmó ni desmintió.

Entre los asistentes, «perroflautas», haberlos los hubo, para qué negarlo. Y en paridad. También es cierto que una de cada cinco asistentes –según todos los dentistas del país, el 20%–, carece del carné de socia de cualquier tienda de lencería en, quizás, una velada llamada a la libertad. La mayoría eran personas en apariencia –no se ofenda nadie– «normal». Jesús Maeztu, el Comisionado para el Polígono Sur, por ejemplo. Padres y madres de familias con niños, jubilados, personas con discapacidad, grandes y chicos. Muchos, con camiseta de Mafalda, con la carga idealista que conlleva. Violencia, en este caso, ni contra la sopa. Lo más radical fue un sonoro abucheo frente a la sede del Santander y el cántico del himno oficioso del movimiento, el «Pena, penita, pena», en el Metropol. «Tú sí que vales», le respondieron.

La «revolución» en los tiempos de la crisis canta «Banquero, suelta mi dinero», «Le llaman democracia y es mentira», «No nos representan», «No hay democracia si gobiernan los mercados», «Televisión, manipulación», «Manos arriba, esto es un rescate», «Un banquero se beneficiaba de la burbuja inmobiliaria, como veía que no se rompía fue a llamar a otro banquero», «Islandia mejor que Disneylandia». A esta «revolución» le pasa lo que a las Quechua. Se montan solas. A ver quién es capaz de desmontarla.

mafalda_democraciaY otra metáfora puede ser la hiena, con su mala prensa. El carnívoro que, a diferencia del león –hermoso y poderoso–, trae la comida para su familia y come el último. El sarcasmo es una forma de asumir la derrota y la existencia. Con cinco millones de parados, España es un país habitable, igual que los testículos de cerdo son comestibles. Depende del hambre. Las hienas no protagonizarán películas de Disney, pero se ríen de las circunstancias. Como la tira de Quino en que Mafalda lee en el diccionario la definición de democracia: «Gobierno en el que el pueblo ejerce la soberanía». Y se pasa varias viñetas riendo. El movimiento 15-M decidió seguir en «las setas», sonriendo, aunque con temor al desalojo.

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