El “Mineralismo” ha llegado (y Cospedal es su profeta)

Bajo la locución latina españolizada “lapsus línguae” se define el “error lingüístico o tropiezo al hablar”. El subconsciente pasa por “un antiguo término utilizado en psicología y psicoanálisis para referirse a lo inconsciente, a lo débilmente consciente o a lo que se encuentra “por debajo del umbral de la conciencia”. Según ese señor obsesionado con el sexo llamado Sigmund Freud, los lapsus línguae responden a malas jugadas del inconsciente y los relaciona con la ciencia mental.

La ciencia mental es una “reacción del inconsciente ante la manifestación consciente”. Lo que significa que el sujeto sufre un conflicto interno que provoca que no se diga lo que la conciencia pretendía sino lo que en realidad íntimamente se estaba interesado en decir. Presuntamente, como la mayoría de las teorías de Freud; los sobres en B del Partido Popular; o la evasión fiscal de Rodrigo Rato.

Freud -que pasa por un señor muy serio y con barba, igual que Rajoy- apuntaba al afloramiento de lo reprimido a causa, generalmente, del estrés o la angustia. De haber estudiado la España del siglo XXI, igual don Sigmund hubiera añadido el desahogo y la poca vergüenza. Presuntamente.

En ocasiones, lo reprimido no tiene que ser verdad por más que case con la teoría de quien en la actualidad sería considerado un gran pensador español: Paco Gandía y la teoría de lo verídico. En otros casos, lo reprimido emana de un deseo que ha sido reprimido por el inconsciente a causa de imperativos morales. Si la represión es contínua y férrea -como el rostro de algunos representantes públicos- y se produce una relajación por cansancio o fatiga, emana el lapsus línguae.

La RAE habla de “error involuntario que se comete al hablar”. Literalmente, “error de la lengua”. Un “lapsus línguae”, por ejemplo, sería decir que Sigmund Freud era político; Paco Gandía, filósofo; y María Dolores de Cospedal, humorista. Presuntamente. Lo que sí parece verídico es que el PP, en dura competencia con el PSOE, se ha convertido en la mayor cantera de “saqueadores” de España y, en férrea pugna también con los socialistas -sobre todo, Pedro Sánchez, con tantas opciones de ser presidente del Gobierno como de ocupar un sillón de la Real Academia de la Lengua (que Machado lo perdone en su tumba de Colliure)-, en la mayor cantera de humoristas de España. Mucho más graciosos los vídeos a coro con piel del PP o los monólogos de Carlos Floriano -que viene ocupando el hueco dejado por Eugenio en el panorama humorístico español-, que “La alfombra roja” o el “Sopa de Ganso” de Flo. El sindicato de humoristas está encantado con el bipartidismo. Les dan los chistes hechos. José María Aznar, que ha despuntado como feriante y cuenta en casa con una alumna aventajada de Ionesco, en una interpretación digna del mejor Fernando Arrabal, ya lo avisó en su día: “Estamos trabajando en ello”. Presuntamente. La “minoría silenciosa” ya es consciente y Cospedal es su profeta. El “Mineralismo”, “esa maravillosa ideología apocalíptica”, era esto.

 

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Postales desde el Bar Giralda

Tras las puertas del Bar Giralda, más de 70 años de historia nos contemplan y otros tantos de pequeñas historias. Cotidianas, las que suceden todos los días al abrazo de una tapa y una caña. Las que conforman la intrahistoria, que decía Unamuno, que es eso que ocurre –parafraseando a Lennon– mientras los grandes nombres del mundo se empeñan en hacer otras cosas.

A partir de mañana, en el Bar Giralda también se van a hacer otras cosas. Al echar el candado, tras la puerta quedarán guardados innumerables recuerdos, ilimitados momentos y un puñado de mesas y sillas. «Hasta el infinito y más allá», pensó Francisco Sánchez González, Paco, cuando se decidió a regentar el establecimiento vinculado a su familia desde los años 30. El calendario marcaba «15 de febrero del 84». Su Documento Nacional de Identidad hablaba de 37 años. Hoy, 15 de mayo de 2007, 60 años de edad, en todos los letreros se lee «fin de trayecto».

Como los capitanes de barco, Paco, tiza blanca en la oreja, será el último en abandonar la nave, en pasar el trapo al mostrador, escoltado por las columnas dóricas de la barra y la pátina del antiguo baño árabe que albergaba el lugar.

Los clientes de toda la vida no se pueden creer la noticia. «¿Que va a cerrar?» Cara de sorpresa. «¿Es broma, no?» Cara de póker. «Mira el cartel». «Touché». El futuro del Bar Giralda, de momento, es como una película de Hitchcock: todo suspense. Está en manos de la propietaria del local. ¿Una sucursal de banco, un restaurante, un bar, una tienda? De momento, dieciséis empleados a la calle y se habla «sotto voce» de grandes cantidades por un supuesto traspaso. En cualquier caso, las pequeñas historias siguen.

Tapa y caña, «a dos con diez»
Javier Aguado, 54 años, rememora sus años de universitario, «cuando la caña y la tapa salían a ‘dos con diez’ y venía a pelar la pava». Hasta toma fotografías a los arcos de las entradas, a los bodegones de las paredes, a la antigua máquina de café expreso del rincón, rebelándose contra el rapto de su memoria sentimental. «Me da mucha pena». La última consumición: «Pastel de cabracho con mayonesa», acompañado de un zumo de tomate que, sólo aparentemente, tiene el aspecto de una cerveza rubia, «que después mi mujer me riñe».

«Habrá que conformarse con la Estrella (el otro bar de Paco)», se consuela otro cliente habitual, natural de Malta, como la cerveza y la estatuilla con forma de halcón de la novela de Dashiell Hammet. «No tengo ni que pedir», dice. «Llego y ya saben perfectamente qué quiero. Son 23 años viniendo». Solomillo al whisky es la penúltima tapa del cliente maltés.

«Es como un hijo que se casa y se va», comenta Paco. «Prefiero no pensar. El Bar Giralda es un clásico en el mundo», cuenta. Entonces, Paco, el hijo, sobrino, nieto y ahijado de hosteleros asturianos, desgrana los secretos de un establecimiento que es «una mina». Por su enclave, a la sombra de la Giralda; por su pasado como baño árabe y su decoración; y por sus historias: el Giralda alberga un poso de encuentros culturales y políticos, de veladas hasta altas horas, perennes en el imaginario sevillano. «Los ‘felipesgonzález’, ‘alfonsosguerras’, ‘antoniosburgos’ siempre han sido unos clásicos del lugar». «Y en esa mesita se sentaba habitualmente Carlos Cano», explica el todavía regente del establecimiento con el «clic» de las fotos de los clientes de fondo. «Es el día de la postal», da cuartel Pepe a la broma en medio de su cordial profesionalidad y de su rictus de kurós.

Jane Fonda, Pedro Almodóvar o Chavela Vargas también han probado alguna de las tapas de la pizarra de Paco. «Un día llegaron dos tíos muy fuertes exigiendo mesa. Eran los guardaespaldas de la reina Noor de Jordania», ante la cual corrió a besarle los pies un camarero iraní contratado en esa época, tira Paco de anecdotario. «Podría contar mil historias y no parar».

Algo tendría que contar también la Giralda, los lugares que motivan el tópico de la Sevilla especial, los bares donde tu chica –como canta Quique González– te decía «nunca más». Algo tendrían que contar las calles del barrio de Santa Cruz y los ceniceros llenos de colillas. «La suerte es una ramera de primera». «Jefe, póngame la última».

Perdidos, de lejos; de cerca, bienhallados

Desde lejos, parece una ingente acumulación de personas sin sentido ni criterio. De cerca, es una certera celebración del tiempo lento, un tratado práctico que camina, a velocidad de vértigo y ritmo de sevillana, de la filosofía acuñada por Horacio – carpe diem, que «la vida son dos días y uno (ayer mismo) está nublado– y el existencialismo más profundo, pasando por el superhombre nietzscheaniano, al nihilismo que acompaña a la resaca. El «efecto Manzanilla».

Alba del Rocío Morales –tres años, ojos negros, lunares azules– desde lejos, en la estación de metro de Blas Infante, ya avisa a su madre, Rocío González, de que los farolillos están rotos por la lluvia, dejando la forma de una especie de lágrima que no cesa de llorar gentes. Calles abarrotadas. Tantas personas que Alba duró en la Feria el tiempo de echar una tómbola y ver a Bob Esponja, la atracción ferial allende la calle del Infierno.

De Costillares en adelante, la figura más paseada y expuesta es la de Juan Espadas, a medio desenvainar hacia la candidatura a la Alcaldía y ahora «desgafado»; no se vaya a confundir con Zoido, bautizado popularmente esta Feria como «el quinto Cantor de Híspalis» tras su salto de espontáneo junto a Pascual González la noche del «pescaíto». Ayer tocó función en la caseta municipal –recepción de la Diputación–, donde al socialista Caballos –al que llaman «don José»– le recuerdan «qué malamente lo vamos a pasar este año». Pero hablaban del Sevilla –«No sólo era Jiménez», dijo él– y no del PSOE de Sevilla. Sin embargo, nadie dijo «no sólo es Monteseirín», mientras se conjugaban en forma de militante socialista los tiempos del verbo «ser». Entre el presente y pasado de indicativo de Monteseirín; la perífrasis –«podría haber sido»– de María Jesús Montero; y el presente de (y por) imperativo –tiene que ser– de Juan Espadas.

Y como también tenía que ser, porque había alerta amarilla, se puso a llover a mediodía. Fiesta «interrupta», albero mojado, paraguas abiertos, miradas al cielo y vuelta a empezar, que es la primera. El cielo se nubló en pleno apogeo de la recepción en la caseta de Cajasol, en Pascual Márquez, vecina de la de Emasesa, vulgo «AguaSA», adornada en su interior con un gerente apellidado Marchena y con una réplica de los Caños de Carmona.

De Coria llegó, junto a sus compañeras –María Cabrera, Cinta García, Manuel García, María Salado y Rafa Esquina– del colegio Félix Hernández de Isla Mayor, Macarena Gallardo, camino de Pascual Márquez 235, «Los del Exterior». Macarena –ojos negros, pelo negro, vestigo de gitana blanco y negro– es nieta de Antonio Gallardo, quien fuera director del diario Odiel, «en los tiempos del blanco y negro».

En Pascual Márquez 159 está Nacho González Parrado, que celebra que Salvador Quintero va a ser abuelo y él, tito. Y en la misma caseta de Castilla La Mancha, Bittor Román, llegado de Vitoria para la fiesta, repite: «Esto es impresionante», tras contar que se queda «solo» y entra «sin problemas en todos lados», en contra del tópico de la Feria cerrada que, por contra, defiende con rapidez de lateral colchonero, en su misma mesa, José María Aguilera. «El tocapelotas y el agradecido», sentencia y define Panchu de la Huerga, 1,97 de anfitrión.

A pocos metros, en la caseta de El Emperaó, Inma Izquierdo comparte los caracoles que se ha traido de Casa Diego, en Triana. Hubo antojo generalizado y, al final, caben a caracol por cabeza. Comunismo fáctico en el Real. «Democracia caracoleña», según ella.

Desde lejos se confude con un escampado en el que miles de seres parecen perdidos, como los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic de la serie de la Fox, la favorita de Inma. De cerca, se cae en la cuenta de que el Real tiene algo de isla misteriosa, pero sus habitantes no son ni están perdidos –no más, al mens, que fuera de allí–, sino personas que se encuentran en la red social de la feria. El Real, como la isla de Perdidos; «morir solos, vivir juntos». Estado en el «facebook» ferial: bienhallados.

Aquellos maravillosos (e inocentes) años o la cruz del Gran Poder

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Autor: PP-A.

Javier Arenas, entonces presidente del PP andaluz; Enrique Esquivias, hermano mayor de la hermandad y, ese año, pregonero de la Semana Santa; Rodrigo Rato, por aquella época, presidente del Fondo Monetario Internacional, artífice del “milagro español”; y Juan Ignacio Zoido, candidato del PP a la Alcaldía hispalense, ante el Jesús del Gran Poder. La imagen la difundió el propio PP andaluz. Sevilla, Jueves Santo de 2007.