Sábado de Feria, bulla de Jueves Santo

Sevilla 13-04-08 Portada de Feria Apagandose Foto: Manuel Olmedo

La portada de la Feria. Todos los derechos (e incluso los zurdos) de Manuel Olmedo: http://manuelolmedofotografo.blogspot.com.es/

El flúor no mata a las bacterias, esos microorganismos capaces de romper la parte más dura del cuerpo humano, pero refuerza el esmalte. La Feria de Abril no mata la tristeza y el tedio de los días, pero refuerza las ganas de vivir. El sábado de Feria, día de San Constantino –el emperador romano que legalizó el cristianismo en el 313, capicúa– miles de personas recorrieron la avenida de Juan Pablo II camino del milagro pagano de la alegría, en la jornada, con diferencia, de más afluencia de público y con más carruajes por el Real este año.

A la misma hora en que Zacarías Mateos, «titulado en rayos x», recorría el puente del Generalísimo con paso militar para escribir su evangelio de cada año por sevillanas y acabar escuchando por la noche a alguna voz amiga decir «Zacarías, levántate y anda para casa», Francisco Javier Rodríguez, peluquero, barbero, para los más viejos del lugar, se percató de que estaba sin cuchillas de afeitar en casa mientras se limpiaba los dientes con un dentífrico blanqueador con flúor y se arreglaba para recoger a su novia, Sonia, que vive en Gelves y estrena –por fin el tiempo lo permite– el traje de flamenca que le ha hecho su madre inspirándose en el Simof.

Cuando Javi encontró a Mari, su suegra, ya iba con bulla porque había quedado sin éxito con un vecino, Rafael, para ir juntos al Real de Los Remedios, pero se pensó si decirle, otra vez –suegra no hay más que una–, lo bonito que es el traje de gitana que le ha hecho a su hija.

A esa hora, «bulla» ya resultaba un sustantivo inadecuado para describir la cantidad de personas que había en la Feria. A esa hora, 14:41, capicúa, los puentes de Sevilla eran ríos de gente y el recinto ferial quince calles Resolana el jueves de «Madrugá», pero con el nombre de toreros señeros.

A esa hora, Zacarías –que trabaja en una ortopedia en Córdoba, en la que no venden corazones de respuesto para cuando le duele la querencia de sus raíces–, Javi –que anda «de gestorías» arreglando papeles para regalar una oportunidad en el primer mundo y que una peluquera argentina cambie el Río de La Plata por lo que queda del oro del Guadalquivir– y su vecino Rafael –que procura sacar la cabeza por encima del manantial oscuro del euríbor para no ahogarse en los números rojos– ya parafraseaban en la Feria, conociéndose pero sin encontrarse, a Díaz-Cañabate en «Historia de una taberna»: «No entran las desgracias; entran los desgraciados».

Una panorámica aérea del Real de Los Remedios demostraría que ayer todo el mundo estaba allí. Este año, la Feria ganó a la playa. Eduardo Dávila Miura y familia tomando una tapa bajo la pañoleta de una caseta. Cientos de flamencas, con el blanco nuclear y el moreno uva como estampa más repetida de la temporada ferial primavera-Rocío 2008. Hasta Mickey Mouse, Goofy y Winnie the Pooh estaban en las esquinas de cada calle vendiendo flores y recuerdos.

También se veía a algún sevillanito que a las patillas a lo Curro Jiménez le sumó el tupé a lo Elvis Presley. El que no se sabe si viene o si va, no porque sea gallego, sino porque va «listo (de) fino». El sevillano que alaba las bondades de los zapatos Pikolinos en el itinerario de la avenida de Las Razas a la Feria, donde caben todas las etnias. Alguna mujer oriental, con menos suerte que los dibujos de Disney, a la que se le saltaban las lágrimas junto a los puestos de gofres de la calle del Infierno porque varios agentes nacionales, cumpliendo con su deber con la cabeza gacha y salvando a los ciudadanos de un gran peligro, requisaban su caja de cartón con flores de plástico, como algunas conciencias.

Hasta indios había en el Real. Tocando música, junto a la portada del Costurero de la Reina; y en plan «mimo» -«échale una moneda al Jerónimo y verás el salto que pega», advertía una señora– entre las calles Chicuelo y Bombita.

La Feria, después de la semiclausura por el tiempo, se doctoró en el arte de la bulla y la multiplicación del espacio de la caseta, el vino, los panes y el «pescaíto». Por fin, las únicas gabardinas las llevaban las gambas y el Real, todo el día, volvió a ser ese espectáculo vital intrascendente en el que trascienden las vivencias para que, en estos tiempos de ansiolíticos, antidepresivos y gente narcotizada, lo que tenga que doler, duela, y los ratos de alegría se recuerden todo el año.

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