Millennium (I): Los hombres que no amaban el oficio

Hay dos clases de personas en este mundo de la tinta negra y las hojas viejas. Los que son periodistas y los que juegan a serlo, a figurar, a ver su fotito sobre un texto con pretensiones más o menos literarias escrito en toda una jornada de trabajo mientras otros –periodistas, habitualmente- se encargan de sacar el grueso de la información del día. Los que dan noticias y los que no. Los que crean y tienen opinión propia y los que repiten lo previamente dicho. Están los periodistas a los que se les acelera el pulso ante determinados datos –olfato, se llama- y los que cuando pasa algo, un poné’, que un loco le arranca un brazo bien entrada la noche al Jesús del Gran Poder, se lamentan porque –vaya por dios, nunca mejor dicho- ese día no van a poder salir a las diez de la noche. Los que se metieron en esto para contar cosas de ese tipo, cosas de las que se comentan por la mañana en los bares con el cortao’ o el café con leche y los que prefieren editar un teletipo, hacer un poquito el paripé, que no pase nada relevante -¿entonces qué se cuenta en un periódico?- y adiós muy buenas. Hay dos clases de personas en el oficio: los que quieren cambiar el mundo y, sencillamente, los hombres –y también las mujeres- que no aman el oficio. Sigue leyendo