Millennium (I): Los hombres que no amaban el oficio

Hay dos clases de personas en este mundo de la tinta negra y las hojas viejas. Los que son periodistas y los que juegan a serlo, a figurar, a ver su fotito sobre un texto con pretensiones más o menos literarias escrito en toda una jornada de trabajo mientras otros –periodistas, habitualmente- se encargan de sacar el grueso de la información del día. Los que dan noticias y los que no. Los que crean y tienen opinión propia y los que repiten lo previamente dicho. Están los periodistas a los que se les acelera el pulso ante determinados datos –olfato, se llama- y los que cuando pasa algo, un poné’, que un loco le arranca un brazo bien entrada la noche al Jesús del Gran Poder, se lamentan porque –vaya por dios, nunca mejor dicho- ese día no van a poder salir a las diez de la noche. Los que se metieron en esto para contar cosas de ese tipo, cosas de las que se comentan por la mañana en los bares con el cortao’ o el café con leche y los que prefieren editar un teletipo, hacer un poquito el paripé, que no pase nada relevante -¿entonces qué se cuenta en un periódico?- y adiós muy buenas. Hay dos clases de personas en el oficio: los que quieren cambiar el mundo y, sencillamente, los hombres –y también las mujeres- que no aman el oficio.

Generalmente, por estas cosas que tiene el tránsito vital –“nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar” y tal y cual y Pascual y también Maragall-, los que se baten el cobre suelen cobrar poco o menos que poco. Los que no aman el oficio suelen ir de la mano de algún padrino, algún amigo al que imitan en los gestos y hasta en la manera de comer la tostada o un padre que, casualmente, es abogado y le hace los ERE a los señoritos de la empresa. Generalmente, los que no aman el oficio tienen patente de corso para no hacer nada, en el mejor de los casos, porque, sucede, cuando hacen como que hacen algo suele ser –en el mejor de los casos, repito- para cambiar una coma por un punto y coma o para darse cuenta de que sobra un espacio entre dos palabras. Si ese día pretenden hacer como si se ganan el sueldo –ojo-, revisen sus páginas antes de salir de la redacción, aguanten la media hora que falta para el cierre, porque puede ser que la palabra mágica que añadan –en un alarde de inspiración- te deje el texto cortado o que el verbo modificado signifique totalmente lo contrario de lo que la fuente quería decir y sólo lo entiendan ellos o que le den la vuelta totalmente a la información y lo que era “A” pase a ser otra cosa muy distinta, propia del periodismo de salón; que, ya se sabe, de salón torea hasta mi abuela, que en paz descanse, y si le coge sin reuma hasta se atreve con el salto de la rana y todo.

Los que son periodistas, según acertó a explicar una vez a un grupo de becarios el que fuera el director del periódico que podría haberse comido al diario por antonomasia de la capital de Andalucía, el medio que a punto estuvo de desbancar a los miles de suscriptores de una institución centenaria –una que empieza por A y acaba por C y entremedio tiene una B- con apenas diez años de vida y que finalmente ha sido lo que sus dueños han querido que sea –olvidaron que el principal patrimonio de una empresa es el humano y el medio de referencia derivó en la cantera directa de la competencia-, el director de ese medio, como decía, acertó a explicar que la de periodista es una profesión de extraña estirpe.

Uno no es periodista porque tenga el título, siquiera no es periodista porque no lo tenga. Uno no es periodista porque escriba mejor o peor una columnita, con su fotito, su pose más o menos forzada y su titulín propio. Uno no es periodista, y subráyese, hasta que pasa, al menos, diez años trabajando en el oficio. Porque ser periodista requiere de muchas cosas. Requiere de fuentes y eso lo da el tiempo y el trabajo y la calle. Requiere de esfuerzo. Generalmente, el periodista de salón –esa especie carroñera- habita en la pereza. Requiere constancia. Requiere dotes comunicativas. Requiere patearse las calles, llamar a las puertas, sonreír e invitar a café a las fuentes, o a copas, o a lo que se tercie. A putas, si es preciso. Requiere ganarse la confianza de las personas para que la firma que va por encima de la información ofrezca una mínima garantía. Requiere honestidad. Requiere –y así lo demuestra la experiencia- ser buena persona. Generalmente, los individuos ocupados en que nadie les haga sombra, los que monopolizan las conexiones con la “base nodriza”, si se trata de una corresponsalía, suelen coincidir con personas a los que, por más, como digo, que dediquen el mayor de los esfuerzos a que nadie les haga sombra, por su falta de capacidad, les hace sombra hasta un bonsái. Y ocurre que sin periodistas ya me dirán cómo carajo se hace un periódico. Y, de un tiempo a esta parte, hay tantos hombres que no aman el oficio que el oficio se está muriendo, entre otras cosas, de pura pena. (Preparen las flores para la tumba. La esquela ya está escrita).

esquelaperiodismo

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