Millennium (III): El periodista(aprendiz) en el palacio de las corrientes de aire

Yo conozco el olor a guerra y sal de las trincheras; el veneno y la adrenalina del dolor propio y ajeno hecho propio; yo conozco la cara de la muerte, su rostro desdentado y drogado; las miserias de los sin-nombre, la soledad de los desheredados; yo he escrito frases en el agua; y adjetivos en el cielo; he renacido en el mar Muerto, me he bañado desnudo en las aguas que están entre las dos tierras –Mediumterrarium- y he sido Apolo sintiendo morir el sol en San Vicente, junto al cabo del fin del mundo; yo me he sentido inmenso ante un rey y pequeño ante un vagabundo; he escupido a los generales, a los que dictan órdenes sin jugarse la boca, a los que torean de salón; y me he humillado ante un becario con luz y hambre. Yo he escrito mi obituario sin intención de ir a mi entierro y siquiera ser enterrado. Cada vez que hablan de “talento”, respondo: “más trabajo”. Yo soy periodista, aprendiz de ‘contable incontable’. Qué sois vos.

Millennium (II): El plumilla que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

La esencia de la vida consiste en ir hacia delante. Dar marcha atrás no es viable. El pasado, como decía Soledad Villamil en “El secreto de sus ojos”, no es mi jurisdicción. “Me declaro incompetente”. Adelante, siempre. De derrota en derrota, hasta la victoria final, como dijo Ho Chi Minh o el Che o vaya usted a saber. (La frase le pega a Silvio, el rockero). A trompicones. Como sea. Por inercia. Adelante, siempre.

El periodismo –mayormente el impreso- anda estancado en un bucle melancólico. Las historias que alguien, siempre, todavía, toda/la/vida, ha intentado mantener ocultas permanecen ocultas. No hay medios, ni motivación, para llegar más allá de la convocatoria de rigor, del periodismo de agenda, del canutazo o de la rueda sin preguntas. El perro guardián de la democracia apenas es un yorkshire, con su lacito y todo. Un “lamechichi”, que le llaman las malas lenguas. Bastante tuvimos con sobrevivir, podremos escribir en nuestra lápida.

El producto informativo ya siquiera es producto. Se regala en internet. Se copia y pega de un medio a otro, de una agencia a otra. Sea verdad o mentira. El sindicalista Marcelino Camacho, al parecer, se murió la otra noche y resucitó varios minutos después. Muerte súbita, no. Muerte mediática, se llama la película. (Un purista del plumillaje, en otro tiempo, habría contratado a un par de sicarios para cargarse al menda. Todo menos que la veracidad del medio quede en entredicho) Sigue leyendo