El último alfarero

Por la maqana. Fotos del taller de Antonio Campos. Fotos tambi}n del propio artesano con las manos en el barro, haciendo vasijas y tal. Calle Alfarerka, 22. (Llamar antes al 954 34 33 04 para concertar cita). Y aprovechando que pasais con Alfarerra, fotos de la fachada de alguna de las tiendas de ceremica de esa calle. (Pide Miguel)

Antonio Campos, en su taller de la calle Alfarería, 22. Fotografía de Aníbal González

Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Triana ha sido tierra de caricias fugitivas tras los callejones, y de artesanía. Caricias aún quedan, a cualquier hora, a plena luz del sol. La artesanía, ahora fugitiva, está en vías de extinción. El Ayuntamiento lleva años anunciando un museo de la cerámica que no llega, igual que tampoco se concluye la restauración del Castillo de San Jorge, que acogió la sede tormentosa de la Inquisición y cuyas ruinas sin levantar atormentan ahora a los trianeros.

En el último Pleno, previa petición del Distrito y denuncia de la oposición, el Consistorio se apresuró a asegurar que «el museo está en marcha», que «la colección Carranza estará en Triana», que «en 18 meses se acabará la obra». El primer plazo ofrecido ha concluido este año. Y aún no hay proyecto cerrado. Por un error administrativo, dicen. De momento, se limpian los hornos. El amargo don de la promesa.

Antonio Rodríguez y José Miguel González llevan toda una vida detrás del mostrador de «Rodríguez y Díaz SL, fábrica de cerámica de todas clases», vulgo Cerámica Santa Ana. La empresa existe desde 1870, aunque «se sabe que había hornos más antiguos». Gárgoris y Habis –los Rómulo y Remo de Tartessos– con toda probabilidad bebieron de las vasijas trianeras. Y las santas Justa y Rufina, las hermanas mártires y vírgenes patronas de la ciudad, fueron hijas de un humilde alfarero pagano hispanorromano.

La primera propietaria de Cerámica Santa Ana fue «la viuda de Gómez». En 1939, Eduardo y Enrique Rodríguez –«mi abuelo y mi tío abuelo», narra Antonio– se asociaron con el director artístico Antonio Kiernam. «Ahora conservamos la empresa entre ocho primos», aunque se están planteando «subastar los fondos». «Con la obra del museo, hemos tenido que alquilar una nave en Alcalá de Guadaíra y eso son gastos extras que, unido a la crisis, nos asfixian». «Lo ideal es que las obras se queden en el museo», añade José Manuel, mientras camina por las «catacumbas» de la empresa, unas instalaciones en el presente apuntaladas, en otros tiempos «con hasta 60 empleados». Entonces, había siete hornos de leña quemando eucalipto y pino y vistiendo Triana con un velo de humo.

El libro de pedidos de Cerámica Santa Ana supone un inventario de la historia, un espejo de las personas anónimas e ilustres que se acercaron en algún momento a este rincón de Triana en el que el río ya empieza a oler a mar. Vicente Aleixandre, Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia, que cuenta con un azulejo conmemorativo; la Duquesa de Alba, Carlos Cano o Almodóvar, que escribió: «Gracias por mantener la tradición. A partir de ahora, me veréis a menudo». «Sería en las películas, porque no ha vuelto», cuentan. Anthony Quinn «vino un día y se puso a pintar en el taller». Cuando le sorprendieron, le echaron, mientras repetía: «Soy Anthony Quinn», con acento mexicano. «¡Ni Antonio Quinn ni leche, fuera!».

Los dibujos para tinta china componen otro de los tesoros de Santa Ana, con sus fórmulas magistrales. “Algunos de la Expo del 29”, la mayoría de imágenes marianas. «Cada fábrica tenía sus secretos », explica José Manuel. Y su misterio. «Entre la historia y la leyenda, imprima la leyenda», decía John Ford. A la calle San Jorge, una vez, llegó un pedido de Estados Unidos. El sobre ponía: «Cerámica Santa Ana. Triana. España». La carta llegó.

Cerámica Ruiz; Pisano, con su taller en Alfarería, 45; Montalbán; Mensaque, que se mudó a Santiponce y cerró recientemente; o Santa Isabel, fundada cuando la Revolución Francesa tomó cuerpo, también tienen su propia historia, esperando ser contada en un museo que sigue en obras. Entretanto, la intrahistoria se esconde y se escribe entre las callejuelas.

Mientras en Ginebra el acelerador de partículas recrea el big-bang en busca de vibraciones del vacío, en Alfarería, un alfarero recrea en un torno el principio bíblico de la humanidad. «Oficio noble y bizarro. Entre todos el primero, pues que en la industria del barro Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro», reza un azulejo en Santa Ana. “Entre los pétalos de arcilla/ nace, sonriente,/la flor humana”, escribió Octavio Paz bajo el título “Dios que surge de una orquídea de barro”.

La historia de Antonio Campos es la de quien, sin saberlo ni quererlo, intenta alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de la vida. A la pregunta «¿El último alfarero?», responde: «El último mohicano». Más cínico y descreído que el jefe de los indios sioux. En materia de nihilismo, Triana carece de rival. Campos trabaja en su taller de Alfarería, 22, junto a su hija Ana, que pinta las piezas creadas por su padre en el torno, el invento del escita Anarcarsis. En estos tiempos de urbanizaciones con casas iguales para gente que piensa igual, Antonio se rebela ante el mal llamado «progreso». «Los alfareros se han ido extinguiendo por las máquinas. Antes, las tejas y los cántaros mantenían el sector. Los pocos jóvenes que se interesan quieren saber en meses y se necesitan años para empezar a emprender», dice. «La artesanía ha pasado a ser decorativa ». Piezas por encargo, obras personalizadas, remates, como los del Alcázar o el Alfonso XIII, son los trabajos más repetidos.

Antonio Campos lleva «desde los 13 años con barro en las manos». Entró como aprendiz cuando «la calle Alfarería estaba llena de alfareros». En Triana lleva unos 20 años, «por romanticismo». «Me encanta mi oficio. No es muy rentable. Sólo razonable», sentencia. «Ahora, como los bancos quiebran, no compran», narra, mientras acaba unos cálices. «Para eliminar y quitar pecados. Los créditos no, pero los pecados los quita», bromea. «Con la crisis hay una avalancha de fe increíble».

Antonio cree que el museo «puede ser positivo», pero no da «saltos de alegría». «El turista echa la foto y se va y, a veces, como una vez unos chinos, te piden que cantes algo. Como si en Triana todo el mundo supiera cantar», dice el «mohicano» que fuma Marlboro, como los vaqueros del anuncio, con las manos llenas de barro. Y aconseja: «Lo único importante que puede hacer el alcalde es un aparcamiento gratuito». El artesano crea el cáliz pero no bebe de él, ajeno a «la avalancha de fe». «Cuando yo muera, se acabó». Ese día, sin alfareros en Alfarería, como Eneas paseando por Cartago, habrá que responder a la tristeza: «Sunt lacrimae rerum». «Son lágrimas de las cosas».

Los barcos dejaron de crecer por la máquina de vapor, que trajo navíos lentos, insensibles al viento, con una tripulación menos exigente, como ha pasado con la artesanía. Entonces, nació el clíper, la más bella y esbelta nave. Un «beau geste», diría un francés. Un «arrebato de dignidad», diría un castizo. «Por mis cojones», dicen en Sevilla. En la calle Alfarería, ya se intuye el final de una estirpe, pero, mientras en Ginebra recrean el nacimiento de la vida en un acelerador de partículas, en Triana, el último alfarero modela en barro la última caricia.

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