En ocasiones, veo socavones (una historia del metro de Sevilla)

La historia de las ciudades se esconde, fugitiva, en las cloacas. Quizás por eso, esta Sevilla milenaria y sin metro tiene hasta su calle de la Virgen del Subterráneo, caminito, cómo no, de la Alameda de Hércules, que es como el reflejo de la cloaca misma atrapado en un cubo de hielo que flota dentro de una copa de ron –con su poquito de limón, ese gran olvidado de la literatura- en el barrio más canalla de la capital del sur de las Españas. Hermosa y viciosa, como la historia de la humanidad, la Alameda condensa la naturaleza humana, como si fuera el decimotercer trabajo que le encargaron a Heráclito, Hércules para los amigos, no sé si antes o después de separar Cádiz y Gibraltar, llanitos y gaditanos, gentilicio de Gadix, y aquí hay que mamar. Quién le iba a decir a Heráclito que con aquel apretón que le dio en lo que creía el fin del mundo hace miles de años estaba poniendo la primera piedra –el primer peñón, perdón- del tráfico de sustancias de un lao’ pa otro de la frontera, que el Winston, el whisky y la gasolina de Gibraltar (español) son más baratos, y la cosa está mu’ mala, como dijo Napoleón a Bernadotte, cuando fue a mear con ese frío que hacía en Waterloo, aquella batalla que muchos años después ganaron las rubias de Abba. Fue llegar a la Alameda el hijo de los dioses y de los hombres y hacerse maricón, fijo. Esta historia también está en las cloacas. Sólo hay que asomarse a los socavones.

El socavón por antonomasia de Sevilla está en la Puerta de Jerez. Allí, un miércoles encapotado, en el que soplaba un viento no digo que de mal presagio pero sí de ése que da mucho por culo con la bufanda –venga bufanda pa’llá, venga bufanda pa’cá-, allí, como digo, el cielo no cayó sobre nuestras cabezas, como temían los irreductibles galos, sino que el suelo cayó bajo los quioscos (con “q”, de a-Quiles, por más que la inefable Fátima Rojas quiera que lo ponga con “k”). Porque había un quiosco en ese lugar de la Puerta de Jerez con un señor sumamente preocupado por esos bonobuses de ultratumba (“va a ser imposible recogerlos”, manifestó el buen hombre después de contarlo de milagro. “Ha sido un susto grandísimo. Si lo sé, me cojo muerte”, manifestó su señora durante el ratito en el que pudo superar su crisis de ansiedad para hablar con Ana Rosa y, no está confirmado, estamos investigándolo, con Quintana, la mujer que envejece pa’trás. Quién te cogiera), porque si llega a haber un edificio lleno de gente o una Torre del Oro llena de historia, ahora estaríamos hablando de:
a. Una tragedia de dimensiones similares al atentado del 11-M.
b. El primer metropolitano con vistas turísticas. (Ya lo estoy oyendo: “A su derecha pueden ver la fortaleza donde se guardaba el oro de las Américas, -din-don-din-. A la izquierda, la multiprovincial del mayor empresario de Sevilla, la Casa Robles –din-don-din-).
Afortunadamente, donde hay un agujero de seis metros de profundidad y seis metros de diámetro, había un quiosco; y me ahorro el chiste fácil, pero lo estoy colando -ahí lo llevas-, de que en Sevilla no ponemos la primera piedra con los periódicos del día, sino que ponemos el quiosco entero, con dos cojones.

La cosa es que uno está ya acostumbrado a asomarse al abismo, a caerse y levantarse, que eso es la vida. Pero asomarse a un socavón, ver las cloacas del alma de la Sevilla milenaria, eso es otra cosa. Por eso, el señor consejero de Obras Públicas, don Luis García Garrido, a pregunta de quien escribe –hay que promocionarse, que hay mucho ERE suelto- en rueda de prensa urgente aseguró que “la seguridad de los edificios está garantizada”. “¿Con los mismos sistemas de seguridad que han asegurado un quiosco subterráneo? ¿Qué garantías hay?”, vino a preguntar el menda. ( Ténganse en cuenta la perspicacia de la pregunta, por favor). Y el consejero, lejos de contestar que las garantías están firmadas en Atención al Cliente de El Corte Inglés, vino a decir que “los edificios están seguros porque están alejados”. Tan lejos como la fecha de inauguración del subterráneo, con sus dos años y medio de retraso. Fuentes bien informadas, ajenas a mí, por supuesto, aseguran que sólo tras las palabras de la Junta se quedaron tranquilos los demás bonobuses de España, que, por entonces, ya daban por mártires del metro a los bonobuses sepultados con el quiosco, requiescam in la pace de las cloacas del metropolitano y que la Virgen del Subterráneo tenga en su gloria. Quizás por eso, al pasar por esa calle, camino de la Alameda, sentí la certeza de que esta ciudad milenaria va siempre por delante, y antes de producirse un socavón, ya existe la calle de la Virgen del Subterráneo. Allí me quedé, con la cara fría por el frío de la noche, esperando que se me apareciera otro socavón. Pero igual que la Virgen de Fátima sólo se aparece a campesinos, seguramente la Virgen del Subterráneo sólo se aparece a maquinistas del metro, dueños de quioscos soterrados y consejeros de Obras Públicas. Yo, en el frío de la noche, me quedé helado, al comprender que “en ocasiones veo socavones” y que la historia de las ciudades está en las cloacas, que, además, es donde tiene que estar. Al fin y al cabo, compartimos el 90 por ciento del material genético con las ratas.

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