Barcelona o la (re)creación del fútbol: Hefesto en el Olimpo

El día en que se marchó del Fútbol Club Barcelona, Ricardo y Nacho lo dibujaron en un barquito (de cáscara de nuez) dejando atrás una gran nave, llevándose el timón. Igual que Hefesto, tuvo que irse del Olimpo. Porque la lucidez duele.

Tiene el frío de los que han vivido mucho -que ya decía Avicena que las vidas se miden por su intensidad, no por su duración-, pero su mirada fija, penetrante, irradia esquirlas de oro robadas del mismo infierno. De infierno amable. Tiene los ojos de Vulcano en la fragua y perfil de navaja buena. Irradia la naturalidad y la calma con que los líderes se mueven en medio del caos. Y tiene los pies en el suelo, aunque su material genético descienda del mismo Apolo, el que robó la luz a los dioses. “Yo tengo la obligación de saber el porqué de las cosas”, dijo un día a sus colaboradores. Como en el campo, el eje sobre el que todo gira.

“Cuando las órdenes son razonables, justas, sencillas, claras y consecuentes, existe una satisfacción recíproca entre el líder y el grupo”. Esta sentencia atribuida a Sun Tzu en el El Arte de la Guerra condensa el respeto de los campeones de Europa hacia Guardiola, al que tratan como a un hermano mayor. El mérito es de él, dicen. “El entrenador nos ha hecho triunfar y somos esclavos de su credibilidad”, asegura Messi. Y él se quita de en medio y se quita el sombrero y dice que nones, que se siente “un hombre afortunado”, consciente de que –como Toni Nadal aconseja a Rafa Nadal- creerse superior por ser bueno dándole patadas al balón –o a una pelota amarilla con una raqueta de tenis- es tan absurdo como creerse superior por ser bueno jugando al escondite. Y es por eso que son superiores: porque juegan como si no lo fueran.

“Tres títulos a la primera es sólo para los elegidos”, le dijo ZP a Guardiola en su primer “éxito” como pseudoministro de Deportes. “No sé si podré estar mucho tiempo”, respondió Pep. Capricornio, obsesivo, perfeccionista. Perfecto. Se dignifica y dignifica a los que le rodean. En la sala de prensa, a cada plumilla llama por su nombre. Quiere saber todo. Conocimiento y respeto. Porque sabe que todo gira sobre él. Elegante y seductor, como Humphrey Bogart en un banquillo dándole una calada al tiempo.

Guardiola convenció a sus jugadores de que podían ganar todo el primer día que entró en el vestuario, llegado de la Tercera División del fútbol español. “Si me creéis, ganamos todo”. Y ganaron la Liga de calle, exhibición en el Bernabeu incluida. La Copa del Rey, sacando el balón jugado en cada saque de puerta desde las esquinas del área. Y la Liga de Campeones, contra el equipo que nunca había perdido una final, el que dirige el mismo entrenador –Alex Ferguson- que llegó a Old Trafford cuando él era un recogepelotas que abrazaba a Víctor Muñoz tras alcanzar la final de la Copa de Europa contra el Gotemborg en 1986. La triple corona (de laurel). Los títulos quedan en los museos y las hemerotecas. El fútbol queda en la memoria.

“Dedico esta Copa al fútbol italiano y especialmente a Paolo Maldini, que no se preocupe porque tiene la admiración de toda Europa”, manifestó Guardiola tras la final de Roma, donde jugó medio año y donde sufrió a Capello. Los mediocres temen a los machos alfa de la manada. Su sola presencia les asusta porque para ganarse el respeto de los compañeros sólo necesitan ser ellos mismos. Nada más. Está hecho de hueso y talento. Y eso da miedo. En Roma, siempre cenaba donde cenó por última vez Pasolini, en el barrio de San Lorenzo, que así se llama el sol y, como la cabra tira al monte, Prometeo tira hacia la luz. Restaurante Pommidoro. Cuando llegó a Italia, le vinieron a decir: dónde vas, canijo. El Pep acabó como capitán del Brescia, un equipo menor de gladiadores. Un Numancia en el que jugaba un niñodios, Roberto Baggio, que reconoce que Pep era el entrenador en el campo de aquella escuadra. El equipo se mantuvo en la Serie A.

A Pep Guardiola le gusta llevar a sus hijos al colegio cada mañana. Tras ganar la Copa del Rey o, antes, tras el partido del Bernabeu, los niños se asomaron por la ventana y empezaron a aplaudir. “¿Por qué aplauden, papá?”, preguntó Màrius. “Porque están felices, hijo”. Prometeo le robó la luz –la felicidad- a los dioses. Y los niños aplaudimos. Es un enorme ser, Guardiola. Un misterio, Pep. Por las cuestas de Roma, donde dicen que conducen todos los caminos de la tierra y el Olimpo, se le ve desaparecer con su barba de siete días, cabalgando sobre una sonrisa. Igual que Vulcano, tiene la mano de Afrodita. En la ciudad eterna, conquistó la gloria y la memoria. Morituri te salutant.

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