Refugiados, fronteras, mares y muros: Jairo Valencia, ciudadano del mundo

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Jairo Valencia. Fotografía de Maripaz Soler.

«La huida no ha llevado a nadie a ningún sitio», escribía Antoine Saint-Exupéry en «El Principito». Cuando amenazan tu vida, estalla una guerra o un tsunami revienta tu existencia, más que huir toca sobrevivir. Si te dejan. En 2006, sólo el 3,72 por ciento de los solicitantes de refugio logró el estatuto en España, según los datos de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Un total de 168 personas recibió asilo el pasado año, frente a las 3.912 cuya solicitud no fue admitida a trámite o fue denegada. En Andalucía, residen 1.160 personas asiladas, la mayoría procedentes de Colombia, Congo, Costa de Marfil, Sudán y Cachemira.

Jairo Valencia, exiliado de su tierra, extranjero de su barrio, polizón de su vida, no es ningún «principito» con refugio en asteroide. Era periodista en Colombia y un día tuvo que coger cuatro mudas y salir pitando. Agarró a su hijo y a la que por entonces era su novia y salvó el cuello de las amenazas de la guerrilla. Locutaba en Mirador Estéreo, presentaba en Canal G Televisión y escribía en un diario. Por contar en La Patria «las verdades del barquero» de los guerrilleros, se quedó sin país. Llegó a Barajas –uno de los lugares donde se formalizan más solicitudes de asilo– un 26 de septiembre de 2001, dos semanas después del atentado de las Torres Gemelas. Si no quieres problemas, ahí tienes dos tazas.

Comenzaron, entonces, tres días en la terminal, como la película de Spielberg. Cual Víctor Navorski, Jairo Valencia se convirtió en «un hombre de ninguna parte», un apátrida del suelo que pisa, un residente en territorio internacional a la espera de un asilo político que no siempre llega. Jairo contó con la colaboración de Reporteros Sin Fronteras. Al tiempo, se le concedió el estatuto de refugiado y la posibilidad de hospedarse en un centro de acogida de Sevilla Este. «No quería ir porque un compañero me dijo que le atracaron cuando vino a un congreso». En el centro «se portaron genial» y Jairo se enamoró de Sevilla. «De aquí no me mueve ni la muerte», desafía ahora.

«El Estado te da permiso para que te quedes» y no hagas ruido, «pero poco más». Durante el tiempo del papeleo, legalmente, el extranjero no puede trabajar. Después viene «la doble explotación». Por inmigrante. Por refugiado. Si eres mujer, hay un tercer nivel de estafa. Jairo aceptó sobrevivir «como sereno». Entonces, la vida le «brindó» una de esas ironías propias de los guiones de las novelas negras: vigilar alrededor de la redacción de un periódico. Más adelante fue montador de muebles en Madrid; lavó patatas en Mairena; trabajó en un desguace de Valdezorras… Ahora conduce un camión por toda España. El exiliado, el hombre que dejó atrás la patria, pasa diariamente decenas de fronteras de ciudades.

Las cifras del informe de 2007 sobre «La situación de los refugiados en España», presentada por el presidente de CEAR Sur, Alberto Revuelta, con motivo del Día del Refugiado, encierran historias como la de Jairo y examinan asuntos como «la crisis de los cayucos, la odisea del pesquero Francisco y Catalina, el exiguo porcentaje de estatutos de refugiados que España otorgó en 2006 o la crisis de derecho de asilo en Europa».

Desde el 11-S, los mares y los muros se han impuesto sobre el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que recoge el derecho de toda persona a salir y entrar de su país. Un dato: Alemania en 1995 acogió el mismo número de inmigrantes que toda la UE en 2007. Mal número, el 13, para un derecho universal. Así las cosas, tanto el informe como la declaración son poco más que «botellas de náufrago lanzadas al mar».

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