La niña, el magistrado y el predicador

Ha muerto una niña y ha nacido un político. “Un predicador”, corrige Jorge Muñoz, contrafuerte del Diario de Sevilla; usando la bóveda estrellada como metáfora -con segundas, siempre- . Juan José Cortés, el hombre sereno –que ya es mucho decir en los tiempos que corren; por lo de hombre, por lo de sereno- se manifestó ayer (lunes, 7 de julio, san Fermín) frente a los juzgados del Prado de San Sebastián, llenando la plazoleta de gentes, espontáneos, policías y cámaras, no tanto como la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona con el chupinazo, pero bastante.

El hombre tranquilo de tez morena que se recorrió el país con un chándal del Recre se plantó ante los juzgados para exigir “una Justicia justa”, así en genérico; y, un particular, “el fin de la carrera judicial del juez Tirado”, que es el magistrado que condenó a Santiago del Valle, el presunto violador y asesino de su niña de cinco años, Mariluz, sin que se llegara a cumplir la pena. En resumen, que el elemento debía estar en prisión cuando raptó a la niña gitana del extrarradio de Huelva la tarde –maldita tarde- en que salió al kiosco a comprar chucherías. “La Justicia es como las serpientes: sólo muerde a los descalzos”, decía Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado en 1.980.

“Nosotros ya somos perpetuos”, explicaba Juan Cortés, el abuelo de la niña, para concretar que están “condenamos a perpetuidad por la muerte de Mariluz”. La madre pide al juez Tirado “que se mire al espejo, que sus espaldas están llenas de muerte”. Juan José Cortés, que deviene en estrella mediática, con la que el gentío se fotografía con el móvil –pancartas de fondo, porte señorial de gitano pobre honrado-, con su lucha perdida, la de gritar lo obvio en el desierto, es la frase de Kierkegaard hecha carne: “Pierde más quien pierde su pasión que quien se pierde con ella”.

Una señora le besa, le abraza y le mete 10 euros en el bolsillo. (¿De qué subsiste Cortés?, por cierto). “Para que compres flores a Mariluz”, le dice. Fernando Ruso, fotógrafo gaditano, me enseña la imagen de otra mujer, diez metros más allá, que, desvanecida en el suelo, clama: “Toda mi vida llevo buscando a dios y, por fin, lo he encontrado”; aludiendo a Juan José Cortés; convertida no por ver la luz, sino al padre de Mariluz.

Esta mañana, el juez Tirado se pasó por el juzgado de lo Penal número 1, y salió antes, por otra puerta. “Voy para casa”, contestó sobre las 13:00 horas, vía sms. “Responsable”, como dice Cortés, de una muerte. Quizás. (El cronista cuenta, el magistrado juzga. Cada cual a lo suyo). Víctima de un sistema no imperfecto sino asesino; porque todo vale y, una vez que todo vale, después todo vale nada. Un sistema que ahora ampara “las cadenas de errores judiciales” como amparará las cadenas perpetuas si hace falta para perpetuar su funcionamiento, en base al principio empírico de que “le podía haber tocado el marrón a cualquier juez”. Y le tocó a Tirado. Le tocó a Cortés. Le tocó a Mariluz.

Ha muerto una niña y ha nacido un predicador. La Justicia sigue en coma.

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