La saga/fuga de Íker Ícaro Iscariote (el portero de Píxar y una habitación para llorar)

Como al Chapo, el narco de México, a Casillas le fueron haciendo un túnel sigiloso con su altura y todo desde el Santiago Bernabéu al retiro con parada y fonda en Oporto. Florentino Pérez  pasa por una suerte de Galactus, a saber: “un ser cósmico que necesita consumir planetas para calmar su hambre, por lo que recurre a la ayuda de heraldos –ay, don José Llourinho- que él  mismo nombra”. Asimismo, “ha sido descrito como una fuerza que el Universo necesita para su propio equilibrio”. Florentino, por todos es sabido, tiene querencia por los galácticos e Íker, todos  lo saben también, sólo es un tipo de Móstoles. Con alas como Ícaro, a veces, elevado a santidad sobre la hierba, pero de Móstoles al fin y al cabo. Íker nació como Ícaro y se va como Iscariote, “el apóstol traidor que reveló a los miembros del Sanedrín el lugar donde podían capturar a su Maestro”. Nada que no se anunciara en la Última Cena, a la que también acudieron Di Stéfano, Del Bosque, Valdano, Hierro, Raúl, Fernando Redondo, Claude Makélélé, Figo, Guti o Fernando Morientes. Íker Casillas se fue del Madrid entre lágrimas, solo, aplaudido por sus amigos de la prensa –algo que jamás se le perdonó porque ser amigo de mala calaña como los periodistas es pecado mortal y casarse con una reportera es Sodoma y Gomorra- y dejando un titular que recogió el mundo entero: “C’est fini”. Al día siguiente –Florentino, tan del Opus, no pudo esperar ni al tercer día para la resurrección- se volvió a despedir y el presidente, “ser superior” –el Evangelio según Butragueño-, dejó medias verdades –“Se va porque él quiere”, ajam- y una gran verdad recogida off the record: “Estaba hasta los huevos”. Las palabras se afilan como las navajas de Albacete. “A los padres, los héroes y los mitos se les respeta, niño”, enseñan los abuelos. Florentino y sus acólitos ni tienen abuelos ni falta que les hace. Florentino pasa por una suerte de Hannibal Lecter, devorador de mitos. “Saturno devorando a sus hijos”. Textual: “Hannibal desde una posición esquizoparanoide, comienza a desarrollar fantasías de persecución de los objetos “malos”. Estas fantasías funcionan como una defensa para negar la realidad externa. Pero también como una forma de defenderse de su realidad interna (del miedo, la frustración, el odio y la agresión).También desarrolla fantasías de grandiosidad, a través de las cuales idealiza su propio Yo como “superior”. Esta grandiosidad constituye una manera de defenderse frente a otras ansiedades depresivas inconscientes, en las cuales el objeto esta irreparablemente destruido. En conclusión Hannibal utiliza procesos de escisión y negación primaria, que no le permiten elaborar la pérdida y alcanzar una posición depresiva.Desde un Análisis estructural, Hannibal presenta una estructura de personalidad limítrofe de bajo funcionamiento. Esto quiere decir que presenta una difusión de identidad, en la cual no es posible mantener un concepto integrado de si mismo y de los demás. Esto se evidencia en la incapacidad de adjudicar atributos positivos y negativos a él mismo y a los demás a través del tiempo y en distintas situaciones. Él es completamente bueno o malo, y los demás también son percibidos bajo esta lógica”. Up up and away, fin de la cita.

El de Florentino Pérez a Casillas, más que un homenaje, fue un narcocorrido. El consabido “se va porque él quiere” es su macabro estribillo con la melodía de “Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero”. La soledad del portero emparenta con la del corredor de fondo, pero sin kilómetros a los que aferrarse. El portero, generalmente, es ese chico gordito que no vale ni para lateral derecho en los partidillos del patio de recreo. Encima Casillas es tirando a bajito. Los porteros suelen tener un tirito dao’, de qué si no se va a poner uno a recibir pelotazos e intentar parar lo humanamente parable. El mandamiento primero bajo los palos. Un penalti de Roberto Carlos es como “Los fusilamientos del 3 de mayo” de Goya. Ingrato oficio, como el del enterrador. Un día, con 21 años, imberbe, Casillas rompió en santo en Glasgow. Arjen Robben aún tiene pesadillas con el mano a mano de Johannesburgo y hasta el pasado Mundial de Brasil en el que el holandés errante se desquitó en parte, pasaba por una especie de Caillou con la cara desencajada del cuadro de “El grito” de Munch, botas de fútbol y equipación naranja. Sin aquella parada, no habría “Iniesta de mi vida”, como tampoco existiría el penalti de Cesc Fábregas a Italia en Viena y ahí andaríamos aún, como el gato de Schrödinger, la paradoja española de los cuartos de final. El mundo entero sabía y sabe que Casillas ni va bien por alto, ni es alto, y juega con los pies igual que Pistorius o el teniente Bubba. Sólo a Forrest Gump –o en su defecto, Sergio Ramos o Pepe- se le ocurriría echarle el balón jugado. Sin embargo, el mundo entero, en una pagana propensión al rito, sabía que en aquella tanda de penaltis contra Italia, Casillas iba a parar otro penalti. “Tócala otra vez, Sam”. El mundo entero y el propio Íker lo sabían porque la principal virtud –quizás la única- destacable de Íker Casillas es la fe. La fe mueve montañas y para penaltis y balones imposibles. Aquella parada a Perotti -así se llama, Jabois, casi como el actor de “No sois vos, soy yo”-en el Pizjuán sólo estaba al alcance de Ed Warner, el legendario portero del Maped y el Toho con apellido de productora de cine, y de Íker Casillas, el portero que se habría sacado de las entrañas la factoría Píxar. Pero Florentino siempre fue más de Benji Price.

El propio Íker Casillas ha vivido su leyenda como artista invitado, como galán inverso, de ahí su memoria de elefante con cada jugada, cada partido, cada alineación, cada gol, en un universo en el que los jugadores no saben ni contra quién juegan el próximo fin de semana. Buffon, el portero soñado por Florentino, el portero que daría un brazo por ser Casillas, elegante y eterno como Matusalén bajo los palos lo señala, con la raya a un lado: “Los pitos a Íker son ingratos”. (Buffon es a la portería lo que Monica Bellucci a los sueños. Elegancia y erotismo). E Íker, tan de Móstoles, decía que “cuando el público pita o aplaude es porque tiene razón”. El día que Mourinho –que como dice mi padre de los gitanos, con perdón de Fakali, “si no te la dan a la entrada te la dan a la salida”- sentó a Casillas en Málaga estaba cortando la coleta a Sansón, las alas a Ícaro y poniendo a Iscariote ante la máquina de la verdad. “Conteste después de la publicidad”. Casillas era tan real que sólo podía ser mentira. Los porteros, como los elementos de la tabla periódica, son químicamente inestables. Casillas emparenta con los gases nobles. Según la física cuántica, con mil millones de años apoyado en una pared hay posibilidades de atravesarla. El tiempo que dura el universo. Casillas no aguantó tanto y de Llourinho para acá su baraka y su fe se instaló, como hacen en Tokio, en una habitación para llorar. Cuestión de fe. La duda, “con su terrible nombre de perrita rusa”, pasó de ser una cita de un disco de El Último de la Fila –“Pequeño catálogo de seres y estares”- a corretear por la cabeza de Casillas, que por entonces era ya un espectro mudo. La duda es la hermana siamesa de la fe. Como en “El rival más débil”, sólo puede quedar una. Sin fe no hay milagros y sin milagros Casillas es simplemente un portero normal. Por cualidades y capacidad técnica, hay una decena de arqueros más dotados que Casillas en los últimos 20 años, incluido Diego López, al que apodaron “basurero” sus compañeros en el Sevilla por sus hechuras, y fue rescatado por Mourinho para tirar la basura en plan Lipasam “limpiando sobre limpio”; y, por supuesto, Víctor Valdés, probablemente, con Casillas y Palop -otro que fundó religión en Sevilla-, el mejor portero de España en la última década, especialista y superviviente, un cancerbero cainita –y ahí emparenta con Toni Prats- al que sencillamente no le gusta el fútbol. Ya lo dijo Enric (González) –”Enric es mi pastor, nada me falta”-: “Este hombre, que no fue el mejor portero, demostró que podía hacer cosas que el mejor portero no podría lograr en su vida”. Cuando en Barcelona despiden a Xavi con los honores que merece y decretando, prácticamente, tres días de luto por su ausencia –y pocos son- y Casillas se va triste, solo y cabizbajo en Madrid, uno se llega a plantear incluso si no va a ser verdad que Cataluña no es España. Aquello de Larra: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. A los españoles de extrarradio no nos gustan, en general -es decir, que no nos gustan y ya está-, los madrileños porque los madrileños son como Florentino Pérez. Mis cojones mandan, sibilinamente y sin subir la voz siquiera. Unos rascacielos aquí, unas llamadas a los periódicos para que las crónicas no las firme ese tipo que es del Atlético, un Pedrerol allá. Florentino Pérez le está haciendo más daño al Madrid y a Madrid que una portada de Interviú con Esperanza Aguirre y Carmena en un jacuzzi a lo “Mamá Chicho”. Florentino, con el dinero por castigo, tiene más peligro que Manuel Algueró, deconstructor; autor de 5.000 demoliciones en España y Turquía. “Con 250 kilos de goma-2, en tres segundos derribo la Modelo”. Lo mismo anda Florentino con el Madrid. “Todo poder es una conspiración permanente”, Balzac. “Sólo somos hombres de negocio que dan al público lo que quieren”, Capone. También las grandes pirámides, según los arqueólogos, fueron levantadas con escombros. ¿Puede un agujero negro devorar a su propia galaxia? Recientemente han hallado un extraño agujero negro supermasivo que crece mucho más deprisa que la galaxia que lo contiene. Igual le llaman Florentino.

El adiós de Casillas es tan triste como el microcuento que Hemingway parió en una apuesta lisérgica y en seis palabras: “En venta zapatitos de bebé. Nunca usados”. Casillas, que era trinitario, ganó tres copas de Europa con el Madrid; dos Eurocopas y un Mundial con España, que, en total, también suman seis, como las palabras del cuento de Hemingway en inglés. Como Ernesto Sábato, Íker, el legendario portero del Madrid de los túneles y la M40, siempre podrá decir aquello de: “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío”. Por más que se dibuje la sombra de la custodia de un hombre con astas de ciervo sobre la cabeza susurrando “Casillas” con el mismo tono que el doctor Lecter decía “Clarise” en “El Silencio de los Corderos”, Plutón tiene montañas de agua helada y permanece activo. Dicen que a Íker Casillas se le puede ver aún donde los arponeros del Peter’s Bar de Farial, la cantina más famosa del Atlántico Norte, como el capitán Akhab con guantes de portero, a la caza del sueño de Mobby Dick en una ciudad con aire de fado y nombre de puerto “donde bebe vinho amargo” y “canta con tristeza”. (“Por qué esos ojos cerrados”). “Por un amor desgraciado. Por eso canta, por eso pena”.

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