Abismos (Hijos de la crisis)

Cuando se siente el abismo tan cerca,
uno siente la tentación de caer en él,
de poner fin a la espera,
de ser abismo.

I

Como cada día a la misma hora de cada día, abrió el diario, con el café en la misma taza de cada día, y comenzó a leer, como cada uno de sus días, por la página, gris aunque negra, de las esquelas de aquel día.
No hay testigos para saber si parpadeó una, dos, tres o cien veces. El hecho es que el tiempo pareció detenerse; la brisa pareció detenerse; el humo del café también pareció detenerse; y hasta se llevó una mano a la altura de donde dicen que está el corazón, por si al sístole no respondía un diástole y le había dado también por detenerse.
Eran las 9:37 de la mañana. Bajo una cruz –sencilla pero solemne-, una serie de letras estilo arial –sencillas, solemnes, serias y claras, a la vez- que una tras otra componían su nombre.
“Carajo”, se dijo.
La vida es una bofetada sin manos. Los ríos que van a dar a la mar, Manrique y esas cosas. Etcétera… “Una muerte tan escondida que no te sienta venir”. A esto debía referirse Santa Teresa, imaginó, aún con los primeros bostezos de la mañana e ignorando que los muertos leían la prensa y hasta podían bostezar.
La muerte, el anuncio a dos módulos de una esquela en el periódico.

II

Toc, toc, toc. Será Caronte, desdentado y barbado, pensó. Toc, toc, toc. No, Caronte no puede ser. Dónde iba a aparcar la barca. ¿En la zona azul? No, Caronte no puede ser, reflexionó.
Toc, toc, toc. Pues será el señor Scrooge, pensó. Se supone que estoy muerto, musitó. Lo dice el periódico, murmulló. Lo normal, así lo escribió Dickens, es que algún tipo de fantasma, más o menos perverso, más o menos siniestro, me lleve en viaje astral por los recovecos de mi conciencia, se dijo. Pero no era el señor Scrooge, lo que le hizo descartar –siempre se le dio bien la lógica deductiva, así lo reflejaba su esquela- que aquello fuera un cuento de navidad de Dickens. Al fin y al cabo, ya era noviembre y empezaba a hacer frío.
Toc, toc, toc. Volvieron a llamar. “Se que está ahí”, escuchó. Era mucho peor que un fantasma tenebroso. Era el señor Braun. Su casero, que no venía a redimir los pecados cometidos. Venía a recordarle que le debía varias mensualidades del alquiler de la buhardilla que habitaba y había visto en los papeles que era un hombre muerto. Como no me pagues monto un pollo en el entierro, le advirtió. A lo que el hombre (muerto) respondió con una serie de incontables parpadeos –el tiempo transcurre de otro modo en el otro mundo- y la cara pálida –al fin y al cabo, era un muerto, y no se recuerdan muertos morenos-.

III

Fue a su propio entierro. Recibió –con afecto y perplejidad- el pésame de sus allegados. Pensó en emular “El grito” de Munch, pero finalmente optó por ser como “El Silencio” en La Campana.
Te acompaño en el sentimiento, le decían algunos. Espero que hayas arreglado lo del alquiler, le sugerían otros. Hasta que llegó un momento en el que el soniquete le hizo abstraerse y pensar. Y pensar. Y pensar.
¿Existiría el limbo? ¿Iré al paraíso? ¿Hay un cielo para españoles y otro para franceses? ¿Estaremos todos mezclados y, si es así, cómo nos entenderemos? Qué más da, si estamos muertos. Se preguntaba y se respondía, mientras seguían llegando los pésames. Y recordó aquello de Roberto Bolaño: “Acercarse o alejarse del infierno. A eso se reduce todo”. Puede ser que el infierno sea habitable, igual que los testículos de cerdo son comestibles. Simple cuestión de gustos, reflexionó.
A las puertas del camposanto había una cabina de teléfono, en la que un allegado preguntaba por Pedro. “Coge las llaves, no las olvides, están encima de la mesa”, escuchó. Lo que interpretó como que uno de sus familiares tenía mano con San Pedro y trataba de ahorrarle tiempo de purgatorio, o de donde fuera, facilitándole al santo, conocido por su mala cabeza, el hallazgo de las llaves de allá adonde supuestamente iba a ir. A ninguna parte, de momento.
“Te acompaño en el sentimiento. Espero que hayas arreglado lo del alquiler”.

IV

No sólo acudió a su entierro. No sólo aguantó estoicamente la batería infinita de pésames y advertencias sobre la importancia de tener el alquiler al día antes de morirse. Además, el hombre (ahora muerto) acudió junto a sus amigos y allegados a emborracharse. Él se pidió un Martini. Pidió un canapé de lo que tuviera, por aquello de los 21 gramos que dicen que pesa el alma y se pierden al morir. Veintiún gramos arriba, veintiún gramos abajo, no se van a notar, se dijo. “Además, me temo que mi alma era flacucha. Ya me lo decía mi madre”. Poco importaba si al día siguiente tendría mal cuerpo. Un día es un día. Carpe diem, se dijo. A lo que un amigo de la infancia respondió: “Hakuna matata; don’t-worry-be-happy”. Para después añadir: “Perdona, es que estoy quedando con tu viuda novia. No te importa, ¿verdad?”.
Ante semejante panorama, decidió poner todos sus sentidos en lo que le decía otro amigo, tan afectado que, al parecer, comenzó la ronda in memoriam del fallecido con varios tragos de lo primero que tenía a mano. A saber, un frasco de Massimo Dutti. Sabía a rayos, pero olía fabuloso. A esa hora, tras el choque de ver la noticia en las esquelas del periódico, la parafernalia del tanatorio y el entierro, ya se había pasado a la ginebra con lima. El aliento, no obstante, seguía oliéndole a Massimo Dutti. “Bebe y olvida, pare”, le dijo al fallecido. “Pero si yo no tengo nada que olvidar, pare”, respondió el protagonista de la esquela, aunque en realidad toda su vida -y ahora, en toda su muerte- deseó tener la memoria de un pez.

V

“La muerte es ese color ultravioleta que no veo, ese ultrasonido que no escucho”. A esto debía referirse quien quiera que escribiera eso. “Aunque yo añadiría: la muerte es una esquela en el periódico”, apostilló. Se quitó las ropas de luto negro, al fin y al cabo, venía de su propio entierro. Él, que alguna vez imaginó morir como Lorca. No tanto fusilado, sino con un banderillero anarquista a cada lado y un maestro. No somos nadie, se dijo. “He venido aquí para morir, pero no para estar muerto”, le dijo su rostro ante el espejo, con la callada tristeza del silencio de fondo; el deseo contenido en el cerebro; los nervios a flor de piel; y un eco lleno de misterio. Y se fue a dormir, con la esperanza de que todo aquello fuera un sueño, un mal sueño de anticipado invierno negro. Y que al despertar y revisar las esquelas de aquel día, no estuviera su nombre entre el listado de recién reclutados por la pálida dama. Consiguió dar alguna cabezadita y permaneció un largo rato en duermevela, escuchando el camión de la basura debajo de su ventana. Era definitivo y no parecía que hubiera vuelta atrás. Quizás al tercer día. Pero es ahora y desde las 9:37 de aquel día de noviembre, se dijo, soy un muerto. Otro muerto entre no-vivos y vivos rutinarios. Uno más de tantos que hace años que dejaron de ser niños y cuya principal preocupación es pagar el alquiler. “Vivió pagando y murió debiendo”, se leía en su nicho.

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