Te doy mis ojos

Ignoro si es amor la razón o, mejor, el sentimiento que explica que una persona perdone a otra que ha intentado matarla. Ignoro las razones que dan derecho a matar a alguien, a nadie. Pero, eso sí, tengo la certeza de que quien muere, no vive más.

Desconozco las causas pero sé de algunas cifras estremecedoras: “Un total de 21 mujeres fallecieron durante el primer trimestre de 2006 a manos de su pareja o ex pareja”, es decir, a manos de alguien que, supuestamente, las quería. Primero les dieron los ojos; después el corazón y el alma; finalmente, la vida.

Esta semana también se ha conocido que la Audiencia Provincial de Jaén ha condenado a dos años de cárcel a un hombre que contrató a dos marroquíes para que asesinaran a su mujer porque creía que le era infiel. El encargo era “sencillo”: “pinchar” a la mujer, “quitarle el bolso y arrojarla a un contenedor de basura para simular un robo”. En 6.000 euros valoraba este hideputa la vida de su compañera. La víctima –porque es víctima aunque ella aún no lo sepa- ha solicitado el indulto porque su marido “se ha arrepentido mucho”. Es más, ella quiere seguir viviendo con él. Éste no es un caso aislado. Es uno de muchos. Y van en aumento.

Ante tal complejidad de la naturaleza humana, ante la posibilidad de “querer”, de estar enganchado a algo o alguien que te quita la vida, que te mata, que te perjudica, a uno le atacan las dudas porque las certezas huyen ante la sinrazón de los sentimientos. ¿Se puede amar a quien, poco a poco, golpe a golpe, te mata? ¿Se puede temer a quien se ama?
Concibo el amor bajo la premisa de “llevar gentilmente al otro hacia lo que el otro es”. Al final de la partida, en los epitafios: sentencias como “la maté porque era mía” o “no puedo vivir ni contigo ni sin ti” –obviemos el catálogo previo de “voy a cambiar”, “yo te quiero”, “me daba motivos”…-. Por ello, no cabe más que pensar que esta barbarie del sentimiento, este te quiero pero no me quiero yo, esta hiperbólica anulación de la persona, emparenta con aquello que decía el abuelo de “dios los cría y ellos se juntan”. Y lo triste es que se juntan en un camino bajo el común denominador de la destrucción.

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