Cerrado por envidia

Envidia (15)

La Envidia. Grabado alemán, c. 1587. “Invidia atra hues, successibus aspera faustis, ipsa fit infaelix carnificina sui”.

Se lo escuché a Juan Cruz en “La ventana”. Después, de golpe, rememoré las clases de latín del catedrático Antonio Recio. “Envidia” significa etimológicamente “mirar mal”. Hay cosas que uno no es que no las olvide, sino que jamás deja de recordarlas. Isabel Coixet mira la vida con gafas de pasta con montura de colores. Coixet sabe aquello que enseñó el Principito, que “lo esencial es invisible a los ojos”. Por eso, mira con los ojos cerrados. Ella sabe que las palabras tienen vida secreta, que sin palabras con las que dar nombre a las cosas (a la vida), la vida no es, la vida no existe. El maestro Raúl del Pozo lo tiene claro: “Si al hombre se le cambia el sentido de las palabras sólo queda un mono pajillero”. Del Pozo, pozo de sabiduría, cuenta noches en vela y, por ejemplo, a la hora de elegir del diccionario, se queda con “coño”. “Porque es el punto de apoyo, el centro de la vida”. María Sharapova también lo sabe. “Ser objeto de envidias forma parte de mi vida”, dice, agraciada como está con el inmisericorde don de la belleza. Al parecer, vivimos en una sociedad incapaz de amar pero capaz de sentir envidia sana, lo cual es algo tan engañoso, tan falso, como el anuncio que el caníbal puso en internet: “Busco hombre para devorar”. Y el hombre fue y se dejó devorar. “El hombre, lobo para el hombre”, nunca mejor dicho. Esta misma sociedad nuestra nos da ejemplos diarios. “Qué morbo tiene” decimos sobre algo o alguien que se supone nos atrae. Morbo procede del latín “morbius” (muerte). Con el miedo que se tiene a la dama blanca, resulta extraña la proliferación de esta palabra, su uso desmedido. La otra noche lo soñé. Acudí a la consulta de un médico que resultó ser, literalmente, un corazón. Se lo conté, que en las palabras somos y existimos, que nos unen y separan, que no es lo mismo “ser” que “estar”, que me sentía incapaz de sentir “envidia sana”, poseído por la tristeza del bien ajeno. El corazón, paradójicamente, se quedó pensando. No dijo nada, ni sístole ni diástole. Con su nerviosa letra de hormiguita, recomendaba: “diccionario y abrazos. Tratamiento intensivo”.
Al día siguiente regresé a la consulta. Quería saber si el corazón conocía algún lugar donde tropezar con abrazos más allá de las luces de neón. En la puerta encontré el mismo cartel que halló Juan Cruz, bajo el signo del síndrome de Solomon, donde ya no quedaba el humo de un estanco de Palma: Cerrado por envidia.

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