Ángeles de la guarda para los nadie

Reportaje de personas sin techo con los servicios sociales del A

Fotografía de Manuel Olmedo.

La rutina pudiera tener sabor a croquetas. En Navidad, a mantecado, a alfajor, a mazapán, quizás. En la noria de este mundo hay quien muere de hambre y quien muere de indigestión. La justicia y la libertad son dos siamesas que fueron separadas en el parto. Con o sin crisis, nivel de vida equivale a nivel de consumo; calidad de vida, a cantidad de cosas que uno tiene; y a los pobres no les gusta comer promesas. En verano, en la calle, hace todavía más calor. Y en invierno, a la intemperie, el frío se mete en los huesos y tirita hasta el alma. Igual, un día o una noche, sólo queda de ellos un cuerpo frío, sin manta, con un perro al lado que llore, junto a un cartón con una leyenda escrita a boli Bic. Aquí yace Fulano de Tal, tuvo dos amores, algún amigo, varias deudas y unos calcetines a medio zurcir. En Sevilla, este año se han dedicado 4.120.000 euros a las personas sin hogar. En 2011, se atendió a 564 usuarios. Este 2012, sólo hasta finales de noviembre, van más de 600 casos. El destino es un croupier desalmado.

La Delegación de Familia, Asuntos Sociales y Zonas de Especial Actuación puso en marcha el pasado 28 de noviembre, y hasta el 27 de febrero, la campaña de frío, dirigida a personas en situación de exclusión social y sin hogar. Durante la última ola gélida, que duró diez días, se atendió a 109 personas (102 hombres y siete mujeres), la mayoría de origen extranjero, y se registraron 197 alojamientos (179 en hostales, 15 en el Centro de Acogida Municipal y tres en el Centro de Baja Exigencia Juan Carlos I).

Las personas sin hogar cuentan con una semana dedicada al año, pero la cotidianidad real marca que, en un mundo donde se confunde valor y precio, divisa y corazón, alma y presupuesto, los nadie valen menos, no ya que la bala que los mata, que escribió Galeano, sino que la manta que los cubre.

Ellos se ocupan de que no les falte abrigo. Los servicios sociales del Ayuntamiento devienen en una suerte de ángeles de la guarda para los nadie. Ellos conocen el nombre de cada uno de los sin techo de cada una de las rutas de cada calle. Ellos les escuchan y les recuerdan que no están solos, que al otro lado de la sociedad se les espera. Ofrecen mantas, bebida caliente, un techo y les devuelven la dignidad personal que se les niega al cruzar por su lado sin siquiera mirarlos. «Es un trabajo dilatado en el tiempo. No se trata de algo puntual», explica Francisco Calabozo, coordinador del programa de Emergencia Social, cicerone en el averno de las calles para los nadie. «Que no se les olvide que estamos aquí».

Calabozo cuenta que «hay más demanda de atención, pero no más sin techo por la crisis». Entre un 5 y un 10%, «cifras similares a hace dos años». La de sin hogar «es una condición temporal y un grupo heterogéneo». «Mucho temporero» y, aparte, «hay población estable que vive en la calle».

El dispositivo de Emergencia Social trabaja con una furgoneta habilitada del 112, «un vehículo que da agilidad al servicio». Los principales focos, en invierno, se sitúan en la calle Imagen y el Pumarejo. El centro del centro. «Se ahorra tiempo y están adaptados para personas con movilidad reducida».

Muchos son mayores en exclusión o por maltrato. Los «ángeles» de Emergencia Social venden «optimismo, ganas de vivir, responsabilidad ciudadana». En resumen: «Que sepan que le importan a alguien». Y se van a sus casas, con la luna ya menguando, con la incertidumbre de no haber encontrado esa noche a Juan, el anciano que ocupa aquella esquina o a la viejita que duerme entre cartones en Marqués de Paradas. Quien manosea el dolor debe asumir ciertas consecuencias, es una ley no escrita. Luces y sombras del trabajo de ángel de la guarda.

Esta noche hay cinco en el Pumarejo, hablando, caminando, como en una primera comunión, como si no quisieran molestar. Los servicios sociales llegan «cuando el resto de redes ha fracasado». Familia, Recursos Sociales, Toxicomanías. «Después de esto, no hay nada». «Los hay que llevan años en Cristo de Burgos. En invierno se cobijan en la calle Imagen en los soportales», cuentan Esther Consuegra y Alejandro Bernardo, mientras conducen una furgoneta amarilla. Estrella fugaz bajo la artificialidad de las luces de Navidad.

«Hay que cambiar el contexto, jugar con sus reglas. Se trata de una atención en medio abierto. Muchos no quieren ayuda y hay que tratar de hacer que quieran», explican los servicios sociales. «Presencia y perseverancia. Hay que estar preparados para aceptar el rechazo», describen. En ocasiones, «hay gente que da el paso y retorna» a la vida con techo. No son tan distintos a cualquiera. Los «intocables» de occidente a veces nacen y otras se hacen. La casualidad es la décima de las musas. Tomaron un camino y acabaron en ninguna parte. «Por encima del 30% tiene problemas con la bebida». Nómadas lisérgicos. Alcohol más frío y/o calor es una ecuación que acaba en hipotermia y, puede, muerte.

A veces, como en la película «Cadena perpetua», los presos de la calle lo que más temen, tras el paso del tiempo, la calle, el calor y el frío, es lo que más desean: el retorno, la normalidad. «Ese hombre se ha pasado aquí más de 50 años; no conoce otra cosa, aquí dentro es importante, culto, fuera no es nada, un viejo inútil con artritis en las manos, no podrá conseguir un puñetero trabajo. Créeme, estos muros embrujan, primero los odias, luego te acostumbras y al cabo de un tiempo llegas a depender de ellos… Eso es institucionalizarse», explican en el filme protagonizado por Tim Robbins y Morgan Freeman. Algo así pasa en la calle. «Todos los largos viajes comienzan con un paso», alegan los «ángeles de la guarda».

Tiene las manos enjutas, surcadas en algún tiempo por la utopía. El frío, irremediablemente, te deja cara de alcayata. Francisco, con la quietud de la pelusa, espera a la vida y, sobre todo, que el reloj pase por fin de las 21:00, sentado en un banco de Cristo de Burgos, esperando el cierre de los comercios para refugiarse en algún rellano como quien espera a Godot. Capitán Akhab sin techo, lleva desde los 23 años en la calle y ha estado «por toda España». «Desde Galicia a Málaga». Cuando cae la noche, se refugia «en los soportales». Espera «una carta del juzgado después de un pleito» para «volver a irse». Hace globos a los niños, limpia cristales y así saca «para pan y para ir tirando». «No quiero manta», dice a los servicios sociales. «La otra noche me dio una señora un edredón así de gordo», señala; y marca como diez centímetros con los dedos. Tampoco irá hoy al albergue. Guarda «su razón» a los pies y no deja de darle dentelladas, de juego y cariño. «Se llama Muá». Perdió otro perrito en Málaga y a éste lo encontró «hace unos meses, lleno de bichos». Desde entonces no se separan. Son manada. Muá es toda la compañía, y familia, de Francisco. «Mejor el relente» que la soledad. Pobre es quien no tiene a nadie.

«¿Frío? Verás cuando llegue el calor cómo también nos quejamos», bromea. «El amanecer anterior hizo dos grados», recuerda Jesús, un sin techo mayor que se acerca a hablar con los servicios sociales con el cielo hace rato color mortaja. «Aquí tiramos. Quitad a la gente de la vera del río, de la humedad», reclama. «Ay, de mí, Llorona, llévame al río. Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío». Canto triste mexicano junto al Guadalquivir, anónimo como un sin techo.

Con la campaña de frío, se ha duplicado el número de plazas en la ciudad respecto al año pasado y mejorado los recursos con «el único objetivo de que haya el menor número posible de personas pernoctando en la calle», informa el Ayuntamiento. Los principales beneficiarios de la ayuda son «aquellas personas en situación cronificada de calle, es decir, aquel grupo de personas que lleva muchos años como persona sin hogar, que sufre un gran deterioro físico y psicológico, que vive en cualquier lugar y que, por lo general, no utiliza la red de atención».

Los servicios sociales han acondicionado 40 plazas para pernoctar en camas de campaña en el Centro de Acogida Municipal (CAM). El acceso a este recurso se realiza a las 19:30 y la salida es a las 9:00. Se facilita aseo, ropa, lavandería, consigna, alimentación y pernoctación. También se han acondicionado 20 plazas para pasar la noche en hamacas en el Centro Miguel de Mañara. En el Centro de Baja Exigencia Virgen de los Reyes se llega a 40. Se dispone de 15 más los días de alerta para pasar la noche en sillones en el CAM, que cuenta con 185 plazas, 165 residenciales y 20 más durante la campaña de frío. A la sombra de la Torre de los Perdigones, la Giralda de los pobres, los sin techo juegan al billar o ven el concurso de Arturo Vals. Un grupo conversa, «eternos y escondidos en la lluvia, diciéndose quién sabe qué silencios», como los versos de Benedetti. Sobre una de las mesas, se han dejado el libro «Lo real», de Belén Gopegui. En las paredes, carteles que rezan «Caminante no hay camino», «El pasado es un prólogo». La esperanza también se abriga.

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