Crónica de una muerte anunciada

La valkirias, los ángeles de la muerte, se posan sobre nuestras ventanas y hasta nos guiñan un ojo, pícaras y putas, mientras tecleamos nuestro teclado sin poder fumar. Primero fueron las olivettis, ahora os toca a vosotros; parecen decir a nuestro luto de pena negra. El canto de los pájaros suena estos días al más triste réquiem de Mozart. Hoy ha cerrado La Opinión de Granada, muriendo de la mano de Francisco Ayala. Pero mañana será Onda Giralda, la delegación de El Mundo en Huelva o La Voz de Cádiz. Las campanas repican y el sepulturero prepara la fosa. Esto no ha hecho más que empezar. La Caja de Pandora, con sus truenos y sus plagas, ha sido abierta.

Compañeros, grandes profesionales, como Paloma Jara, a estas horas, como ella dice, seguirán con la niebla metida en los huesos. Mi comadre Carmen Rengel estará haciendo fuerte de su inmensa vocación –la más grande que jamás veré- para tirar pa’lante. Mi Inmita Carretero, desde la claridad de su “lado oscuro”, cuenta las lunas que vivió ese periódico -2.182- y le dará vueltas a las mismas preguntas: “¿Qué estará pasando a esta hora en esa redacción? ¿Cómo se escribe el último editorial? ¿Cómo se entrega la última página en cierre? ¿Serán noticia de su periódico estos trabajadores despedidos?”. Las mismas preguntas de los instantes finales de La Opinión de Granada, un cerrojazo con unas horas de preaviso. Los terroristas dan más tiempo cuando llaman para avisar de que han puesto una bomba asesina.

Mi hermano en la trinchera, José Antonio Sola, tendrá pesadillas. Sube la escalera azul de la redacción de La Opinión –como hizo durante años- y no hay puerta por la que entrar. Sólo vacío. La pesadilla es que no es un sueño. La pesadilla es que es real.Ha cerrado un periódico y tiene menos repercusión que si cierra una panadería, me dice, me cuenta, respetando la gran importancia del pan y la harina en el engranaje democrático, en la consolidación de los valores que hacen del mundo un lugar un poco menos inhóspito que en la Edad Media. Cuando cierra una de estas importantísimas panaderías, ahí está un periodista para denunciarlo, para criticarlo, para que se sepa. Cierra un periódico y apenas se cuenta nada. Extraoficialmente, que la empresa tenía 22 millones de euros de beneficios, pero que esa “sucursal” daba pérdidas y estamos en crisis, oiga.

Todos estamos de acuerdo. “Será una sociedad más pobre, por poco que pueda llegar a enriquecerla en determinados momentos un periódico pequeño y herido por la falta de recursos”, explica Lacárreter. Con su diapasón sobrado de bondad, apuntaba a la sociedad, a la falta de interés por la crítica, la reflexión y las ideas. Jorge Javier Vázquez es premio Ondas y Belén Esteban una líder mediática.

A modo de macabra moraleja, Pedro Ingelmo –uno que dignificaría los premios Ondas- entrevista al único periodista español que ha ganado un Pulitzer. “Cada vez somos más los periodistas que pensamos que tenemos que reconquistar nuestro oficio porque los medios han perdido el norte”, explica Javier Bauluz. “Informar ha pasado a un segundo plano. Soy de los que pienso que la información es un servicio público, como la sanidad o la educación, y que no debe someterse a intereses ajenos”. “Ahora hay más posibilidades que nunca de acceder a la información”, comenta Ingelmo. “No es cierto, de hecho creo que hay menos posibilidades que nunca. El 90% de los contenidos de los medios convencionales vienen de las mismas fuentes. Son las mismas historias y eso no explica lo que sucede en el mundo. Los medios no cuentan qué sucede”, responde Bauluz. El 90% de los contenidos, las mismas fuentes. Los medios no cuentan lo que sucede. El 90% de los contenidos, las mismas fuentes. Los medios no cuentan lo que sucede. Conviene repetirlo y memorizarlo, porque es parte del diagnóstico.

“En Internet está todo”, señala Pedro Ingelmo. “Internet es la gran biblioteca de Alejandría y el usuario muchas veces busca sin saber siquiera lo que está buscando, se pierde entre miles de estanterías. Y en la mayor parte de esas estanterías no hay información alguna y están elaboradas sin seguir criterio periodístico alguno”, asegura Javier Bauluz. “Hay quien piensa que estamos en una edad de oro de la información”, dice sin creérselo Ingelmo. “Yo sé que la crisis está expulsando a la calle a algunos de los periodistas de mayor calidad de este país. Fíjese lo que ha pasado en TVE. Podría poner muchos más ejemplos”, responde Bauluz. “¿Y cómo son los que se quedan?”. “Pues no lo puedo saber porque la mayoría de los periodistas están secuestrados en las redacciones. Estoy convencido de que el concepto que tiene la sociedad que demanda información es que los periodistas son esclavos al servicio de intereses que no pueden controlar”. Ahí lo llevas, ración y media de verdades del barquero. Marchando, que es gerundio. Como muriendo.

Decía Concepción Arenal, ya en el siglo XIX, que “el que generaliza, absuelve”. Todos tenemos culpa, pero no la misma culpa. Todos, pero a mí no me comparen con las grandes industrias ni con los jefes ni con los cómplices que callan y no denuncian. Muchos, siguiendo con los muertos, estamos como López Vázquez en La Cabina, gritando presos sin que nadie quiera o pueda escuchar. Decir que la sociedad es responsable de esta defunción es decir que nadie es responsable. Y los hay, y suelen ir de chaqueta y corbata y esos no están en paro.

¿Y por qué? ¿Cuál es el móvil de este asesinato con premeditación y alevosía? ¿Por qué prolifera el “canutazo” y se intentan imponer comparecencias sin preguntas? ¿Por qué no hay profesionales dedicados a investigar la corrupción de los altos y los bajos cargos? ¿Por qué no se dice e investiga que se ha pagado como mínimo 210.000 euros a Bill Clinton para que venga a Sevilla a decir que las energías renovables son una cosa mu’ bonita? ¿Para eso hay dinero y para montar empresas o prestar dinero a los autónomos no? ¿Por qué no se explica que se levantan aceras y se vuelven a levantar con fondos del Plan 8.000 -8.000 millones de euros- en un ejercicio hipócrita por parte del que da y el que recibe de “dame pan y no me llames parado”? ¿Por qué no se cuenta, por ejemplo, que Cajasol pide fondos de la ayuda estatal que pagamos todos a las entidades financieras, porque sus números no cuadran? ¿Por qué, entonces, por seguir con el mismo ejemplo, no se dice que esos fondos van a parar a un rascacielos absurdo sin ningún fin social, que es la base y el fin primero y último de las cajas de ahorro? Porque el banco es el poder y su hermano siamés es el poder político, y ahí está Rodrigo Rato al frente de CajaMadrid. Porque la soga que nos ahoga es la correa con que tienen amarrado al perro del periodismo, en otros tiempos dóberman, ahora chiguagua. Porque el periodismo de agenda conviene al que paga, que, en la mayoría de ocasiones, suele ser el que roba.

Dice Pedro J. Calvorota que “en unos años habrá un nuevo periodismo”, como el que anuncia la llegada del mesías. Cebrián hablaba hace unos meses de una gran convergencia en poco tiempo y no daba más de tres o cinco años a los actuales periódicos de papel.

El nuevo periodismo, según parece, es un periodismo sin periodistas ni denuncias, con ineptos en las jefaturas de redacción que lo mismo te preguntan en qué juzgado hay un juicio para mandar al fotógrafo –mire usté, da igual en el que sea, porque el fotero no puede pasar de la entrada- o que te piden el sumario del caso Marta del Castillo como si lo vendiesen por tomos en el estanco del Prado. El nuevo periodismo es un periodismo con redacciones de cuatro, cinco o seis personas, que no piensen por sí mismos, preferiblemente. En el nuevo periodismo, por el mismo salario, o menos, el periodista escribe la noticia, hace la foto, la mete en la web, maqueta, pone el café y, si se tercia, toca las palmas y canta fandangos. El nuevo periodismo regala vajillas y películas baratitas con el diario. El nuevo periodismo, un día de estos, abrirá en portada con el horóscopo, firmado por el brujo que lesionó a Cristiano Ronaldo. El resultado es que el periódico cada día se parece más al ¡Hola! y que el verdadero lector lo lee como si estuviera escrito en nushu, el lenguaje secreto de las mujeres chinas.

Dicen que, una vez, un japonés logró hibernar. Quizás esta muerte sea sólo hibernación, sueño para regresar con sol. La triste realidad es que, aunque ésa sea la opción menos mala, cuando más falta hacemos es cuando llueve y hace frío. El nuevo periodismo es el fin del invento. Y, mientras pasa, nosotros, los periodistas estamos tecleando el teclado, con el réquiem funerario de Mozart de fondo, y mirando cómo nos guiña el ojo una valkiria, puta y pícara, que se posa en la ventana.

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