Gran Pepón (Jurado) de las pequeñas cosas

Al principio fue Pepón, después, quizás, vino la palabra. Pero antes de todo eso, seguro, fue la música. Un poco de blues. Una marcha de Semana Santa. Un soul. Lo demás fue una derivada en un cruce de caminos como el que, dicen, engendró a Robert Johnson.

Pepón no era un hombre, es una cátedra de vida. “Soul man” con cigarrillos Celtas en el bolsillo de una camisa de formas imposibles. No es que Pepón fuera retro, es que, como los grandes clásicos, era atemporal. Un Expediente-X al que aferrarse gravitando por quién sabe qué constelación. Casi dos metros de tío dotado con la empatía rudimentaria de nuestros primos los macacos, que se dice pronto, en una jungla de asfalto y ojana; y con “la intelijensia de saber el nombre esacto de las cosas”, que ya quisiera Juan Ramón. Grande y vetusto como una farola fernandina que alumbrara con luz de gas. Tan intrahistoria es Pepón que al final se coló en la Historia. En la de Sevilla, en la de la prensa de Sevilla. Eso a él le importaba el carajo la vela. A él, tan grande y tan chico a la vez, lo que de verdad le importaba era nuestra historia, que era intra(historia) y era entre todos nosotros.

Pepón siempre estuvo ahí y el quebranto de esa certeza asoma tras el abismo de su ausencia. Y como Pepón siempre estuvo ahí, uno, que mientras él se dedicaba a tender al infinito, a orbitar sobre la Tierra misma, surcar mares, habitar tierras, explorar confines, uno no tendía más que a colgar la ropa sobre el alambre, desnudo en un oficio de sueños -casi todos ya pesadillas-; ingenuo, uno pensaba que Pepón, igual que la Giralda, como siempre estuvo ahí, en una incierta lógica, Pepón siempre iba a estar ahí también. O que aún no había nacido el forense que certificara su muerte o, más aún, que ni siquiera iba a nacer. Pero “la eternidad se hace larga, sobre todo al final” al punto de que las frases de Woody Allen no son lo mismo sin la risa de Pepón –risa peponiana-, que era como si Porky fumara tabaco negro.

Es verdad que de un tiempo a esta parte se estaban muriendo señores que no se morían nunca, es verdad; pero siquiera eso te prepara para la bofetada sin manos de la muerte. Tan callada y tan hijadeputa. Tan estruendosa en su silencio como el final de un disco de vinilo rayado. “La normalidad es una ilusión; lo que es normal para una araña es el caos para la mosca”, decía Morticia Addams‏. Esa extraña sensación que uno tiene en los sueños, que no tienen tiempo, se adueña por dentro con el recuerdo de Pepón. Por eso quizás no se puede precisar el momento exacto en que Pepón entra en la vida de uno como un ermitaño sin intención de ser encontrado‏. Pepón tenía algo de padre que juega con los niños o de hermano mayor tardío en hombre temprano. Como Mr. Propper cuando era niño, uno se lo imagina “desde pequeño rarito”. Especial, vaya. Uno imagina a Pepón de niño igual que ahora, con sus gafas, su tabaco en el bolsillo de una camisa retro, siempre por dentro, su chaleco grana sin mangas, dinámico sin dúo y sin par, sus discos de vinilo, sus maletas siempre por la casa, su pasaporte a todas partes, su bolso bandolera, su barba de madrugada en vela. Entonces, un día tropiezas con una foto de Pepón en Facebook de hace unas décadas y se confirma el axioma: Pepón siempre ha sido exactamente igual y allí está en un estudio de grabación. Con los pelos a lo afro, pero igual.

(Escribo esto con mi hijo, que nunca te pudo decir hola y sin embargo me acompañó a decirte adiós, en brazos, mientras duerme, tecleando a una mano, jugando con los dedos, mano lenta, como Eric Clapton, para no despertarlo. En realidad, llevo meses postergándolo. Te gustará saber, por cierto, que Diego duerme con Yann Tiersen y Amelie desde que nació. “Tears in Heaven”, enseñanzas de Pepón).

Pepón era por definición el anti solipsismo, que es un “palabro” que etimológicamente significa que sólo yo existo. Pepón no necesitaba apuntar palabras raras. Sencillamente, lo sabía todo. Pepón fue lo contrario del resentimiento existencial del humillado. Un tipo con la certeza de que pasaría a la historia reflejado en las pupilas de los que pasarán a la historia y que ahora da nombre –que se jodan con sus garnachas de baratillo los que quisieron echarte de allí, que se jodan bien jodidos- a la Sala de Prensa del Ayuntamiento de Sevilla. Los periodistas sabemos desde Walter Cronkite que “si algo anda como un pato y dice cuacuá, lo más probable es que sea un pato”.‏ Cuando la cosa no estaba tan clara, desde el principio de los tiempos, todos preguntábamos a Pepón, que casi siempre nos descubría un cisne o una gallina donde todos creíamos que había un pato que hacía cuacuá. «Lo maravilloso de aprender es que nadie puede arrebatárnoslo». B. B. King‏.

Coincidíamos en que “El último de la fila” es el mejor grupo de los 80 a esta parte y puede que de la historia de España. Coincidimos en que Antonio Vega no era un hombre, era un ángel. Me reprochabas –y con razón- alguna canción de Bunbury subida al Facebook. Pepón era un ser inventado, como el comisario Moretti. Como Mastropiero. A mi pesar. Crítico como Chicote en la cocina del Guirigay. Con el vértigo inmaculado y adicto a la madrugada, donde todas las noches son siempre viejas. Paciente como el que le puso el nombre a Cienpozuelos.‏ Un tipo, al fin, capaz de ordeñar las nubes y regalar mensajes “urbi et orbi”, de ánimo, de buenos días, de cómo estás, que estás perdido. Los cumpleaños sin tus canciones, ahora que los chavales empiezan a preguntarme la hora hablándome de usted, son una putada doble. En tu última carta me decías que te había gustado lo que subí del asesinato de Cariñanos, que en realidad era un reportaje de hace unos años. Me contabas anécdotas de aquella fría tarde-noche. Como dijo Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio…”, acababas.

Repasando tus mensajes también caí en uno en el que una noche me confesabas que derramaste “una lágrima de felicidad” por mí y que se te vino una “canción triste -con la que me identifico bastante- pero que, en esta ocasión, tenía un final feliz”. “De vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas, nos pasea por las calles en volandas, y nos sentimos en buenas manos; se hace de nuestra medida, toma nuestro paso y saca un conejo de la vieja chistera y uno es feliz como un niño cuando sale de la escuela. De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla. Se suelta el pelo y me invita a salir con ella a escena. De vez en cuando la vida se nos brinda en cueros y nos regala un sueño tan escurridizo que hay que andarlo de puntillas por no romper el hechizo. De vez en cuando la vida afina con el pincel: se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla. De vez en cuando Poseidón envía a la mejor de sus hijas para rescatar a Robinson porque si no existieran “náufragos de arena” habría que inventarlos”. Cada una de tus palabras, cada uno de tus recuerdos, son un tesoro, José Luis Jurado, locutor de jazz, friki de Big Bang Theory, Sheldon Cooper de Triana, fan de los análisis de Carlos Mármol –y maldita la hora en que te tuvo que dedicar una entrada-; gran Pepón de las pequeñas cosas, nacido un 13 de octubre y muerto el mismo día que Bécquer. No se puede querer más a Sevilla. “Swing” no fue sólo tu primer programa, swing – Gandalf entre hobbits, como bien define Paloma Jara- es como tú te movías por la vida, que ya lo dijo Silvio: “Hay que tener roll, rooll, hasta para llevar un paso.  Porque es la única manera de que no te pese nada”.

Sevilla es una ciudad muy religiosa pero poco espiritual. Pepón, ser vicervérsico, era poco religioso pero muy espiritual. Pepón era un incunable. Una inmensa colección de discos de vinilo, cuidada como las medias de encaje. Una muerte tan callada, que le tuvieron que poner en diferido al día siguiente.

Luto contenido, tristeza contrapuesta. Seres desalojados. Los espejos te hacen estar en ningún sitio y el cielo adquiere color mortaja. Un barranco, un precipicio que amuebla por dentro. Dennis Hopper, Peter Fonda, Easy Rider en autobús. Gino Paoli, Senza fine. El tiempo amarillea, Fernán Gómez de Ronda de Triana, y llora más el ateo que el creyente. Lisboa, cementerio dos praceres. Al de Sevilla llega la vía del viejo tranvía para el último viaje. San Jerónimo. Fuego fatuo. Pepón en realidad quiso ser negro como Lorca en sus poemas de Nueva York y cantar jazz. Manojo de respuestas, temblor de preguntas. Cabeza que fluye a la velocidad de la luz. “Larvatus prodeo”. Avanzo ocultándome. Sevilla es muchas cosas y es también “la cocina del infierno”. Pepón, que empezó lavando platos, era su voz con resquicios de ultratumba. La Macarena, en el año I d. P. (después de Pepón) llora, tan humana como nosotros, porque echa en falta en un vahído de imposibles, radiando la salida por las ondas, la caricia y el compás de tu voz.

Pd.:Le cuento a Diego, entre notas de Amelie, que fuiste feliz “como un niño cuando sale de la escuela”.

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2 comentarios en “Gran Pepón (Jurado) de las pequeñas cosas

  1. Muchísimas gracias por tus palabras, por dedicar el tiempo necesario para decir cosas maravillosas y precisas de Pepe (salvo que en los últimos años ya fumaba Habanos…)jajaja.😊
    Las personas que también lo conocisteis y sois un espejo de sus cualidades humanas, lo perpetúan.
    La hermana pequeña de Pepon, Elena.

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