“A nosotros sí nos han condenado a una pena perpetua”

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Antonio del Castillo. Foto: Manuel Olmedo

El padre de Marta del Castillo es «un vencido», que no un derrotado. Vencido porque lleva dos meses –desde que desapareció su hija de 17 años– de «calvario» interior, pero sigue «luchando». Los trazos de su encefalograma podrían ser algo así como «el Guernica» de Picasso, pero pintado por el más burdo de los destripadores. Antonio del Castillo habla el idioma de la herida. Siquiera llora, al menos en público, como si no le quedaran lágrimas al hombre que perdió a su hija el 24 de enero y que a cada momento estallaba en llanto cuando pedía «más medios» para buscar a «su niña», mientras apostaba «los dos brazos» defendiendo que «no se había marchado voluntariamente». Entonces sí estaba derrotado, y perdido.

«Perdido» sigue, pero «sólo» vencido. Pese al desgarro sigue adelante, con la esperanza de que el mayor golpe al estómago que una ciudad milenaria, hermosa, dual y contradictoria como Sevilla recuerda –al menos desde el asesinato del concejal popular Alberto Jiménez Becerril y su esposa Ascen; y del coronel Cariñanos, a manos de cobardes tiros en la nuca de ETA– pase de largo. Que la herida cicatrice. Que el dolor se atenúe. De ser una persona «normal, con una vida rutinaria», ha pasado a ser un vivo rutinario. «Estamos sufriendo más de lo necesario. Esto es peor que un atentado o que un accidente». «¿Por qué mi hija?», le repite, católico pero no practicante, a dios. Irremediablemente, «uno se pregunta por qué».

En el alma de los padres de Marta viven los inviernos «más crudos», aunque ya sea primavera. Antonio del Castillo y Eva Casanueva son el ejemplo en vida de que «si el corazón pensara, dejaría de latir». El duelo es «hacer nuestra la existencia de un vacío». No es una cuestión «de los recuerdos o la memoria». El vacío de Marta se llena «de dolor». De «reconstrucciones truculentas» de un asesinato a sangre fría, con alevosía, torturas y está por ver qué más. «¿Qué más?». El corazón late, porque no piensa las posibles respuestas. «Un día tendremos que hacer nuestra vida normal. Lo malo es que cuando te sientas a la mesa a comer, en vez de ser cinco, somos cuatro, la cama está vacía, las fotos de ella, sus cosas, los recuerdos… Tendremos que aprender a convivir con ellos», suspira.

Uno pudiera pensar que la de los implicados son vidas trazadas al contrario. Pero no. De Miguel Carcaño, y lo que representa, y a cuantos representa, como cabeza visible –está por ver si pensante– de un crimen atroz podría pensarse que era un desgraciado. Huérfano de una madre minusválida que vendía cupones y a algunos de cuyos «clientes» les tocaba el premio de ir a su piso de León XIII, según algunos vecinos, «porque era ninfómana», según otros, porque así se ganaba un sobresueldo. Huérfano de un padre del que poco se sabe. Con varios hermanos de distinto progenitor; uno, Javier, vigilante de seguridad, detenido por su presunta colaboración en el crimen. Un chico, al fin, de infancia difícil, que «mentía a sus amigos diciendo que sus padres murieron en un accidente». Pero no. Carcaño no era un desgraciado. Miguel, es más bien, con permiso de la RAE, un «desgraciador». Una persona que a su alrededor siembra desgracia.

«Nos han destrozado la vida a todos y para siempre. Nosotros ya tenemos una cadena perpetua. Mi hija, también. Pero ellos, no. Ellos tienen todos sus derechos. No es que no tengan que tenerlos, pero es que están más protegidos los delincuentes que las víctimas», clama el padre de Marta.

A estas alturas del crimen, el cuerpo de Marta del Castillo ha debido perder todos los colores. Dicen que la muerte es transparente. Con la fe que le queda, Antonio del Castillo reza para que la Justicia tenga un color «contundente». Entretanto, su mujer, Eva, «llora en el cuarto de Marta», convertido en su santuario, al arrullo del tiempo, «sin salir a la calle».

La familia quiere que el gasto del dispositivo de búsqueda se traduzca «en más años de cárcel, como si hubieran metido la mano en la caja del Estado». «Estos individuos ya han mentido mucho. No sé la esperanza que puede haber de que esté en el vertedero. Si está, hay más posibilidades de que aparezca que en el río», explica Antonio del Castillo, horas después de la celebración de San José. «El Día del Padre ha pasado, pero no ha pasado. Lo mismo que los fines de semana, los domingos, los festivos». Desde la noche del 24 de enero «es un solo día eterno. No echamos cuenta de cumpleaños, santos ni nada» Detenido en un tiempo sin tiempo. Suspendido en el espacio. En dos meses, ni una sonrisa se ha esbozado en el rostro de Antonio del Castillo, de Eva Casanueva, de su hermano Javier, el portavoz, del abuelo Antonio… «Queremos acabar con esto. Por lo menos, que la tengamos con nosotros».

Son «meses horrorosos de pasar. Las niñas –las hermanas de Marta, de 13 y 11 años– ya están aquí», después de marchar a casa de un familiar los primeros días de la desaparición. Ellas «más o menos hacen su vida normal». Y saben lo que ha pasado. «Ha sido lo más doloroso: sentar a las hermanas y contar lo que pasó, porque no queremos que ningún compañero del colegio le suelte su versión y ven la tele y pueden enterarse erróneamente».

Marta no vivía en la arista del peligro,como hay quien mantiene. Hay casos de asesinatos crueles, brutales, «pero estas personas son amigos de hace años y de toda la pandilla». «¿Cómo te puedes imaginar que un amigo te va a hacer una cosa así?», se pregunta. «Las últimas versiones son muy duras de escuchar y horrorosas de pensar. Es lo que más nos tiene destrozados ahora. Pasar de que ha muerto de un golpe y no ha sufrido a sufrir un martirio antes de morir». Y un suspiro trae el silencio.

Y el silencio, las contradicciones del sistema:«La Policía dice que no pueden martirizarlos para que digan la verdad, pero esta gente ha martirizado a mi hija. Ellos siguen con todos sus derechos, pero mi hija no tiene derechos. Y puede estar en un vertedero».

El padre de Marta incluso regaló a Miguel el sofá de su casa. «Como vivía solo y lo íbamos tirar, Marta me dijo:‘Papá, Miguel quiere el sofá’. Y se lo llevamos a León XIII». En ese sofá, presuntamente, Marta recibió el primer golpe cuando se negó a mantener relaciones con «el Cuco» y Miguel. Aún no ha pensado «en el momento de volver a mirar a la cara a los asesinos». Suspira. No llora, no le quedan lágrimas, pero se le empaña la mirada. «Menos ahora. Soy humano y, con las barbaridades que dicen que han hecho, todavía puedo perder los papeles».

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