Marta, año I: el dolor que no cesa

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Foto: Manuel Olmedo

La vida sin Marta del Castillo, un año después, no es lo mismo. Sobre todo para su familia. También para los implicados en el crimen.Y para una sociedad que, salvo catástrofes siderales, asume las tragedias como quien pasa las hojas de un periódico y se baja del dolor y de la esperanza igual que quien se baja de un caballo cansado. Cuando una persona se va, debería importar. Esta vez importa. Cicatrices en el alma, en el mejor de los casos. Heridas abiertas, en otros muchos. Y lo que te rondaré, morena.

La ausencia con olor a vainilla
Antonio del Castillo y Eva Casanueva –como imagen de todos los que querían a Marta– intentan «ser fuertes para seguir adelante», pero «ahora el dolor es más intenso y desesperante». La habitación –refugio para Eva durante meses– continúa intacta, como la dejó la joven de, entonces, 17 años el 24 de enero de 2009, el día que quedó con Miguel para «aclarar unas cosas». Según Alejandra, su mejor amiga, el escaso mes de relación entre Miguel y Marta estuvo lleno de «altibajos». «No la dejaba en paz». Marta sigue sin reposar en paz 365 días después.

En la calle Tartessos el vacío que deja la pena huele a vainilla. «Es dolorosa su ausencia, el día a día… Todavía huele a Marta en la casa». «Marta era muy infantil y hasta casi los 14 años jugaba a las barbies con sus hermanas y, bueno, ahí están», comenta Eva. «Su olor preferido era el vainilla».

El primer día del padre, la primera Semana Santa, la Feria , el verano –cuando solían ir a Chipiona–, la Navidad… El primer año sin Marta. «Un día tendremos que hacer nuestra vida normal», contaba Antonio el día de San José. Ahora, intentan «retomar el pulso» de los días. ¿Cómo se «celebra» nada sin una hija? «Nos han destrozado la vida para siempre. Tenemos una cadena perpetua. Mi hija, también. Pero ellos no».

Los días «pasan, pero no pasan». El dolor suspende en el tiempo y no hay analgésico posible. Lo cotidiano es lo que duele. Porque la vida se conforma de actos cotidianos. El cotidiano «buenos días» matutino, la cotidiana «discusión por un rato más en el parque», la cotidiana elección del rincón para «ver a la Esperanza». Ahora, lo cotidiano es la ausencia.

Tras la ausencia, lo que más duele es «no tener un lugar en el que llorarla», en el que derramar esa última lágrima que no llega, dice Eva Casanueva, la Piedad de Miguel Ángel hecha carne. Y tras este dolor, el desconsuelo y la rabia ante la posibilidad de que «no se haga Justicia». Las contradicciones del sistema: cuatro implicados están en la calle; Marta, en ninguna parte.

En el fondo, la familia de Marta –con sus hermanas de 14 y 12 años– la siguen esperando. Es casi imposible aceptar la muerte de un hijo. El duelo –con sus cinco estados: negación, ira, negociación, depresión y aceptación– siempre será incompleto. Igual que «navega el navegante aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían», viven los padres de Marta, sabiendo que «jamás» volverán a ver a su hija.

A un sístole de vida, responde, puntual, un diástole de muerte. La familia conoce el daño licuado de la especie. Por eso, a Antonio del Castillo – ojos azules como una protesta, manos breves y pensativas– y a Eva Casanueva –una mujer pegada a unas gafas de sol que le definen bien los rasgos y le tapan mal las lágrimas– al quitarles la vida de su hija, les han dejado la vida «a la intemperie». Con franqueza de arponero, reclaman, con 1.600.000 firmas de apoyo: «cadena perpetua revisable». «Que el que la haga, la pague». La Paz, capital de Bolivia, está a 3.700 metros de altura. La paz de la familia Del Castillo está donde yace Marta. Un año, 100 lugares, 158 evidencias genéticas, 100 testigos y 5.000 folios de sumario después, perdida.

Bobby Fischer en la Audiencia de Sevilla
Como reza en «From Hell», la novela gráfica sobre Jack el Destripador: «Estamos en la región más lejana y soterrada de la mente humana, un oscuro submundo inconsciente. Un abismo radiante donde se encuentran los hombres… en el infierno».

Miguel lleva a la práctica, probablemente sin conocer el tratado (dejó los estudios en Primaria), las enseñanzas de «El arte de la guerra», de Sun Tzu: «Si eres capaz, finge incapacidad; si eres fuerte, exhibe debilidad. Cuando estés cerca, simula que estás lejos». La estrategia del engaño y la contradicción constante por un muchacho de 20 años, tímido en apariencia, presumido, celoso, que trabaja en el economato de la prisión de Morón, con admiradoras y que, a simple vista, ante la mirada ajena, da pena. Él lo sabe –desde que ejerce de hijo abandonado por su padre, primero; de huérfano de madre, después– y lo aprovecha. Un ser incompresible desde una mente comprensible. «De esa cabeza puede salir cualquier cosa», explican fuentes del caso. No caben porqués. Cómo un amigo, según la versión de los hechos efectuada por el juez, puede violar, atar, permanecer impávido mientras otra persona estrangula a tu amiga indefensa y las innumerables barbaridades que Miguel relató en su tercera versión.

Miguel, un año después, es el único implicado en prisión, acusado de violación y asesinato. Su defensa se basará en el último relato de los hechos, que retoma en parte el primero –le dio un golpe con un cenicero tras discutir– y en el que asegura que desconoce dónde está el cuerpo porque Samuel y un tío suyo se encargaron de ocultarlo. En unos meses, la Audiencia se convertirá en el tablero que ocupó Bobby Fischer en Washington Square y Carcaño, previsiblemente, moverá, como él, el peón del alfil de la reina negra para construir una defensa siciliana. El jurado, el pueblo, tiene la palabra.

El colaborador “desconocido”
La actitud de Samuel ante su situación es mucho más chulesca. Ha pasado diez meses en prisión. Actualmente, tiene que pasar cada semana por el juzgado. Se declara inocente, a pesar de que, en primera instancia, confesó ante la Policía que colaboró en la desaparición de Marta. El abogado de Samuel dice que «el problema es que la gente no lo conoce…» –en la pandilla era algo así como el amigo siempre dispuesto para los problemas, de ideas claras y carácter abierto– y que la confesión fue «muy peculiar», en alusión a las presuntas presiones.

El coleccionista de cuchillos “encerrado”
Los padres de «El Cuco» aseguran que «no entra ni sale del piso tutelado, que está encerrado», tras permanecer en un centro de menores nueve meses. «Siempre hemos creído a nuestro hijo», comentan. Según su madre, «El Cuco» quiere que le dejen hablar con Miguel diez minutos y «verá cómo dice la verdad». «Desde el momento en que me monté en el coche me amenazaron con inculpar a mi madre porque habían encontrado ADN de Marta en ese coche», asegura el menor de 15 años, el coleccionista de cuchillos, el que cogía el vehículo de su madre para ir al colegio, el acusado de violación y asesinato, el «primo» de Miguel y Samuel. Su coartada: «Estaba chateando con unos amigos y no supe de la desaparición hasta el día siguiente». Varios testigos afirman que estaba de botellón desde las 20:30 horas hasta las 21:15 horas.

El hermano que no perdona
«No voy a parar hasta que se sepa la verdad». El hermano de Carcaño –luchador y trabajador– afirma que ahora «es imposible estar bien, con todo lo que me ha ocurrido, sobre todo por la gente que quieres». Mantiene su inocencia, antes, durante sus tres meses de prisión y ahora. «Se han dicho muchísimas mentiras», dice. En su declaración insiste en que no vio a la joven. Quiere creer a su hermano. «Le veo apenado. Le creo completamente. A lo mejor estoy un poco ciego…». Pero añade: «Una persona ha muerto y él está vivo. Si ha hecho algo, tiene que pagarlo». Él no siente culpa: «No tengo que disculparme, no he hecho nada».

La psicóloga que “no vio nada”
La novia de Francisco Javier, estudiante de psicología, es el único implicado que no se ha visto privado de libertad. El día después de la muerte de Marta, acudió a unas oposiciones a administrativo del SAS. La noche antes, supuestamente, estuvo en el lugar de los hechos. Asegura que ni vio ni escuchó nada. La familia de Marta atribuye a sus contactos familiares el hecho de que no haya estado en la cárcel.

La familia que “sabe más de lo que cuenta”
Sobre la familia de Camas que acogía a Miguel no hay indicios para la imputación, según el juez. Sus contradicciones, no obstante, han sido constantes. Primero no sabían nada. Al mes, confirmó la versión del río. En septiembre la ex novia de Miguel, Rocío, acudió a la Policía para decir que Carcaño le confesó la noche del crimen que había tirado a Marta en el descampado tras su casa con la ayuda de Javier y unos amigos. La familia se ha mudado de Camas por seguridad. La familia de Marta mantiene que saben más de lo que cuentan.

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