Pavón(es) y Zidanes

23246_746633774_1656_nHay (pseudo)periodistas que van por la vida aparentando, con voz engominada y tono caciquil; en algunos casos, hijos de papá, con apellidos más o menos largos o familiares del tipo ése que le hace los ERE a la empresa y, por tanto, blindados ante el desamparo y la cola del paro. Hay (pseudo)periodistas de esos, demasiados de un tiempo a esta parte, que dan muy bien para rellenar un ratito de basura en la tele y ante los focos o que escriben libros y se creen escritores. Y luego, hay periodistas de verdad –no tantos- que no necesitan más que el respeto y una callada labor para ganarse afectos y el reconocimiento.

Juan Luis Pavón Herrera no procede de un linaje periodístico ni de ninguna saga histórica de la prensa, ni falta que le hace. Desde las cloacas del oficio llegó a subdirector de uno de los mejores periódicos que se hacían en España. Es historia viva del periodismo, sin más –ni menos- aval que su trabajo diario. Cuando escribo diario, lean 24 horas al día los siete días de la semana. (Interludio: Más de tres –que diría mi abuela- amaneceres me lo encontré en su despacho después de marcharme de la redacción a las taytantas de la madrugada. Esos días, cuchicheaba con Leo, que entonces era ordenanza, si había pasado la noche entera allí. “¿Duerme en el periódico?”. Eso cuenta la leyenda).

Pavón, el nuestro. El nuestro y de los nuestros, porque siete años después de arrancar la aventura de aquel diario “que siempre has querido” irrumpió en la escena local un segundo Pavón – Agustín, Pavón de Camas- y durante un tiempo había que diferenciarlos en la redacción con todo el barullo que se montó con el presunto cohecho o trama-trampa en el Aljarafe. El “primo” de varias generaciones de periodistas que mamaron el oficio de su mano en Rioja, 13. Un tipo grande y un gran tipo, tanto que la primera impresión es que el apellido le viniera al pelo; tanto que uno, que no tiene más aspiración en la vida y en el oficio que vivir y morir (no sé yo) en la trinchera, antepone su dignidad, su ejemplo y su entrega a una incapacidad congénita para hablar (bien) de un jefe quizás por eso de la igualdad de clases. Pavón era jefe, pero curraba como el que más de los indios. O más. Trabajé con él y de su mano, porque apenas sí sabía caminar, durante mis primeros nueves meses en el oficio. Pavón, literalmente, me parió. Después durante otro medio año, con un interludio en la EMA, El Correo y la RTVA, me rescató como colaborador. Me dijo en su despacho que me llamaba porque yo tenía esa chispa, ese brillo en los ojos que hace falta para deambular entre las miserias humanas. En realidad, me dijo lo de la chispa; lo demás lo interpreto yo ahora que sé que quien manosea el dolor humano debe asumir ciertas consecuencias. No es casual que en este oficio a las navajas se les llame mariposas. Fue año y medio mal contado que han marcado mis pasos. Los míos y los de muchos. Pavón es el padre putativo de varias generaciones de plumillas.

Pavón no pasaba por un tipo fácil a la hora de currar. Su capacidad de trabajo, su meticulosidad, su tormenta de ideas ininterrumpidas, se llevaban por delante al más osado de los curritos. Él proponía temas, curraba, escribía columnas, organizaba suplementos, coordinaba Cultura, Pasarela y Vivir en Sevilla, te servía fuentes, revisaba todo el periódico y todo el periódico tenía en la cabeza. Nacho Cano y Mike Oldfield juntos con varios teclados (de ordenador) en cada mano. Tanto es así que durante el tiempo en que el periódico lo ha mantenido, en parte, en el ostracismo, se ha notado sobremanera en la calidad de las páginas del diario. Sus “Pasa la vida”, por contra, y sus entrevistas han crecido exponencialmente por el simple hecho de poder dedicarle más tiempo a lo suyo sin tener/poder estar a la sombra de la labor de los demás. La sombra de Pavón es alargada y bien que se notaba en la excelencia que alcanzó aquel periódico. Pavón hacía mejor al resto. Jamás necesitó levantar la voz ni increpar a nadie, que son las armas que utilizan los mediocres amparados en un cargo. La educación, la tenacidad y la humanidad siempre por delante y algún dátil en su despacho para las imaginarias y jornadas en barlovento que se montaba en un despacho que siempre tenía las puertas abiertas.

Prescindir de un tipo como Juan Luis Pavón no es sino otro síntoma del declive en que ha entrado el oficio. Estamos en barrena. Para que nos entendamos, han cogido al Busquets del equipo y, primero, le han dado los minutos de la basura –que él ha sabido aprovechar con talante y talento- y ahora se lo cargan de la plantilla. Ahora que el periodismo anda perdido y desamparado van unos señores con corbata y mandan la brújula a tomar viento o a tomar por culo, que es lo que piden las entrañas escribir. Que no digan que el barco se hundió solo.

El 6 de noviembre de 2012 el periódico que fundó 14 años antes prescindió de sus servicios y de los de ocho compañeros más. Después de que lo despidieran –una llamada a la planta noble en plena tarde de trabajo, un recoja sus cosas y gracias en un macabro paseo al paredón-, volvió por la noche porque tenía que escribir su columna. La mañana del 7 de noviembre fue a hacer una entrevista porque “la tenía concertada”. Ése es Juan Luis Pavón. Su última tribuna se llama “El peliculón que nos falta”. El Diario –la tragicomedia deviene en drama- se queda sin el mejor de los (sub)directores. Las personas tienen un reloj biológico y sufren por los cambios horarios. Las células también calculan el tiempo y pueden sincronizarse para realizar acciones. El reloj de Pavón arranca de nuevo y, como al soldado de Troya a quien nadie en la historia cantó o esculpió como a Aquiles o a Héctor y que no tenía interés alguno en morir por ver los ojos de Helena, lo único que le queda es el dolor y la conciencia tranquila, las heridas de guerra y un “que nos quiten lo bailao’, si es que pueden”. Diga lo que diga la historia, esos soldados, los Pavones más que los Zidanes, son los que, en realidad, hacen y cuentan la intrahistoria de una ciudad como Sevilla que ata y mata y de un oficio que hace como que se extingue igual que los cometas en el cielo. La noticia no será que un día dejarán de haber Pavones en las redacciones. La noticia es que han existido. Al fin y al cabo, la antimateria y la materia y las pesadillas y los sueños tienen el mismo tacto.

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