Calcetines

calcentinesHay ricos ‘pobrísimos’ y pobres dignísimos. Siempre hubo clases. Lo dicen las madres y lo repiten las abuelas: «Niño, no te pongas eso, no te vaya a pasar algo». Y al presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, le pasó en su visita a Turquía, vaya si le pasó. Lo atestiguan los dedos gordos de su pie derecho e izquierdo, que sobresalían entre los agujeros de un viejo calcetín roído. Es lo que tienen los dirigentes mundiales, que en cuanto muestran lo que llevan dentro sacan a relucir sus vergüenzas, sus devaneos, sus excesos, sus agujeros en los zapatos, su escondida pobreza. Los turcos se han adelantado y le han enviado al mandatario de nombre impronunciable una docena de calcetines, para que no le falten. Lástima que no haya suficiente lana en el mundo para tapar las vergüenzas de Occidente (y Oriente).
Un poco más acá, en Andalucía, los políticos se dedican a vender ilusión y juegan a que la ciudadanía cuelgue las calcetas junto a la chimenea, a ver qué dejan los reyes, a ver qué deja el nuevo Estatuto. La maquinaria electoral ha arrancado y ya no parará hasta las próximas elecciones generales, referéndum y municipales en medio. Ya hay quien investiga cómo gasta los calcetines Chaves, Arenas y compañía para comprobar si nos dirigen políticos con ejecutivos o con medias de algodón, con calcetas de dibujitos o con motivos serios. En cualquier caso –dedos al aire o no–, los políticos, con su retórica de calcetín roto, la mayoría de las veces a los curritos de cada día nos dejan los pies fríos.
Los tres hermanos de siete y 15 meses que murieron esta semana por inhalación de humo en un incendio en Teruel también llevaban calcetines. Calcetines viejos pero zurcidos, como sus vidas. Otros cuatro hermanos resultaron heridos. Los bebés fallecidos eran hijos de Silvia, una ecuatoriana de 31 años, y de su marido, un sevillano con quien emigró al norte hará un año. Los niños heridos llegaron del Ecuador para reunirse con sus hermanos. El pasado 31 de diciembre el nuevo papá sevillano falleció en un accidente de tráfico. Ya lo dice Guillermo Fesser, «cuando dios aprieta, ahoga pero bien». El destino, el demiurgo o el azar –poco importa el nombre– a unos le regala unos calcetines rotos y a otros, directamente, les brinda retales de una vida hecha jirones.

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