“De purísima y oro”, la tierra y el balón oval: Jorge Haurie Briol

“Academia de corte y confección, sabañones, aceite de ricino, gasógeno, zapatos Topolino. El género dentro por la calor”. “Para primores”, Almacenes Peyré.

Enlazada por lo abstracto, toda vida se deja acotar en un laberinto de tres cláusulas. “Ayer nada, hoy poco más, mañana menos”, resumió Gracián. De vuelta al “poco más” de hoy, somos la muerte que tenemos. El de Jorge Haurie Briol fue un adiós de reloj de arena, en una pugna entre el deseo de Santa Teresa –“Una muerte tan escondida que no te sienta venir”- y el arrojo de un medio de melé. Marchó un 26 de abril, a los 92 años, 7 días antes y 75 años después que Chaves Nogales. El jueves recibió el último adiós en Santa Cruz. Como el periodista, albergó una vida “a sangre y fuego”, conoció el azufre de las trincheras, se forjó sin más armas que la nobleza y las manos desnudas, sinceras, de la tierra. Así, con tesón de aldea gala y marmita alteró la sintaxis narrativa de su vida un hombre en el que se mezclaba el norte y el sur. Lucq-de-Béarn, en la Aquitania; y Sevilla, Andalucía. Orgullo gabacho en calle Francos, contempló y participó en la historia de la ciudad, desde la discreción y, siempre en defensa de la libertad como principio básico en todos los ámbitos; como en el rugby, el juego que introdujo –primer entrenador local- en aquella capital de posguerra, analfabetismo, nobleza y mala leche a arrobas iguales. Ahí quizás Georges Haurie, al que en Sevilla llamaban Jorge, comprendió que los días también se basan en los principios de invasión y evasión. Avanzar, apoyar, continuidad y presión. Así en el rugby como en la vida. “Evasión o victoria”, Michael Keane paseando por Mateos Gagos. La relación de Georges Haurie con Sevilla enlaza con la historia de Augusto Peyré, precursor de la clase comercial de finales del XIX tras hacerse cargo de Almacenes Camino. A falta de descendencia, el joven galo se trae a tres ramas de sobrinos: Pommarez, Lahore y Haurie. El primer Haurie en Sevilla se llama Juan, hermano mayor de Jorge. Sevilla, años 30. Georges Haurie termina el Liceo en la Francia ocupada y con la 2ª Guerra Mundial lo movilizan para las tropas de ocupación. Pasa dos años en Alemania y Austria. Al término del periodo militar, viene a Sevilla. Año 1948. Nunca más se irá. Su tía Juana, a la muerte de Peyré, heredó un imperio. Con su fallecimiento, como Georges era perito agrícola, se encarga del campo. Sus primos se quedan con la tienda. De crucero a Roma para ver los Juegos Olímpicos, conoce al amor de su vida en Gibraltar, Annamaria Girelli Tortorella, italiana nacida el Día de los Inocentes. Era el año 1960. En el 62 se casan. De esas vacaciones en el mar que sobrepasaron las bodas de oro -57 años-, se funda una pequeña ONU. De padre francés y madre italiana nacieron los hijos españoles –M.ª Catherina, M.ª Pía, Marcos, Pablo, Jorge y Lucas-. El sueño de Napoleón. Aunque Georges Haurie “era más de De Gaulle”. Jorge Haurie se mantuvo al margen de las actividades sociales, no fue de ninguna hermandad, se apuntó al Círculo de Labradores por su oficio y procuró no ir. El fútbol –el Sevilla FC- y los toros fueron sus pasiones, así como una intensa vida cultural, sobre todo con el Instituto Francés. Organizó con Moreno de la Cova los primeros ciclos de cine galo y participó de la oposición en la proximidad ideológica, aunque liberal, de la rama democristiana de Clavero o de Olivencia. Los primeros partidos de rugby en Sevilla vienen de su mano y la historia del Monte Ciencias no se entiende sin su papel. Jorge Haurie comenzó a jugar durante la Guerra Mundial, en el Mauleon de segunda división entonces, mientras estudiaba en el Liceo. Un club con solera. Jugó con la selección militar en la época amateur. Cuando terminó el servicio militar, tenía la oferta de irse a Toulouse becado –el Real Madrid del rugby- pero no tenía “economía ni ánimo”. Colgó las botas hasta que llegó a Sevilla, donde montó festivales benéficos en el Portaceli, con los jesuitas, británicos y franceses. El primer partido de rugby fue en el Viejo Nervión el 5 de enero de 1951. La semilla del rugby en Sevilla en los 50. Jorge Haurie, liberal “en el sentido pleno”, no practicaba el buenismo, sino la bonhomía. Sevillista acérrimo, uno de sus hijos una vez le dijo que quería ser bético. Jorge Haurie le sacó el carné inmediatamente: “La única cosa peor que un bético es un bético de boquilla”. Rechazó miles de ofrecimientos de Paquichi para presidir el Monte Ciencias. Jamás contó nada de la guerra. Vivió la ocupación en la San Joseph de Mauleon. Una historia novelada, los héroes de Le Chambon-sur-Lignon, con los curas refugiando a niños judíos. Haurie llegó a Sevilla desde la Francia en guerra. La gran diferencia, más allá de la pobreza, fue el analfabetismo. Augusto Peyré hace fortuna porque sabe leer y escribir, mide las telas y pone precio fijo. Más que un genio, era un emprendedor. De las costumbres españolas, se quedaba con “el gazpacho y la siesta”. El resto, “no lo acababa de asimilar”. Tuvo una caseta de Feria y se la regaló a los Incansables de Torreblanca. Todas las mañanas, en su despacho, hacía gimnasia sueca. Benefactor de Santa Cruz y de las Escuelas Francesas; atento y amable. “El dinero sirve para que no compren tu libertad ni tu dignidad”, inculcó siempre, igual que a “no dejar nunca el trabajo de lado”. Enseñanzas de la montaña sin sermón. Después en su casa, él servía el vino. Cada verano volvía a Francia y por el Día de Todos los Santos. Le llenaba que le llamaran “nonno”, abuelo en italiano. La vida, con su ambigüedad, siembra confusión y apenas alcanza para unas pocas certezas: la familia, la tierra, acaso un balón oval. Entre huellas de cansancio, en este jardín del tiempo, “irnos, todos nos vamos; morir es privilegio de los que aman”. G. H. B., éxtasis líquido de vida plena.

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Jorge Haurie, el primer jugador abajo por la izquierda, en Gibraltar, en los inicios del rugby en Andalucía en los años 50

Noveno año triunfal, “con brillantina, los señoritos cierran Alazán”, al poco abren las Noches del Baratillo; y La Niña de la Puebla canta con Valderrama, mucho antes de ser don Juan. “Habían pasado ya los nacionales”, los archivos del Betis se perdieron al inundarse el Tamarguillo, nuevo cauce en la Cartuja y se restaura la iglesia de San Román. “Cautivo y desarmado” diez años antes el vaho de los cristales a la hora de la zambra en La Terraza, La Playa, Rancho Alegre o Gran Casino, “ya no madrugaba el pelotón”. Al día siguiente hablaban los papeles, de la tercera Copa de España ante el Celta de Vigo del club que jugaba en el Viejo Nervión. “Enseñando las garras de astracán”, reclinada en la barra del Rinconcillo, “la bien pagá” derrite con su escote la crema de la intelectualidad. Permanén con rodete Eva Perón”. “Sevilla tributa un grandioso homenaje a la esposa del Presidente de la Argentina”, tituló El Correo de Andalucía. “¿Dónde vas, Alfonso XII?”, “La Reina Mora”, Lolita Sevilla. “La Pícara Molinera”. En el 54, Sevilla bajo la nieve. “Maestro, le presento a Lupe Sino. Lo dejo en buenas manos, matador”. “De purísima y oro”, recordaba a Manolete, y un partido de rugby, don Georges (Jorge) Haurie Briol. (Al día siguiente hablaban los papeles, de abandono escolar, Lula da Silva, pactos de campaña y Julian Assange).

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