La «paradoja naranja»

LA PARADOJA NARANJA

En la anterior campaña autonómica, Rivera ya se presentaba como Prometeo de la nueva Transición e igual citaba a Adolfo Suárez que a Alfonso Guerra. Entonces, Ciudadanos aparecía como un partido de centro pero sus guiños lo situaban en el centro-izquierda, más aún en Andalucía, donde el electorado se sitúa en el centro –30,9% según el Egopa– aunque los resultados autonómicos denotan una clara querencia zurda. En la presente precampaña, sobre todo tras la irrupción de Pablo Casado como líder del PP, la formación naranja, después de una legislatura apoyando al Gobierno socialista de la Junta, ha dado un golpe de timón: un viraje hacia el centro-derecha. La paradoja naranja radica en que, estadística y matemáticamente, para una formación que predica la necesidad de «un cambio» después de 40 años de gobiernos socialistas, toda posibilidad de alternancia en la Junta pasa, ante la imposibilidad empírica de una mayoría absoluta, por captar votos en el caladero del PSOE-A y Cs, usando un símil muy del gusto de Rivera, ha tirado la caña al caladero popular. La suma Cs-PP, de producirse un trasvase de votos de un partido a otro, resulta inocua ante la fortaleza del suelo electoral de la formación de Susana Díaz. «El antílope no necesita ser más rápido que el depredador para sobrevivir. Le basta con ser más rápido que los otros antílopes», reza un proverbio africano.

Fuentes próximas a la campaña tanto del PSOE como del PP señalan que el partido naranja, al abordar las autonómicas como un primer combate en la puja del liderazgo del centro derecha entre Albert Rivera y Pablo Casado, está incurriendo en una estrategia contraproducente. «Cs lo único que tenía que hacer es no hacer nada», indican desde ambos flancos del bipartidismo, en la misma línea del perfil bajo adoptado por la candidata a la reelección Susana Díaz. La fuerza de la marca nacional de Cs –a diferencia de la marca PP, aún de penitencia– más algún mensaje genérico sobre la controversia territorial harían el resto para el crecimiento del partido de Rivera en Andalucía, en el que, señalan desde ambas formaciones, no cabe olvidar que «Juan Marín es un perfecto desconocido» en la comunidad por más que sea el candidato número uno en los dos partidos con opciones «reales» de Gobierno para ser el vicepresidente de la Junta. La vocación nacional de Cs, por contra, dibuja a la agrupación en Andalucía como una franquicia de Rivera; de ahí, por ejemplo, el aislamiento naranja en el acuerdo alcanzado en el Parlamento para exigir una nueva financiación autonómica, apoyado, incluso, por el PP-A con Rajoy aún como inquilino de La Moncloa; o que Cs se haya marcado como objetivo el «sorpasso» a los populares. El propio Marín, por más que en la precampaña haya pasado a denominar a la Junta como «un régimen» o «una dictadura socialista», durante la legislatura se ha sentido extremadamente cómodo con el PSOE. Además de ser un socio de investidura plácido, su nivel de fricción con la presidenta se ha asemejado más al de una esponja que al de una lija, como ha sido el caso del socio al que la casuística nacional está llevando a Susana Díaz de cara a futuros pactos: Adelante Andalucía (Podemos e IU) de Teresa Rodríguez –«Con el PSOE, ni muerta», dijo en el Parlamento– y Maíllo –cuya experiencia en el bipartito con Griñán y posterior ruptura forzada de Díaz aún escuece–.
Los españoles perciben a Cs cada vez más a la derecha, según el CIS. El 77% de los andaluces considera que es necesario un cambio en la Junta. Casi el 60% considera mala o muy mala la gestión del PSOE. Hasta tres formaciones pueden superar el 15% de escrutinios. El 25% de los españoles también cree que el sol gira alrededor de la Tierra, según la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología. Las encuestas dicen que el PSOE se desploma pero le valdrá para gobernar con Adelante en caso de que Cs mantenga su veto a volver a pactar, emulando la respuesta que daba Peñafiel para justificar una de las certezas a las que ha llegado tras toda la vida como cronista real: «Es imposible que yo sea monárquico, porque les conozco».

El efecto Pedro Sánchez y la repercusión de Pablo Casado está por medir, así como la influencia de la presencia continua de Inés Arrimadas en la comunidad, cerrando los actos de Cs por delante de Marín. Rivera ya no cita a Alfonso Guerra en los mítines pero mantiene la referencia de Suárez. El primero -aunque ahora dice que es una cita apócrifa- definió al segundo en la moción de censura de 1980: «Es usted un tahúr del Mississippi». Otra moción de censura, la de Pedro Sánchez y Rajoy y la posterior sucesión de hechos que han llevado a Casado al despacho de Génova 13 ha modificado la estrategia andaluza, con el refuerzo del perfil conservador de Rivera. Según Lluís Bassets, «el problema no es la politización del fútbol sino la futbolización de la política». Citaba Vila Matas recientemente un titular de «El Mundo Today»: «Messi podría ser argentino». Así, se puede inferir que la formación naranja puede no alcanzar en votos al PSOE ni siquiera en un hipotético pacto con el PP y contribuir –como hace 3,5 años al apoyar la investidura de Susana Díaz– al mantenimiento de lo que ahora considera «un régimen» y todo ello porque la estrategia de algún «tahúr de allende el Guadalquivir» ha evidenciado que «Cs podría ser de derechas».

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