Radiografía de la década ominosa

«Era un político puro –como señalaba Cercas de Suárez en «Anatomía de un instante»– y un político puro no abandona el poder: lo echan». Era un Domingo de Ramos de hace (mañana) una década, con las redacciones de costero a costero, cuando los teletipos marcaron en rojo la marcha de Manuel Chaves de la Junta. La permanencia en el poder del PSOE sobrevivió a la caída del Muro de Berlín pero no a la salida del que parecía presidente vitalicio. Griñán postergó la debacle, con aquella «mayoría relativa» y «fracaso absoluto» de Arenas –que titularon las portadas– y Susana Díaz conservó la inercia del poder tras romper el pacto con IU y negociar con Cs en 2015. Chaves, que parecía nacido para cabalgar la eternidad de la Junta, acabó descabalgado de la historia, como el PSOE-A, a raíz de aquella salida súbita hacia la Vicepresidencia del Gobierno –poco después de inaugurar el Metro de Sevilla– y que no se explica sin la irrupción y erosión del «caso ERE».

«Aunque la historia no se rija por motivaciones personales, detrás de cada acontecimiento histórico hay siempre motivaciones personales», continúa Cercas. Zapatero tiró de Chaves y el presidente se marchó con la vocación de los «héroes de la traición» del retrato de Cercas de la Transición. Chaves traicionó el mandato, en parte, para apaciguar los ERE y porque, en su timidez, le daba hasta pudor que su mandato pasara a régimen; y después Griñán «traicionó» a su amigo Chaves para tomar las riendas del partido. Hay quien sitúa ahí el origen de la respuesta, a modo del personaje de Vargas Llosa, a la pregunta de «¿cuándo se jodió el Perú, Zavalita?». Griñán jamás tuvo el control orgánico de Chaves. Ni siquiera Susana Díaz, con una estabilidad sustentada en el temor de su hiperliderazgo.

«Aunque haya ganado las elecciones, jamás olvide que al final va a perder el poder. Prepárese usted. La victoria de ser presidente desemboca fatalmente en la derrota de ser ex presidente. Prepárese usted. Hay que tener más imaginación para ser ex presidente que para ser presidente. Porque fatalmente dejará detrás de sí un problema con nombre: el suyo». Lo escribió Carlos Fuentes en «La silla del águila» como si tuviera presente la situación de Chaves y Griñán; no hace tanto, amigos, compañeros de cineclub y residentes en Sevilla, y que tras el juicio del procedimiento específico de los ERE, recuperaron algo la sintonía. Manolo (Chaves) y Pepe (Griñán), a la velocidad de vértigo de la postmodernidad, se convirtieron en un retrato abocado al sepia, historia de cuerpo presente de la Junta y del PSOE-A, dos entidades que no son lo mismo pero que durante casi cuatro décadas establecieron una relación simbiótica. La de Chaves y Griñán fue una renuncia en diferido, como la indemnización por el despido de Bárcenas. Se marcharon motu proprio, casi a la vez, uno del Congreso y otro de la Junta. «Por motivos personales» pero empujados por el partido, la situación y el bloqueo del Parlamento andaluz. La salida menos honrosa en aquel momento, tras una vida en la política. El fin del trayecto, sotto voce. Chaves no pudo manejar los tiempos tras ponerlo Griñán a los pies de los caballos, (los) Podemos y (los) Ciudadanos. En Ferraz, si no directamente sí con indirectas, como en un monólogo de Gila, le señalaron la salida a Chaves, que andaba cerca de cumplir los 70 y tras ser diputado en las primeras elecciones democráticas (1977), presidente de la Junta 16 años y vicepresidente del Gobierno. A Chaves le dolió el trato de Pedro Sánchez. Desde San Telmo, la respuesta de Susana Díaz al correo de Griñán fue: «Déjame a mí que yo gobierne esto». «En la España de los años setenta la palabra ‘reconciliación’ era un eufemismo de la palabra ‘traición’ porque no había reconciliación sin traición», explicaba Cercas en «Anatomía de un instante».

Aunque animales políticos ambos, la naturaleza de Chaves y Griñán es muy diferente. Chaves sólo aceptó, cuando se escuchaba el tantán de los ERE, una escapada «hacia arriba», de la mano de Zapatero, en la Semana Santa de 2009. Se trata de dos personalidades complementarias pero antitéticas. Uno, listo y experto en el arte del status quo; inteligente, culto y no exento de soberbia, el otro. Ambos, tan cercanos antes y alejados desde que Chaves eligiera por democracia dactilar como sucesor a Griñán, y expuestos al morlaco del veredicto. Las sentencias posteriores a las instrucciones de Alaya –con absoluciones y/o penas mínimas– hace que no se descarte «la teoría de los cuatro golfos» que acuñó Chaves. «No hubo un gran plan pero hubo un gran fraude», mantuvo Griñán, quien trató de manejar la situación heredada tras Chaves, de crear (leves) cortafuegos con las ayudas, de separar el PSOE de la Junta, algo que pronto vio que era como extirpar un parásito del órgano anfitrión y a lo que acabó renunciando en nombre de un bien mayor: conservar el poder. Retrasó las elecciones en 2012, consiguió una dulce derrota para gobernar y en 2013 se marchó por «motivos personales». Como Chaves. En un comité director, Griñán alzó la voz y echó en cara: «Todos sabéis de dónde vengo y cómo me iré. No todos podéis decir lo mismo». Los presentes agacharon la cabeza. Después siguieron conspirando. El PSOE-A cuenta con más de 65.000 militantes, 837 agrupaciones en 771 municipios. De una década a esta parte, el PSOE-A está más separado que nunca de Ferraz, ha perdido relevancia y peso, se ha barajado la peregrina idea de un Partido Socialista Andaluz, no controla la Junta y del resultado de las generales depende la continuidad a corto y medio plazo de Susana Díaz. «Precisar el origen exacto de un acontecimiento histórico es imposible, igual que es imposible precisar su exacto final: todo acontecimiento tiene su origen en un acontecimiento anterior, y este en otro anterior, y este en otro anterior y así hasta el infinito, porque la historia es como la materia y en ella nada se crea ni se destruye, sólo se transforma…», sigue Cercas. El memento mori de Chaves y Griñán sonó al «Frente a frente» de Manuel Alejandro con los ojos cargados de mirada de Alaya.

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