Veneno

En la tumba de Marina González Blanco reza otro nombre. El del arcángel Rafael. Sabe Dios, si existe, las vidas que murió Marina, para sobrevivir a todas ellas. Su único «pecado» fue la vida. Nadie emprende el camino sin retorno de cambiar de sexo por amor al arte y sin amor del prójimo porque en realidad cuando uno cambia de sexo es porque ya es lo ultimo que te falta por cambiar. El «efecto crisálida» y esas cosas sonarían a Disney si en Disney algún personaje tuviera alguna vez este tipo de emoción tan humana. De Blancanieves y Caperucita –a las que como arquetipos de un tiempo pretérito tampoco hay que crucificar ni poner ingles brasileñas ni tampoco un Kaláshnikov o bandera de «nosotras parimos, nosotras decidimos»– a Vaiana –peliculón– distan universos insondables. Cuando una persona da ese salto mortal sin red, probablemente, ya sabe más del dolor de una vida que varias vidas juntas vividas. A Marina cuando nació la llamaban Rafael. Incluso cuando ya sólo le faltaba sustituir tres sílabas por otras tantas en el DNI, a veces se le seguía llamando Rafael. Y tampoco pasaba nada ni era un trauma en función de quién pronunciase su nombre. Como cuando tu padre, tu madre o tus hermanos te llaman con tu nombre completo. Sin embargo, si lo hace una persona ajena, tu cuerpo se pone inmediatamente en guardia. Confieso que yo nunca la llamé Marina y tampoco tuve tiempo de hacerlo. Al nombrar las cosas, existen. Que mi tío Rafael no se identificaba en su ser era evidente hasta para un niño de cinco años, o de los años a los que alcance la memoria, viendo fotos con posturas impropias para estar sacadas de los posados del servicio militar de los tiempos de Franco. Y mi tío, hay que decirlo así, era guapísima. Por dentro y por fuera. Tan guapo como mi padre -que en las fotos en blanco y negro tiene un aire a medio camino entre Redford y Newman en «Dos Hombres y un Destino»-, pero más fino. Femenino. Rafael hizo la mili pero años antes, o quizás al tiempo, sus hermanos se peleaban con los hombres del pueblo porque no aceptaban, o vete a saber qué hacían aparte de tirarle piedras, a su hermano. Tuvo que pasar una dictadura y una transición y una democracia para que este país exorcizara sus propios demonios cuando Miguelito Bosé salía con falda y coleta y, así, dejar de cagarse en sus muertos o llamarle directamente «maricón». A mi tío lo echó su propio padre de su casa y tuvo que morirse para que volviera a hablarle con la cabeza gacha. Y se fue a Barcelona y a Bilbao a buscarse la vida. Cayó enfermo y sus hermanos recorrieron el país entero para traerlo de vuelta a casa. Peleó por una vida, por su vida, con la fuerza y el coraje de todos los hombres y mujeres del mundo juntos. A mi abuela se le murieron dos hijos, su Rafaelito y Marina, los dos de golpe. Me declaro incompetente para opinar de la ley trans. Me pierdo entre términos y siglas. Sólo una cosa tengo clara: si al colectivo le parece bien -y en Andalucía se aprobó por unanimidad de todos los grupos políticos-, a mí me parece bien. Mi libertad acaba donde empieza la del otro y allá cada cual con su vida si al otro no le hace daño. Jamás admiraré a nadie tanto en mi vida como a mi tío Rafael por tener los santos cojones de convertirse en mi tía Marina contra todos y a pesar de todos. Porque el coraje, la lucha por lo único que al final se lleva una persona a la tumba, la identidad, siempre resulta del todo admirable. Un diputado cobarde se ha escudado falsariamente en el masculino genérico para llamar cada vez que podía “el diputado” a Carla Antonelli, una señora de los pies a la cabeza ante un tipo que a todas luces no es un hombre. Después pidió perdón de aquella manera, como lo hacen los cobardes. «Nadie puede ser feliz si sustenta su vida en el odio a los demás», defiende ella. Han hecho mucha más patria que los Tercios de Flandes las Venenos que murieron por España.