Focos

«Si en aquel momento damos las imágenes, el golpe gana». Lo cuenta en una crónica de las que habría que leer en las escuelas Arcadi Espada, acerca de cómo se desarrolló el 23F y las medias verdades de la memoria colectiva sobre el minuto a minuto o lo que cada españolito hacía o dejaba de hacer mientras veía el golpe de Tejero –«Se sienten, coño»– en la tele. La memoria, por supervivencia, siempre es mentirosa. La vida te enseña que tres mudanzas equivalen a un incendio –en definición de Benjamín Franklin– y que a las parejas se las conoce en los divorcios, a los hermanos en las herencias, a los hijos en la vejez paterna y a los amigos en la ruina. Todo aquello del año 81, cuando Naranjito todavía era azahar, se retransmitió «después de los dolores» –como diría Chiquito– por pura responsabilidad e instinto, y si se hubiera contado al instante es muy probable que este país de mejorable democracia plena fuera todavía un «perfecto» sistema inquebrantable –porque ni siquiera se podría decir casi nada– como el de los sueños húmedos de los vicepresidentes segundos –«A mí dame los telediarios»– o de su portavoz parlamentario Eche-Nike, rebautizado con insurgente y revolucionaria «k», como las zapatillas deportivas que mangaban «los defensores de la libertad de expresión» de la Ciudad Condal o la kale borroka de la Catalonia lliure; como los okupas o como el adjetivo kafkiano en referencia a «El Proceso» o, si se quiere, «La metamorfosis» consistente en pasar de definir a la casta a convertirse en la perfecta representación de ella en el tiempo que se tarda en cruzar la M-30 de Vallecas hacia Galapagar. El fotero jerezano Morenatti puso el foco en la llaga con la imagen de medio centenar de camarógrafos de medios de todo el orbe inmortalizando el lanzamiento de adoquín por parte de lo que parece un niñato. «No lo sé, Rick. Parece falso» La actriz Victoria Abril se doctoró también en medicina y epidemiología estos días por expresar en voz alta el malestar por las restricciones anticovid y comparar cifras de muertos por diferentes causas. Victoria Abril no salía en prime time casi desde que era la azafata más fabulosa del «Un, dos, tres», varios años antes del 23F, y no porque su extraordinaria carrera como actriz no lo merezca. De golpe, tuvo entrevista a todo trapo. En los tiempos de las redes sociales y el periodismo ciudadano –el culmen del oxímoron–, el niñato con adoquín tiene el efecto del Che Guevara aunque la revolución sea Tik-Tok, que es como ahora se pronuncia kitsch; Victoria Abril vuelve a escena; Miguel Bosé es chamán; Elías Bendodo, portavoz-nutricionista; y el golpe de Estado hubiera triunfado. El voto de todos, informados o no de un tema, manipulando conscientemente o de casualidad, y el de Echenique vale lo mismo que el del inventor de la vacuna del Covid o el tipo que puso una nave en Marte. El derecho a expresar toda opinión es respetable –la exaltación del odio no es una opinión, es un delito, y ahí está el tal Pablo Hasel– pero no todas las opiniones merecen el mismo respeto, foco o atención. The Guardian llevó al pulpo Paul a portada, más destacado que Afganistán. Lo dijo Jürgen Klopp cuando le preguntaron por el Covid: «Yo soy un tío con una gorra mal afeitado. Mi opinión no es importante». Así, la foto de Emilio Morenatti no sólo apela a la responsabilidad sino que retrata a todos los ciudadanos y más al autodenominado cuarto poder porque mientras los sabios están apuntando a la luna ponemos el foco en sacarle fotos al dedo para subirlas a Facebook, Twitter e Instagram. La verdadera revolución se hace en las escuelas y las bibliotecas.

Perseverance

Cuatro décimas separaban a Almería capital la semana previa de pasar el corte de 1.000 casos por 100.000 habitantes para el cierre de los servicios no esenciales. Sorpresivamente, el comité de expertos de la Junta por «ajustes administrativos» se reunió un día después del previsto y Almería salvó las restricciones. «Si parece un pato, nada como un pato, y hace cuá cuá, probablemente sea un pato». El razonamiento inductivo frente al peso de las persianas bajadas de los autónomos en un país en el que las ayudas y el ahorro son seres mitológicos. El peso de las persianas bajadas de los autónomos frente a los cientos de muertos diarios y hospitalizados. Los breves de estos días retratan la intrahistoria de la pandemia: «Detenido el dueño de un salón de bodas de 79 años que transformó el negocio en un invernadero de marihuana»; botellones disueltos, la nueva pero vieja «ley seca»; un señor de Murcia detenido en Alicante tras saltarse el confinamiento porque «el sexo es una necesidad básica». El mundo sigue en «stand by» mientras el Perseverance, a medio camino entre «Cortocircuito» y «Wall-e», llega a Marte con el personal siguiendo el asunto espacial como las retransmisiones, Kubrick mediante, de la llegada a la luna en 1969, cuando los Beatles lanzaron Abbey Road y se estrenó «Barrio Sésamo». El artilugio amartizó a las 21:55, así que los bares estaban cerrados con las restricciones y los de la patronal, Horeca –que suena interjección de Arquímedes–, y el comité de expertos de la Junta pudieron contemplar la de sitio que hay en el planeta rojo para poner veladores guardando la distancia de seguridad. Está Marte, con ese aire de desierto de Almería, para ponerle adoquines de Gerena y un cine de verano. A los 30 años del estreno de «El silencio de los corderos», no cuesta imaginarse a Pedro Sánchez Juanma Moreno, con sudores fríos, escuchando cada noche a Hannibal Lecter –precursor del uso de la mascarilla– susurrarles al oído «Clarise» con cada decisión. Casi un año después del Covid, para sostener el peso de la búsqueda incesante del equilibrio se precisa la capacidad de aguante –perseverancia– y la arquitectura de una columna de Bernini. El siglo XXI tiene BSO de Anthony (Hopkins, que ganó el Oscar con menos de 25 minutos en escena) and the Johnsons (como la marca en la que están puestas las esperanza de la vacunación masiva). «Nada nos hace más vulnerables que la soledad, excepto la avaricia», sostenía el guión de Jonathan Demme. Leído en Twitter: «Ha muerto mi vecino. 46 años. Covid. Las paredes no contienen los gritos desesperados de la madre y tengo que contener a la mía para que no acuda al consuelo. El Covid es esto». «El tifus y los cisnes –lo dijo el doctor Lecter– todo procede del mismo sitio».

Enjambre sísmico electoral tras el “efecto Illa”

Salvador Illa, imagen de su cuenta de Twitter.

A Cataluña se la denomina como «la novena provincia andaluza», por los evidentes lazos demográficos tejidos por la emigración. Finalmente, hubo «efecto Illa» y las razones que movieron a Pedro Sánchez al cambio de cromos con Iceta, que acabó como ministro de Relaciones Territoriales y llevó a Darias a Sanidad, otorgan a los estrategas de Moncloa –Iván Redondo y Francisco Salazar, cercano al alcalde de Dos Hermanas Kiko Toscano, citados expresamente por el ganador de las catalanas–, carta blanca para continuar reescribiendo el particular «Juego de Tronos» patrio.

Sigue leyendo

Veneno

En la tumba de Marina González Blanco reza otro nombre. El del arcángel Rafael. Sabe Dios, si existe, las vidas que murió Marina, para sobrevivir a todas ellas. Su único «pecado» fue la vida. Nadie emprende el camino sin retorno de cambiar de sexo por amor al arte y sin amor del prójimo porque en realidad cuando uno cambia de sexo es porque ya es lo ultimo que te falta por cambiar. El «efecto crisálida» y esas cosas sonarían a Disney si en Disney algún personaje tuviera alguna vez este tipo de emoción tan humana. De Blancanieves y Caperucita –a las que como arquetipos de un tiempo pretérito tampoco hay que crucificar ni poner ingles brasileñas ni tampoco un Kaláshnikov o bandera de «nosotras parimos, nosotras decidimos»– a Vaiana –peliculón– distan universos insondables. Cuando una persona da ese salto mortal sin red, probablemente, ya sabe más del dolor de una vida que varias vidas juntas vividas. A Marina cuando nació la llamaban Rafael. Incluso cuando ya sólo le faltaba sustituir tres sílabas por otras tantas en el DNI, a veces se le seguía llamando Rafael. Y tampoco pasaba nada ni era un trauma en función de quién pronunciase su nombre. Como cuando tu padre, tu madre o tus hermanos te llaman con tu nombre completo. Sin embargo, si lo hace una persona ajena, tu cuerpo se pone inmediatamente en guardia. Confieso que yo nunca la llamé Marina y tampoco tuve tiempo de hacerlo. Al nombrar las cosas, existen. Que mi tío Rafael no se identificaba en su ser era evidente hasta para un niño de cinco años, o de los años a los que alcance la memoria, viendo fotos con posturas impropias para estar sacadas de los posados del servicio militar de los tiempos de Franco. Y mi tío, hay que decirlo así, era guapísima. Por dentro y por fuera. Tan guapo como mi padre -que en las fotos en blanco y negro tiene un aire a medio camino entre Redford y Newman en «Dos Hombres y un Destino»-, pero más fino. Femenino. Rafael hizo la mili pero años antes, o quizás al tiempo, sus hermanos se peleaban con los hombres del pueblo porque no aceptaban, o vete a saber qué hacían aparte de tirarle piedras, a su hermano. Tuvo que pasar una dictadura y una transición y una democracia para que este país exorcizara sus propios demonios cuando Miguelito Bosé salía con falda y coleta y, así, dejar de cagarse en sus muertos o llamarle directamente «maricón». A mi tío lo echó su propio padre de su casa y tuvo que morirse para que volviera a hablarle con la cabeza gacha. Y se fue a Barcelona y a Bilbao a buscarse la vida. Cayó enfermo y sus hermanos recorrieron el país entero para traerlo de vuelta a casa. Peleó por una vida, por su vida, con la fuerza y el coraje de todos los hombres y mujeres del mundo juntos. A mi abuela se le murieron dos hijos, su Rafaelito y Marina, los dos de golpe. Me declaro incompetente para opinar de la ley trans. Me pierdo entre términos y siglas. Sólo una cosa tengo clara: si al colectivo le parece bien -y en Andalucía se aprobó por unanimidad de todos los grupos políticos-, a mí me parece bien. Mi libertad acaba donde empieza la del otro y allá cada cual con su vida si al otro no le hace daño. Jamás admiraré a nadie tanto en mi vida como a mi tío Rafael por tener los santos cojones de convertirse en mi tía Marina contra todos y a pesar de todos. Porque el coraje, la lucha por lo único que al final se lleva una persona a la tumba, la identidad, siempre resulta del todo admirable. Un diputado cobarde se ha escudado falsariamente en el masculino genérico para llamar cada vez que podía “el diputado” a Carla Antonelli, una señora de los pies a la cabeza ante un tipo que a todas luces no es un hombre. Después pidió perdón de aquella manera, como lo hacen los cobardes. «Nadie puede ser feliz si sustenta su vida en el odio a los demás», defiende ella. Han hecho mucha más patria que los Tercios de Flandes las Venenos que murieron por España.

Filtros

La «nueva política» nació bajo el signo de Benjamin Button. El «nuevo tiempo» se va pareciendo tanto al «viejo» que coincide en añejos «tics» como negociar de espaldas a la ciudadanía, sin conocer lo que se plantea, y llegar a la casilla de salida de cada legislatura con los ciudadanos con el asombro intacto y la misma capacidad de respuesta que ante la metafísica culinaria. «¿Puede el metacrilato reinventar la sopa de pollo?», cuestionaba Ferrán Adriá. Con el vicepresidente segundo siempre se tiene la sensación de que es incluso capaz de quedar subcampeón en un concurso de tontos. Si se pone, puede hasta empatar porque es listo como para medrar como profesor de Ciencias Políticas y comparar a un fugado, un prófugo a sueldo del erario público en Waterloo, con exiliados como Antonio Machado, que cruzó la frontera con su madre anciana «ligero de equipaje», o Chaves Nogales, que se fue a París y a Londres a pensiones infames con «méritos suficientes para ser fusilado por los unos y por los otros». La imperfección, la posibilidad de mejora, lejos de convertir una idea, una persona o un sistema en «anormal», lo convierte en verdadero y fieramente humano. De hecho, en los sistemas que se dicen «perfectos», los próceres emparentan con la divinidad o han sido señalados por dios, escuchan hablar a los gorriones, no se admite la crítica y la disidencia termina en una prisión del Caribe o Siberia. Un gulag –conviene recordarle a Echenique que no hay prevista quinta parte de «Dumb and Dumber» para que deje de ensayar–, no es un chiringuito en la nieve donde sirven destilados de plutonio –«agitado no mezclado»– con unas aceitunas también presas de aranceles. Históricamente, por menos predicciones que las que hizo Pedro Sánchez en sus mítines –«¿Os imagináis esta crisis en Cataluña con la mitad del Gobierno con Podemos dentro defendiendo que hay presos políticos y defendiendo el derecho a la autodeterminación?»– nombraban al personal profeta. Otegi y sus colegas pueden dejar atrás un pasado de condescendencia con el crimen –«El daño causado por ETA está reconocido. Justo o injusto… Aquí cada uno tendrá su relato»– y eso es y debe ser «normalidad democrática». ¿Si hubiera mediado una denuncia falsa por malos tratos –recuérdese al ex ministro López Aguilar– estarían más en entredicho los Otegi de la vida que como allegados del terror? Los crímenes prescriben antes que las heridas y Otegi puede seguir ejerciendo de Mandela vasco y Junqueras de Gandhi en Las Ramblas. Los ciudadanos, cansados ya de sandeces, hacemos como la señora que grababa una clase de aerobic mientras daban un golpe de Estado en Birmania. Seguimos, mientras Kiko Rivera borra el teléfono de su madre, Chimo Bayo se convierte en líder de la insurrección hostelera y Leticia Sabater se hace «Una proposición indecente» a la inversa y entonces los tanques ocupan la calle y que sea lo que Dios quiera o lo que Pedro predijo. El vicepresidente le ha puesto un filtro de dictadura a la democracia española, reconocida como plena por organismos independientes. Como el abogado que hizo un Zoom con filtro felino y dijo: «Yo no soy un gato», que es justo lo que diría un gato o Pablo Iglesias. Un estudio de la web Cultture.com dice que 8 de cada 10 españoles suele jugar a juegos de zombies. Los otros dos deben estar dirigiendo un país que se debate entre la antigüedad del manifiesto futurista –«Un espectro recorre Europa» todavía– y el consenso deshecho y deconstruido como la sopa en metacrilato.

El Colce y “la guerra de la aceituna”

Jaén es una provincia que respira por la herida y las palabras de la vicepresidenta Carmen Calvo, oriunda de Cabra –«Se lo tengo que agradecer mucho al presidente del Gobierno, – han sentado como un dedo – en concreto, el que decanta una balanza– que penetra en la llaga. El Plan Colce supone una inversión de 350 millones, 1.600 empleos directos e indirectos y una pica en Flandes como polo tecnológico. Jaén sale a la calle hoy en masa y ayer realizó una cacerolada en respuesta a la gota que colmó el vaso del agravio. Un diputado del PSOE por Córdoba, Antonio Hurtado Zurera, escribió en Facebook que «Carmen Calvo se lo ha pedido personalmente a Pedro Sánchez y se lo ha concedido. Ha sido la gran valedora de nuestra candidatura». La mecha de la indignación de Jaén y el resto de aspirantes estaba desatada.

Sigue leyendo

Hispanias

La educación es lo que separa la barbarie de la civilización y, a maiore, las reglas, los códigos, la ley. El Parlamento ha patentado el camarote de los Marx, juntando en un despacho a los marxistas por antonomasia expulsados de Adelante –«la parte contratante de la primera parte» pero en asambleas– y «a la niña de la Falange», que es como llaman a la diputada que se fue de Vox en un viraje sin alforjas. Dos Españas y un despacho. No cabe más pureza ideológica en cuatro paredes, mientras en los teléfonos de la Cámara anuncian de menú del día «papas con choco». Suárez –con Mellado, Carrillo y Tejero, arquetipos hispánicos retratados el 23F– se alimentó de tortilla francesa, café, tabaco y ambición. Dos años antes del golpe, con dolor de cabeza y muelas, soportaba el insomnio con una pistola en la mesilla. Se han cumplido 40 años de su dimisión y 50 de «El exorcista», mientras en el Parlamento los letrados claman «¡El poder de las Cinco Llagas te obliga!» ante la urgencia en la modificación del reglamento y el reparto de la asignación de los grupos. De los pasillos, dicen, ha desaparecido un portátil y del antiguo despacho de Teresa Rodríguez, documentación «anticapi». La realidad, en tiempos de pensamiento «slime», se distorsiona sola. El cocinero Enrique Sánchez es telonero del confinamiento. Cuando Juanma Moreno dio el último parte de las restricciones, tocaba pollo marinado. «La cocina es un mundo libre», es la máxima del chef. Después el presidente, tras la operación «Salvemos la Navidad», vino con la dieta perimetral. Una muerte es una tragedia. Cien al día, una estadística. Un fusilado es un crimen. Miles son historia. Tendemos a pensar que la Nación de uno es muy grande pero, en el caso de España, la describió entera en un prólogo Chaves Nogales. La soberbia, como la carrera de Ana Blanco o de Buffon, tiende al infinito. Una vez le preguntaron a Churchill por los franceses; y dijo que no conocía a todos. Si un mérito tienen las autoproclamadas dos Españas es que cuentan con el tesón de los hermanos Wright, que pasaban horas mirando gaviotas y ni novia se echaron, mientras el resto del personal está a las papas con choco, el colegio de los niños, el atasco de marras, Salud (que no) Responde, las gestiones vía güija en el SEPE y la eliminación de Copa. Por estas fechas pero de 1897 el diario «La Andalucía» ya hablaba de fiebres y muertes y reseñaba que «la clase media da todas sus fuerzas y economías al país, que ingrato y avaro, le abruma con impuestos crecidísimos… Mientras tanto, los ‘salvadores’ de la patria se pasan el año conferenciando, cabildeando, haciendo repetidos viajes a Madrid, para enviar en telegramas mentirosas promesas». A principios de febrero de 1918 «El Noticiero sevillano» abría con el debate entre «germanófilos» y «aliadófilos». En cuarta página: «Siguen los desórdenes en Barcelona». No difieren las noticias de ayer y mañana ni las preocupaciones de antaño y el porvenir: pan, abrazo y abrigo; aunque ahora también los papeles hablan de osas con el trauma de jaulas imaginarias y se le llama «coliving» a la tiesura media. «Si nos levantamos pronto, pero muy pronto, y sin reproches, y nos ponemos a trabajar, somos un país imparable», dijo una vez Guardiola, en cuyas contradicciones caben varias Hispanias. Pocas cosas más patrias hay que renegar, «A sangre y fuego». «La gran sentada», pidió una vez Aragonés, cuando caíamos en Cuartos. Acabamos ganando un Mundial con un milagro de Móstoles, la carrera de uno de Los Palacios, el centro fallido de un niño de Fuenlabrada, el rechace emigrante del nieto holandés de una abuela de Chiclana, un pase catalán y un gol de Fuentealbilla dedicado a un muerto. Y lo más difícil fue ponernos de acuerdo.

El factor Illa y el síndrome Pantani

La campaña de las catalanas comenzó con una suerte de debate telemático con unas fotos de los candidatos sobre unas sillas. La escenografía recordaba al velorio de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic, desaparecido de súbito en la ficción. La serie, que fue de culto y cuyo final sólo gustó a talibanes, se llamaba «Perdidos». El candidato socialista dijo en su primer acto oficial, ante un fondo cuasinaranja Ciudadanos, que «la prioridad» de su presidencia será «la lucha contra la Covid». Si Illa lo hace muy bien, igual hasta lo nombran ministro de Sanidad, entrando en uno de esos bucles espaciotemporales de la serie de J. J. Abrams. Un ente supuestamente independiente ha colocado a España en el puesto 78 de 100, tras Libia, en la gestión de la pandemia. Un suspenso generalizado en el mundo que sirve para pasar de curso o «de pantalla», que suena más «cool»; con la venia de Mr. Wonderful y de la ministra Celaá –valga la redundancia–, la mercadotecnia de Iván Redondo, la cocina de Tezanos y la audacia de Pedro Sánchez. El CIS condiciona las medidas contra la pandemia y da a Illa el salvoconducto para batirse el cobre por España –la de «las ocho naciones», la de «la nación de naciones» o la de «la camisa blanca de mi esperanza»– en Catalunya. En resumen, el talante de Illa es extraordinario y su manejo del capote –con un gesto entre la mueca sorda y la media sonrisa, el flequillo siempre impertérrito– supuso una bofetada sin manos a una oposición que busca su identidad entre el toro y el torero y ante el minotauro pop del populismo. La gestión de Illa ha sido un homenaje al «marianismo». Una continua alfombra roja a las circunstancias. La línea que separa la audacia del disparate es muy fina. El nivel de la política española es tal que ocurre como cuando en la discoteca daban las 3:00 AM y el personal se quedaba en la barra sujetando el abrigo. El listón está tan alto que todo el mundo pasa por debajo. Y nos gusta Fernando Simón, por buena gente, Silver Surfer en plena ola del coronavirus. Y así aceptamos pulpo como animal de compañía y a Illa, porque es educado y aseado de verbo y formas, como ministro de Sanidad o como candidato a la Generalitat. Los «Illiers» podemos perdonar a Illa, hijo del pensamiento, que no sepa de Sanidad y hasta pasar por alto los muertos del Covid –por todos lares, con perdón, crían malvas y también cuervos–. Un ministro de Cultura no tiene que ser poeta ni el de Fomento saber encofrar. Lo imperdonable es la traición a los valores. «Me lo han pedido mis compañeros», dijo con la cara de Djukic cuando falló el penalti del Deportivo. Illa apareció como Pantani, a contratiempo. Un político con las formas de otra época y, sin embargo, ligero. Como el escalador que daba a sus rivales semanas de ventaja para remontar en la montaña en tanto sus adversarios machacaban la pista como quien convierte en vino las uvas (de la ira). «La singularidad exige la máxima pureza», escribió Segurola del Pirata, y «la traición de carácter moral» de Pantani en el Giro del 99 «le destruyó». Pantani murió un 14F, el mismo día que se celebran las elecciones catalanas. Illa, con ese aire a su tocayo portugués Sobral y un puntito Roberto Carlos – «Quiero tener un millón de amigos», «El gato que está triste y azul»– ratifica que no hay más patria que donde uno puede mandar (y a Puigdemont lo encontré en Bruselas). Como bien saben en Granada, no es la fe la que mueve montañas sino las placas tectónicas. Con el ladrillo aprendimos que los economistas predicen a posteriori y en la pandemia que ni los expertos son de fiar. Lo dijo Camba: «Yo creo que una cupletista es algo mucho más patriótico que un diputado o un senador». «Morir solos, vivir juntos», era el lema leitmotiv de «Perdidos».

Poder

Captura de la entrevista a Pablo Iglesias en “Salvados” de LaSexta

Hará para dos décadas que el flamante portavoz de Aznar, Pío Cabanillas, con el pelazo que gastaba, ofreció una conferencia en Sevilla y señaló, entre contoneos Pantene, que, aún sentándose en el Consejo de Ministros, no veía «el poder» ni se consideraba parte del mismo. El poder, ese ente místico. En LaSexta, con su melena en moño, el vicepresidente de la 13º economía del mundo antes de la pandemia y octava antes de la crisis del ladrillo señaló, con voz bajita, vicervérsicamente impostada, que en España hay una «democracia limitada». Iglesias se presentó como la anciana de 87 años que se quedó esta semana encerrada en un bazar chino de Torrelavega y no sabía qué hacer. «Los dueños de bancos y grandes empresas tienen más poder que yo y nadie les votó». Iglesias se quejó de «las presiones» y de que, incluso, a veces «los lobbys» convencían –«Vade retro, Satanás»– a los ministros. Cuando el primer teniente de alcalde de Sevilla, el comunista Torrijos, pasó a la oposición en 2011 con la llegada de Zoido a la Alcaldía, en una de sus prolijas respuestas, junto a un retrato de La Pasionaria y cuando la salud y los arreones de la jueza Alaya aún le permitían fumar en pipa, reconocía sin tapujos que lo que más echaba de menos era «el poder». El poder de manejar un Presupuesto. Decidir por dónde iba el carril bici. La potestad de arreglar una acera. En la oposición, proponía pero no iba a ningún lado, como los tranvías que proyectan ahora los planes de Espadas. Iglesias pasó de politólogo a político diciendo que el sistema jamás permitiría a un partido como Podemos y a un líder como él estar en el Gobierno. Ahora que está en el Gobierno, Iglesias, desde sus homilías ateas toca las campanas pero no percibe la luz divina, igual porque en HBO no hay serie sobre la cosa. De paso, eso sí, como quien no repara en ello, pone en bandeja de plata un argumentario de libro a los abogados del fugado Puigdemont ante Bruselas: hasta el vicepresidente del país considera que es un exiliado político, comparable a los del franquismo, y –«ya que no me lo pregunta», pensaría– mucho más digno que un Borbón. Cuando Rajoy era presidente, era indecente e inmoral que se permitiera el abuso de la factura de la luz. Ahora que el sueño más húmero de cualquiera pasa por la posibilidad furtiva de un fornicio remotamente parecido al de la factura de la electricidad con la cuenta del banco, Iglesias se declara asintomático del poder y su partido hace parábolas con los aguacates para explicarlo. Como avanzó Hobbes, el frutero es un lobo para el hombre. Las palabras de Iglesias con semblante de Palpatine son ya como Trump apretando el botón rojo de la Coca-Cola mientras imaginaba Hiroshima y Nagasaki. Es la primera vez en la historia de España en la que se le cuelan a los abuelos en una cola, en este caso para las vacunas del Covid. Empezó con un señor de Murcia, como Ninette. También por primera vez, el propio Gobierno tiene a la oposición en las mismas entrañas y Carmen Calvo –«Una tipa muy culta»– cualquier día hace de Teniente Ripley. Hace años un «youtuber» con más voluntad que talento le preguntó a Iglesias: «¿Usted exactamente a qué dice que se dedica?». Y, como el precio de la luz, la pregunta se ha quedado en el aire.

«Dos hombres y un destino»

La conexión entre el consejero de Presidencia y Marín fue inmediata, al punto de que al líder de Cs en Andalucía en más de una rueda de prensa posterior al Consejo de Gobierno se le ha escapado «un vicepresidente» al referirse al portavoz. Marín ha anunciado con dos años de adelanto y precisión de relojero que se presentará a las primarias de su partido, después de que Inés Arrimadas eludiese ratificarlo y recordase que el partido se rige por este sistema para la elección de candidatos. En Andalucía, Cs está dividido en dos facciones. Se da la circunstancia de que Marín es de facto el hombre con más poder institucional de la formación. El vicepresidente ya omite la posibilidad de ir a los comicios con el PP. Su compañero Bendodo, en Twitter, dejó un mensaje: «Con Juan Marín, codo con codo frente a la pandemia». En el último Pleno citó «Dos hombres y un destino» en referencia a Fiscal y Conejo. «Salvar al soldado Ryan» con el tiempo, en el género bélico, se viene convirtiendo también en película de culto.