Filtros

La «nueva política» nació bajo el signo de Benjamin Button. El «nuevo tiempo» se va pareciendo tanto al «viejo» que coincide en añejos «tics» como negociar de espaldas a la ciudadanía, sin conocer lo que se plantea, y llegar a la casilla de salida de cada legislatura con los ciudadanos con el asombro intacto y la misma capacidad de respuesta que ante la metafísica culinaria. «¿Puede el metacrilato reinventar la sopa de pollo?», cuestionaba Ferrán Adriá. Con el vicepresidente segundo siempre se tiene la sensación de que es incluso capaz de quedar subcampeón en un concurso de tontos. Si se pone, puede hasta empatar porque es listo como para medrar como profesor de Ciencias Políticas y comparar a un fugado, un prófugo a sueldo del erario público en Waterloo, con exiliados como Antonio Machado, que cruzó la frontera con su madre anciana «ligero de equipaje», o Chaves Nogales, que se fue a París y a Londres a pensiones infames con «méritos suficientes para ser fusilado por los unos y por los otros». La imperfección, la posibilidad de mejora, lejos de convertir una idea, una persona o un sistema en «anormal», lo convierte en verdadero y fieramente humano. De hecho, en los sistemas que se dicen «perfectos», los próceres emparentan con la divinidad o han sido señalados por dios, escuchan hablar a los gorriones, no se admite la crítica y la disidencia termina en una prisión del Caribe o Siberia. Un gulag –conviene recordarle a Echenique que no hay prevista quinta parte de «Dumb and Dumber» para que deje de ensayar–, no es un chiringuito en la nieve donde sirven destilados de plutonio –«agitado no mezclado»– con unas aceitunas también presas de aranceles. Históricamente, por menos predicciones que las que hizo Pedro Sánchez en sus mítines –«¿Os imagináis esta crisis en Cataluña con la mitad del Gobierno con Podemos dentro defendiendo que hay presos políticos y defendiendo el derecho a la autodeterminación?»– nombraban al personal profeta. Otegi y sus colegas pueden dejar atrás un pasado de condescendencia con el crimen –«El daño causado por ETA está reconocido. Justo o injusto… Aquí cada uno tendrá su relato»– y eso es y debe ser «normalidad democrática». ¿Si hubiera mediado una denuncia falsa por malos tratos –recuérdese al ex ministro López Aguilar– estarían más en entredicho los Otegi de la vida que como allegados del terror? Los crímenes prescriben antes que las heridas y Otegi puede seguir ejerciendo de Mandela vasco y Junqueras de Gandhi en Las Ramblas. Los ciudadanos, cansados ya de sandeces, hacemos como la señora que grababa una clase de aerobic mientras daban un golpe de Estado en Birmania. Seguimos, mientras Kiko Rivera borra el teléfono de su madre, Chimo Bayo se convierte en líder de la insurrección hostelera y Leticia Sabater se hace «Una proposición indecente» a la inversa y entonces los tanques ocupan la calle y que sea lo que Dios quiera o lo que Pedro predijo. El vicepresidente le ha puesto un filtro de dictadura a la democracia española, reconocida como plena por organismos independientes. Como el abogado que hizo un Zoom con filtro felino y dijo: «Yo no soy un gato», que es justo lo que diría un gato o Pablo Iglesias. Un estudio de la web Cultture.com dice que 8 de cada 10 españoles suele jugar a juegos de zombies. Los otros dos deben estar dirigiendo un país que se debate entre la antigüedad del manifiesto futurista –«Un espectro recorre Europa» todavía– y el consenso deshecho y deconstruido como la sopa en metacrilato.

El Colce y “la guerra de la aceituna”

Jaén es una provincia que respira por la herida y las palabras de la vicepresidenta Carmen Calvo, oriunda de Cabra –«Se lo tengo que agradecer mucho al presidente del Gobierno, – han sentado como un dedo – en concreto, el que decanta una balanza– que penetra en la llaga. El Plan Colce supone una inversión de 350 millones, 1.600 empleos directos e indirectos y una pica en Flandes como polo tecnológico. Jaén sale a la calle hoy en masa y ayer realizó una cacerolada en respuesta a la gota que colmó el vaso del agravio. Un diputado del PSOE por Córdoba, Antonio Hurtado Zurera, escribió en Facebook que «Carmen Calvo se lo ha pedido personalmente a Pedro Sánchez y se lo ha concedido. Ha sido la gran valedora de nuestra candidatura». La mecha de la indignación de Jaén y el resto de aspirantes estaba desatada.

Sigue leyendo

Hispanias

La educación es lo que separa la barbarie de la civilización y, a maiore, las reglas, los códigos, la ley. El Parlamento ha patentado el camarote de los Marx, juntando en un despacho a los marxistas por antonomasia expulsados de Adelante –«la parte contratante de la primera parte» pero en asambleas– y «a la niña de la Falange», que es como llaman a la diputada que se fue de Vox en un viraje sin alforjas. Dos Españas y un despacho. No cabe más pureza ideológica en cuatro paredes, mientras en los teléfonos de la Cámara anuncian de menú del día «papas con choco». Suárez –con Mellado, Carrillo y Tejero, arquetipos hispánicos retratados el 23F– se alimentó de tortilla francesa, café, tabaco y ambición. Dos años antes del golpe, con dolor de cabeza y muelas, soportaba el insomnio con una pistola en la mesilla. Se han cumplido 40 años de su dimisión y 50 de «El exorcista», mientras en el Parlamento los letrados claman «¡El poder de las Cinco Llagas te obliga!» ante la urgencia en la modificación del reglamento y el reparto de la asignación de los grupos. De los pasillos, dicen, ha desaparecido un portátil y del antiguo despacho de Teresa Rodríguez, documentación «anticapi». La realidad, en tiempos de pensamiento «slime», se distorsiona sola. El cocinero Enrique Sánchez es telonero del confinamiento. Cuando Juanma Moreno dio el último parte de las restricciones, tocaba pollo marinado. «La cocina es un mundo libre», es la máxima del chef. Después el presidente, tras la operación «Salvemos la Navidad», vino con la dieta perimetral. Una muerte es una tragedia. Cien al día, una estadística. Un fusilado es un crimen. Miles son historia. Tendemos a pensar que la Nación de uno es muy grande pero, en el caso de España, la describió entera en un prólogo Chaves Nogales. La soberbia, como la carrera de Ana Blanco o de Buffon, tiende al infinito. Una vez le preguntaron a Churchill por los franceses; y dijo que no conocía a todos. Si un mérito tienen las autoproclamadas dos Españas es que cuentan con el tesón de los hermanos Wright, que pasaban horas mirando gaviotas y ni novia se echaron, mientras el resto del personal está a las papas con choco, el colegio de los niños, el atasco de marras, Salud (que no) Responde, las gestiones vía güija en el SEPE y la eliminación de Copa. Por estas fechas pero de 1897 el diario «La Andalucía» ya hablaba de fiebres y muertes y reseñaba que «la clase media da todas sus fuerzas y economías al país, que ingrato y avaro, le abruma con impuestos crecidísimos… Mientras tanto, los ‘salvadores’ de la patria se pasan el año conferenciando, cabildeando, haciendo repetidos viajes a Madrid, para enviar en telegramas mentirosas promesas». A principios de febrero de 1918 «El Noticiero sevillano» abría con el debate entre «germanófilos» y «aliadófilos». En cuarta página: «Siguen los desórdenes en Barcelona». No difieren las noticias de ayer y mañana ni las preocupaciones de antaño y el porvenir: pan, abrazo y abrigo; aunque ahora también los papeles hablan de osas con el trauma de jaulas imaginarias y se le llama «coliving» a la tiesura media. «Si nos levantamos pronto, pero muy pronto, y sin reproches, y nos ponemos a trabajar, somos un país imparable», dijo una vez Guardiola, en cuyas contradicciones caben varias Hispanias. Pocas cosas más patrias hay que renegar, «A sangre y fuego». «La gran sentada», pidió una vez Aragonés, cuando caíamos en Cuartos. Acabamos ganando un Mundial con un milagro de Móstoles, la carrera de uno de Los Palacios, el centro fallido de un niño de Fuenlabrada, el rechace emigrante del nieto holandés de una abuela de Chiclana, un pase catalán y un gol de Fuentealbilla dedicado a un muerto. Y lo más difícil fue ponernos de acuerdo.

El factor Illa y el síndrome Pantani

La campaña de las catalanas comenzó con una suerte de debate telemático con unas fotos de los candidatos sobre unas sillas. La escenografía recordaba al velorio de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic, desaparecido de súbito en la ficción. La serie, que fue de culto y cuyo final sólo gustó a talibanes, se llamaba «Perdidos». El candidato socialista dijo en su primer acto oficial, ante un fondo cuasinaranja Ciudadanos, que «la prioridad» de su presidencia será «la lucha contra la Covid». Si Illa lo hace muy bien, igual hasta lo nombran ministro de Sanidad, entrando en uno de esos bucles espaciotemporales de la serie de J. J. Abrams. Un ente supuestamente independiente ha colocado a España en el puesto 78 de 100, tras Libia, en la gestión de la pandemia. Un suspenso generalizado en el mundo que sirve para pasar de curso o «de pantalla», que suena más «cool»; con la venia de Mr. Wonderful y de la ministra Celaá –valga la redundancia–, la mercadotecnia de Iván Redondo, la cocina de Tezanos y la audacia de Pedro Sánchez. El CIS condiciona las medidas contra la pandemia y da a Illa el salvoconducto para batirse el cobre por España –la de «las ocho naciones», la de «la nación de naciones» o la de «la camisa blanca de mi esperanza»– en Catalunya. En resumen, el talante de Illa es extraordinario y su manejo del capote –con un gesto entre la mueca sorda y la media sonrisa, el flequillo siempre impertérrito– supuso una bofetada sin manos a una oposición que busca su identidad entre el toro y el torero y ante el minotauro pop del populismo. La gestión de Illa ha sido un homenaje al «marianismo». Una continua alfombra roja a las circunstancias. La línea que separa la audacia del disparate es muy fina. El nivel de la política española es tal que ocurre como cuando en la discoteca daban las 3:00 AM y el personal se quedaba en la barra sujetando el abrigo. El listón está tan alto que todo el mundo pasa por debajo. Y nos gusta Fernando Simón, por buena gente, Silver Surfer en plena ola del coronavirus. Y así aceptamos pulpo como animal de compañía y a Illa, porque es educado y aseado de verbo y formas, como ministro de Sanidad o como candidato a la Generalitat. Los «Illiers» podemos perdonar a Illa, hijo del pensamiento, que no sepa de Sanidad y hasta pasar por alto los muertos del Covid –por todos lares, con perdón, crían malvas y también cuervos–. Un ministro de Cultura no tiene que ser poeta ni el de Fomento saber encofrar. Lo imperdonable es la traición a los valores. «Me lo han pedido mis compañeros», dijo con la cara de Djukic cuando falló el penalti del Deportivo. Illa apareció como Pantani, a contratiempo. Un político con las formas de otra época y, sin embargo, ligero. Como el escalador que daba a sus rivales semanas de ventaja para remontar en la montaña en tanto sus adversarios machacaban la pista como quien convierte en vino las uvas (de la ira). «La singularidad exige la máxima pureza», escribió Segurola del Pirata, y «la traición de carácter moral» de Pantani en el Giro del 99 «le destruyó». Pantani murió un 14F, el mismo día que se celebran las elecciones catalanas. Illa, con ese aire a su tocayo portugués Sobral y un puntito Roberto Carlos – «Quiero tener un millón de amigos», «El gato que está triste y azul»– ratifica que no hay más patria que donde uno puede mandar (y a Puigdemont lo encontré en Bruselas). Como bien saben en Granada, no es la fe la que mueve montañas sino las placas tectónicas. Con el ladrillo aprendimos que los economistas predicen a posteriori y en la pandemia que ni los expertos son de fiar. Lo dijo Camba: «Yo creo que una cupletista es algo mucho más patriótico que un diputado o un senador». «Morir solos, vivir juntos», era el lema leitmotiv de «Perdidos».

Poder

Captura de la entrevista a Pablo Iglesias en “Salvados” de LaSexta

Hará para dos décadas que el flamante portavoz de Aznar, Pío Cabanillas, con el pelazo que gastaba, ofreció una conferencia en Sevilla y señaló, entre contoneos Pantene, que, aún sentándose en el Consejo de Ministros, no veía «el poder» ni se consideraba parte del mismo. El poder, ese ente místico. En LaSexta, con su melena en moño, el vicepresidente de la 13º economía del mundo antes de la pandemia y octava antes de la crisis del ladrillo señaló, con voz bajita, vicervérsicamente impostada, que en España hay una «democracia limitada». Iglesias se presentó como la anciana de 87 años que se quedó esta semana encerrada en un bazar chino de Torrelavega y no sabía qué hacer. «Los dueños de bancos y grandes empresas tienen más poder que yo y nadie les votó». Iglesias se quejó de «las presiones» y de que, incluso, a veces «los lobbys» convencían –«Vade retro, Satanás»– a los ministros. Cuando el primer teniente de alcalde de Sevilla, el comunista Torrijos, pasó a la oposición en 2011 con la llegada de Zoido a la Alcaldía, en una de sus prolijas respuestas, junto a un retrato de La Pasionaria y cuando la salud y los arreones de la jueza Alaya aún le permitían fumar en pipa, reconocía sin tapujos que lo que más echaba de menos era «el poder». El poder de manejar un Presupuesto. Decidir por dónde iba el carril bici. La potestad de arreglar una acera. En la oposición, proponía pero no iba a ningún lado, como los tranvías que proyectan ahora los planes de Espadas. Iglesias pasó de politólogo a político diciendo que el sistema jamás permitiría a un partido como Podemos y a un líder como él estar en el Gobierno. Ahora que está en el Gobierno, Iglesias, desde sus homilías ateas toca las campanas pero no percibe la luz divina, igual porque en HBO no hay serie sobre la cosa. De paso, eso sí, como quien no repara en ello, pone en bandeja de plata un argumentario de libro a los abogados del fugado Puigdemont ante Bruselas: hasta el vicepresidente del país considera que es un exiliado político, comparable a los del franquismo, y –«ya que no me lo pregunta», pensaría– mucho más digno que un Borbón. Cuando Rajoy era presidente, era indecente e inmoral que se permitiera el abuso de la factura de la luz. Ahora que el sueño más húmero de cualquiera pasa por la posibilidad furtiva de un fornicio remotamente parecido al de la factura de la electricidad con la cuenta del banco, Iglesias se declara asintomático del poder y su partido hace parábolas con los aguacates para explicarlo. Como avanzó Hobbes, el frutero es un lobo para el hombre. Las palabras de Iglesias con semblante de Palpatine son ya como Trump apretando el botón rojo de la Coca-Cola mientras imaginaba Hiroshima y Nagasaki. Es la primera vez en la historia de España en la que se le cuelan a los abuelos en una cola, en este caso para las vacunas del Covid. Empezó con un señor de Murcia, como Ninette. También por primera vez, el propio Gobierno tiene a la oposición en las mismas entrañas y Carmen Calvo –«Una tipa muy culta»– cualquier día hace de Teniente Ripley. Hace años un «youtuber» con más voluntad que talento le preguntó a Iglesias: «¿Usted exactamente a qué dice que se dedica?». Y, como el precio de la luz, la pregunta se ha quedado en el aire.

«Dos hombres y un destino»

La conexión entre el consejero de Presidencia y Marín fue inmediata, al punto de que al líder de Cs en Andalucía en más de una rueda de prensa posterior al Consejo de Gobierno se le ha escapado «un vicepresidente» al referirse al portavoz. Marín ha anunciado con dos años de adelanto y precisión de relojero que se presentará a las primarias de su partido, después de que Inés Arrimadas eludiese ratificarlo y recordase que el partido se rige por este sistema para la elección de candidatos. En Andalucía, Cs está dividido en dos facciones. Se da la circunstancia de que Marín es de facto el hombre con más poder institucional de la formación. El vicepresidente ya omite la posibilidad de ir a los comicios con el PP. Su compañero Bendodo, en Twitter, dejó un mensaje: «Con Juan Marín, codo con codo frente a la pandemia». En el último Pleno citó «Dos hombres y un destino» en referencia a Fiscal y Conejo. «Salvar al soldado Ryan» con el tiempo, en el género bélico, se viene convirtiendo también en película de culto.

Siglo Fernán Gómez

Cuando Fernán Gómez era niño a la gripe se la llamaba «la canastera», porque, como la canción, llegaba a todas partes. Fernán Gómez, igual que Umbral, pertenecía a una estirpe de genios sin padre, y su sola voz al hablar era como los cazas sobrevolando el centro de Sevilla y haciendo saltar las alarmas. El primer día que bombardearon Madrid durante la guerra fue un 28 de agosto, el día de su cumpleaños. Contaba el actor, director y escritor que la guerra no fue algo sobrevenido y que incluso a un amigo de padre militar le saludaba con un cordial «cuándo se subleva tu padre» por las mañanas. Podía haber pasado un año antes o un año después. La cosa es que iba a pasar. El actual ambiente mundial recuerda a lo que cuentan los libros, y contaban los abuelos, sobre los pasajes más funestos de la historia de la humanidad. Pandemias, populismos, paro, desinformación. El clima es el de las parejas que se miran en silencio y desembocan en el vacío. Que el matrimonio se vaya a tomar por culo es cuestión de tiempo y momento. Y el mundo, igual. Una pandemia actúa como un perfecto acelerador de partículas. A veces la prensa retrata alguna certeza. En Cádiz titularon en portada un día que «el aumento del frío dispara la venta de puchero» y, más reciente, que «el 53% de los gaditanos hace el amor con los calcetines puestos». El Papa Francisco se ha vacunado del Covid, lo que en términos teológicos y metafísicos supone una performance entre fe y ciencia. Se lo dijo Aramís Fuster en el diván de la tele a Toñi Moreno: «Difiero con Einstein en varios puntos». Son tiempos de batallas de nieve en la Gran Vía. Pablo Casado pala en mano emulando el «efecto Zoido» en Bellavista sin nieve pero con banco. Señales desde Ganímedes. ¿Chuck Norris en el asalto al Capitolio? La madre del Jamiroquai de los cuernos y el bisonte diciendo que su hijo está sin comer porque no le dan alimentos orgánicos, la criatura. (La) Nancy Pelosi con el uniforme negro del «Impeachment», Eugenio para un chiste sin gracia. «¿Saben aquel que diu que los mexicanos iban a levantar y pagar un muro y recomendó lejía contra el coronavirus?». En EE UU hay más de 200 condados sin medios propios. En España, la prensa local se orilla, cuando no hay periodismo más verdadero. Ha nevado en media España pero en las pantallas apenas se ha visto la nieve por Callao. El centralismo informativo tiene sus peligros. El leísmo y el laísmo son directamente criminales. Lo «nacional» – «Madrid es España dentro de España»–lo ocupa casi todo y cuando el ciudadano quiere saber si el vecino es un psicópata –«¿Por qué tienes una pala en casa, cari?», puede ser el inicio de alguna conversación de fin de matrimonio– se abre el boquete propicio para la bola de nieve de las mentiras, los bulos, las falacias, el cotilleo, alguna declaración imprecisa de Juan Marín o, si hay suerte, la receta de sus torrijas. Son tiempos para negacionistas. El mismo Soto, a lo «Black Mirror», liderando la conspiranoia, alertando del «fin del hombre como ser racional y libre». «Viviremos subvencionados por un Estado nodriza». Se lo dijo Silvio, el rockero, al Loco de la Colina: “La verdad sólo la sabemos tú, yo, la KGB, la CIA, y tres o cuatro más”. Juan Antonio Canta –aquel señor suicida con traje negro Pelosi y gafas de Umbral explotado en «el Misisipi» y que cantaba cosas supuestamente profundas de las que todo el mundo se reía– como metáfora de un siglo cuyo tránsito coincide con el centenario de Fernán Gómez y los 80 años de Haddock. «Sé que parece una película de Greenaway, pero es tan sólo un ejercicio de malabarismo». «A la mierda», dejó dicho el maestro, como profecía del milenio. («Y un limón y medio limón»).

Peaje

Anne Igartiburu y Ana Obregón. Captura de La1 de TVE.

Cuando acabó el peaje Sevilla-Cádiz en la vieja noche de fin de año del 19 –varias vidas han pasado– nadie imaginó su escaso tránsito el año del Covid. Enero se inició con el virus, quién sabe, agazapado. Meses después Fernando Simón dijo que aquí no había peligro. Circulen. Miramos para otro lado cuando las multinacionales empezaron a huir despavoridas del Mobile de Barcelona, y culpamos al Procés. Al independentismo le cabe casi todo, pero no una pandemia. Así que en marzo nos comimos el confinamiento, la palabra del año según la FundéuRae. El cambio vital se escribe en el diccionario. Estábamos en los «emojis» (2019), con «amigovio» de finalista, o en los «selfis» (2014) y, de pronto, viene la vida y te retrata. Cuando y cuanto decimos, eso somos. También ha sido el año en el que los ciudadanos libres enarbolamos nuestra minoría de edad. Todo siempre es culpa de los otros. De Pedro Sánchez, de IllaDíaz Ayuso o Juanma Moreno. Las autoridades fueron salvando las distintas olas, mal que bien, y modificando horarios y realidades, intentando evitar el colapso sanitario, por un lado, y el crack económico, por otro. Pero a nadie se le obligó a ir en masa a los chiringuitos o la calle Larios o a una “rave” en Barcelona. Se podía elegir libremente, quedarse en casa. La heroicidad de no hacer nada. Lo único estrictamente achacable, y no es poco, a las administraciones es la falta de cooperación, la descoordinación y el ridículo con las banderas en vacunas y material sanitario, como si el ciudadano además de menor fuera gilipollas. Incluso la bochornosa falta de material de seguridad inicial tiene el pase de que a ninguno en casa nos pilló tampoco confesados. Entre tanto adulto haciendo de menor de edad –salvado el bello e inútil trance tribal de los aplausos al vacío y las proclamas de «vamos a salir mejor» mientras a los sanitarios se les ponían carteles en el ascensor invitándolos a no volver al bloque–, queda el ejemplo de entereza de niños y ancianos. El Washington Post pidió a los lectores que describieran 2020. Clarke Smith, de 9 años, parió un retrato de Antonio López: «Es como si vas a cruzar una calle, miras con cuidado a ambos lados y, de repente, te atropella un submarino». El coronavirus ha resultado más letal que Bin Laden. Por eso no rechina que la señora que primero recibió la vacuna en España, Araceli («Ara Coeli», altar del cielo), dijera «gracias a Dios» cuando recibió la dosis y no le salió un rombo en la cabeza como a los Sims. Quizás con el tiempo 2020 sea la temporada que jugó Cafú en el Zaragoza y nadie recuerda. El año en que murió Aute, Michael Robinson, Gistau, Quino, Maradona, Anguita, Lucía Bosé o Manzanero. No es 2020 un año para boleros sino más bien de fados, a los 20 años de la muerte de Carlos Cano. En su «Diván del Tamarit», alegato lorquiano, está la vida entera, más en pandemia. Porque la vida exhala a borbotones cuando es supervivencia. De la «terrible presencia» a «la gacela del niño muerto», «la raíz amarga» y «la muerte oscura». La gacela, también, de «la huida», para acabar en la del «amor con cien años», que son los que casi cumple Araceli, de 96 y a la que las «fake-news» enterraban al día siguiente. El año acabó, de nuevo, con el «feminismo a lo Pedroche» –algo así como llevártelo calentito por pasar frío– frente a Ana Obregón convertida en metáfora de la entereza de España como madre a la que se le muere un hijo y proclama «ciencia» y «esperanza», dibujando, por fin, la «Casida de la mano imposible». Somos también el silencio que dejamos.

El discurso del Rey

Foto: @CasaReal

La palabra «Sinsajo» sirve de título a la novela de Suzanne Collins que forma la tercera parte de «Los juegos del hambre» y proviene de los pájaros híbridos que aparecen en la obra y son el cruce de un sinsonte y un charlajo, un pájaro genéticamente alterado por el Capitolio. Se describe a los sinsajos como «un importante símbolo de esperanza y rebelión». Collins compara a la protagonista Katniss con un sinsajo por el hecho de que «nunca debería haber existido». El sinsajo, como Pablo Iglesias, es un ser en contra del sistema pero auspiciado, sobradamente preparado y amamantado por el propio sistema. De la Transición a esta parte, ninguna formación ha manejado la política con más perspectiva que Podemos, el partido que ha levantado la bandera de la antipolítica bajo un doble colchón marxista. De un lado, Karl y la lucha de clases, por más que termine con Carmen Lomana ofreciéndose a planchar las camisas a Monedero; y de otro, Groucho: «Estos son mis principios; pero si no les gustan, tengo otros». La pirotecnia sociopolítica de Podemos busca ahora una fotografía histórica, al estilo de la del «niño con el puño en alto» de la Transición, con la Monarquía. Fue por el Rocío de 2014. Frente a un bar de mala muerte de Camas pero con buenas tostadas y café decente, bajo el coche. Un siamés de semanas, ciego de legañas, arrendatario de parásitos, maullaba sin parar cerca de una colonia callejera desafiante. Era sorprendente porque era un gato de raza, aunque tenía la última vértebra del rabo rota. Igual por eso lo abandonaron. Sobrevivió tras un mes como gato-burbuja. Pasó a llamarse Siete, por motivos obvios de supervivencia. Y como justo en esos días juraba el cargo el Borbón chico y el gato pasaba de vagabundo a vivir a cuerpo de rey, se ganó de sobrenombre Felipe. Desde entonces en España está Felipe VI y el gato (Felipe) Siete, ilegítimo heredero al trono. Y la vida siguió con sus crisis, su comida húmeda y sus Corinnas. El gato, con el tiempo, se convirtió en el mejor amigo que puede tener un hijo. Tiene el cielo ganado. El gato, compañero de juegos y peluche a tiempo completo. Al parecer, el monarca, en el nombre del padre, también. Hubo un tiempo en que España fue «juancarlista» y a los niños se le ponía de nombre Juan Carlos. (Luego se hizo también «felipista», por González, Isidoro en la clandestinidad, pero no hubo tanto Felipe en el padrón). «Los principios morales y éticos nos obligan a todos sin excepciones y están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares», dijo el Rey en su discurso. Hay quien echó en falta una foto de familia con “el Bribón” cortado de cuajo. Es bien sabido que en las fotos de Nochebuena es pertinente colocar a las parejas y a los borbones en los laterales, por si hay que meter tijera. Una Constitución sobre la mesa y una foto con la heredera durante el homenaje a las víctimas del Covid, y ya. Igual debió salir Felipe en plan Pantoja y decir aquello de «estoy tan cansado de la familia Rivera» pero con la estirpe borbónica. Al momento del discurso del Rey, el más seguido en años, el clamor fue inmenso y en las cenas se dejó de hablar de Schopenhauer, incluso de Nietzsche, y se pasó al debate Monarquía o República. Los mundos de Pablo. Nada de si se te ha muerto alguien, aunque sea el gato; si te pudiste despedir siquiera; si te has contagiado; si tu empresa está en ERTE o ERE; si estás en paro. Lo vio venir el vicepresidente segundo pero primero padre, marido, amante, crítico de series, periodista en ratos libres, niño en el bautizo, novia en la boda, muerto en el entierro, el puto amo, al fin, el señor Pablo Iglesias, cuyo medio de cabecera -dirigido por señoras cuyos móviles requisa «para protegerlas»- deseó al periodista Chapu Olaizola, colocándolo en la diana al modo de los mejores tiempos del terror en España, una feliz Nochebuena. Dice LaSexta, ese medio tan de derechas, que la monarquía repunta frente a la república y su apoyo sube 20 puntos en tres meses en caso de referéndum. Así las cosas, la evolución natural del ciudadano medio va del republicanismo al nuevo felipismo, en tanto Rafa Nadal no aspire al trono de España. Hay cuestiones elementales a la hora de elegir. ¿A quién le compraría usted un coche usado? ¿A Pedro Sánchez, a Casado, a Pablo Iglesias, a Arrimadas, o al Borbón? ¿Con quién dejaría una tarde a su hijo y a su gato? Con los políticos, futuribles candidatos a presidente de la República, le pasa al pueblo como a Jaime Peñafiel con la Corona -«Es imposible que yo sea monárquico, porque les conozco»- pero a la inversa, por más que la última vértebra del rabo, o del cetro, pueda estar rota.

“La cabina”

Hubo un tiempo en que los niños de España queríamos ser Martín Vázquez. De súbito, en los años casi yeyé de la Quinta del Buitre, el foco pasó brevemente –temporada o temporada y media– de Butragueño y Míchel y las piruetas de Hugo Sánchez al jugador que decían que, jugando muchas veces a pierna cambiada, era el más dotado de su generación. Técnicamente, se entiende, porque hay fotos del 7 «a calzón quitao’» que atestiguan lo contrario, el 8 tenía un guante en la pierna derecha y ejercía de organizador desde la banda y el propio SanchísHarpo moreno, era un central de categoría con el balón en conducción. Martín Vázquez se dejó bigote, empezó a meter goles de falta y a desequilibrar. Después lo fichó el Torino, que a falta de los engañadores sin pelo y con parabólica, parecía que iba a ser la alternativa al Milan de Sacchi o al Nápoles de Maradona. Por entonces, que un futbolista saliera de España como fichaje de campanillas era un acontecimiento. Los niños queríamos ser Rafael Martín Vázquez ese tiempo, luego el centrocampista volvió al Madrid tras un periplo sin pena ni gloria en Turín y Marsella y acabó en el Deportivo de La Coruña. Eran los tiempos en que no existía ningún Instituto Holístico de Acupuntoras Descalzas. Casi nadie menciona hoy a Martín Vázquez, como casi nadie recuerda a Coloccini, un central, que también jugó en el Dépor, con el pelo del Actor Secundario Bob y que repartía más estopa que Alfonso Guerra en sus mejores tiempos. Tampoco recuerda nadie los billetes de a 1.000 pesetas con la cara de Galdós, que también tenía bigote. Estos días pesan más sus letras con la Pardo Bazán -precuela reguetonera, tiran más que dos carretas- que «Los Episodios Nacionales». Ahora el agua cotiza en bolsa y la RAE ha incluido el término berlanguiano, puede que como aproximación a la definición de 2020. Se nos vendió que el siglo XXI arrancó con la caída del muro de Berlín o, estirando, el atentado de las Torres Gemelas. Toda una vida albergando el resplandor de «Blade Runner» –¿Acaso sueñan los coronavirus con humanos probeta?– para llegar a un presente en el que se venden oficinas para colocar en el jardín y trabajar desde casa. Para el que tenga casa, tenga jardín y tenga trabajo. “Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”. «Quienes cruzan el mar cambian el cielo, pero no de alma», vio venir Horacio. En Nápoles, aún de luto por el Diego, se temen más desastres porque la sangre de San Gennaro no se ha licuado. «La cuestión no es si nosotros creemos o no creemos en Dios. La cuestión es si él cree en nosotros, porque si no cree, estamos jodidos», decía Amador en «Los lunes al sol». Hace 46 años del estreno de «El jovencito Frankenstein», preludio del Gobierno de Pedro Sánchez; y un cuarto de siglo de «Jumanji» justo cuando la vida parece la continuación de la partida de Alan Parrish. Tiempos con cursos para ligar basados en entrar en la discoteca y saludar al personal como si conocieras a todo el mundo. «Hey, qué pasa, crack». Es más cruda la soledad en una pista de baile –templos para cuestionarse la metafísica de la existencia: «Qué carajo yo hago aquí si ni sé bailar»– que en los cementerios. El 2020 ha derrumbado las certezas. Bruselas ya no parece ese sitio aburrido en el que Zoido mira los días lluviosos por la ventana junto a una tapa de melva canutera sino la nueva Sodoma y Gomorra de Europa, con cuadrantes para la orgías más allá de las oficinas instaladas en los fríos jardines de las casas del Viejo Mundo. Mientras en Wuhan ya hacen maratones y van a las discotecas, hemos pasado de albergar el sueño de un día ser Martín Vázquez a la pesadilla de José Luis López Vázquez en «La Cabina» pero con Rafael Amargo de fondo diciéndole a la juez que de su casa, que uno se la imagina a medio camino entre oficina, tablao y embajada de la UE, «nadie-se-va-con-más-droga-de-la-que-llevó». Estaba escrito que un día Azcona se haría cargo de los guiones del cielo en tanto «arden las naves más allá de Orión».