Poder

Captura de la entrevista a Pablo Iglesias en “Salvados” de LaSexta

Hará para dos décadas que el flamante portavoz de Aznar, Pío Cabanillas, con el pelazo que gastaba, ofreció una conferencia en Sevilla y señaló, entre contoneos Pantene, que, aún sentándose en el Consejo de Ministros, no veía «el poder» ni se consideraba parte del mismo. El poder, ese ente místico. En LaSexta, con su melena en moño, el vicepresidente de la 13º economía del mundo antes de la pandemia y octava antes de la crisis del ladrillo señaló, con voz bajita, vicervérsicamente impostada, que en España hay una «democracia limitada». Iglesias se presentó como la anciana de 87 años que se quedó esta semana encerrada en un bazar chino de Torrelavega y no sabía qué hacer. «Los dueños de bancos y grandes empresas tienen más poder que yo y nadie les votó». Iglesias se quejó de «las presiones» y de que, incluso, a veces «los lobbys» convencían –«Vade retro, Satanás»– a los ministros. Cuando el primer teniente de alcalde de Sevilla, el comunista Torrijos, pasó a la oposición en 2011 con la llegada de Zoido a la Alcaldía, en una de sus prolijas respuestas, junto a un retrato de La Pasionaria y cuando la salud y los arreones de la jueza Alaya aún le permitían fumar en pipa, reconocía sin tapujos que lo que más echaba de menos era «el poder». El poder de manejar un Presupuesto. Decidir por dónde iba el carril bici. La potestad de arreglar una acera. En la oposición, proponía pero no iba a ningún lado, como los tranvías que proyectan ahora los planes de Espadas. Iglesias pasó de politólogo a político diciendo que el sistema jamás permitiría a un partido como Podemos y a un líder como él estar en el Gobierno. Ahora que está en el Gobierno, Iglesias, desde sus homilías ateas toca las campanas pero no percibe la luz divina, igual porque en HBO no hay serie sobre la cosa. De paso, eso sí, como quien no repara en ello, pone en bandeja de plata un argumentario de libro a los abogados del fugado Puigdemont ante Bruselas: hasta el vicepresidente del país considera que es un exiliado político, comparable a los del franquismo, y –«ya que no me lo pregunta», pensaría– mucho más digno que un Borbón. Cuando Rajoy era presidente, era indecente e inmoral que se permitiera el abuso de la factura de la luz. Ahora que el sueño más húmero de cualquiera pasa por la posibilidad furtiva de un fornicio remotamente parecido al de la factura de la electricidad con la cuenta del banco, Iglesias se declara asintomático del poder y su partido hace parábolas con los aguacates para explicarlo. Como avanzó Hobbes, el frutero es un lobo para el hombre. Las palabras de Iglesias con semblante de Palpatine son ya como Trump apretando el botón rojo de la Coca-Cola mientras imaginaba Hiroshima y Nagasaki. Es la primera vez en la historia de España en la que se le cuelan a los abuelos en una cola, en este caso para las vacunas del Covid. Empezó con un señor de Murcia, como Ninette. También por primera vez, el propio Gobierno tiene a la oposición en las mismas entrañas y Carmen Calvo –«Una tipa muy culta»– cualquier día hace de Teniente Ripley. Hace años un «youtuber» con más voluntad que talento le preguntó a Iglesias: «¿Usted exactamente a qué dice que se dedica?». Y, como el precio de la luz, la pregunta se ha quedado en el aire.

«Dos hombres y un destino»

La conexión entre el consejero de Presidencia y Marín fue inmediata, al punto de que al líder de Cs en Andalucía en más de una rueda de prensa posterior al Consejo de Gobierno se le ha escapado «un vicepresidente» al referirse al portavoz. Marín ha anunciado con dos años de adelanto y precisión de relojero que se presentará a las primarias de su partido, después de que Inés Arrimadas eludiese ratificarlo y recordase que el partido se rige por este sistema para la elección de candidatos. En Andalucía, Cs está dividido en dos facciones. Se da la circunstancia de que Marín es de facto el hombre con más poder institucional de la formación. El vicepresidente ya omite la posibilidad de ir a los comicios con el PP. Su compañero Bendodo, en Twitter, dejó un mensaje: «Con Juan Marín, codo con codo frente a la pandemia». En el último Pleno citó «Dos hombres y un destino» en referencia a Fiscal y Conejo. «Salvar al soldado Ryan» con el tiempo, en el género bélico, se viene convirtiendo también en película de culto.

Siglo Fernán Gómez

Cuando Fernán Gómez era niño a la gripe se la llamaba «la canastera», porque, como la canción, llegaba a todas partes. Fernán Gómez, igual que Umbral, pertenecía a una estirpe de genios sin padre, y su sola voz al hablar era como los cazas sobrevolando el centro de Sevilla y haciendo saltar las alarmas. El primer día que bombardearon Madrid durante la guerra fue un 28 de agosto, el día de su cumpleaños. Contaba el actor, director y escritor que la guerra no fue algo sobrevenido y que incluso a un amigo de padre militar le saludaba con un cordial «cuándo se subleva tu padre» por las mañanas. Podía haber pasado un año antes o un año después. La cosa es que iba a pasar. El actual ambiente mundial recuerda a lo que cuentan los libros, y contaban los abuelos, sobre los pasajes más funestos de la historia de la humanidad. Pandemias, populismos, paro, desinformación. El clima es el de las parejas que se miran en silencio y desembocan en el vacío. Que el matrimonio se vaya a tomar por culo es cuestión de tiempo y momento. Y el mundo, igual. Una pandemia actúa como un perfecto acelerador de partículas. A veces la prensa retrata alguna certeza. En Cádiz titularon en portada un día que «el aumento del frío dispara la venta de puchero» y, más reciente, que «el 53% de los gaditanos hace el amor con los calcetines puestos». El Papa Francisco se ha vacunado del Covid, lo que en términos teológicos y metafísicos supone una performance entre fe y ciencia. Se lo dijo Aramís Fuster en el diván de la tele a Toñi Moreno: «Difiero con Einstein en varios puntos». Son tiempos de batallas de nieve en la Gran Vía. Pablo Casado pala en mano emulando el «efecto Zoido» en Bellavista sin nieve pero con banco. Señales desde Ganímedes. ¿Chuck Norris en el asalto al Capitolio? La madre del Jamiroquai de los cuernos y el bisonte diciendo que su hijo está sin comer porque no le dan alimentos orgánicos, la criatura. (La) Nancy Pelosi con el uniforme negro del «Impeachment», Eugenio para un chiste sin gracia. «¿Saben aquel que diu que los mexicanos iban a levantar y pagar un muro y recomendó lejía contra el coronavirus?». En EE UU hay más de 200 condados sin medios propios. En España, la prensa local se orilla, cuando no hay periodismo más verdadero. Ha nevado en media España pero en las pantallas apenas se ha visto la nieve por Callao. El centralismo informativo tiene sus peligros. El leísmo y el laísmo son directamente criminales. Lo «nacional» – «Madrid es España dentro de España»–lo ocupa casi todo y cuando el ciudadano quiere saber si el vecino es un psicópata –«¿Por qué tienes una pala en casa, cari?», puede ser el inicio de alguna conversación de fin de matrimonio– se abre el boquete propicio para la bola de nieve de las mentiras, los bulos, las falacias, el cotilleo, alguna declaración imprecisa de Juan Marín o, si hay suerte, la receta de sus torrijas. Son tiempos para negacionistas. El mismo Soto, a lo «Black Mirror», liderando la conspiranoia, alertando del «fin del hombre como ser racional y libre». «Viviremos subvencionados por un Estado nodriza». Se lo dijo Silvio, el rockero, al Loco de la Colina: “La verdad sólo la sabemos tú, yo, la KGB, la CIA, y tres o cuatro más”. Juan Antonio Canta –aquel señor suicida con traje negro Pelosi y gafas de Umbral explotado en «el Misisipi» y que cantaba cosas supuestamente profundas de las que todo el mundo se reía– como metáfora de un siglo cuyo tránsito coincide con el centenario de Fernán Gómez y los 80 años de Haddock. «Sé que parece una película de Greenaway, pero es tan sólo un ejercicio de malabarismo». «A la mierda», dejó dicho el maestro, como profecía del milenio. («Y un limón y medio limón»).

Peaje

Anne Igartiburu y Ana Obregón. Captura de La1 de TVE.

Cuando acabó el peaje Sevilla-Cádiz en la vieja noche de fin de año del 19 –varias vidas han pasado– nadie imaginó su escaso tránsito el año del Covid. Enero se inició con el virus, quién sabe, agazapado. Meses después Fernando Simón dijo que aquí no había peligro. Circulen. Miramos para otro lado cuando las multinacionales empezaron a huir despavoridas del Mobile de Barcelona, y culpamos al Procés. Al independentismo le cabe casi todo, pero no una pandemia. Así que en marzo nos comimos el confinamiento, la palabra del año según la FundéuRae. El cambio vital se escribe en el diccionario. Estábamos en los «emojis» (2019), con «amigovio» de finalista, o en los «selfis» (2014) y, de pronto, viene la vida y te retrata. Cuando y cuanto decimos, eso somos. También ha sido el año en el que los ciudadanos libres enarbolamos nuestra minoría de edad. Todo siempre es culpa de los otros. De Pedro Sánchez, de IllaDíaz Ayuso o Juanma Moreno. Las autoridades fueron salvando las distintas olas, mal que bien, y modificando horarios y realidades, intentando evitar el colapso sanitario, por un lado, y el crack económico, por otro. Pero a nadie se le obligó a ir en masa a los chiringuitos o la calle Larios o a una “rave” en Barcelona. Se podía elegir libremente, quedarse en casa. La heroicidad de no hacer nada. Lo único estrictamente achacable, y no es poco, a las administraciones es la falta de cooperación, la descoordinación y el ridículo con las banderas en vacunas y material sanitario, como si el ciudadano además de menor fuera gilipollas. Incluso la bochornosa falta de material de seguridad inicial tiene el pase de que a ninguno en casa nos pilló tampoco confesados. Entre tanto adulto haciendo de menor de edad –salvado el bello e inútil trance tribal de los aplausos al vacío y las proclamas de «vamos a salir mejor» mientras a los sanitarios se les ponían carteles en el ascensor invitándolos a no volver al bloque–, queda el ejemplo de entereza de niños y ancianos. El Washington Post pidió a los lectores que describieran 2020. Clarke Smith, de 9 años, parió un retrato de Antonio López: «Es como si vas a cruzar una calle, miras con cuidado a ambos lados y, de repente, te atropella un submarino». El coronavirus ha resultado más letal que Bin Laden. Por eso no rechina que la señora que primero recibió la vacuna en España, Araceli («Ara Coeli», altar del cielo), dijera «gracias a Dios» cuando recibió la dosis y no le salió un rombo en la cabeza como a los Sims. Quizás con el tiempo 2020 sea la temporada que jugó Cafú en el Zaragoza y nadie recuerda. El año en que murió Aute, Michael Robinson, Gistau, Quino, Maradona, Anguita, Lucía Bosé o Manzanero. No es 2020 un año para boleros sino más bien de fados, a los 20 años de la muerte de Carlos Cano. En su «Diván del Tamarit», alegato lorquiano, está la vida entera, más en pandemia. Porque la vida exhala a borbotones cuando es supervivencia. De la «terrible presencia» a «la gacela del niño muerto», «la raíz amarga» y «la muerte oscura». La gacela, también, de «la huida», para acabar en la del «amor con cien años», que son los que casi cumple Araceli, de 96 y a la que las «fake-news» enterraban al día siguiente. El año acabó, de nuevo, con el «feminismo a lo Pedroche» –algo así como llevártelo calentito por pasar frío– frente a Ana Obregón convertida en metáfora de la entereza de España como madre a la que se le muere un hijo y proclama «ciencia» y «esperanza», dibujando, por fin, la «Casida de la mano imposible». Somos también el silencio que dejamos.

“La cabina”

Hubo un tiempo en que los niños de España queríamos ser Martín Vázquez. De súbito, en los años casi yeyé de la Quinta del Buitre, el foco pasó brevemente –temporada o temporada y media– de Butragueño y Míchel y las piruetas de Hugo Sánchez al jugador que decían que, jugando muchas veces a pierna cambiada, era el más dotado de su generación. Técnicamente, se entiende, porque hay fotos del 7 «a calzón quitao’» que atestiguan lo contrario, el 8 tenía un guante en la pierna derecha y ejercía de organizador desde la banda y el propio SanchísHarpo moreno, era un central de categoría con el balón en conducción. Martín Vázquez se dejó bigote, empezó a meter goles de falta y a desequilibrar. Después lo fichó el Torino, que a falta de los engañadores sin pelo y con parabólica, parecía que iba a ser la alternativa al Milan de Sacchi o al Nápoles de Maradona. Por entonces, que un futbolista saliera de España como fichaje de campanillas era un acontecimiento. Los niños queríamos ser Rafael Martín Vázquez ese tiempo, luego el centrocampista volvió al Madrid tras un periplo sin pena ni gloria en Turín y Marsella y acabó en el Deportivo de La Coruña. Eran los tiempos en que no existía ningún Instituto Holístico de Acupuntoras Descalzas. Casi nadie menciona hoy a Martín Vázquez, como casi nadie recuerda a Coloccini, un central, que también jugó en el Dépor, con el pelo del Actor Secundario Bob y que repartía más estopa que Alfonso Guerra en sus mejores tiempos. Tampoco recuerda nadie los billetes de a 1.000 pesetas con la cara de Galdós, que también tenía bigote. Estos días pesan más sus letras con la Pardo Bazán -precuela reguetonera, tiran más que dos carretas- que «Los Episodios Nacionales». Ahora el agua cotiza en bolsa y la RAE ha incluido el término berlanguiano, puede que como aproximación a la definición de 2020. Se nos vendió que el siglo XXI arrancó con la caída del muro de Berlín o, estirando, el atentado de las Torres Gemelas. Toda una vida albergando el resplandor de «Blade Runner» –¿Acaso sueñan los coronavirus con humanos probeta?– para llegar a un presente en el que se venden oficinas para colocar en el jardín y trabajar desde casa. Para el que tenga casa, tenga jardín y tenga trabajo. “Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”. «Quienes cruzan el mar cambian el cielo, pero no de alma», vio venir Horacio. En Nápoles, aún de luto por el Diego, se temen más desastres porque la sangre de San Gennaro no se ha licuado. «La cuestión no es si nosotros creemos o no creemos en Dios. La cuestión es si él cree en nosotros, porque si no cree, estamos jodidos», decía Amador en «Los lunes al sol». Hace 46 años del estreno de «El jovencito Frankenstein», preludio del Gobierno de Pedro Sánchez; y un cuarto de siglo de «Jumanji» justo cuando la vida parece la continuación de la partida de Alan Parrish. Tiempos con cursos para ligar basados en entrar en la discoteca y saludar al personal como si conocieras a todo el mundo. «Hey, qué pasa, crack». Es más cruda la soledad en una pista de baile –templos para cuestionarse la metafísica de la existencia: «Qué carajo yo hago aquí si ni sé bailar»– que en los cementerios. El 2020 ha derrumbado las certezas. Bruselas ya no parece ese sitio aburrido en el que Zoido mira los días lluviosos por la ventana junto a una tapa de melva canutera sino la nueva Sodoma y Gomorra de Europa, con cuadrantes para la orgías más allá de las oficinas instaladas en los fríos jardines de las casas del Viejo Mundo. Mientras en Wuhan ya hacen maratones y van a las discotecas, hemos pasado de albergar el sueño de un día ser Martín Vázquez a la pesadilla de José Luis López Vázquez en «La Cabina» pero con Rafael Amargo de fondo diciéndole a la juez que de su casa, que uno se la imagina a medio camino entre oficina, tablao y embajada de la UE, «nadie-se-va-con-más-droga-de-la-que-llevó». Estaba escrito que un día Azcona se haría cargo de los guiones del cielo en tanto «arden las naves más allá de Orión».

“Black is black”

Dicen que Sorrentino recuerda a Fellini y que París tiene puntos en común con Sevilla. Entró con unos guantes de lana negros guillotinados. El kiosco de la esquina de Tráfico con la Palmera, no muy lejos del campo del Betis, tiene reminiscencias de película de los hermanos Coen, pero sin nieve de por medio. Hay buen café y prensa y el camarero es eficiente y sobrio, sin conversación innecesaria, como los buenos barberos: «Buenos días». «Buenos días». «Qué va a ser». «Cortado y media con aceite». Que «la simpatía está sobrevalorada» lo vio venir hace tiempo Fátima Rojas. El tipo llevaba el uniforme típico de aparcacoches. El camarero de inmediato llenó un vaso de agua y le sirvió un cortado para llevar. El gorrilla le dio monedas y el camarero le devolvió algún billete. En los bares siempre se agradece la calderilla. El negro estuvo apenas unos minutos, sin lamentaciones a pesar de que en la calle los días apuraban el frío. Con un deje afrancesado comentó la derrota del Betis, que entonces fue frente al Rennes. «No puede ser. Es que no mete un gol al arco de la Macarena. No tiran a puerta. ‘Manque pierda ni manque pierda’, ‘miarma’…». Sin impostura, con naturalidad, el tipo estaba más adaptado a las formas y estados de la ciudad, probablemente, que cualquiera de los defensores de la sevillanía pura y sagrada que rinde culto a la última churrería del Postigo. La luna, según los astronautas que estuvieron allí, huele a pólvora quemada. En París se suspendió un partido de Champions porque un cuarto árbitro avisó al trencilla de que el autor de una infracción era «el negro de ahí», rodeado entre blancos. Los jugadores del PSG se negaron a seguir jugando probablemente por un historial de gestos y detalles –donde dicen que mora el diablo– sufridos a lo largo de sus vidas, por más que cueste imaginar a Neymar –excelso jugador que se ha enfrentado a acusaciones de abusos sexuales– como a Rosa Parks. El mismo Neymar llamó «chino de mierda» a un jugador oriental, y no pasó absolutamente nada. Hubo un tiempo en que todos los europeos fuimos negros. «Hasta mañana». «Hasta mañana». Y a seguir aparcando coches o a poner cafés. «Las emociones están sobrevaloradas, pero las emociones son todo lo que tenemos», escribió Sorrentino. En las ciudades vivas, no todo es lo que parece. Las «gárgolas medievales» de París ni son gárgolas ni son medievales. Son del loco Le Duc, del siglo XIX y se llaman «quimeras». La Catedral de Sevilla también tiene sus grotescos, para expulsar el agua y ahuyentar los malos espíritus. Un señor negro aparcacoches puede ser más sevillano y estar más integrado en la intrahistoria, que decía Unamuno, de una ciudad que los filósofos del sexo del Giraldillo –que podría ser el primer icono trans– con su azahar en la solapa y su palco en la Campana, a poder ser de gañote; o que un hipster de la Alameda perdonando al mundo desde la cima de unas gafas de pasta. Mucho tiene que correr el cambio climático o el coronavirus para que extinga a la humanidad –negros, blancos, amarillos y cuerpos celestes incluidos– antes que la cicuta -conium maculatum- de lo políticamente correcto. Sorrentino se llamaba también un portero italiano que pasó por el Recre. Le llamaban «el abuelo» y le metieron 60 goles en el Chievo Verona sin que consten denuncias por gerontofobia. De momento.

Pecunio

La segunda ley de la termodinámica señala que un sistema aislado permanece estable o cambia hacia un estado de mayor desorden. El PSOE en general y el andaluz en particular suponen un tratado de física (cuántica) y escasa química entre puntos cardinales. Los platos rotos no se reconstruyen, las sopas tienden a enfriarse y los muertos no vuelven a la vida, salvo en «The walking dead» o en el caso de Pedro Sánchez. Lo de Susana Díaz se acerca más a «El sexto sentido» o «Los otros». Lo «normal» es que el universo tienda al caos. Entropía es el concepto en la termodinámica, sustentado en un principio de tiempo absoluto. No obstante, como pasó en las elecciones del 2D en Andalucía, en ocasiones, un factor inesperado cambia las leyes (del Parlamento, al tiempo con la Memoria Histórica). El factor Vox. O una pandemia. Una moneda al aire de la que depende el destino –entre el fatum y el iter– tanto de Pedro Sánchez como de Susana Díaz y su rol en el presente de España. Todo vuelve al punto de partida pero el reparto de piezas es muy diferente. La lucha intestina entre los «pedristas» y Susana Díaz se evidencia con el paso de los días y, de momento, ni el coronavirus esconde ya las puntas en lanza. Por Huelva, lo dijo Pepe Lugo, entra el agua y andan de catilinarias por un «quítate tú que me ponga yo» en la Diputación. Muchos sueldos dependen del ente supramunicipal y muchos votos de los salarios, que es el nombre que se daba en Roma al «pecunio» –que diría Susana– del jornal al pagarse en la especia que mejor conserva los alimentos y más escuece en las heridas. Ferraz ya amagó en Sevilla con hacer y deshacer en la elección de los presidentes de las diputaciones, lo que supone un golpe de calado al «susanismo». Donde Caraballo, que no Caracalla, lo ha llevado a cabo Pedro, colocando al frente de la gestora a María Luisa Faneca. La particular Cuesta de la Media Fanega de Celis entre Híspalis y Onuba, donde Mario Jiménez acaricia un gato y sonríe cual felino de Cheshire. En la olivarera y manijera Jaén, Ángeles Férriz aplaude la lipogénesis, el fin de la salmuera onubense. «Muchos ratones, pocos agujeros y más ratas que ratones», diagnosticaron desde la calle San Vicente hace ya tiempo. El padre de Joaquín Sabina, según su propia leyenda, lo apuntó en su propio lecho de muerte: «Quisiera yo saber de dónde sacan tanto dinero las diputaciones provinciales». Es tiempo de verdeo.

Susana Díaz y María Luisa Faneca. Foto del PSOE-A

Juanma Moreno y la disyuntiva Vox

El presidente andaluz a su llegada a la reunión del Comité Director de Alertas Palacio de San Telmo. /Foto: Junta de Andalucía

El 2 de diciembre de 2018 el desgaste de casi cuatro décadas de gobiernos socialistas en Andalucía, la merma de los servicios públicos durante la crisis del ladrillo y los casos de corrupción que desembocaron en la punta de icerberg de los ERE propiciaron la tormenta, o carambola, perfecta para que Juanma Moreno se convirtiera en presidente de la Junta. A ello se unía la desconexión de la candidata a la reelección, Susana Díaz, con la calle antes y, sobre todo, durante y después de la guerra fratricida con Pedro Sánchez en la que fue derrotada y retratada.

Sigue leyendo

Keynes y Hayek o el pase de la final de Glasgow

Juan Bravo y Rogelio Velasco. Foto: Junta de Andalucía

“La prudencia es la elegancia del marino”. En medio de la marejada, las dos almas económicas de la Junta –Velasco y Bravo, Keynes y Hayek– difieren sobre cómo aplacar el temporal y sobre el concepto mismo de «prudencia». El puerto de salida: Andalucía parte de una situación crítica de pobreza ante la crisis de la Covid-19, con 3,7 millones de afectados, el 37,7% del total de la población, según la Red Andaluza de Lucha Contra la Pobreza y la Exclusión Social. A una tasa de paro estructural en torno al 20% se suman los ERTE –ahora, 85.035 trabajadores de 26.000 empresas–, ERE y cierres por la pandemia. Los servicios públicos, sanidad, dependencia y educación, van al límite. Ante este panorama, el consejero de Economía, Rogelio Velasco, de Cs, aboga por «ahora gastar, gastar, gastar sin parar». El consejero de Hacienda, el popular Juan Bravo, que es quien dirige el Presupuesto y cuadra los números, y que fue portero profesional de fútbol sala antes que político en ejercicio, trata de parar el efecto del tiro y bajar el balón al suelo. «La deuda habrá que pagarla», señaló en la Comisión de Hacienda en el Parlamento. «La AIReF dice que se tardará más de una década» en pagar la factura del coronavirus, cifró el consejero. Bravo pidió a Montero un calendario para el retorno a la senda de estabilidad.

Sigue leyendo

Rotondas (resiliencia)

No estábamos preparados, en nuestro cómodo mirador con estrés y vistas al spleen, para 2020. Cuando el septiembre previo cogimos piojos y nos vimos con un gorro de papel Albal, como Joaquin Phoenix en «Señales», no identificamos el peligro. Nunca imaginaste tanta impotencia y fracaso como cuando la abuela, de la mano, con dolor más allá de la morfina, te miró a los ojos y eras incapaz de mentir un «todo va a salir bien». Nunca creíste nada más difícil que contar al abuelo en los retornos del alzhéimer que la abuela había muerto. «Qué buena era. Ya descansó». Una primera vez en bucle y sin anestesia. Sísifo, protagonista de «Up». Tampoco estabas listo, un par de años después, para soportar la frustración de elegir entre aparcar tu vida o aparcar al abuelo en una residencia. Ni para cerrar sus ojos en un lecho de muerte y sábanas blancas sin monedas para la laguna Estigia. No estábamos preparados para el recorte de abrazos y la muerte sin velatorio. Las dos Españas, esquizofrenia del alma patria, entre el pecho lobo de Simón y las mechas de Aznar. Las fiestas Covid y los sepelios asintomáticos. Antigénos, obra apócrifa de Jenofonte. Nadie te prepara en este mundo cuqui, trasunto de la felicidad, para explicar a un niño que mamá y papá ya no se quieren, repartir los gatos, exiliarte del tiempo, ser apátrida y emérito. La vida sin puntos suspensivos. Salir de un confinamiento matando un ruiseñor. Ahí comprendes de golpe la cara de tu padre cuando con acné y sin barba decías que la vida en realidad es sencilla. El tiempo del tango de Gardel para descifrar un rostro como una aparición en Bélmez. Aquel silencio era el poema de Gil de Biedma y la vida, al fin, «iba en serio». Lo escuchaste en una venta en La Puebla del Río, frente a un arroz con pato, mucho antes del coronavirus y del mosquito del Nilo. «Ahora estás en una rotonda, aún puedes elegir hacia dónde tirar», le decía un padre a su hijo, de la vida. La UE anuncia planes Marshall y de súbito volveremos a ser la Silicon Valley de Europa, la California del Viejo Mundo, por más que no llegáramos ni a Las Vegas o Disneylworld. La vida de nuevo ante una gran rotonda para elegir destino, y ni tenemos claro el carril o el intermitente. Ya mismo van a estar los ayuntamientos levantando aceras y poniendo glorietas a este valle de lágrimas en los párpados y silicona en los pómulos. Joaquin Phoenix ahora tiene un Oscar con cara de Jóker. Mafalda viste luto y Enrique Ponce saca disco enamorado. Ya si eso, vamos a salir mejor.