Zapatero I, el remendón; Chaves XVIII, el visionario; la crisis; los banqueros; el ajuar de cristal de bohemia: y al carajo el chiringuito

El señor Rodríguez Zapatero, y remendón, se ha reunido con el gremio de los banqueros de España. Para tranquilizarles por eso de la crisis y tal. La instancia elegida para el encuentro colgaba en sus paredes cuadros de Joan Miró tan claros e inteligibles como las informaciones de economía de los periódicos.

Para quien no lo sepa –algún pingüino extraviado o algún esquimal que haya invernado-, los banqueros son esos señores nada chistosos con chistera o bombín, depende; pajarita o corbata, depende; y muchos millones siempre ganados a costa de los intereses que pagamos con el hinchazón de nuestros euríbors el resto de españolitos de a pie; menos en el caso de Emilio Botín, que en lugar de millones tiene billones, que lo dice el Financial Times, vulgo, el Timo de las Finanzas.

Los banqueros son esos señores tan simpáticos que, antes de entrar en la reunión con el señor Zapatero, y remendón, se comentaban unos a otros el color del último yate adquirido. (Nota: los ricos adquieren -del latín, “quieren hacia”-, no compran, que ya pagamos nosotros). “Sí, el mío es del color de cada lunes de octubre”. (Negro). “El mío, del color del íbex”. (Rojo). “El mío, color incremento del IPC en las gráficas”. (Azul).

Como puede apreciarse, el gremio de los banqueros es descojonante. Pero ellos son unos profesionales como la copa de un pino. Mantienen la carita de estirados, mientras, por dentro, se parten de risa pensando que entre todos nosotros les vamos a pagar los platos que ellos han roto, colocando una pieza de la vajilla, de cristal de bohemia, encima de otra, y otra, y otra más. Y los analistas avisando: que se va a romper el ajuar, oiga. Que se va a romper el chiringuito. Y al carajo el chiringuito.

Pero no pasa nada. Ellos no pagan. Pagamos nosotros. Ellos nos se quedan parados. Nos quedamos parados nosotros. Para eso, cuando las ganancias eran billonarias –aún lo son, ver la previsión del Bebauva, vulgo BBVA- las repartieron entre todos, como buenos hermanos. ¿Eh? ¿Cómo dice? Que me comentan que no repartieron nada. Ahora, si tiene un espejo a mano, mírese la cara de tonto.

Ignoro si la crisis es más mala que los banqueros, pero peor fama si tiene. La crisis –para quien no lo sepa- es el monstruo más grande que jamás haya existido en todo el universo conocido. A su lado, el Coco -y hasta Supercoco, con su capa y su casco de caballero andante- es una mariquita. En el colegio, a los niños malos los profesores ya les dicen: “O me haces caso o llamo a la crisis”. Lo que pasa es que los niños saben que la crisis no va a venir así como así, igual que la caja de Pandora no la abre un cerrajero cualquiera. Para que la crisis venga, como ha venido, hay que ir construyéndole un caminito para que pueda llegar. Hay que soplar el globo de la avaricia hasta reventarlo. Y en ese punto, cuando el globo revienta, los que lo reventaron ponen cara de incrédulos, esconden las ganancias bajo la almohada, y dicen: “Que venga alguien a zurcirme el globo, que si se cae, nos caemos todos”.

Aquí es donde aparece el señor Rodríguez Zapatero, y remendón, ofreciendo remiendos de confianza. Y su amiga, la señora Mari Tere de la Vega, diciendo: “Tranquilos, los dineros están asegurados”. Y Pedro Solbes revelando la gran verdad: “Los ahorros de los españoles están garantizados”. Efectivamente, están garantizados porque nunca han existido ahorros de los españoles, porque el 80% de los ingresos familiares se dedican a pagar el piso, unos pisos que han sido vendidos un 40, 50, 60% por encima de su precio real, sin que nadie diga nada, mientras unos silbaban, otros cobraban y otros jugábamos a imitar a ambos, que ya cobraremos nosotros cuando revendamos el chiringuito. Pero el chiringuito se ha ido al carajo.

Y aquí, por estar donde estamos, aparece el faraón Manolo Chaves XVIII, que son los años que lleva en el poder, y su capacidad para ver el futuro. Chaves XVIII, el visionario. Cada una de sus modernizaciones andaluzas –la primera, la segunda y la tercera; cuidado que ya mismo mete la cuarta y el coche se pone a 60-, cada una de sus modernizaciones al ralentí son un ejercicio de predicción y prospección refutado con los hechos. El estadista Chaves ha estado trabajando para que los andaluces sintamos la crisis de los banqueros lo menos posible. Aquí en el sur, la cosa ha variado, pero poco. Estamos como estábamos. En la cola de todos los indicadores económicos. El visionario Chaves –lastrando el globo que ahora hace como que remienda el señor Zapatero, y remendón- ha salvado al pueblo de darnos la gran hostia. No te tires, que ya te empujo yo.

A punto de caer ya al suelo y partirnos la cara, más que el dolor de la hostia, duele más la hostia sin golpe de saber que la opción a la política visionaria de Amenofis Chaves XVIII, el visionario; y a los remiendos del señor Zapatero, y remendón, la otra opción son los amigos de los banqueros. Y, entre todos ellos, yo me quedo con la crisis.

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Trasplantes de cara(dura)

Mucho hemos tardado. Una eternidad. España es uno de los cuatro lugares del mundo mundial en el que una persona puede trasplantarse la cara. Somos una superpotencia sanitaria, un bastinazo con el bisturí, un territorio repleto de eminencias médicas. Otra cosa es que para que una ambulancia llegue a Carmona -30.000 habitantes y siglos de historia- se tarde hora y media –según los afectados- o tres cuartitos de hora, que es lo que dura medio partido de fútbol, -según el Servicio Andaluz de Salud- y, por las cosas que tiene el azar, oye, coge y se te muere la señora antes de que lleguen los médicos.

Minucias de este tipo no quitan brillo al hito mundial de trasplantarle la cara a una persona necesitada de trasplantarse la cara. Lo que extraña es que, teniendo en cuenta que contamos con grandes cirujanos modernitos con chilaba que te operan de buen rollo escuchando a Chambao; una ministra de Sanidad para ponerle un piso donde quiera; la tecnología necesaria; el instrumental médico más limpio que una patena; y todos los avíos necesarios; la cosa se haya retrasado porque faltaba “un donante”. De hecho, tenemos varios hospitales más esperando para la operación y esperando un rostro como quien espera a Godot.

Con lo sobraos’ que estamos en el país de gente sobrada de cara. Desde el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, al director del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez. Dos personas que lo que se dice llegar a fin de mes, llegan, mire usté’, y que solicitan, así, por y con la cara seria, un abaratamiento del despido “para generar empleo”. Se trata de dos claros casos de posibles donantes incomprendidos. Con lo claro que resulta el sofisma consistente en abaratar despidos y crear más empleo y este país de titulados universitarios buscándose las habichuelas en la hostelería se empeña en no entenderlo. A todas luces, se trata de una magnífica idea: despidos a coste casi cero y, con lo que el empresariado español se ahorra, puede invertir en yates, hoteles, cócteles, señoritas de compañía, etcétera, etcétera, etcétera. En hacer turismo, que es la única industria “made in Spain”.

Con despidos más baratos, estos señores tan preocupados por el bien común podrán tener la mente más liberada para seguir pensando en grandes proyectos innovadores como los que hacen de este país una de las mayores potencias empresariales del universo, gracias a la innovación en sus negocios. Ladrillo mixto, ladrillo de gafa, ladrillo perforado, ladrillo caravista, ladrillo refractario. Un ejemplo en Investigación y Desarrollo esta enladrillada tierra de María santísima. De salir adelante la medida, como homenaje, la patronal debería pasar a llamarse CEOE –OÉ!-OÉ!-OÉ!

Puede ser verdad que el 63% de los trabajadores cobre menos de 1.100 euros brutos al mes o que 16,7 millones de asalariados perciban un sueldo anual inferior a 13.400 euros, pero estas razones no son suficiente argumento para poner en duda el proyecto de unas personas que, como todos reconocemos, son las que tiran del país echando entre 10 y 14 horas diarias en el tajo; llevando a los niños al colegio; llamando a los abuelos para que los recojan y los cuiden hasta la noche; preparando la comida para todo el día y ordenando mal que bien la casa; echando una cabezadita en el sofá con Buenafuente de fondo a las 2:00 de la madrugada; diciendo a la señora que “sí, cariño, que ya voy a la cama, que ya sé que mañana me toca a mí dejar al niño en el colegio y tengo que estar en el laburo a las 8:30 y no veas los atascos”; y, una o dos veces por quincena, echando hasta un polvo, que hay que mantener la tasa de natalidad del país. Que viva España.

Que en este país tan desarrolladito y aseado que tenemos gracias a este tipo de personas se cuenten con los dedos de una mano los trabajadores que ganan más de mil mortadelos al mes no es razón para echar por tierra la bajada de la indemnización por mandarte al paro –o a la puta calle, si se prefiere- o para pedir que, en lugar de bajar los despidos, suban los sueldos. Porque, oiga, si antes del euro un café costaba 60 pesetas –vulgo, 20 duros-, y ahora cuesta, al cambio, 200 perras gordas y, por el contrario, los sueldos no se han triplicado y se gana igual que antes de la moneda común –aclaración: común entre unos pocos que se las reparten-, eso no es culpa de estos señores que tratan de reflotar la economía del país y sus yates privados. Ante este silogismo, que le pidan cuentas a Felipe, que fue el que nos metió en el euro con esa labia y esas chaquetas de pana que gastaba.

No acaban aquí los posibles donantes de cara, por eso de que andan sobraos’ de rostro. Los banqueros, por ejemplo. Los señores banqueros, unas personas que no tienen nada de responsabilidad en esto de la crisis/reajuste del sistema que sufren las economías de los países capitalistas. (En el resto del mundo, la crisis se llama miseria y no es noticia). Unos profesionales de lo suyo que, en un ejercicio de responsabilidad social, después de recibir más de 30.000 millones de euros de los impuestos de los españolitos, y de haber ganado sólo algunos céntimos durante todos los años del llamado ‘boom inmobiliario’ –época en la que para que te concedieran un crédito bastaba con presentar como aval la colección de cromos de Panini-, se muestran reacios –en pos del bien común- a “prestar” el dinero a los empresarios, autónomos y demás ciudadanos para que financien su medio de vida para ganarse nuestro pan bimbo de cada día.

Los banqueros –cuyas pensiones, contando sólo el personal del Ibex, suman 491 millones- en un ingrato ejercicio de pedagogía están enseñando a este país de derrochadores a evitar ir a los bancos para nada, porque te roban. Sin duda, los bancos mundiales, en general, y los españoles, en particular, merecen el premio Principito de Asturias de Economía. Los microcréditos de Muhammad Yunus son una minucia en comparación con la labor de entidades financieras nacionales como el Santander y el BBVA –léase “beba uva”-, las cuales cerraron el pasado ejercicio entre las cuatro primeras del mundo en cuanto a beneficios, con 9.400 millones de superávit en el caso de la empresa del señor Botín, su mujer la Bota y sus hijos los Botines.

Y podemos seguir con personalidades sobradas de cara para un posible trasplante. El señor Rajoy, eminente registrador de la propiedad, con arrojo suficiente para que, en medio de una investigación judicial sobre presunta corrupción en el PP, se atreva a denunciar sin pruebas, sin un atisbo de documentación, que el Gobierno de un país democrático como España persigue a los miembros de su partido. No sólo eso, sino que, como diría la ministra Aído, también persiguen a “las miembras”. Denunciar que Zapatero ha creado una Gestapo española con pruebas, eso lo hace cualquiera. Pero hacerlo como Rajoy, por inspiración divina y encuesta electoral, tirando la piedra y escondiendo la mano, desviando la atención sobre el fondo de armario de don Paco Camps, eso sólo lo puede hacer un donante de rostro altamente cualificado.

O el ministro Sebastián, que, consciente de lo limitado de los sueldos en el país, tiene la bondad de permitir que España tenga las tarifas de móvil más caras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, para que la gente no pierda el tiempo tonteando con el móvil y trabaje de verdad. O los del Gobierno que han prometido un subsidio para los parados sin ningún ingreso y que ahora resulta que sólo es para tres gatos.

O Juan Luis Cebrián, consejero delegado del grupo Prisa, que dice que el Gobierno es “intervencionista e inmoral” por hacer exactamente lo que el Ejecutivo de Felipe González con su empresa, sólo que ahora él no es el favorecido, en relación con la TDT de pago. O por hablar de periodismo de calidad, cuando en la cadena de radio más importante en castellano del mundo y la emisora más rentable de España -la SER- para cubrir los incendios de Grecia, a falta de corresponsales a los que malpagarles, tiran de la crónica de una vecina española que andaba por la zona y veía el fuego desde su balcón. De Premio Pulitzer.

O aquellos que defienden que las injusticias de la Guerra Civil, mejor dejarlas como están, que “ande yo caliente” lo mismo da que el padre de un señor de Cuenca – que le tocó ser nacional- esté enterrado en una fosa común en Paracuellos del Jarama o que el abuelo de una señora de Trebujena –que estaba en el bando republicano- esté bajo una cruz perdida de una carretera secundaria por la que sólo pasan las cabras y las ovejas, que, como los cabrones, tampoco tienen memoria. No importa que en Alemania sigan metiendo cadenas perpetuas a quienes perpetraron matanzas, así pase medio siglo y así tengan 90 años, como recientemente con un tal Josef Scheungraber que mató a 14 personas en la Toscana en represalia por un ataque partisano. Porque los que defienden que se quede todo como está –“atado y bien atado”, como dijo el Generalísimo generalito-, tienen razón. No es una cuestión de memoria. Es una cuestión de vergüenza.

La lista de potenciales donantes en este país es inmensa. Por eso, teniendo más rostro que espalda como tiene el personal, extraña que hayamos tardado tanto en subirnos al tren de los trasplantes de cara. Y ahora que han descubierto el gen que nos da personalidad y nos hace únicos, bien estaría una investigación para hallar el material genético que hace de estas personas unos seres irremplazables, inigualables e insustituibles. Por la cara (dura).