Elogio del “manque pierda”: “el sentimiento trágico de la Liga”

Escribió Chirbes («En la orilla») que «si para algo sirve el dinero es para comprarle inocencia a tus descendientes». Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Algo así como la rosca de Jarni –«el mejor jugador de la ‘Juver’», que dijo aquél–; la folha seca que emana del empeine de Assunçao; el abismo a los pies de una barrera que salta en el minuto 92 de un derbi en el Pizjuán a libre y directo de un jugador de la estirpe contrahecha de Garrincha como Beñat; el golpeo eléctrico de Cuéllar en el vértice del área; la manada de elefantes –«Jumanji»– al paso de Emaná; Finidi George en banda gambeteando como la sombra de Peter Pan; o el sutil obús de Calderón (matador) de golpe franco directo. Como le dijeron, todavía imberbe, los veteranos a Valdano en el vestuario de Boca: «No sois vos el que tiembla. Es el estadio». A falta de posibles («desenvolvimiento», también dijo aquél) y uniendo conceptos, el silogismo que resulta es que a través de la emoción también se llega a la inocencia. Es la temporada 91-92 y el Betis remonta al Rayo en el Villamarín, 4-2. Ese día en Heliópolis, cuando se pone el sol en Sevilla, Jaime Pérez –como Alfonso, «qué bonitos» siguen siendo en la memoria «los goles de Alfonsito»– y de segundo Andersen –como el precursor del «Mannequin Challenge», pasaporte a Segunda junto a Sara, susto y muerte en la portería– se «confirma», a lo Unamuno –el filósofo y también el delantero del Betis, como prologa Iwasaki– en «el sentimiento trágico de la Liga». «Como balas de cañón. Sentir Betis: Cómo contárselo a mis hijos» (Samarcanda), presentado el pasado jueves en el Villamarín, supone la biografía particular de la confirmación en el beticismo bajo la máxima del «manque pierda». Una filosofía de vida que se resume en la certeza de que –como le decía Thomas Wayne, y después el fiel Alfred, al «señorito Bruce» en el «Batman Begins» de Nolan– «nos caemos para aprender a levantarnos».

J. P. Andersen (Sevilla, 1972) es zurdo como Rafael Gordillo y «Como balas de cañón» es una obra a banda cambiada, a destiempo si se quiere, o a contratiempo, «con el Sevilla en el mejor momento de su historia y el Betis reconstruyéndose como el ave fénix», para combatir una de las mayores mentiras de la humanidad: la victoria. Igual que el mayor éxito posible pasa por conseguir ser más humilde –«Rafa Nadal igual no lo sabe pero es puro Betis»–, la derrota guarda un poso de sabiduría y aprendizaje en el que se basa la historia misma de la humanidad. La derrota (y también la muerte) iguala al hombre. Ahí radica «la diferencia» del Betis.

J. P. Andersen, que un día se lió la manta a la cabeza, a lo Vidakovic cuando salía del área, y se agarró al sueño de escribir como el Principito «a una bandada de pájaros silvestres», defiende «el manquepierda» como «seña de identidad reconocida en el mundo entero». «De alguna manera se le está empezando a atacar desde fuera», señala delante de un café a lo Tab Ramos –americano–, «pero también desde dentro hay béticos que empiezan a dudar de que sea algo positivo. Es un manquepierda malentendido. Para mí, es un signo de fidelidad mayúsculo, pase lo que pase yo estoy ahí pero también es un símbolo de lucha, no de resignación, para decir: he perdido, me han golpeado, me levanto. Y me levanto para hacerme mejor». «Por eso decidí explicárselo a mis hijos. Son pequeños y ven la bandera de Andalucía y dicen Betis». El Betis, patria chica del paraíso perdido (y encontrado en la liturgia de un partido de fútbol), de la infancia. Un mapa de 13 barras para la comunión tribal, que es la forma de organización humana que acabó haciendo sapiens al hombre pese a que en la tribu impera la emoción. Esos niños que serán hombres y mujeres «el día de mañana tendrán que decidir si continuan la tradición que empezó su abuelo Pepe, que no es de Sevilla y se hizo bético por adopción». «Quería escribir este libro para hacer un legado bético», señala, a través de «pequeños capítulos en los que se responden preguntas» y también se inculca «respeto por el Sevilla» (a pesar del «miedo de que algunos no lo entendieran»). En definitiva, un «libro de enseñanza». «Es un juego, si el rival gana, se felicita. Si eligen ser de otro equipo, es su decisión. Pero para mí ha sido tan importante y me ha dado tanto el Betis, que me gustaría que sigan».

 El Betis está entre los seis equipos de España en seguidores, por delante de la Selección y «es el segundo equipo de mucha gente. A pesar de la falta de resultados deportivos, de que el equipo está judicializado, de tantas cosas». «La leyenda que recorre el mundo entero» –Del Sol, Rogelio, López, Alabanda, Cardeñosa, Pumpido, Capi, Joaquín, Dani, Oliveira, Rincón, Miki Roqué…–. «Ya lo he entendido», sintió el pensamiento Jorge Pérez Andersen en aquel Betis-Rayo de Segunda. El Betis, finalmente, ese año «no ascendió». Y el estadio, como en la promoción con el Tenerife y el Dépor, como contra el Valladolid una última jornada de Liga, siguió gritando «Beeetis, Beeeetis». «Sale el grito y nos levantamos otra vez» con «una impronta en el ADN que te hace invencible». A pesar de la derrota.
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La saga/fuga de Íker Ícaro Iscariote (el portero de Píxar y una habitación para llorar)

Como al Chapo, el narco de México, a Casillas le fueron haciendo un túnel sigiloso con su altura y todo desde el Santiago Bernabéu al retiro con parada y fonda en Oporto. Florentino Pérez  pasa por una suerte de Galactus, a saber: “un ser cósmico que necesita consumir planetas para calmar su hambre, por lo que recurre a la ayuda de heraldos –ay, don José Llourinho- que él  mismo nombra”. Asimismo, “ha sido descrito como una fuerza que el Universo necesita para su propio equilibrio”. Florentino, por todos es sabido, tiene querencia por los galácticos e Íker, todos  lo saben también, sólo es un tipo de Móstoles. Con alas como Ícaro, a veces, elevado a santidad sobre la hierba, pero de Móstoles al fin y al cabo. Íker nació como Ícaro y se va como Iscariote, “el apóstol traidor que reveló a los miembros del Sanedrín el lugar donde podían capturar a su Maestro”. Nada que no se anunciara en la Última Cena, a la que también acudieron Di Stéfano, Del Bosque, Valdano, Hierro, Raúl, Fernando Redondo, Claude Makélélé, Figo, Guti o Fernando Morientes. Íker Casillas se fue del Madrid entre lágrimas, solo, aplaudido por sus amigos de la prensa –algo que jamás se le perdonó porque ser amigo de mala calaña como los periodistas es pecado mortal y casarse con una reportera es Sodoma y Gomorra- y dejando un titular que recogió el mundo entero: “C’est fini”. Al día siguiente –Florentino, tan del Opus, no pudo esperar ni al tercer día para la resurrección- se volvió a despedir y el presidente, “ser superior” –el Evangelio según Butragueño-, dejó medias verdades –“Se va porque él quiere”, ajam- y una gran verdad recogida off the record: “Estaba hasta los huevos”. Las palabras se afilan como las navajas de Albacete. “A los padres, los héroes y los mitos se les respeta, niño”, enseñan los abuelos. Florentino y sus acólitos ni tienen abuelos ni falta que les hace. Florentino pasa por una suerte de Hannibal Lecter, devorador de mitos. “Saturno devorando a sus hijos”. Textual: “Hannibal desde una posición esquizoparanoide, comienza a desarrollar fantasías de persecución de los objetos “malos”. Estas fantasías funcionan como una defensa para negar la realidad externa. Pero también como una forma de defenderse de su realidad interna (del miedo, la frustración, el odio y la agresión).También desarrolla fantasías de grandiosidad, a través de las cuales idealiza su propio Yo como “superior”. Esta grandiosidad constituye una manera de defenderse frente a otras ansiedades depresivas inconscientes, en las cuales el objeto esta irreparablemente destruido. En conclusión Hannibal utiliza procesos de escisión y negación primaria, que no le permiten elaborar la pérdida y alcanzar una posición depresiva.Desde un Análisis estructural, Hannibal presenta una estructura de personalidad limítrofe de bajo funcionamiento. Esto quiere decir que presenta una difusión de identidad, en la cual no es posible mantener un concepto integrado de si mismo y de los demás. Esto se evidencia en la incapacidad de adjudicar atributos positivos y negativos a él mismo y a los demás a través del tiempo y en distintas situaciones. Él es completamente bueno o malo, y los demás también son percibidos bajo esta lógica”. Up up and away, fin de la cita.

El de Florentino Pérez a Casillas, más que un homenaje, fue un narcocorrido. El consabido “se va porque él quiere” es su macabro estribillo con la melodía de “Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero”. La soledad del portero emparenta con la del corredor de fondo, pero sin kilómetros a los que aferrarse. El portero, generalmente, es ese chico gordito que no vale ni para lateral derecho en los partidillos del patio de recreo. Encima Casillas es tirando a bajito. Los porteros suelen tener un tirito dao’, de qué si no se va a poner uno a recibir pelotazos e intentar parar lo humanamente parable. El mandamiento primero bajo los palos. Un penalti de Roberto Carlos es como “Los fusilamientos del 3 de mayo” de Goya. Ingrato oficio, como el del enterrador. Un día, con 21 años, imberbe, Casillas rompió en santo en Glasgow. Arjen Robben aún tiene pesadillas con el mano a mano de Johannesburgo y hasta el pasado Mundial de Brasil en el que el holandés errante se desquitó en parte, pasaba por una especie de Caillou con la cara desencajada del cuadro de “El grito” de Munch, botas de fútbol y equipación naranja. Sin aquella parada, no habría “Iniesta de mi vida”, como tampoco existiría el penalti de Cesc Fábregas a Italia en Viena y ahí andaríamos aún, como el gato de Schrödinger, la paradoja española de los cuartos de final. El mundo entero sabía y sabe que Casillas ni va bien por alto, ni es alto, y juega con los pies igual que Pistorius o el teniente Bubba. Sólo a Forrest Gump –o en su defecto, Sergio Ramos o Pepe- se le ocurriría echarle el balón jugado. Sin embargo, el mundo entero, en una pagana propensión al rito, sabía que en aquella tanda de penaltis contra Italia, Casillas iba a parar otro penalti. “Tócala otra vez, Sam”. El mundo entero y el propio Íker lo sabían porque la principal virtud –quizás la única- destacable de Íker Casillas es la fe. La fe mueve montañas y para penaltis y balones imposibles. Aquella parada a Perotti -así se llama, Jabois, casi como el actor de “No sois vos, soy yo”-en el Pizjuán sólo estaba al alcance de Ed Warner, el legendario portero del Maped y el Toho con apellido de productora de cine, y de Íker Casillas, el portero que se habría sacado de las entrañas la factoría Píxar. Pero Florentino siempre fue más de Benji Price.

El propio Íker Casillas ha vivido su leyenda como artista invitado, como galán inverso, de ahí su memoria de elefante con cada jugada, cada partido, cada alineación, cada gol, en un universo en el que los jugadores no saben ni contra quién juegan el próximo fin de semana. Buffon, el portero soñado por Florentino, el portero que daría un brazo por ser Casillas, elegante y eterno como Matusalén bajo los palos lo señala, con la raya a un lado: “Los pitos a Íker son ingratos”. (Buffon es a la portería lo que Monica Bellucci a los sueños. Elegancia y erotismo). E Íker, tan de Móstoles, decía que “cuando el público pita o aplaude es porque tiene razón”. El día que Mourinho –que como dice mi padre de los gitanos, con perdón de Fakali, “si no te la dan a la entrada te la dan a la salida”- sentó a Casillas en Málaga estaba cortando la coleta a Sansón, las alas a Ícaro y poniendo a Iscariote ante la máquina de la verdad. “Conteste después de la publicidad”. Casillas era tan real que sólo podía ser mentira. Los porteros, como los elementos de la tabla periódica, son químicamente inestables. Casillas emparenta con los gases nobles. Según la física cuántica, con mil millones de años apoyado en una pared hay posibilidades de atravesarla. El tiempo que dura el universo. Casillas no aguantó tanto y de Llourinho para acá su baraka y su fe se instaló, como hacen en Tokio, en una habitación para llorar. Cuestión de fe. La duda, “con su terrible nombre de perrita rusa”, pasó de ser una cita de un disco de El Último de la Fila –“Pequeño catálogo de seres y estares”- a corretear por la cabeza de Casillas, que por entonces era ya un espectro mudo. La duda es la hermana siamesa de la fe. Como en “El rival más débil”, sólo puede quedar una. Sin fe no hay milagros y sin milagros Casillas es simplemente un portero normal. Por cualidades y capacidad técnica, hay una decena de arqueros más dotados que Casillas en los últimos 20 años, incluido Diego López, al que apodaron “basurero” sus compañeros en el Sevilla por sus hechuras, y fue rescatado por Mourinho para tirar la basura en plan Lipasam “limpiando sobre limpio”; y, por supuesto, Víctor Valdés, probablemente, con Casillas y Palop -otro que fundó religión en Sevilla-, el mejor portero de España en la última década, especialista y superviviente, un cancerbero cainita –y ahí emparenta con Toni Prats- al que sencillamente no le gusta el fútbol. Ya lo dijo Enric (González) –”Enric es mi pastor, nada me falta”-: “Este hombre, que no fue el mejor portero, demostró que podía hacer cosas que el mejor portero no podría lograr en su vida”. Cuando en Barcelona despiden a Xavi con los honores que merece y decretando, prácticamente, tres días de luto por su ausencia –y pocos son- y Casillas se va triste, solo y cabizbajo en Madrid, uno se llega a plantear incluso si no va a ser verdad que Cataluña no es España. Aquello de Larra: “Aquí yace media España, murió de la otra media”. A los españoles de extrarradio no nos gustan, en general -es decir, que no nos gustan y ya está-, los madrileños porque los madrileños son como Florentino Pérez. Mis cojones mandan, sibilinamente y sin subir la voz siquiera. Unos rascacielos aquí, unas llamadas a los periódicos para que las crónicas no las firme ese tipo que es del Atlético, un Pedrerol allá. Florentino Pérez le está haciendo más daño al Madrid y a Madrid que una portada de Interviú con Esperanza Aguirre y Carmena en un jacuzzi a lo “Mamá Chicho”. Florentino, con el dinero por castigo, tiene más peligro que Manuel Algueró, deconstructor; autor de 5.000 demoliciones en España y Turquía. “Con 250 kilos de goma-2, en tres segundos derribo la Modelo”. Lo mismo anda Florentino con el Madrid. “Todo poder es una conspiración permanente”, Balzac. “Sólo somos hombres de negocio que dan al público lo que quieren”, Capone. También las grandes pirámides, según los arqueólogos, fueron levantadas con escombros. ¿Puede un agujero negro devorar a su propia galaxia? Recientemente han hallado un extraño agujero negro supermasivo que crece mucho más deprisa que la galaxia que lo contiene. Igual le llaman Florentino.

El adiós de Casillas es tan triste como el microcuento que Hemingway parió en una apuesta lisérgica y en seis palabras: “En venta zapatitos de bebé. Nunca usados”. Casillas, que era trinitario, ganó tres copas de Europa con el Madrid; dos Eurocopas y un Mundial con España, que, en total, también suman seis, como las palabras del cuento de Hemingway en inglés. Como Ernesto Sábato, Íker, el legendario portero del Madrid de los túneles y la M40, siempre podrá decir aquello de: “En todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío”. Por más que se dibuje la sombra de la custodia de un hombre con astas de ciervo sobre la cabeza susurrando “Casillas” con el mismo tono que el doctor Lecter decía “Clarise” en “El Silencio de los Corderos”, Plutón tiene montañas de agua helada y permanece activo. Dicen que a Íker Casillas se le puede ver aún donde los arponeros del Peter’s Bar de Farial, la cantina más famosa del Atlántico Norte, como el capitán Akhab con guantes de portero, a la caza del sueño de Mobby Dick en una ciudad con aire de fado y nombre de puerto “donde bebe vinho amargo” y “canta con tristeza”. (“Por qué esos ojos cerrados”). “Por un amor desgraciado. Por eso canta, por eso pena”.

El barco sin capitán

Las cosas no son como son, sino como las recordamos. “La verdad puede ocultarse, pero no extinguirse”, que decía F. Lloyd Wright. La imagen más impactante del inicio de Liga de cara a ese espejo –que es la historia- que siempre aguanta la mirada y siempre se repite, eterno retorno, es la de Albelda –el 6 del Valencia- sin el brazalete de capitán, que viene a ser algo así como ver a Alfredo Landa sin pelo en pecho o, peor, a Fernán Gómez sin mala hostia. Les falta algo o, más bien, les falta todo.

La mirada que sólo ve el presente es limitada. (El sabio observa las cosas desde un tiempo eterno. Si no, que le pregunten al viejo Zapatones, campeonísimo de Europa con “el culo pelao”). El presente es Albelda sin brazalete, la portería sin Cañizares y Angulo ejerciendo de polivalente en el banquillo. Los apartados –apestados- del pasado año. Los insumisos de la dictadura del cortijo. Los que gritan ante la espiral del silencio.

El año que Albelda alcanzó la primera final de la Copa de Europa, el hasta hace poco máximo accionista del Valencia, Juan Soler, jugaba al juego de los ladrillos, como si fuera un tente, con el dinero y las promotoras de papá Bautista. Albelda sudaba la camiseta jugando la pelota; Soler jugaba a dar pelotazos (urbanísticos). El día que Albelda disputó su segunda final de Champions, Soler le vio en la tele, digno en la derrota, levantando a los compañeros tras los penaltis, ejerciendo de capitán. Quizás ese fue el día en que Juanito Soler le pidió a papá Bautista que le comprara el Valencia. Es lo que tienen los niños de su padre, sin infancia ni amigos con los que llorar las finales, que creen tenerlo todo –hasta sensibilidad, talento y estilo- y, en su pestilente patetismo, se afanan en ir de perdonavidas por la vida. Hordas de la muerte con envidia de pene que jamás han empatado con nadie.

David Albelda, cansado de partirse la cara por los compañeros sin compromiso que por él no la dieron, ha rechazado el brazalete del Valencia, que es como arrancarse el alma a jirones, y ahora habla en silencio. Dice por lo que habla, dice por lo que calla. Juega y corre, a la espera de que se le vuelva a aparecer el dios fútbol. Extraño en su casa, incómodo en su cuerpo, como el convicto que sale de la cárcel y cada día tiene que redimirse del pecado original de llamar pan al pan y vino al vino. Como el hombre que no pudo jugar la Eurocopa que su país ganó.

El Valencia, tras la dictadura del miedo, vive en un estado de Transición, reconciliándose con la grada y el juego, con Villa y Mata como figuras y a la espera de los mejores Vicente, Joaquín y Silva. (Lo mejor de cada casa, lo mejorcito de las mejores escuelas de los cuatro puntos cardinales del país). El entrenador, Unai Émery, en un ejercicio de diplomacia o pusilanimidad -ahí llevas el palabro-, con el hedor a muerte todavía en casa, aseguró que todos los jugadores son capitanes. “Y dos huevos duros”.

Transiciones aparte, los hombres de mar dicen que un barco sin capitán siempre será un barco fantasma. También dicen los marineros que el grumete que se salta la pirámide social y planta cara a un almirante es un héroe o un loco, o las dos cosas. El alto cargo que se enfrenta al obrero es un cobarde. Las reglas básicas de la dignidad. El Valencia tenía un gran capitán, y lo mataron. La libertad y el honor tienen un alto precio. Mas la historia juzga, y a unos absuelve y a otros condena.

PD: Nos vemos en el infierno.

Hace siete años, aprendimos a volar; paramos las balas; fuimos invisibles; leímos las mentes; soñamos los sueños; paramos el tiempo; respiramos bajo el agua; atravesamos muros; a contratiempo, rescatamos banderas; santificamos a los porteros; los sabios tenían el culo pelao’ -a ganar, a ganar, a ganar y a ganar-; Torres más altas no han habido; tocamos el cielo; y comprendimos que más allá hay un universo; hace siete años (la victoria de los vencidos es la más hermosa), vivimos para siempre; nada es imposible; y fuimos eternos.

Maradona y las estrellas; los mitos y las farsas

Cuenta ese hombre pegado a la melancolía que es Calamaro que Maradona «no es una persona cualquiera, es un hombre pegado a una pelota de cuero», lo cual no deja de ser una perfecta descripción física del «Pelusa». Escuché alguna vez a ese rapsoda del fútbol que es Jorge Alberto Valdano, con su eterna prosa poética, algo así como que «ser Maradona nunca ha debido ser algo fácil». Una noche de vino y rosas, preludio de cánticos y aleluyas por la senda de la Puerta de la Carne, me lo corroboraba ese “pequeño mágico catálogo de seres y estares” que responde al nombre de Lucas Haurie. Maradona es dios, decía, ante la perplejidad de los Reyeros, Murieles, Maldonados y demás periodistas de la vida presentes, todos ellos ateos en el difícil arte de la fe porteña. Y con todo, yo, que no creo en dios pero creo en hombres, respondí que el Diego, más que deidad con cimientos de barro, es héroe clásico, cual Aquiles, con zurda mística e inmortal. Mitad divino, mitad humano. Como el de los pies ligeros, Maradona nació con el don de conquistar el cielo y cuantas copas del mundo hubiera querido ganar él solo, regateando cuanto inglés saliera a su paso, que aún podría estar regateando si quisiera, y con la tara de, a fin de cuentas, ser humano. De ahí la tragedia de la que hablaba Valdano: ser dios siendo hombre; asimilar desde que no eres más que un niño que has sido elegido para la eternidad; comprender que personas de la Argentina toda recorren el país en procesión sólo para contemplar al que dicen es el salvador del país; ser una persona normal sabiendo que todo el planeta te venera – «te quiero más que a mi hijos», le gritaban en Nápoles–; aceptar que allí por donde pasas, se instalan altares en tu honor … como si fueras Aquiles, como si fueras Maradona. Dice Eduardo Galeano en su «Bocas del tiempo» que «doña Tota llegó a un hospital del barrio de Lanús», con un niño en la barriga. «En el umbral encontró una estrella, en forma de prendedor». De una parte, mechero, de otra, astro. «De un lado de plata, de otro de lata». La estrella acompañó a doña Tota en el parto. El recién nacido se llamó Diego Armando Maradona. El mito murió con el último pitido del árbitro, cuando Diego dejó de ser un hombre pegado a una pelota. Ahora, el dios, el diez, la tragedia vestida de pensamiento mágico, deviene triste farsa catódica y mediática.

Las lágrimas de Zidane

Zinedine Zidane dejó el Bernabéu entre lágrimas, entre sollozos. Zizou, que a tantas personas ha hecho llorar con su magia, rompió a llorar como un niño, como no lo hizo al ganar el Campeonato del Mundo, la Eurocopa o la Copa de Europa. “Jamás lloro”, reconocía después, “ni en las victorias ni en las derrotas porque el fútbol es sólo fútbol”. “No sé qué me pasó, pero no pude aguantar”, decía el niño grande marsellés. Pasó que no era fútbol, pasó que Zizou sabía íntimamente que con este adiós dejaba atrás también algo de su vida. Y más pronto que tarde, tras el Mundial quizás, descubrió eso que ya sabe: que su vida es el fútbol, que no sabe hacer otra cosa. Desde entonces, Zidane tiene que inventarse otra vida para vivir.

Barcelona o la (re)creación del fútbol: Hefesto en el Olimpo

El día en que se marchó del Fútbol Club Barcelona, Ricardo y Nacho lo dibujaron en un barquito (de cáscara de nuez) dejando atrás una gran nave, llevándose el timón. Igual que Hefesto, tuvo que irse del Olimpo. Porque la lucidez duele.

Tiene el frío de los que han vivido mucho -que ya decía Avicena que las vidas se miden por su intensidad, no por su duración-, pero su mirada fija, penetrante, irradia esquirlas de oro robadas del mismo infierno. De infierno amable. Tiene los ojos de Vulcano en la fragua y perfil de navaja buena. Irradia la naturalidad y la calma con que los líderes se mueven en medio del caos. Y tiene los pies en el suelo, aunque su material genético descienda del mismo Apolo, el que robó la luz a los dioses. “Yo tengo la obligación de saber el porqué de las cosas”, dijo un día a sus colaboradores. Como en el campo, el eje sobre el que todo gira.

“Cuando las órdenes son razonables, justas, sencillas, claras y consecuentes, existe una satisfacción recíproca entre el líder y el grupo”. Esta sentencia atribuida a Sun Tzu en el El Arte de la Guerra condensa el respeto de los campeones de Europa hacia Guardiola, al que tratan como a un hermano mayor. El mérito es de él, dicen. “El entrenador nos ha hecho triunfar y somos esclavos de su credibilidad”, asegura Messi. Y él se quita de en medio y se quita el sombrero y dice que nones, que se siente “un hombre afortunado”, consciente de que –como Toni Nadal aconseja a Rafa Nadal- creerse superior por ser bueno dándole patadas al balón –o a una pelota amarilla con una raqueta de tenis- es tan absurdo como creerse superior por ser bueno jugando al escondite. Y es por eso que son superiores: porque juegan como si no lo fueran.

“Tres títulos a la primera es sólo para los elegidos”, le dijo ZP a Guardiola en su primer “éxito” como pseudoministro de Deportes. “No sé si podré estar mucho tiempo”, respondió Pep. Capricornio, obsesivo, perfeccionista. Perfecto. Se dignifica y dignifica a los que le rodean. En la sala de prensa, a cada plumilla llama por su nombre. Quiere saber todo. Conocimiento y respeto. Porque sabe que todo gira sobre él. Elegante y seductor, como Humphrey Bogart en un banquillo dándole una calada al tiempo.

Guardiola convenció a sus jugadores de que podían ganar todo el primer día que entró en el vestuario, llegado de la Tercera División del fútbol español. “Si me creéis, ganamos todo”. Y ganaron la Liga de calle, exhibición en el Bernabeu incluida. La Copa del Rey, sacando el balón jugado en cada saque de puerta desde las esquinas del área. Y la Liga de Campeones, contra el equipo que nunca había perdido una final, el que dirige el mismo entrenador –Alex Ferguson- que llegó a Old Trafford cuando él era un recogepelotas que abrazaba a Víctor Muñoz tras alcanzar la final de la Copa de Europa contra el Gotemborg en 1986. La triple corona (de laurel). Los títulos quedan en los museos y las hemerotecas. El fútbol queda en la memoria.

“Dedico esta Copa al fútbol italiano y especialmente a Paolo Maldini, que no se preocupe porque tiene la admiración de toda Europa”, manifestó Guardiola tras la final de Roma, donde jugó medio año y donde sufrió a Capello. Los mediocres temen a los machos alfa de la manada. Su sola presencia les asusta porque para ganarse el respeto de los compañeros sólo necesitan ser ellos mismos. Nada más. Está hecho de hueso y talento. Y eso da miedo. En Roma, siempre cenaba donde cenó por última vez Pasolini, en el barrio de San Lorenzo, que así se llama el sol y, como la cabra tira al monte, Prometeo tira hacia la luz. Restaurante Pommidoro. Cuando llegó a Italia, le vinieron a decir: dónde vas, canijo. El Pep acabó como capitán del Brescia, un equipo menor de gladiadores. Un Numancia en el que jugaba un niñodios, Roberto Baggio, que reconoce que Pep era el entrenador en el campo de aquella escuadra. El equipo se mantuvo en la Serie A.

A Pep Guardiola le gusta llevar a sus hijos al colegio cada mañana. Tras ganar la Copa del Rey o, antes, tras el partido del Bernabeu, los niños se asomaron por la ventana y empezaron a aplaudir. “¿Por qué aplauden, papá?”, preguntó Màrius. “Porque están felices, hijo”. Prometeo le robó la luz –la felicidad- a los dioses. Y los niños aplaudimos. Es un enorme ser, Guardiola. Un misterio, Pep. Por las cuestas de Roma, donde dicen que conducen todos los caminos de la tierra y el Olimpo, se le ve desaparecer con su barba de siete días, cabalgando sobre una sonrisa. Igual que Vulcano, tiene la mano de Afrodita. En la ciudad eterna, conquistó la gloria y la memoria. Morituri te salutant.

Dos alcaldables en Varsovia y segunda vuelta de chaqué en la ciudad de la ojana

Sevilla 07-06-2012 Procesion del Corpus Christi  Foto: Manuel Olmedo

Espadas y Zoido en el Corpus. Fotografía del inefable Manuel Olmedo.

Con los dos alcaldables en Varsovia para apoyar al Sevilla FC en la Europa League –Zoido, en calidad de alcalde en funciones y sevillista; y Espadas, como jefe de la oposición, bético y «manque pierda» los comicios favorito para el bastón de mando–, los movimientos en la capital hispalense se circunscribieron al cierre del recuento por parte de la Junta Electoral con «discrepancias mínimas» y a recomendaciones con membrete oficial del Ayuntamiento, y la frialdad del clima polaco, a los posibles actores del pacto contra el PP. «A IU su relación con el PSOE en Ayuntamiento y Junta le ha costado 4.000 votos y estar a punto de desaparecer», señaló vía comunicado del Consistorio el portavoz municipal Curro Pérez.

En el espacio tangible del seno del PP de Sevilla se temen los efectos de la «reforma Montoro» en la ley electoral, que provocará que nueve ediles (casi la mitad de los 20 que hasta ahora tenían los populares) no cobren del Ayuntamiento. «Si quieren repetir el modelo que llevó a la ruina a Sevilla y que los ha puesto al borde de la desaparición en el panorama municipal son libres de hacerlo», añadió Pérez en un comunicado que cita expresamente al candidato municipal de IU Daniel González Rojas, @rojosevillano en el espacio virtual. El candidato de IU aseguró ayer que «serán los militantes y simpatizantes quienes digan qué vamos a hacer». También dijo que Zoido es «el represante supremo de la derecha en Sevilla y lleva cuatro años destruyendo la ciudad». El llamado «efecto Zoido» se difuminó el 24M emparentando con la solarigrafía, una técnica fotográfica que mezcla tecnología, artesanía y recolección. La solarigrafía posibilita trabajar en centenares de imágenes al mismo tiempo debido a que cada foto tarda meses en realizarse, como si de una investidura de Susana Díaz se tratase. En estas imágenes no instantáneas, como ha juzgado el electorado de la etapa de Zoido, el protagonista es el paso del tiempo y el movimiento del sol en el cielo.

Otra de las fuerzas que puede negociar con Espadas, Participa Sevilla, celebró ayer una reunión «preparatoria» de la asamblea de hoy para definir «medidas a corto plazo» para los primeros 100 días de mandato. La idea de fondo del PSOE es que es «ahora o nunca». Si no desbancan a Zoido, temen que aguante en el poder al modo de Teófila Martínez en Cádiz. Un tripartito sería la última opción de Espadas, que se quedó a 3.000 votos de Zoido y vivirá la particular segunda vuelta de los comicios en la próxima procesión del Corpus, con el recuento de los falsarios «me alegro de verte» y los dos candidatos de chaqué en la ciudad de la ojana. El objetivo del PSOE es «cerrar propuestas concretas de los otros grupos y gobernar en minoría».

Los ríos secretos de la Antártida

El duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a una pérdida. El 22M rozó el homenaje al filme «Cuatro bodas y un funeral». El resultado desembocó en tres festejos –el único verdaderamente feliz, el de Ciudadanos– y tres sepelios y medio (UPyD; PA, que igual ya estaba políticamente muerto; IU; y PP, que anda enfermo). En lo que a representación parlamentaria y expectativas se refiere, la comedia británica del 94, el año de la «pinza», pero al revés: «Una boda y cuatro funerales». Se habló también de la defunción del bipartidismo pero los últimos movimientos vislumbran que de la alternancia entre las grandes formaciones, como de un edredón en invierno, no es sencillo salir. El líder del PP-A, Juanma Moreno, por primera vez desde el 22M varió el tono. El primer estado del duelo es la negación. El segundo, el enfado, la indiferencia y la ira: «Susana Díaz manda a negociar a unos ‘hooligans’, nos insultan y después pide que apoyemos».

Moreno reclamó un «cambio de actitud» a la presidenta en funciones, a la que pidió que aprenda a «escuchar, hablar y dialogar» en contraposición a «la única manera que sabe (de negociar), que es bronca y confrontación», a pesar de que los ciudadanos «han pedido diálogo». Moreno recordó que es a Susana Díaz a quien le compete la responsabilidad de formar Gobierno, pero «pasan los días y veo lentitud y pasividad a la hora de establecer contactos».

«Díaz manda a negociar a unos ‘hooligans’, nos insulta y encima nos pide que le apoyemos; negociar es escuchar, dialogar y ceder; le hace falta un curso intensivo y rápido sobre negociación», añadió el presidente del PP-A, que incidió en que Susana Díaz «no puede estar sentada en San Telmo esperando que se resuelvan los problemas», sino que «tiene que mover pieza». Por ello, pidió a Susana Díaz que «se ponga a trabajar, que ella personalmente se acerque a los grupos parlamentarios, a los partidos», y que «coja el toro por los cuernos». «Es importante que el Gobierno se ponga a trabajar con el objetivo de poner en marcha reformas que nos traigan oportunidades y empleo», añadió, «además de medidas de transparencia que eviten que nos encontremos con más casos de corrupción en Andalucía». En relación a la Mesa del Parlamento, Moreno insistió en que «no tiene sentido» que el PP, con 33 escaños, tenga la misma representación que IU, que tiene cinco. Esta «imposición» del PSOE y de Díaz, «que ha buscado la mayoría para controlar iniciativas parlamentarias», supone «un flaco favor a la democracia parlamentaria y al entendimiento», ya que, agregó, ha sido como dar «una patada en la espinilla a 1.064.000 andaluces» que han votado al PP.

Un hecho social es aquel fenómeno que tiene una pluralidad de dimensiones y no puede explicarse por una sola de ellas. Como la Semana Santa, el fútbol o la política. La definición de «hooligans» utilizada por Moreno apunta directamente a los negociadores socialistas Mario Jiménez y Cornejo. Como una suerte de Vinnie Jones –«Sentía su aliento detrás de mí. Se me acercó y me dijo: ‘Me llamo Vinnie Jones, soy gitano, gano mucho dinero. Te voy a arrancar la oreja con los dientes y luego la voy a escupir en la hierba. ¡Estás solo, gordo, solo conmigo!’», relató Gascoigne), que ahora hace de gángster o sicario en el cine, y de Gentile (recordado por su intento de dejar inválido a Maradona, su «Matar a un ruiseñor»). Decían los griegos que la frivolidad es necesaria para no morir de intensidad. Los puentes de la investidura están rotos. Las relaciones ya son como los ríos secretos de la Antártida.

El secretario de Política Institucional del PSOE-A, Francisco Cornejo, respondió a las «provocaciones» e «insultos» asegurando que «no van a apartarnos de la senda del diálogo». «Por más que se empeñen en dinamitar los puentes y dificultar los contactos vamos a mantener abierta la interlocución, porque los socialistas hemos entendido perfectamente que éste ha sido el mandato de las urnas», indicó Cornejo. El socialista lamentó que «el PP pierda los papeles después de haber caído en picado en las autonómicas. La derecha andaluza está demostrando su nerviosismo. Moreno sabe que su liderazgo está en la cuerda floja y se comporta como una marioneta de Arenas y como lo que siempre ha sido, un mandado de Rajoy». «Desde el 22M, el PP-A anda perdido, sin rumbo, desorientado por el duro golpe recibido en las urnas y, desde ese día, persiste en una estrategia perdedora, comportándose de un modo absolutamente irresponsable». Para Conejo, «los negociadores designados van a seguir desarrollando su tarea en nombre de todos los socialistas, hablando de las cuestiones relativas a la investidura, con total transparencia y desde el impecable respeto y la consideración a todas las sensibilidades, como se ha demostrado en la ronda de contactos». El tercer estado del duelo es la negociación.

Del líder de C’s, Juan Marín, lo último que trascendió es que la primera sesión plenaria, como quien aparece en un fotograma del 23F junto a Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, le pareció «tranquila». Por parte de Podemos, Teresa Rodríguez pidió responsabilidad y sensibilidad con los andaluces «no con la voluntad del PSOE», criticando la «poca generosidad» del PSOE en la Mesa, «que debería tener una representación más compensada». Sergio Pascual, el hombre de Pablo Iglesias en Sevilla, asegura que «votaremos ‘no’ a la investidura si no aceptan nuestras propuestas».

La Mesa del Parlamento, en su primera reunión tras su constitución, aprueba hoy la estructura organizativa de los grupos. Se prevé que el presidente del Parlamento inicie la semana próxima los contactos para la investidura, con el rumor de nuevos comicios en septiembre al acecho. El cuarto y quinto estado del duelo son el dolor emocional y la aceptación.

Yo vi a De la Peña parar el tiempo

Yo vi a Iván de la Peña parar el tiempo. Le vi marcar goles desde distancias siderales, con ese temblor, un instante antes, que se siente en el espacio cuando va a pasar algo. Algo va a pasar, piensas. Sientes. Y el tiempo ya se ha parado. Se produce un destello imperceptible a simple vista. Entonces, Iván de la Peña ya ha armado la pierna y el balón vuela en parábola por encima del portero. Ante esos pequeños milagros, la afición, de uno y otro signo, sólo puede aplaudir. Yo lo he vivido. Iván de la Peña resolviendo un partido que dominaba el Betis de principio a fin. Iván de la Peña articulando el mundo y ganando 0-3. (Hijoputa). Iván de la Peña reencarnado por momentos en Maradona y Laudrup a un tiempo. Lo pelat, el Pequeño Buda, porque algo, algo chiquito -que ahí radican las cosas grandes-tenía de dios. Y dios, si existe, a ratos se viste de futbolista con la maldita virtud de extraer belleza entre lo frágil. La música de los corazones sublimados. Los mediocres -por definición, aquellos incapaces de ver más allá de su ombligo- dirán que era un jugador que no daba equilibrio al juego. El equilibro es la mayor de las mentiras del fútbol, en la que se arropan los entrenadores y jugadores malos. Los tahúres. Un futbolista es bueno o malo, no da o quita equilibrio. Si De la Peña sumaba +10 en ataque, en creación, en pase y en gol -los elementos que diferencian al fútbol de la petanca, mayormente- y defendiendo sólo era +3, con poner un jugador de cierre junto a él sobraba para ganar los partidos. Dicen que fue un poeta maldito, “un jugador de dibujos animados”. Y los malditos fueron los que no supieron apostar por su fútbol. El mayor talento del panorama patrio de los últimos 20 años, desde que irrumpiera con 16 años, o menos, en las categorías inferiores del Barcelona, llegado de Cantabria. Nadie le ha pedido jamás a Makelele que diera un pase de De la Peña. Sin embargo, a De la Peña sí se le pidió que defendiera como Makelele. La autenticidad tiene algo de anomalía. Era diferente, como una calada a un cigarro mentolado. Sus pases cuestionaban las coordenadas espaciotemporales. Una tarde, en El Sardinero, lanzó un balón a la banda izquierda de tal modo que, en la línea de fondo, el esférico, que parecía que salía, volvió hacia atrás, justo cuando llegaba el compañero. Que Einstein explique cómo es posible que un balón que va en una dirección lanzado desde 40 metros se pare unos segundos y vuelva otros dos o tres metros en dirección opuesta. Cómo se puede dibujar el vértice de un ángulo, en distintos tiempos, con un balón. Por menos han beatificado a Juan Pablo II. Como Peter Pan, tuvo que refugiarse en NuncaJamás. Sólo ha sido cinco veces internacional absoluto, bastante antes de los tiempos de Xavi e Iniesta, herederos aventajados del pequeño Iván De la Peña. Pese a ello, pese a que salió del Barcelona, fracasó en la Lazio y el Olimpique, no tuvo minutos, de nuevo, en el Camp Nou, y se refugió en el Espanyol, ya pertenece a ese limitado Olimpo en el que moran, rodeados de mujeres desnudas y un balón, Mágico González, George Best o Paul Gascoigne. La guarida que esperaba a Guti. Cuando la prioridad es la belleza, los títulos, que también ganó, no valen nada. Iván de la Peña ha detenido el tiempo por última vez. Y ya, como el humo de un cigarro mentolado que muere en el sueño de un beso en primavera en los labios, Iván de la Peña -inquilino del claroscuro, ave del paraíso, habitante del misterio, ángel de tempestades-, en su última jugada, ha roto el tiempo y, para siempre, es eterno.