El horror

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Imagen de ASSOCIATED PRESS.

“El horror es frío y reflexivo. El horror está ahí, en el mundo”, escucho a Pérez Reverte. Así ha sido siempre. Así es todavía. Desde la Guerra de Troya que narró Homero hasta las Torres Gemelas. Frío y reflexivo podría equivaler a cruel e inhumano. Frío y reflexivo jamás podrá significar casual porque la reflexión implica, necesariamente, previsión.

El mismo día en que el Parlamento de Canarias reclamó al Gobierno que la Armada blinde las costas y que la UE establezca un fondo de emergencia para hacer frente a “crisis humanitarias derivadas de avalanchas inmigratorias”, arribó a las “islas afortunadas” un cayuco de nombre Titanic con 78 inmigrantes a bordo. El horror, en ocasiones, se viste de un triste humor negro que no hace gracia ni a su puta madre. Presidía la proa del cayuco una lápida de madera escrita en caracteres árabes, como una premonición del destino.

Irónicamente, la mayoría de estos desheredados de la Tierra, hermanos del hambre, concluyen su odisea en un puerto llamado “de los cristianos”. En este punto se conjugan de golpe los valores católicos. Occidente pone la caridad, cura las hipotermias y manda poco a poco, que para el horror también hay lista de espera, al inmigrante de vuelta a la pobreza, de vuelta al horror. La fe y la esperanza corren a cargo de África, que Occidente ya es tierra de poca fe y mucha mala hostia.

Lejos del Puerto de los Cristianos, Benedicto XVI advierte a los polacos del peligro del nuevo enemigo de la Iglesia: el relativismo. El hambre –primera causa mundial de muerte- no es tan prioritaria para el Vaticano. Relativamente lejos de Polonia, en Cádiz, con el último ascenso del equipo, apareció por las gradas una imagen de Ratzinger con una bufanda del equipo amarrillo donde se leía: “Ese Cai, oé”. Me cuentan en La Caleta que es habitual ver a “Bebetinto XVI” – que así le llaman- por el Carranza, adaptando el mayor clásico del cancionero gaditano. Así, de igual modo, su homólogo vaticano parece que también ha hecho suyo, en sus mensajes semidivinos y pasteurizados, el eslogan gaditano en versión adaptada, olvidando que el horror es frío y reflexivo y sigue aquí cada día. “Esto es el primer mundo y aquí hay que mamar”, parece decir, rozado como está por el dedo que insufló de vida a Adán en la Capilla Sixtina.

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Mambrú se fue a la guerra

En pleno siglo XXI, hace tiempo que Mambrú olvidó sus intenciones de ir a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena. En pleno siglo XXI, Mambrú, que sigue siendo negro y teniendo hambre, observa sus sueños en tecnicolor en la caja tonta y sueña que, algún día, si no él, sus hijos tendrán derecho a tener sueños y a cantar canciones que hagan olvidar el dolor y la pena. Miles de personas, hijos del hambre y llegados del sur del sur, escriben a diario la historia de la vergüenza de Occidente, una historia que ningún muro, mar o alambrada puede esconder. Miles de personas parten de sus casas y de un lugar al que llaman patria en busca de un mañana mejor, ignorando eso que en cada libro clama Eduardo Galeano: que los nadie valen menos que la bala que los mata.

Sólo en la medianoche del sábado, 700 inmigrantes desaparecieron tras hundirse su barco en aguas libias. El horror no entiende de tiempos pero tiene su cronología. Hace una década 158 inmigrantes fueron rescatados camino de Gran Canaria y Tenerife. Viajaban en pateras o en cayucos. Ciento cincuenta y ocho almas, entonces; 700, ahora, perdidas en la inmensidad del océano entonando el poema de Machado como un triste son funerario. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. “Se hace camino al andar y al volver la vista atrás” el sendero deja un rastro de sangre, muerte e injusticia. Y un día de estos el hedor será tal que se hará insoportable, instalados como estamos en una cómoda estancia con vistas al norte, de espaldas a la realidad. Un día de estos, más pronto que tarde, el sur y sus gentes recobrarán el lugar que les ha sido robado con yugos en forma de deuda externa porque las leyes de extranjería jamás detendrán lo que el hambre y la miseria empujan; porque el mundo y los países no son de nadie; porque los sueños no entienden de fronteras.

Lampedusa hace tiempo que no remite al Gatopardo sino a una muerte con vistas a Sicilia. Desde el desierto, contaba un amigo reportero -huérfano de abrazos- que en la noche africana trae el viento el son de una canción que, probablemente, según cree él, cantan los huérfanos de pan. La melodía se le corresponde con el “Mambrú se fue a la guerra”, que entonaban los abuelos que fueron niños en los años de la guerra. En estos días de periódicos con tanta patera perdida y tanto náufrago de sal tiritando de hipotermia existencial, es nuestra conciencia de niño la que vuelve a gritar como entonces: qué dolor, qué dolor, qué pena.