La retórica victimista y la simpatía por el “Alcorconazo”

La teoría marca que la retórica victimista «es una técnica demagógica que consiste en descalificar al adversario mostrándolo como atacante en lugar de refutar sus afirmaciones». El sujeto «adopta el rol de víctima dentro del contexto de la discusión, de tal forma que el otro interlocutor queda posicionado implícitamente frente a terceros como un impositor autoritario y su argumentación como mera imposición o ataque». La última comisión parlamentaria de Hacienda fue un caso práctico. «Hay que ser contundentes contra la corrupción», señaló María Jesús Montero, instando a los populares a «pedir perdón» ante las «difamaciones y permanentes insidias hacia personas con cargos a los que se le ha archivado la causa, pero el PP tiene afán por arrojar sombras de duda y no le interesa recuperar el dinero público». El PP preguntó por los expedientes de reintegro caducados y las transferencias a IFA/IDEA, el ente del «fondo de reptiles».

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Cerrado por envidia

Envidia (15)

La Envidia. Grabado alemán, c. 1587. “Invidia atra hues, successibus aspera faustis, ipsa fit infaelix carnificina sui”.

Se lo escuché a Juan Cruz en “La ventana”. Después, de golpe, rememoré las clases de latín del catedrático Antonio Recio. “Envidia” significa etimológicamente “mirar mal”. Hay cosas que uno no es que no las olvide, sino que jamás deja de recordarlas. Isabel Coixet mira la vida con gafas de pasta con montura de colores. Coixet sabe aquello que enseñó el Principito, que “lo esencial es invisible a los ojos”. Por eso, mira con los ojos cerrados. Ella sabe que las palabras tienen vida secreta, que sin palabras con las que dar nombre a las cosas (a la vida), la vida no es, la vida no existe. El maestro Raúl del Pozo lo tiene claro: “Si al hombre se le cambia el sentido de las palabras sólo queda un mono pajillero”. Del Pozo, pozo de sabiduría, cuenta noches en vela y, por ejemplo, a la hora de elegir del diccionario, se queda con “coño”. “Porque es el punto de apoyo, el centro de la vida”. María Sharapova también lo sabe. “Ser objeto de envidias forma parte de mi vida”, dice, agraciada como está con el inmisericorde don de la belleza. Al parecer, vivimos en una sociedad incapaz de amar pero capaz de sentir envidia sana, lo cual es algo tan engañoso, tan falso, como el anuncio que el caníbal puso en internet: “Busco hombre para devorar”. Y el hombre fue y se dejó devorar. “El hombre, lobo para el hombre”, nunca mejor dicho. Esta misma sociedad nuestra nos da ejemplos diarios. “Qué morbo tiene” decimos sobre algo o alguien que se supone nos atrae. Morbo procede del latín “morbius” (muerte). Con el miedo que se tiene a la dama blanca, resulta extraña la proliferación de esta palabra, su uso desmedido. La otra noche lo soñé. Acudí a la consulta de un médico que resultó ser, literalmente, un corazón. Se lo conté, que en las palabras somos y existimos, que nos unen y separan, que no es lo mismo “ser” que “estar”, que me sentía incapaz de sentir “envidia sana”, poseído por la tristeza del bien ajeno. El corazón, paradójicamente, se quedó pensando. No dijo nada, ni sístole ni diástole. Con su nerviosa letra de hormiguita, recomendaba: “diccionario y abrazos. Tratamiento intensivo”.
Al día siguiente regresé a la consulta. Quería saber si el corazón conocía algún lugar donde tropezar con abrazos más allá de las luces de neón. En la puerta encontré el mismo cartel que halló Juan Cruz, bajo el signo del síndrome de Solomon, donde ya no quedaba el humo de un estanco de Palma: Cerrado por envidia.

La discapacidad del alma

Signorelli

He contemplado más odios para toda la vida que amores eternos. He observado más eternidad en la rabia que en el cariño. He visto más pasión en la venganza que en la culminación del amor. Más veces llorar de pena que de alegría.

Me cuenta Marta Iglesias Márquez –experta en los entresijos de la psique humana y bendecida con una belleza que enloquece- que, en la mayoría de las ocasiones, estas actitudes responden a un único estímulo interior: el miedo. Miedo a querer. Miedo a entregarse. Miedo al desgarro. Miedo al abandono. Miedo, al fin, a la pasión, a la vida. Y me dice mi amigo Quintero –experto en el difícil arte de sonreír a la vida- que eso “es de tiesos”. Pero, claro, en las conversaciones con mi amigo suelen mediar varias copas de vino.

La mayoría de los que leemos estos renglones originalmente torcidos tenemos “casi de todo”: coche, vivienda, trabajo, familia… Al punto de avergonzarnos de no sentirnos plenamente felices. Y, sin embargo, tenemos una sensación de vacío, de ausencia de felicidad, de desgarro en el alma. Tenemos pero no somos, como eternos insatisfechos. Nos sentimos personas incompletas que andan faltitas de luz, ciegas de todo, discapacitadas de alma. En estas circunstancias, hay quien opta por arrancarse el corazón y “tirar pa’lante hasta que el corazón aguante”. Hay también quien cae en las aguas de la tristeza, como en “La Historia Interminable”. (Los últimos estudios dicen que la depresión afecta también a los bebés). Hay quien se ve obligado a tirar el corazón al mar para dejar de sufrir, que es dejar de sentir y, esto es, en el fondo, dejar de vivir. Y, entonces, se sobrevive.

Con todo, ahí seguimos: tristes, si estamos solos, faltos de abrazos, pequeños, desordenados… eternamente contradictorios. Y es que ansiamos eso que no tenemos y, al tiempo, dejamos a un lado cuanto se nos es dado. Somos, en cierto modo, condenados. Porque el que ansía algo más que el paraíso, vive en tormento, vive en el infierno. Entonces la vida recuerda a ese cuadro de Luca Signorelli (“El Juicio Final o Los condenados”) en el que se vislumbra a un bufón, entre las sombras, riéndose del llanto de aquellos que van a morir.