Riders (on the storm)

Espinete en paro, Caponata jubilada y el Conde Draco con caries y en horas bajas en Barrio Sésamo. Ya ni los curris –esos muñecotes que no paraban de trabajar en la construcción con los Fraggel– hacen su agosto de la mano de la especulación, en cuarentena también con la pandemia. El Monstruo de las Galletas, con su pelaje azul y sus desordenados ojos, tuvo que hacer de tripas corazón –nunca mejor dicho– y pasarse a las zanahorias, la remolacha y la lechuga para poder seguir trabajando en los tiempos de la sociedad cuqui-«healthy». «Tenemos miles como tú esperando una oportunidad», le dijeron. El Monstruo de las Galletas –con sus dos carreras– trabaja ahora como Monstruo de las Verduras, en virtud del poder de lo políticamente correcto y de la hipoteca a 35 años y un día, como las condenas pero con menor margen de revisión. A comer verduras, así salga urticaria. Mr. Potato ahora se llama sólo Potato por aquello de la diversidad y la discriminación de género, lo cual es un contrasentido cuando hasta Nadia Calviño sabe ya que Paca, la Piraña hizo la mili y Abascal no. La juventud de la clase media española del siglo XXI –la que pasa por la más preparada y también más desencantada de la historia– lejos de costearse viajes a la luna o al centro de la tierra, como en las novelas de Julio Verne, se aferra, por un lado, al «ora et labora» monástico y, por otro, al una hora y otra hora y me deben varios días de las empresas modernas, las que aplican los métodos de toda la vida desde que se levantaron las pirámides. Sólo en Sevilla, antes del covid, el 60% de los salarios no daba para mileurista. Y en Linares, reza por una buena campaña de la aceituna. Esta situación se intensifica entre las mujeres, las personas con estudios primarios, los extranjeros y los menores de 25 años. También en Sevilla, uno de cada cinco jóvenes ni estudia ni trabaja. El mercado laboral obliga a trabajar de bandolero, de mercenario, de filibustero… Los «Riders on the storm», que cantaban los Doors de Jim Morrison, que no Henson, son ahora los ciclistas con una mochila cubiforme a la espalda que reparten a domicilio. Los hijos del santo matrimonio Arnolfini, de saldo. La precariedad de siempre – visualice el vespino rojo del Telepizza. «Eres old pero, ¿así de old?»– revestida de APP. Toda la vida preparándote para comer con tenedor y, a la hora de la verdad, lo importante es guardar el cubierto como arma de defensa. ¿Competente? No, gracias. Competitivo. ¿Compañero? No, gracias. Productivo. Estos son los parámetros de los tiempos modernos desde hace décadas, en sepia ya de repetidos. La revolución industrial en Andalucía fue un animal mitológico del que nos hablaron allende Despeñaperros. El rider malagueño que estudiaba bajo una farola ha triunfado en las redes. La foto del chaval con los apuntes, esperando un pedido, Cinderella postmoderno, removió las entrañas de un señor de Alicante que le ha pagado su último curso de mecánica de competición. Marc Márquez le ha invitado a un gran premio. Carlos Alegre, de 24 años, no entiende que sorprenda que estudie y trabaje a la vez. Hay quien ha reaccionado ante la imagen como si fuera lo que en arqueología se denomina un «unicum», algo nunca hallado. Lo que deriva en la evidencia de que el personal que tiene tanto tiempo para opinar no ha trabajado en su vida. Resulta ahora que trabajar y estudiar o compatibilizar becas y empleos o comenzar a cotizar por el salario mínimo es algo inaudito. Y no lo es. Por desgracia, es lo normal. De ahí que el personal quiera ser «tronista», Gran Hermano o Chaturbate. «Entre mis amigos (trabajar y estudiar) es lo normal», dice. «Ojalá la gente entendiese el valor que tiene el tiempo», señala. Lo decía Escohotado: «Cuando un pueblo tiene educación, entonces un país es rico». En el país de los ninis, el rider es el rey.

La foto viral del rider malagueño realizada por el agente Pedro G. Díaz bajo el título “Hay esperanza”, comparando su actitud con los disturbios de Barcelona

La revolución de los Cayetanos: entre “Paseando a Miss Daisy” y “la disyuntiva Tony Leblanc”

Del barrio de Salamanca a la Plaza de España de Sevilla hay 535,4 kilómetros. Más de un centenar de personas -la jornada anterior fue más de medio millar, de la Palmera a San Telmo y también en Nervión- volvió a salir en Sevilla a las calles, guardando la distancia en la medida de las posibilidades, con mascarilla y cacerolas algunos, como signos identificativos, y banderas de España, para protestar por la gestión de la crisis del coronavirus por parte del Gobierno de Pedro Sánchez y por la prolongación del Estado de Alarma. En la zona de Santa Justa San Pablo se oyó el grito, al ritmo de las cacerolas, de “Sánchez, vete ya”. También se cantó “Libertad” y “Gobierno, dimisión”.

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Espadas y el síndrome del “pato cojo”

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El alcalde de Sevilla, Juan Espadas. Imagen de su cuenta de Twitter.

Juan Espadas ha entrado de lleno en la categoría de «pato cojo» al ponerse «al servicio» de su partido en la sucesión de Susana Díaz. El primer uso del término «pato cojo» se atribuye a la Bolsa de Londres en 1761 y, según la carta de Horace Walpole a Sir Horace Mann, se refería a «un especulador que adquiere unas opciones de compra a las que no puede hacer frente». En el mercado están por un lado «los toros» (bulls), que son los que apuestan al alza; «los osos» (bears), que van a la baja; y el «pato cojo», que es aquel que no puede seguir el ritmo del grupo y cae presa de los depredadores. El portavoz municipal del PP, Beltrán Pérez, se lo recordó a Espadas en el minuto 1 de levantar la mano para el relevo: «Sevilla necesita y merece un alcalde 24 horas al día», lo que evocó, históricamente, a cuando, tras la muerte de Lincoln, el presidente Johnson le dijo al secretario del Senado, el coronel Forney, que no quería discutir con «patos muertos». Espadas, al que se le acusa de «quietista» en sus políticas pero de rápido instinto de supervivencia, respondió: «Queda alcalde para rato». Un «pato cojo» es, pues, alguien que no puede hacer frente a sus deudas. Con su movimiento en falso, ya sea hacia el liderazgo del PSOE-A o en relación a la Alcaldía, Espadas se desdibuja como «dead duck» en alguno de los frentes, corriendo el riesgo de perder el pulso de la calle y confundirse con el decorado, como cuando negó esta semana uno de los principales problemas de la capital: «Las viviendas turísticas no han expulsado a vecinos del centro».

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El as de Espadas en la manga

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Juan Espadas, junto a, entre otros, su número 2 (con permiso de Cabrera) Antonio Muñoz, “inaugurando” un ascensor / Imagen de la cuenta de Twitter del alcalde de Sevilla

«Suela y labia, Juan», le aconsejó Alfonso Guerra a Juan Espadas. Al munícipe se le tilda de «quietista» aunque sin alharacas ha reeditado mandato y ha sabido apaciguar la amplia dualidad del imaginario hispalense. Tampoco tiene grandes enemigos en el PSOE ni alianzas orgánicas, como Montero. Fue designado por Griñán en plena descomposición de la etapa de Monteseirín, casi puesto a los pies de los caballos del «efecto Zoido», un momento político concreto en plena crisis que alcanzó –inédito desde Del Valle– una aplastante mayoría absoluta en Plaza Nueva. Espadas aceptó ponerse delante como candidato cumpliendo el encargo envenenado, aún sabiendo que sus opciones eran más que nimias y –algo que forma parte de su identidad– siguió creyendo o se convenció de que había que creer. Cuando en 2011 parecía que Zoido era una hidra electoral de tres cabezas, Espadas mantuvo la calma.Cuando a Zoido le paraba toda Sevilla en el Corpus como  si fuera Obama reencarnado en Fregenal de la Sierra y se apostaba por una era en la capital andaluza sin contestación y casi eterna similar a la de Teófila Martínez en Cádiz, Espadas barruntaba: «Esto es muy largo». Cuatro años después, era alcalde. A favor de Espadas entonces y ahora en las aspiraciones a liderar el PSOE-A, una vez que ratificó que no sujetará el bastón de mando municipal más de ocho años, está su capacidad para ganarse a los adversarios a ambos lados del espectro político, ya sea pactando con Cs o con la marca blanca de Podemos. El regidor de Sevilla no tiene prejuicios a la hora de buscar sinergias o aplaudir a un histórico alcalde popular como Francisco de la Torre en Málaga. Ahí radica uno de sus pluses respecto a Susana Díaz, en cuyo regazo se movió políticamente en su primer mandato y de la que se ha sabido distanciar en tanto que la ex presidenta fue cayendo en desgracia. A Espadas no le gustó que Susana Díaz le impusiera recolocaciones tras la caída de San Telmo en el Ayuntamiento hispalense, a modo de delfines sucesorios, como la ex consejera Sonia Gaya.

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Soldados de fortuna multimedia

muchodeporteEn 2001 varios de los mejores hombres del periodismo sevillano que formaban un comando se marcharon de El Correo de Andalucía diez minutos antes de que los echaran. «Hay dos formas de irse de los sitios: mal o tarde», decía Roberto Alés. En ocasiones han sido proscritos –mártires de la intrínseca dualidad sevillana, Esperanza de Triana y Macarena, Betis y Sevilla– pero no tardaron en fugarse de las cárceles de la censura. Hoy, buscados todavía por caciques varios, sobreviven como periodistas de fortuna. Si usted tiene un medio de comunicación y se los encuentra, quizá pueda contratarlos. El mítico arranque del Equipo-A casa como un guante de los que se ponía George Peppard –es fácil imaginar a Paco Cepeda diciendo: «Me encantan que los planes salgan bien»– al equipo de Muchodeporte.com, más aún cuando alcanza la mayoría de edad en el punto álgido de la eterna crisis del periodismo.

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“De purísima y oro”, la tierra y el balón oval: Jorge Haurie Briol

“Academia de corte y confección, sabañones, aceite de ricino, gasógeno, zapatos Topolino. El género dentro por la calor”. “Para primores”, Almacenes Peyré. Sigue leyendo

“La historia de Marco Polo al revés”

japón recorteEn Japón, con la llegada de la primavera, celebran la fiesta del «hanami» y se vive el nacimiento del cerezo en flor como un acontecimiento espiritual. Su belleza y brevedad constituyen el símbolo de los días más felices de la vida. Al tiempo que la primavera estalla en Coria del Río (Sevilla) se celebra el Día del Albur, un pez plateado de cabeza picuda y aplastada que frecuenta las desembocaduras del Guadiana y el Guadalquivir. A este último llegó en 1614 la expedición Keicho, con el objetivo comercial (y religioso) de alcanzar Madrid y Roma. La expedición arribó en Coria del Río y el legado japonés germinó en Sevilla. Los albures, con el tiempo, se impusieron al sushi. De hecho, en Coria del Río no hay ningún restaurante japonés. Sigue leyendo

Humanista en Harvard, Ricote en Sevilla

Ya calza 78 púas y se marchó «obligado» hace medio siglo, pero conserva intacto el olfato de «hereje». Catedrático en Harvard y candidato al Príncipe de Asturias; humano, humanista e hispanista; discípulo de Américo Castro, maestro sin afán de crear escuela; fronterizo Hijo Predilecto de Andalucía; Francisco Márquez Villanueva pisa estos días el lugar en que nació, con motivo del Congreso de Directores de Bachillerato Internacional. De paso, de su boca surgen historias con iluminación de entierro que alumbran los pasajes más ocultos del pasado y un puñado de reflexiones de la educación que suenan a verdades como puños. Sigue leyendo

El negro de Tráfico y el portero del Parma

Dicen que Sorrentino recuerda a Fellini y que París tiene puntos en común con Sevilla. Entró con unos guantes de lana negros guillotinados, de ésos que dejan los dedos libres. El kiosco de la esquina de Tráfico con la avenida de la Palmera, no muy lejos del campo del Betis, tiene reminiscencias de película de los hermanos Coen, pero sin nieve de por medio. Hay buen café y prensa y el camarero es eficiente y sobrio, sin conversación innecesaria: “Buenos días”. “Buenos días”. “Qué va a ser”. “Un cortado y media con aceite”. “Muy bien”. “La simpatía está sobrevalorada”, como defiende Fátima Rojas. El tipo llevaba el uniforme típico de aparcacoches, azul y grana. El camarero inmediatamente llenó un vaso de agua y sirvió un café cortado para llevar. El gorrilla le dio monedas y el camarero le devolvió algún billete. En los bares siempre viene bien la calderilla suelta. El negro estuvo apenas unos minutos, sin lamentaciones a pesar de que en la calle los días apuraban el frío. Con un deje afrancesado comentó la derrota del Betis la noche anterior  frente al Rennes. “No puede ser”, dijo. “Es que no mete un gol a nadie. Es que no tiran a puerta. Manque pierda ni manque pierda, ‘miarma’…”. El tipo está más adaptado a la ciudad, a sus formas y estados, probablemente, que esos articulistas defensores de la sevillanía pura y sagrada que rinden culto a la última churrería del Postigo. La luna, según los astronautas que estuvieron allí, huele a pólvora quemada. Hubo un tiempo en que todos los europeos fuimos negros. “Hasta mañana”. “Hasta mañana”. “Las emociones están sobrevaloradas, pero las emociones son todo lo que tenemos”, escribió Sorrentino. En las ciudades vivas, no todo es lo que parece. Las “gárgolas medievales” de París ni son gárgolas ni son medievales. Son del loco Le Duc, del siglo XIX y se llaman “quimeras”. La Catedral de Sevilla también tiene sus grotescos, para expulsar el agua y ahuyentar los malos espíritus. Un señor negro aparcacoches puede ser más sevillano y estar más integrado en la cotidianidad de los días -la intrahistoria, que decía Unamuno- que muchos onanistas de teclado, patillas, azahar en la solapa y palco en la Campana; o que un hipster de la Alameda. Sorrentino se llama también el portero del Parma. 

Pavón(es) y Zidanes

23246_746633774_1656_nHay (pseudo)periodistas que van por la vida aparentando, con voz engominada y tono caciquil; en algunos casos, hijos de papá, con apellidos más o menos largos o familiares del tipo ése que le hace los ERE a la empresa y, por tanto, blindados ante el desamparo y la cola del paro. Hay (pseudo)periodistas de esos, demasiados de un tiempo a esta parte, que dan muy bien para rellenar un ratito de basura en la tele y ante los focos o que escriben libros y se creen escritores. Y luego, hay periodistas de verdad –no tantos- que no necesitan más que el respeto y una callada labor para ganarse afectos y el reconocimiento. Sigue leyendo