Carcaño al padre de Marta: «No sé dónde está el cuerpo. Pregúntale a mi hermano»

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Antonio del Castillo. Foto: Manuel Olmedo

Pandora dijo a Prometeo que lo último que había en la caja y, por tanto, lo último que se podría perder, era «la Esperanza». La caja de Pandora, entre todos los males del mundo, albergaba un hálito de misericordia que Miguel Carcaño, ocho años después del crimen, no concede a la familia de Marta del Castillo. Ayer concluyó la nueva  búsqueda en el Guadalquivir sin resultados. Prácticamente al tiempo que la Policía Nacional, con el apoyo de la Armada, finalizaba las labores de rastreo, el padre de la víctima mantenía un encuentro con el asesino confeso en la cárcel de Herrera de la Mancha para tratar de esclarecer el paradero de su hija. Carcaño, según pudo saber LA RAZÓN, aseguró que «no sabe nada». «Pregúntale a mi hermano», señaló, en referencia a Francisco Javier Delgado, que ya fue juzgado por encubrimiento y absuelto por la Audiencia de Sevilla y luego por el Supremo. El asesino confeso mantiene que fue Delgado «quien se deshizo del cuerpo».

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“A nosotros sí nos han condenado a una pena perpetua”

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Antonio del Castillo. Foto: Manuel Olmedo

El padre de Marta del Castillo es «un vencido», que no un derrotado. Vencido porque lleva dos meses –desde que desapareció su hija de 17 años– de «calvario» interior, pero sigue «luchando». Los trazos de su encefalograma podrían ser algo así como «el Guernica» de Picasso, pero pintado por el más burdo de los destripadores. Antonio del Castillo habla el idioma de la herida. Siquiera llora, al menos en público, como si no le quedaran lágrimas al hombre que perdió a su hija el 24 de enero y que a cada momento estallaba en llanto cuando pedía «más medios» para buscar a «su niña», mientras apostaba «los dos brazos» defendiendo que «no se había marchado voluntariamente». Entonces sí estaba derrotado, y perdido.

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Marta, año I: el dolor que no cesa

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Foto: Manuel Olmedo

La vida sin Marta del Castillo, un año después, no es lo mismo. Sobre todo para su familia. También para los implicados en el crimen.Y para una sociedad que, salvo catástrofes siderales, asume las tragedias como quien pasa las hojas de un periódico y se baja del dolor y de la esperanza igual que quien se baja de un caballo cansado. Cuando una persona se va, debería importar. Esta vez importa. Cicatrices en el alma, en el mejor de los casos. Heridas abiertas, en otros muchos. Y lo que te rondaré, morena.

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El “código Rancio”, un universo “a la diestra del cielo”

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Julio Muñoz Gijón, gato entre los tres palos, modernito runner (se lo perdonamos), respetuoso cofrade en silencio (también se lo perdonamos), ex delegado de clase de Periodismo en la promoción 99-03, padre de Silvio, insigne organizador de parrandas, bético, comunicador de talento y sevillano con ange’ (que es lo contrario al malaje). Foto de Pepe Lugo

“La’vangelio” es como se dice en Sevilla a los axiomas kantianos, las verdades evidentes. También es una expresión muy de la periodista Inma Carretero, natural de Cumbres Mayores, de donde procedían las chacinas de Hermanos Gómez, que linda con la casa de Lopera. En Sevilla, el que no se encuentra es porque no sabe que anda perdido. Julio Muñoz Gijón (Sevilla, 1981), que no es el alter ego del Rancio Sevillano porque no hay dos personas sino una dualidad en un ser –ying y yang, Sevilla y Triana- se adentra en el origen insospechado de la misteriosa expresión hispalense.  Los inspectores Jiménez y Villanueva se enfrentan en la sexta edición de la saga –“El enigma del evangelio Triana” (El Paseo)- que arrancó con “El Asesino de la Regañá” –y que ha sido adaptada a TV y teatro- “a un secreto que ni el del Código Da Vinci”. Julio Muñoz desentraña los secretos de la hermandad Serva la Bari, guardiana de las esencias de la sevillanía, en la búsqueda de un documento apócrifo que develaría los verdaderos hechos y lugares de la vida de Cristo y las ocultas razones por los que la Gracia se ha mantenido firme en Sevilla.

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Elogio del “manque pierda”: “el sentimiento trágico de la Liga”

Escribió Chirbes («En la orilla») que «si para algo sirve el dinero es para comprarle inocencia a tus descendientes». Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Algo así como la rosca de Jarni –«el mejor jugador de la ‘Juver’», que dijo aquél–; la folha seca que emana del empeine de Assunçao; el abismo a los pies de una barrera que salta en el minuto 92 de un derbi en el Pizjuán a libre y directo de un jugador de la estirpe contrahecha de Garrincha como Beñat; el golpeo eléctrico de Cuéllar en el vértice del área; la manada de elefantes –«Jumanji»– al paso de Emaná; Finidi George en banda gambeteando como la sombra de Peter Pan; o el sutil obús de Calderón (matador) de golpe franco directo. Como le dijeron, todavía imberbe, los veteranos a Valdano en el vestuario de Boca: «No sois vos el que tiembla. Es el estadio». A falta de posibles («desenvolvimiento», también dijo aquél) y uniendo conceptos, el silogismo que resulta es que a través de la emoción también se llega a la inocencia. Es la temporada 91-92 y el Betis remonta al Rayo en el Villamarín, 4-2. Ese día en Heliópolis, cuando se pone el sol en Sevilla, Jaime Pérez –como Alfonso, «qué bonitos» siguen siendo en la memoria «los goles de Alfonsito»– y de segundo Andersen –como el precursor del «Mannequin Challenge», pasaporte a Segunda junto a Sara, susto y muerte en la portería– se «confirma», a lo Unamuno –el filósofo y también el delantero del Betis, como prologa Iwasaki– en «el sentimiento trágico de la Liga». «Como balas de cañón. Sentir Betis: Cómo contárselo a mis hijos» (Samarcanda), presentado el pasado jueves en el Villamarín, supone la biografía particular de la confirmación en el beticismo bajo la máxima del «manque pierda». Una filosofía de vida que se resume en la certeza de que –como le decía Thomas Wayne, y después el fiel Alfred, al «señorito Bruce» en el «Batman Begins» de Nolan– «nos caemos para aprender a levantarnos».

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A propósito de los Perla

MO Juicio al clan de Los Perlas, por un delito de homicidio 042

El Coleta, durante la única sesión del juicio oral. Foto de Manuel Olmedo.

La noche del 20 de agosto de 2013, Antonio Girón, alias el Coleta, y su hijo José Antonio se reunieron en su casa y decidieron “vengarse” de Rafael G. J., alias Faíto, quien, según la Fiscalía, adquiría cocaína habitualmente del clan de los Perla. Faíto pagaba mensualmente a sus proveedores hasta que “comenzó a retrasarse en los pagos, originándose una deuda a favor de los Perla”. El Coleta y su hijo, armados, se dirigieron al piso del hermano de Faíto, conocedores de que el cliente moroso estaba allí refugiado con su familia. Los Perla abrieron fuego contra la vivienda. “Sí, queríamos matar a Faíto”. Palabras textuales de Antonio Girón. Según el Coleta y su hijo, la matriarca del clan se quedó en su casa. Estos son hechos reconocidos por los acusados.

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Sherlock Kennedy Rus

Sevilla 15-03-2016 Miguel Rus, presidente de la CESFoto: Manuel Olmedo

Miguel Rus, presidente de la CES, por Manuel Olmedo

Sucedió a Antonio Galadí -que era muy del sombrero cordobés- por aclamación y ha sido reelegido sin oposición. Miguel Rus dirige la patronal sevillana -la CES- sin necesidad de levantar la voz pero pendiente de cada detalle. En Sevilla, Randolph Hearst se pronuncia Juan Robles. Y el I+D+i más visible radica en los veladores, con sus aspersores y estufitas. «¿Esa bicicleta de quién es, María Luisa?», pregunta a su (hoy) contracturada jefa de comunicación tras capear al sol de frente desde la azotea de la nueva sede de la calle Granada, desde cuya oficina, dotada de proyector, se ve el Ayuntamiento, como si fuera un contrapoder en el mismo centro neurálgico de la capital. María Luisa Roldán, en sí misma, tiene una entrevista, con todo el empresariado en la cabeza. ¿Qué fue antes María Luisa Roldán o la CES?

Rus posa con la Torre Pelli de fondo, Torre Sevilla publicidad mediante (contactar a través del correo electrónico). A sus pies, el Laredo, hasta donde llega el imperio Robles, y la vista alzada sobre veladores. «Nadie quiere sacar la torre en las fotos», comenta. En estos cuatro años se ha puesto fin al subarrendamiento en la Cámara de Comercio. También se han tomado decisiones dolorosas para lograr la supervivencia. Miguel Rus conforma la tercera generación de una familia de empresarios vinculada al ámbito de la construcción. Hijo de Antonio Miguel Rus Velázquez y nieto de Salvador Rus López, fundador de la empresa que lleva su apellido. Primo de periodista de la agencia Efe, Manolo Rus, con quien comparte talante y «pelazo». Familiar también de otra plumilla, Marta Rus, que llevó la comunicación de IU. Es diplomado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Sevilla (1987). Después, ingresó en el departamento de Administración de la empresa Salvador Rus López Construcciones. En 1994 fue nombrado director económico-financiero. En 1996, apoderado del Grupo Salvador Rus, ahora Grupo Rusvel, que, en Sevilla se pronuncia igual que el apellido del trigésimo segundo presidente de los EE. UU. (El ordinal lo he buscado en Wikipedia, “obviusly”). Miguel  Rus tiene un aire a lo Kennedy y hechuras de alcalde. (Aviso para navegantes que busquen candidatos). En 1998 se convirtió en gerente de las empresas filiales y responsable de desarrollo inmobiliario. En 2001 en consejero delegado. Desde 2003 controla el grupo desde el puesto de consejero delegado de Grupo Rusvel y de todas sus empresas. Como presidente desde 2007. En sus respuestas, aunque no le gustan los focos y se le nota, hace gala de una educación y un trato exquisitos. Incluso recuerda a Benedict Cumberbatch cuando, interpretando a Sherlock, se instalaba en su «palacio mental» antes de ofrecer alguna solución a los misterios. De construcciones regias o plebeyas, no en vano, tiene mucha idea, como presidente de Gaesco desde 2007, a cuya fundación estuvo muy ligado su abuelo, que la presidió en los 70. Tras toda la mañana de entrevistas, se va en moto –nada de coche oficial ni chófer, a la anticasta se le cae la definición de casta– a su empresa, «que la tengo abandonada». Miguel Rus, a diferencia de muchos políticos, tiene un trabajo. Y da trabajo.Tiene por delante varios días fuera. Después, Semana Santa mediante, más entrevistas. Es un hombre de partos difíciles, bebés grandes, de más de cuatro kilos. En uno de los partos se tuvo que salir. En otro, a su mujer se le abrieron los puntos de la cesárea anterior. Los Rus, estirpe sevillana de pelazo, que pisa callado pero fuerte. En su despacho tiene una foto con Joan Rosell, actual presidente de la CEOE -a la que tras la crisis igual le añaden un OÉ OÉ; y quedaría CEOE-OÉ-OÉ-.  Miguel Rus le exige a sus empresarios cuando vienen con un problema “que traigan varias soluciones, para planteárselas a la Administración”. Tras cuatro años en la CES, el tipo está igual. Alguna cana como mucho, quizás. «La profesión va por dentro. Cuando llevaba dos años, parecía que ya eran cuatro», asegura.

El tiempo pasa lento en Sevilla. Tiene en la cabeza -aparte del pelazo- proyectos para todos los rincones de Sevilla. Un aparcamiento aquí, un túnel allá. Intangibles que no veremos. “Sevilla es eterna y se eternizan sus proyectos. Hay demasiadas opiniones o se le da demasiado valor a opiniones de sectores poco representativos que en muchos casos no busca el interés general ni el bien común. Necesitamos más políticos valientes, decididos, que sepan primar el interés general. No podemos, por ejemplo, en la Gavidia hacer un modelo de un proyecto protegido que no tiene sentido, aparte de estar construido con unos materiales contaminantes. Se le da un altavoz a veces exagerado a personas que no son las de verdad representativas de los intereses generales. Los que tenemos que estar al frente de esas manifestaciones somos los representantes de las distintas asociaciones, que de verdad defendemos el interés general y no con decisiones parciales, personales, a veces con intereses propios y sectarios o extremistas. Son opiniones muy personales que se llevan a un extremo que al final provoca la paralización de una ciudad o transmiten la impresión de ciudad paralizada”. 

“Más que un cambio de modelo productivo necesitamos un cambio de modelo legislativo y de actitud”, asegura. “Dentro del concepto de cambio de modelo, las empresas lo que queremos no son subvenciones, son facilidades. Queremos en todo caso incentivos que ayuden a la puesta en desarrollo, más a la financiación o apoyo en las etapas iniciales”. Se le acusó de cercanía al PSOE por sus críticas al Gobierno de Zoido. “Que este Ayuntamiento, al ser del mismo color de la Junta, debe generar unas expectativas de que pueda desbloquear algunas cosas, todos esperamos que sea así, sea del mismo partido o no. Sevilla necesita que se desbloqueen esos proyectos y uno de los retos de este alcalde -Juan Espadas- es aprovechar que ha estado trabajando en la Junta en diversos cargos y sabe cómo trabaja esa administración, la forma de interpretarla por los funcionarios y cómo eliminar las trabas para desarrollar esos proyectos”. Del anterior regidor: “No eran tan malas nuestras relaciones con Zoido, con quien me llevo magníficamente. Lo único, que él está para defender unas cosas y yo defiendo el interés de los empresarios. Zoido lo ha dado todo por esta ciudad. Lo digo en la CES, quizás lo importante no es el presidente, es tener un gran equipo. Yo creo que no ha sabido o querido o podido tomar las decisiones adecuadas para que Sevilla fuera más rápido en esa salida de la crisis”. Sobre la actual situación de Gobierno en funciones, “lo más grave es que cada mes sin Gobierno disminuye una décima la expectativa de crecimiento”. Eso sí, prefiere “un Gobierno en funciones que un Gobierno con Podemos”. “Elemental”, que en realidad es algo que Sherlock Holmes nunca dijo a Watson en las novelas de Sir Arthur Conan Doyle.

Le llaman Manuel, se apellida Olmedo

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Dice que se llama Manuel y que se apellida Olmedo. Pero, sabiendo que el tipo ha sido detective y le han puesto una ‘pipa’ en la sien, es mejor ponerlo en cuarentena. Pertenece a esa rara estirpe de periodistas –fotoperiodista, en su caso- que vive la cotidianidad como algo extraordinario. Para Olmedo, el barrio de los Pajaritos es como la franja de Gaza y subir la Cuesta del Rosario es como escalar el K-2. Tiene alma de Quijote y talante de Sancho, lo que viene a ser lo mismo que decir que es un loco cuerdo o un cuerdo loco. Nuestro Morenatti, que en los altares está, tiene mérito, pero no más que Manolo Olmedo, que el Ruso, que Acedo, que el Gómez y tantos foteros que se la juegan a diario, lo mismo da que sea empotrados en un camión de los Estados Juntitos de América que en una redada en las Tres Mil o sacándole el plano bueno al concejal de turno, algo, a veces, poco menos que imposible. El espíritu es el mismo, sólo cambian las circunstancias. Las circunstancias de Olmedo son sus hijos, que son su vida. No hay sesión de fotos que no comente que su niño tiene un examen o que una de sus niñas está resfriada. Tampoco hay foto que se le resista. Proviene de un linaje de foteros y por sus venas corre el alma de su abuela, de la que siempre lleva una foto de los tiempos de los hermanos Lumière. Los hay igual de artistas que él; más profesionales no los hay. Si los hay, yo no los he visto. Olmedo trabaja lo imposible. El plano desde la planta 15 de un piso; el balcón frente al sitio donde se ha cometido un asesinato; el interior de la sotana del cura. Si hay una cena de Navidad, ahí está el tío sacando fotos. Si está en su balcón conversando con su loro, ahí está el tío fotografiando a unos mangantes que roban cobre de las cocheras del metro. Hace unos años, su loro –tan célebre en su barrio que están pensando cambiar el nombre de Cerro del Águila por el de Cerro del Loro de Olmedo-, le salvó la vida en un escape de gas. El bicho se desmayó y ésa fue la alarma para el incidente. Yo creo que no fue un accidente, sino alguna venganza de su época de detective privado, de antes de ser Tintín, de cuando jugaba a Mortadelo sin Filemón. A los malos, no les gustan los buenos. A los plumillas –que no somos ni buenos ni malos, sino todo lo contrario-, nos podrá gustar más o menos Olmedo, pero todos, da igual el medio en que trabajemos, coincidimos en que lo queremos; en que es un lujo poder llamarlo compañero; y en que su loro debería tener un monumento al lado del de Cayetana de Alba. El honor y los fastos serían para la duquesa, como pasa con las noticias, que toda la gloria se la queda el plumilla. Pero el monumento a la sangre de verdad noble sería el del fotero-aventurero Olmedo, con su loro y su cámara. PD: Hoy es su cumpleaños. Felicidad(es) y salud.

Del pincel al spray de pintura, del «sfumato» al arte de esfumarse

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Fotografía de Lipasam.

«La raza humana es el demonio» («Humanity is the devil») es el primer mensaje que impacta a los sentidos bajo la pasarela a la Cartuja del Paseo Juan Carlos I; obra de Poch, calavera ataviada de simbología nazi. Contexto: Tercera Edición del concurso del Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ) para graffiteros. Nihilismo y personalismo cogidos de la mano, amparados en el marco de la postmodernidad, subrayando la tesis de los hermanos Wachowski en Matrix: «La humanidad es el virus», dijo la máquina al hombre. Los «ismos» de finales del XIX toman cuerpo sin que el personal se dé cuenta. Es la velocidad del futurismo «hecha arte». Y el pincel se convierte en spray de pintura y la técnica del «sfumato» de Leonardo da paso a la habilidad para esfumarse, que vienen los agentes mientras pintamos las paredes, «mucha, mucha policía», que cantaba Sabina.

Junto al Guadalquivir, no se escucha al cantante poeta de Úbeda, los escritores del graffiti -como deben ser denominados según los cánones tribales- son más de «discjokeys» como el londinense IQ, el Bicho de Córdoba y Sirope de Sevilla, que amenizaron el certamen. El hip hop es la banda sonora del olor a vaporizador de pintura. Bajo la hiedra, los malagueños «Los dibus», Alfil y Lalone, dan los retoques finales -sobre la escalera de aluminio, aerosol en diestra, boceto en siniestra; caminata va, caminata viene para controlar la perspectiva- a su mural en blanco y negro. Comenzaron su «tumulto de personajes» en la mañana del sábado. «Había tiempo de sobra», aseguran, acostumbrados a la prisa del graffitero, al frenético ritmo del siglo XXI, que el tempo del arte urbano «se mide en las estaciones de metro». El tema: «Lo que nos rodea». El «pequeño catálogo de seres y estares» en el que vivimos «inconscientemente». Ora tenemos al bufón al lado, ora la muerte, ora la rabia… Ahora soy bufón, ahora muerte, ahora rabia…

El recorrido prosigue con obras ecologistas como «Save the planet» o impregnadas de un toque canalla como «Poder gitano». Hasta llegar al «arte urbano» de Logan y Joe, los ganadores de la beca de 6.000 euros para financiar la estancia en un estudio de graffiti en una ciudad europea y la edición de un catálogo con las obras finalistas. La figura central -«un loco gordo»- porta un bote con desechos orgánicos -«son testículos»–. «Un automóvil a toda velocidad es más bello que la Victoria de Samotracia». «Un espectro recorre el mundo». Marinetti reencarnado. No es el futurismo. Es la expresión del arte del presente. «La raza humana es el demonio» y los pinceles, botes de pintura.

“Como un horno en verano, como un frigorífico en invierno”

Sevilla 31-07-08 El calor en el Vacie Foto: Manuel Olmedo

Foto de Manuel Olmedo.

Cuando el reloj en la Campana marca las 19:00 horas, en El Vacie son las 17:30 de hace medio siglo. Cuando a Los Remedios llega el siglo XXI en metro, en el asentamiento hispalense se vive la posguerra. Y cuando el termómetro marca 39 grados en Heliópolis, se comprende que la verdadera Ciudad del Sol está un poco más allá del cementerio de San Fernando, entre Pino Montano, San Jacinto y la nada. La nada despreciable temperatura de 47 grados.

«En invierno es como un frigorífico. En verano, como un horno». Describe Ángel Montoya, portavoz vecinal, la realidad empírica de la cotidianidad de levantarse un día y otro, y otro también, en el asentamiento, un erial lleno de chabolas y casas prefabricadas. Bienvenidos al Vacie, el asentamiento chabolista más antiguo del octavo país más rico del mundo, campeón de la Eurocopa, Wimbledon y el Tour, la Armada Invencible, Fernando Alonso, Pau Gasol y demás. Población estimada: 1.000 personas. Medio de vida habitual: la chatarra y la venta ambulante. Mayor vecino censado: María Díaz Cortés, 116 años. El menor, «las decenas de bebés de pocos meses que hay». Renta media per cápita: sólo mencionarlo es de mal gusto.

En el desierto del Sáhara se registran 45 grados de media, aunque también cuenta con el récord de 58 grados a la sombra. En El Vacie, este verano «está siendo suave». Eso no quita «los 45 ó 50 grados que se alcanzan en una casa con tejado de uralita», explica el portavoz. Algunas chabolas tienen aire acondicionado; la mayoría no tiene nada.

El Ayuntamiento ha decidido instalar un par de contenedores, que dependen del mantenimiento del cementerio. En El Vacie no entra Lipasam. Los vecinos sacan «los diez o doce contenedores para que los camiones retiren la basura cuando pasan de San Jerónimo a Pino Montano». Curiosamente, el Santo Jerónimo conoció el calor del desierto y vivió varios años escondido. El Vacie, parrilla de San Lorenzo, también sirve de refugio a «maleantes y traficantes». Y, a veces, toca redada.

El Vacie es eso: inseguridad y pobreza. Pero también, y sobre todo, un erial lleno de gente a la que le ha tocado vivir allí, como a otros les toca una VPO. Gente que se busca la vida como puede, lo más cerca de la legalidad que puede, como cualquiera. Manuel Olmedo, profesional de la fotografía, da fe de ello con su último encargo. Del razonable «p’al Vacie, ojú» pasó al agradecimiento ante quienes se ofrecen a dar todo sin tener nada. «Meta el coche, que yo me encargo de que no le pase nada», dice un gitano. A la vuelta, el coche bajo la vigilancia de dos de sus hijos, «porque lo dijo el ‘papa’».

Los cerca de 40 grados a la sombra no riñen con el negro riguroso de los patriarcas. Gentes de donde pisan sus botas, con la biografía plasmada en la cara. Una cicatriz aquí, arrugas allí, sudor en la frente bajo el sombrero oscuro. Muchos soles han visto bajo los techos de uralita. 76 años esperando la sombra, escuchando promesas.

Las calles del Vacie se dividen en letras, que son diferentes formas de llamar a la pobreza. Para refugiarse de los calores, se sacan barreños y piscinas de plástico. Ahí se entretienen los niños. En la calle A vive la abuela María, posiblemente la mujer más anciana de España, 116 años contemplados por sus ojos y una realidad incierta nos contempla, sobre todo tras el rechazo a un piso del Ayuntamiento porque «es para seis meses»; «no, hasta que la abuela viva»; «entonces, nos quedamos en la calle»; uno por el otro, la casa sin barrer y la abuela en una estancia de pocos metros, «agobiada» y al resguardo del aire que le ha puesto su nieta. Hoy la han llevado a la ribera, para que se refresque. A los 116 años no aspira a la filosofía de bañarse dos veces en el mismo río; al menos, sí a bañarse sus últimos días en la misma bañera.