Ángeles de la guarda para los nadie

Reportaje de personas sin techo con los servicios sociales del A

Fotografía de Manuel Olmedo.

La rutina pudiera tener sabor a croquetas. En Navidad, a mantecado, a alfajor, a mazapán, quizás. En la noria de este mundo hay quien muere de hambre y quien muere de indigestión. La justicia y la libertad son dos siamesas que fueron separadas en el parto. Con o sin crisis, nivel de vida equivale a nivel de consumo; calidad de vida, a cantidad de cosas que uno tiene; y a los pobres no les gusta comer promesas. En verano, en la calle, hace todavía más calor. Y en invierno, a la intemperie, el frío se mete en los huesos y tirita hasta el alma. Igual, un día o una noche, sólo queda de ellos un cuerpo frío, sin manta, con un perro al lado que llore, junto a un cartón con una leyenda escrita a boli Bic. Aquí yace Fulano de Tal, tuvo dos amores, algún amigo, varias deudas y unos calcetines a medio zurcir. En Sevilla, este año se han dedicado 4.120.000 euros a las personas sin hogar. En 2011, se atendió a 564 usuarios. Este 2012, sólo hasta finales de noviembre, van más de 600 casos. El destino es un croupier desalmado.

La Delegación de Familia, Asuntos Sociales y Zonas de Especial Actuación puso en marcha el pasado 28 de noviembre, y hasta el 27 de febrero, la campaña de frío, dirigida a personas en situación de exclusión social y sin hogar. Durante la última ola gélida, que duró diez días, se atendió a 109 personas (102 hombres y siete mujeres), la mayoría de origen extranjero, y se registraron 197 alojamientos (179 en hostales, 15 en el Centro de Acogida Municipal y tres en el Centro de Baja Exigencia Juan Carlos I).

Las personas sin hogar cuentan con una semana dedicada al año, pero la cotidianidad real marca que, en un mundo donde se confunde valor y precio, divisa y corazón, alma y presupuesto, los nadie valen menos, no ya que la bala que los mata, que escribió Galeano, sino que la manta que los cubre.

Ellos se ocupan de que no les falte abrigo. Los servicios sociales del Ayuntamiento devienen en una suerte de ángeles de la guarda para los nadie. Ellos conocen el nombre de cada uno de los sin techo de cada una de las rutas de cada calle. Ellos les escuchan y les recuerdan que no están solos, que al otro lado de la sociedad se les espera. Ofrecen mantas, bebida caliente, un techo y les devuelven la dignidad personal que se les niega al cruzar por su lado sin siquiera mirarlos. «Es un trabajo dilatado en el tiempo. No se trata de algo puntual», explica Francisco Calabozo, coordinador del programa de Emergencia Social, cicerone en el averno de las calles para los nadie. «Que no se les olvide que estamos aquí».

Calabozo cuenta que «hay más demanda de atención, pero no más sin techo por la crisis». Entre un 5 y un 10%, «cifras similares a hace dos años». La de sin hogar «es una condición temporal y un grupo heterogéneo». «Mucho temporero» y, aparte, «hay población estable que vive en la calle».

El dispositivo de Emergencia Social trabaja con una furgoneta habilitada del 112, «un vehículo que da agilidad al servicio». Los principales focos, en invierno, se sitúan en la calle Imagen y el Pumarejo. El centro del centro. «Se ahorra tiempo y están adaptados para personas con movilidad reducida».

Muchos son mayores en exclusión o por maltrato. Los «ángeles» de Emergencia Social venden «optimismo, ganas de vivir, responsabilidad ciudadana». En resumen: «Que sepan que le importan a alguien». Y se van a sus casas, con la luna ya menguando, con la incertidumbre de no haber encontrado esa noche a Juan, el anciano que ocupa aquella esquina o a la viejita que duerme entre cartones en Marqués de Paradas. Quien manosea el dolor debe asumir ciertas consecuencias, es una ley no escrita. Luces y sombras del trabajo de ángel de la guarda.

Esta noche hay cinco en el Pumarejo, hablando, caminando, como en una primera comunión, como si no quisieran molestar. Los servicios sociales llegan «cuando el resto de redes ha fracasado». Familia, Recursos Sociales, Toxicomanías. «Después de esto, no hay nada». «Los hay que llevan años en Cristo de Burgos. En invierno se cobijan en la calle Imagen en los soportales», cuentan Esther Consuegra y Alejandro Bernardo, mientras conducen una furgoneta amarilla. Estrella fugaz bajo la artificialidad de las luces de Navidad.

«Hay que cambiar el contexto, jugar con sus reglas. Se trata de una atención en medio abierto. Muchos no quieren ayuda y hay que tratar de hacer que quieran», explican los servicios sociales. «Presencia y perseverancia. Hay que estar preparados para aceptar el rechazo», describen. En ocasiones, «hay gente que da el paso y retorna» a la vida con techo. No son tan distintos a cualquiera. Los «intocables» de occidente a veces nacen y otras se hacen. La casualidad es la décima de las musas. Tomaron un camino y acabaron en ninguna parte. «Por encima del 30% tiene problemas con la bebida». Nómadas lisérgicos. Alcohol más frío y/o calor es una ecuación que acaba en hipotermia y, puede, muerte.

A veces, como en la película «Cadena perpetua», los presos de la calle lo que más temen, tras el paso del tiempo, la calle, el calor y el frío, es lo que más desean: el retorno, la normalidad. «Ese hombre se ha pasado aquí más de 50 años; no conoce otra cosa, aquí dentro es importante, culto, fuera no es nada, un viejo inútil con artritis en las manos, no podrá conseguir un puñetero trabajo. Créeme, estos muros embrujan, primero los odias, luego te acostumbras y al cabo de un tiempo llegas a depender de ellos… Eso es institucionalizarse», explican en el filme protagonizado por Tim Robbins y Morgan Freeman. Algo así pasa en la calle. «Todos los largos viajes comienzan con un paso», alegan los «ángeles de la guarda».

Tiene las manos enjutas, surcadas en algún tiempo por la utopía. El frío, irremediablemente, te deja cara de alcayata. Francisco, con la quietud de la pelusa, espera a la vida y, sobre todo, que el reloj pase por fin de las 21:00, sentado en un banco de Cristo de Burgos, esperando el cierre de los comercios para refugiarse en algún rellano como quien espera a Godot. Capitán Akhab sin techo, lleva desde los 23 años en la calle y ha estado «por toda España». «Desde Galicia a Málaga». Cuando cae la noche, se refugia «en los soportales». Espera «una carta del juzgado después de un pleito» para «volver a irse». Hace globos a los niños, limpia cristales y así saca «para pan y para ir tirando». «No quiero manta», dice a los servicios sociales. «La otra noche me dio una señora un edredón así de gordo», señala; y marca como diez centímetros con los dedos. Tampoco irá hoy al albergue. Guarda «su razón» a los pies y no deja de darle dentelladas, de juego y cariño. «Se llama Muá». Perdió otro perrito en Málaga y a éste lo encontró «hace unos meses, lleno de bichos». Desde entonces no se separan. Son manada. Muá es toda la compañía, y familia, de Francisco. «Mejor el relente» que la soledad. Pobre es quien no tiene a nadie.

«¿Frío? Verás cuando llegue el calor cómo también nos quejamos», bromea. «El amanecer anterior hizo dos grados», recuerda Jesús, un sin techo mayor que se acerca a hablar con los servicios sociales con el cielo hace rato color mortaja. «Aquí tiramos. Quitad a la gente de la vera del río, de la humedad», reclama. «Ay, de mí, Llorona, llévame al río. Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío». Canto triste mexicano junto al Guadalquivir, anónimo como un sin techo.

Con la campaña de frío, se ha duplicado el número de plazas en la ciudad respecto al año pasado y mejorado los recursos con «el único objetivo de que haya el menor número posible de personas pernoctando en la calle», informa el Ayuntamiento. Los principales beneficiarios de la ayuda son «aquellas personas en situación cronificada de calle, es decir, aquel grupo de personas que lleva muchos años como persona sin hogar, que sufre un gran deterioro físico y psicológico, que vive en cualquier lugar y que, por lo general, no utiliza la red de atención».

Los servicios sociales han acondicionado 40 plazas para pernoctar en camas de campaña en el Centro de Acogida Municipal (CAM). El acceso a este recurso se realiza a las 19:30 y la salida es a las 9:00. Se facilita aseo, ropa, lavandería, consigna, alimentación y pernoctación. También se han acondicionado 20 plazas para pasar la noche en hamacas en el Centro Miguel de Mañara. En el Centro de Baja Exigencia Virgen de los Reyes se llega a 40. Se dispone de 15 más los días de alerta para pasar la noche en sillones en el CAM, que cuenta con 185 plazas, 165 residenciales y 20 más durante la campaña de frío. A la sombra de la Torre de los Perdigones, la Giralda de los pobres, los sin techo juegan al billar o ven el concurso de Arturo Vals. Un grupo conversa, «eternos y escondidos en la lluvia, diciéndose quién sabe qué silencios», como los versos de Benedetti. Sobre una de las mesas, se han dejado el libro «Lo real», de Belén Gopegui. En las paredes, carteles que rezan «Caminante no hay camino», «El pasado es un prólogo». La esperanza también se abriga.

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La tarde que asesinaron a Cariñanos

SEVILLA,16-10-2000,- Centenares de personas se agolpan junto al féretro preparado para recibir los restos mortales del coronel médico del Ejército del Aire Antonio Muñoz Cariñano, en la puerta de su consulta en la confluencia de las calles Cañete (arriba izq. donde se lee el nombre del dr. Cariñanos) y Jesús del Gran Poder de Sevilla, donde esta tarde dos presuntos terroristas asesinaron de varios disparos a Muñoz Cariñano en su consulta. EFE/EDUARDO ABAD +IMAGEN DIGITAL+

Foto de Efe. 

La temperatura era «similar», el clima era diferente. Había ambiente de terror callado en las calles. De la peor calaña. Del que deja las vidas pendientes de la fina madeja del azar –el sitio equivocado, la hora equivocada, ante unos hombres equivocados– o al arbitrio de una banda aferrada a ideales engangrenados por la muerte. En resumen, pendientes de «que te toque».

El 16 de octubre de 2000 fue lunes. España logró un histórico doblete en la Dunhill Cup de golf. Freire fue tercero en el Mundial de Ciclismo. Igual que hoy, se conocía el Planeta, y recayó en Maruja Torres. El mal tiempo dejó 59 muertos en las carreteras durante el Puente del Pilar. El asunto vasco acaparaba portadas: «PP y PSOE pactan diez iniciativas para cercar a Ibarreche en la Cámara vasca». «El profesor Portillo se va del País Vasco», rezaba LA RAZÓN. Un lunes más en una Sevilla que ya miraba de reojo al terrorismo, desvirtuada, desvirgada, con las carnes aún abiertas por el asesinato dos años antes del concejal Alberto Jiménez-Becerril y su esposa Ascensión García Ortiz. Hasta que se convirtió en un lunes negro, manchado con sangre, en el calendario nacional y local. El día –la tarde– del último atentado mortal de la banda terrorista ETA en Sevilla.

Dos pistoleros entraron en la consulta del coronel médico Muñoz Cariñanos –un hombre de bisturí, más dado a las gargantas de las tonadilleras que a las armas y la guerra– y lo abatieron a sangre fría, como en las peores escenas de la novela de Truman Capote. La noticia, sin necesidad de Twitter, Facebook o ediciones digitales de periódicos, corrió como la pólvora por las calles. Eran alrededor de las 18:30 horas. Los jóvenes estudiantes de Periodismo, ávidos de actualidad, corrieron desde las clases a la céntrica calle donde sucedieron los hechos, anexa a Jesús del Gran Poder, que ya estaba acordonada. Habían matado a alguien y los asesinos huyeron a pie. La noche cayó de imprevisto. Un bisoño y circunspecto Alfredo Sánchez Monteseirín se acercó a la prensa, junto al cordón policial. «¿Alguna novedad, alcalde?», arrancó Ana Sánchez Ameneiro.

Hacía fresco ya –octubre era y sigue siendo, con permiso del cambio climático– una suerte de primavera sin alergias con rebeca a primera y última hora. A la hora en que comparecía el alcalde, M. Ch. G., uno de los tres agentes que detuvieron a los pistoleros por la Macarena, aún no era consciente de que ese día él también pudo morir. Doce años después, con la intermediación del secretario general del Sindicato Unificado de la Policía (SUP) en Sevilla, Manuel Espino, concede su primera entrevista. «No soy ningún héroe», arranca, sin atisbo de falsa modestia. «Sólo hice mi trabajo». Se jugó la vida y ganó la Medalla Roja al Mérito de la Policía Nacional.

Los agentes estaban «en guardia» porque «sabíamos que en cualquier momento podía pasar». «Era una época muy mala» con el terrorismo. Estaba de servicio por su zona, el Sector Centro, por Santa Cruz, con la misión de «contactar con las comunidades de vecinos y buscar alquileres», apoyando a las motos de proximidad.

«Todo fue muy rápido». Entre «las 18:20 y las 18:30», el 091 dio el aviso. «Al parecer había un muerto» junto a la Alameda. Pensó que los implicados –se desconocía cuántos– no se adentrarían en la ratonera del centro. «Buscarían una salida». Z22 da la alarma. «Estaba por los Perdigones» y «unos sospechosos entraban» por allí.

El coche se pone «a toda pastilla. A la altura de la gasolinera de la Resolana, una anciana que hizo caso omiso a las luces y la sirena casi no lo cuenta. Cogió aire. Bajó el ritmo. Quizás ese interludio sirvió para pensar, para hilvanar una estrategia, para prever. «En lugar de entrar por los Perdigones, entramos por Don Fadrique». «Junto al Hogar San Fernando nos los encontramos de frente», narra M. Ch. G. «Eran dos jóvenes», aparentemente «normales», «a 70 u 80 metros», acalorados, «con prisa». Se echaron la mano al bolsillo. «Las pistolas, las balas». «Ya no había duda. Eran los asesinos de Cariñanos, que abrieron fuego a discreción contra el Peugeot policial. «Nos salvó la distancia». «Era quedarse en el vehículo» y rezar para que una bala no diera en el blanco «o salir y jugártela». «Si digo que pensé algo, es mentira». Instinto. El agente describe a Solana Matarrán como el «más experto» –«estaba preparado para aguantar horas de interrogatorio»– y a su compañero –del que cuentan las crónicas que ante la Policía «se lo hizo encima»– tan bisoño que «se le caía el arma». Uno de los dos fue alcanzado en un brazo por los agentes y se dio a la fuga, con M. Ch. G. pisándole los talones. El tiempo corría denso. Pudo abatirlo pero «no iba a disparar a un hombre desarmado por la espalda, aunque sé que él lo hubiera hecho». Silbó «otra bala» en el punto de partida de la persecución y «se hizo el silencio». «No veía a mi compañero y me di la vuelta». En el suelo, el segundo policía esposaba al pistolero. Solana Matarrán, entre un gentío que le abucheaba y que acudió tras los disparos, «alardeaba» de su condición «de etarra». «El tío hacía gestos». M. Ch. G. le conminó a que no se resistiera al entrar en el patrullero. «Sé que no puedo hacer nada», dijo. «Pues ya sabes», respondió. M. Ch. G., «al llegar a casa», se «desplomó». «No quería hablar con nadie». Al quinto día, para salir de esa dinámica de paranoia justificada, regresó al trabajo. Tenía 49 años. Doce después, reitera: «Sólo hice mi trabajo».

Invierno/Septiembre

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Fotografía original de Jusben.

Llega septiembre y, con ella, porque septiembre es mujer, las primeras brisas, los colores a media luz, las sábanas, los pijamas y los niños a la escuela. Llega septiembre y los autos en cola y las gentes con prisa, los despertadores y las obligaciones diarias de cada día. Entonces, de puntillas y casi sin avisar, llega octubre y la lluvia en madrugada. Y escuchando las gotas en los tejados, atrapado por ese tintineo mágico, uno piensa: “ya se ha ido el año, ya llegó el invierno”. Y el invierno es un epílogo. Y al caer en la cuenta del tiempo pasado, de lo perdido, de lo ganado, uno –que ya se ha puesto calcetines para no tiritar- no sabe si reír o llorar y vive esa nostalgia de sentir algo que no tiene nombre. Reír y llorar a un tiempo, mientras, afuera, siguen cayendo las gotas. ¿Es eso “llorir”? ¿Acaso “rerar”? “Intelijencia dame el nombre esacto de las cosas…”, que diría Juan Ramón.

Entretanto, la prensa obvia que el invierno ha llegado y habla de estatutos, elecciones catalanas, de una señora de 51 años que pide que “una inyección le pare el corazón”, de una señora de 87 años que vendía comida para palomas a la que le han parado el corazón a puñaladas… una señora de 87 años a la que le han parado el corazón a puñaladas… una señora de 87 años a la que le han parado el corazón a puñaladas…Y vuelves a tiritar y no es de frío. Es el invierno del alma que se te mete en el cuerpo.

Entonces suena el teléfono. Una voz amiga que aspira a ser eterna me recuerda que “hoy como ayer el diario no hablaba de mí ni de ti” y casi se ha ido otro año, que es invierno. En la televisión, otro tanto: personas que juegan a personajes con egos gastados por el anhelo de no caer en el olvido. Y una paloma que se posa en la ventana me recuerda a esa señora a la que nadie en Córdoba va a olvidar jamás y que, sencillamente, dedicó su vida a regalar sonrisas y vender comida para pájaros. “Regala vida y verdad si quieres que no te olviden”, respondo, profético, a mi amigo, quien interpreta que debe poner un quiosco en el parque de las palomas. “Lo malo es que en invierno, con la lluvia, no va a ser buen negocio”, me dice. Yo sonrío y lloro y comprendo que reír y llorar a un tiempo es llover.

Cerrado por envidia

Envidia (15)

La Envidia. Grabado alemán, c. 1587. “Invidia atra hues, successibus aspera faustis, ipsa fit infaelix carnificina sui”.

Se lo escuché a Juan Cruz en “La ventana”. Después, de golpe, rememoré las clases de latín del catedrático Antonio Recio. “Envidia” significa etimológicamente “mirar mal”. Hay cosas que uno no es que no las olvide, sino que jamás deja de recordarlas. Isabel Coixet mira la vida con gafas de pasta con montura de colores. Coixet sabe aquello que enseñó el Principito, que “lo esencial es invisible a los ojos”. Por eso, mira con los ojos cerrados. Ella sabe que las palabras tienen vida secreta, que sin palabras con las que dar nombre a las cosas (a la vida), la vida no es, la vida no existe. El maestro Raúl del Pozo lo tiene claro: “Si al hombre se le cambia el sentido de las palabras sólo queda un mono pajillero”. Del Pozo, pozo de sabiduría, cuenta noches en vela y, por ejemplo, a la hora de elegir del diccionario, se queda con “coño”. “Porque es el punto de apoyo, el centro de la vida”. María Sharapova también lo sabe. “Ser objeto de envidias forma parte de mi vida”, dice, agraciada como está con el inmisericorde don de la belleza. Al parecer, vivimos en una sociedad incapaz de amar pero capaz de sentir envidia sana, lo cual es algo tan engañoso, tan falso, como el anuncio que el caníbal puso en internet: “Busco hombre para devorar”. Y el hombre fue y se dejó devorar. “El hombre, lobo para el hombre”, nunca mejor dicho. Esta misma sociedad nuestra nos da ejemplos diarios. “Qué morbo tiene” decimos sobre algo o alguien que se supone nos atrae. Morbo procede del latín “morbius” (muerte). Con el miedo que se tiene a la dama blanca, resulta extraña la proliferación de esta palabra, su uso desmedido. La otra noche lo soñé. Acudí a la consulta de un médico que resultó ser, literalmente, un corazón. Se lo conté, que en las palabras somos y existimos, que nos unen y separan, que no es lo mismo “ser” que “estar”, que me sentía incapaz de sentir “envidia sana”, poseído por la tristeza del bien ajeno. El corazón, paradójicamente, se quedó pensando. No dijo nada, ni sístole ni diástole. Con su nerviosa letra de hormiguita, recomendaba: “diccionario y abrazos. Tratamiento intensivo”.
Al día siguiente regresé a la consulta. Quería saber si el corazón conocía algún lugar donde tropezar con abrazos más allá de las luces de neón. En la puerta encontré el mismo cartel que halló Juan Cruz, bajo el signo del síndrome de Solomon, donde ya no quedaba el humo de un estanco de Palma: Cerrado por envidia.

Te doy mis ojos

Ignoro si es amor la razón o, mejor, el sentimiento que explica que una persona perdone a otra que ha intentado matarla. Ignoro las razones que dan derecho a matar a alguien, a nadie. Pero, eso sí, tengo la certeza de que quien muere, no vive más.

Desconozco las causas pero sé de algunas cifras estremecedoras: “Un total de 21 mujeres fallecieron durante el primer trimestre de 2006 a manos de su pareja o ex pareja”, es decir, a manos de alguien que, supuestamente, las quería. Primero les dieron los ojos; después el corazón y el alma; finalmente, la vida.

Esta semana también se ha conocido que la Audiencia Provincial de Jaén ha condenado a dos años de cárcel a un hombre que contrató a dos marroquíes para que asesinaran a su mujer porque creía que le era infiel. El encargo era “sencillo”: “pinchar” a la mujer, “quitarle el bolso y arrojarla a un contenedor de basura para simular un robo”. En 6.000 euros valoraba este hideputa la vida de su compañera. La víctima –porque es víctima aunque ella aún no lo sepa- ha solicitado el indulto porque su marido “se ha arrepentido mucho”. Es más, ella quiere seguir viviendo con él. Éste no es un caso aislado. Es uno de muchos. Y van en aumento.

Ante tal complejidad de la naturaleza humana, ante la posibilidad de “querer”, de estar enganchado a algo o alguien que te quita la vida, que te mata, que te perjudica, a uno le atacan las dudas porque las certezas huyen ante la sinrazón de los sentimientos. ¿Se puede amar a quien, poco a poco, golpe a golpe, te mata? ¿Se puede temer a quien se ama?
Concibo el amor bajo la premisa de “llevar gentilmente al otro hacia lo que el otro es”. Al final de la partida, en los epitafios: sentencias como “la maté porque era mía” o “no puedo vivir ni contigo ni sin ti” –obviemos el catálogo previo de “voy a cambiar”, “yo te quiero”, “me daba motivos”…-. Por ello, no cabe más que pensar que esta barbarie del sentimiento, este te quiero pero no me quiero yo, esta hiperbólica anulación de la persona, emparenta con aquello que decía el abuelo de “dios los cría y ellos se juntan”. Y lo triste es que se juntan en un camino bajo el común denominador de la destrucción.

El pez golfar

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Las vacas se vuelven locas; los pollos se resfrían; y los mismos peces que en navidad beben y beben y vuelven a beber, resulta que en verano muerden en el agua. Que me cuenten cómo le explico a mis sobrinas que Nemo sigue siendo bueno, que no es el responsable de que una niña esté ingresada por el ataque de un pez golfar, palabra que debe ser al lenguaje de los peces lo que el adjetivo “postmoderno” al hombre actual. Esto es, o muerdes o te comen.

Las vacas se vuelven locas; los pollos se resfrían; los peces muerden; y el hombre arriesga y extermina miles de vidas para buscar “armas de destrucción masiva” que resulta no existen o no se encuentran o, en otros casos, para derrocar a tiranos dictadores que nosotros mismos colocamos no hace demasiado tiempo, que la memoria a veces dura lo que la erección a un eyaculador precoz. Muy poquito. No, que a mi no me pasa. No, que eso es mentira. No, que no fue por las armas, que fue por dinero. Ah, pues dilo, coño, que lo sabemos todos. Es que o muerdes o te comen.

Las vacas se vuelven locas; los pollos se resfrían; los peces muerden; el hombre invade países y mata por dinero; y los presidentes de Gobierno –léase Ansar, escríbase Aznar- trabajan para multinacionales de la comunicación, en unos casos, o juegan al Risk y a firmar la paz con asesinos terroristas, en otros –léase Rodríguez, escríbase Zapatero-.

Por si todo esto es poco, Superman está muerto y acabó tetrapléjico, por más que se empeñen en resucitarlo los de la Warner; los payasos de la tele –mitos de nuestra infancia- reconocen en programas de corazón –de corazones destrozados, quiero decir- que son alcohólicos y que se boicotean entre ellos al punto que ahora al cómo están ustedes responden “jodidos y jodiendo”; y Zinedine Zidane, insigne caballero del balón en los pies, vip vaporups (¡viva!) en el pecho y lúcida calva, resulta que es humano y si le mentas a la madre y a la hermana le sale el animal depredador, el pez golfar, que hasta los hombres con mayor proporción de cromosomas divinos llevan dentro. O metes cabezazos en el pecho o te matan, creo que le dijo a Materazzi.

Así, se nos van cayendo los mitos uno a uno y se nos queda el alma como cuando contemplábamos a Indurain desahuciado y sin fuerzas en su último Tour, que igual que los ricos también lloran, los héroes también caen y con ellos nuestros sueños e ilusiones de que ellos son lo que nosotros no hemos podidos ser. La decepción llega al comprender que son como nosotros. Muy poquito, como la erección del eyaculador precoz.Y podría ser peor, podría dejarte la mujer a la que amas. O podría haberte dejado ya. Lo dicho, como el pez golfar, o muerdes o la vida te come.

Mafalda y los monos

MAFALDA1Me pregunto qué diría Mafalda si supiera que los políticos de turno andan enfrascados intentando sacar «pa’lante» un proyecto «para que los simios tengan derechos humanos». «El PSOE presentará una propuesta para equiparar al hombre con el mono» y, por ello, «pedirá la inclusión inmediata de estos animales en la categoría de personas», relata la prensa esta semana.

¿Qué diría Mafalda, que tan pendiente estaba siempre de la Declaración Universal de los Derechos Humanos? Supongo que la siempre niña Mafalda empezaría a leer artículo por artículo la citada y olvidada Declaración Universal de los Derechos Humanos y, tras comprobar que apenas se cumple ninguno, correría a abrigar su pequeño globo terráqueo, tan enfermito todavía, tan resfriado desde los tiempos de la Edad de Hielo. Porque, claro, si vamos a darle a los simios derechos humanos con todos sus «avíos», habrá que ver qué tipo de derechos humanos: ¿los de Bill Gates, que es recibido en China con alfombra roja, o los del «negro de mierda» que viene en patera jugándose la vida? ¿Los de un presidente norteamericano que responda al nombre de George W. Bush, responsable de la muerte en guerra de miles de personas y exento de responsabilidades, o los del pobre iraquí de turno que ve cómo montan un conflicto de «interés mundial» al lado de casa como quien no quiere la cosa?

Lo mismo, si se les explica a los pobres monos todo esto sueltan aquello de «virgencita, que me quede como estoy», que ya imagino a los pequeños chimpancés en las chabolas de las afueras de cualquier ciudad esnifando pegamento para «pegarse» a una realidad que duela menos, donde los derechos humanos o, en este caso, simios, estén más presentes y mejor repartidos. Y ya estoy viendo a Miguelito, sugiriendo que no, que mejor se equiparen los derechos del hombre a los del mono, que puestos a preguntar es más factible que el hombre quiera volver a ser mono que el primate quiera ser algún día humano. E imagino a Manolito frotándose las manos, que si somos más gente cabemos a más negocio. Y a la pequeña Libertad llorando.

El horror

recorte

Imagen de ASSOCIATED PRESS.

“El horror es frío y reflexivo. El horror está ahí, en el mundo”, escucho a Pérez Reverte. Así ha sido siempre. Así es todavía. Desde la Guerra de Troya que narró Homero hasta las Torres Gemelas. Frío y reflexivo podría equivaler a cruel e inhumano. Frío y reflexivo jamás podrá significar casual porque la reflexión implica, necesariamente, previsión.

El mismo día en que el Parlamento de Canarias reclamó al Gobierno que la Armada blinde las costas y que la UE establezca un fondo de emergencia para hacer frente a “crisis humanitarias derivadas de avalanchas inmigratorias”, arribó a las “islas afortunadas” un cayuco de nombre Titanic con 78 inmigrantes a bordo. El horror, en ocasiones, se viste de un triste humor negro que no hace gracia ni a su puta madre. Presidía la proa del cayuco una lápida de madera escrita en caracteres árabes, como una premonición del destino.

Irónicamente, la mayoría de estos desheredados de la Tierra, hermanos del hambre, concluyen su odisea en un puerto llamado “de los cristianos”. En este punto se conjugan de golpe los valores católicos. Occidente pone la caridad, cura las hipotermias y manda poco a poco, que para el horror también hay lista de espera, al inmigrante de vuelta a la pobreza, de vuelta al horror. La fe y la esperanza corren a cargo de África, que Occidente ya es tierra de poca fe y mucha mala hostia.

Lejos del Puerto de los Cristianos, Benedicto XVI advierte a los polacos del peligro del nuevo enemigo de la Iglesia: el relativismo. El hambre –primera causa mundial de muerte- no es tan prioritaria para el Vaticano. Relativamente lejos de Polonia, en Cádiz, con el último ascenso del equipo, apareció por las gradas una imagen de Ratzinger con una bufanda del equipo amarrillo donde se leía: “Ese Cai, oé”. Me cuentan en La Caleta que es habitual ver a “Bebetinto XVI” – que así le llaman- por el Carranza, adaptando el mayor clásico del cancionero gaditano. Así, de igual modo, su homólogo vaticano parece que también ha hecho suyo, en sus mensajes semidivinos y pasteurizados, el eslogan gaditano en versión adaptada, olvidando que el horror es frío y reflexivo y sigue aquí cada día. “Esto es el primer mundo y aquí hay que mamar”, parece decir, rozado como está por el dedo que insufló de vida a Adán en la Capilla Sixtina.

Del pincel al spray de pintura, del «sfumato» al arte de esfumarse

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Fotografía de Lipasam.

«La raza humana es el demonio» («Humanity is the devil») es el primer mensaje que impacta a los sentidos bajo la pasarela a la Cartuja del Paseo Juan Carlos I; obra de Poch, calavera ataviada de simbología nazi. Contexto: Tercera Edición del concurso del Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ) para graffiteros. Nihilismo y personalismo cogidos de la mano, amparados en el marco de la postmodernidad, subrayando la tesis de los hermanos Wachowski en Matrix: «La humanidad es el virus», dijo la máquina al hombre. Los «ismos» de finales del XIX toman cuerpo sin que el personal se dé cuenta. Es la velocidad del futurismo «hecha arte». Y el pincel se convierte en spray de pintura y la técnica del «sfumato» de Leonardo da paso a la habilidad para esfumarse, que vienen los agentes mientras pintamos las paredes, «mucha, mucha policía», que cantaba Sabina.

Junto al Guadalquivir, no se escucha al cantante poeta de Úbeda, los escritores del graffiti -como deben ser denominados según los cánones tribales- son más de «discjokeys» como el londinense IQ, el Bicho de Córdoba y Sirope de Sevilla, que amenizaron el certamen. El hip hop es la banda sonora del olor a vaporizador de pintura. Bajo la hiedra, los malagueños «Los dibus», Alfil y Lalone, dan los retoques finales -sobre la escalera de aluminio, aerosol en diestra, boceto en siniestra; caminata va, caminata viene para controlar la perspectiva- a su mural en blanco y negro. Comenzaron su «tumulto de personajes» en la mañana del sábado. «Había tiempo de sobra», aseguran, acostumbrados a la prisa del graffitero, al frenético ritmo del siglo XXI, que el tempo del arte urbano «se mide en las estaciones de metro». El tema: «Lo que nos rodea». El «pequeño catálogo de seres y estares» en el que vivimos «inconscientemente». Ora tenemos al bufón al lado, ora la muerte, ora la rabia… Ahora soy bufón, ahora muerte, ahora rabia…

El recorrido prosigue con obras ecologistas como «Save the planet» o impregnadas de un toque canalla como «Poder gitano». Hasta llegar al «arte urbano» de Logan y Joe, los ganadores de la beca de 6.000 euros para financiar la estancia en un estudio de graffiti en una ciudad europea y la edición de un catálogo con las obras finalistas. La figura central -«un loco gordo»- porta un bote con desechos orgánicos -«son testículos»–. «Un automóvil a toda velocidad es más bello que la Victoria de Samotracia». «Un espectro recorre el mundo». Marinetti reencarnado. No es el futurismo. Es la expresión del arte del presente. «La raza humana es el demonio» y los pinceles, botes de pintura.

“Como un horno en verano, como un frigorífico en invierno”

Sevilla 31-07-08 El calor en el Vacie Foto: Manuel Olmedo

Foto de Manuel Olmedo.

Cuando el reloj en la Campana marca las 19:00 horas, en El Vacie son las 17:30 de hace medio siglo. Cuando a Los Remedios llega el siglo XXI en metro, en el asentamiento hispalense se vive la posguerra. Y cuando el termómetro marca 39 grados en Heliópolis, se comprende que la verdadera Ciudad del Sol está un poco más allá del cementerio de San Fernando, entre Pino Montano, San Jacinto y la nada. La nada despreciable temperatura de 47 grados.

«En invierno es como un frigorífico. En verano, como un horno». Describe Ángel Montoya, portavoz vecinal, la realidad empírica de la cotidianidad de levantarse un día y otro, y otro también, en el asentamiento, un erial lleno de chabolas y casas prefabricadas. Bienvenidos al Vacie, el asentamiento chabolista más antiguo del octavo país más rico del mundo, campeón de la Eurocopa, Wimbledon y el Tour, la Armada Invencible, Fernando Alonso, Pau Gasol y demás. Población estimada: 1.000 personas. Medio de vida habitual: la chatarra y la venta ambulante. Mayor vecino censado: María Díaz Cortés, 116 años. El menor, «las decenas de bebés de pocos meses que hay». Renta media per cápita: sólo mencionarlo es de mal gusto.

En el desierto del Sáhara se registran 45 grados de media, aunque también cuenta con el récord de 58 grados a la sombra. En El Vacie, este verano «está siendo suave». Eso no quita «los 45 ó 50 grados que se alcanzan en una casa con tejado de uralita», explica el portavoz. Algunas chabolas tienen aire acondicionado; la mayoría no tiene nada.

El Ayuntamiento ha decidido instalar un par de contenedores, que dependen del mantenimiento del cementerio. En El Vacie no entra Lipasam. Los vecinos sacan «los diez o doce contenedores para que los camiones retiren la basura cuando pasan de San Jerónimo a Pino Montano». Curiosamente, el Santo Jerónimo conoció el calor del desierto y vivió varios años escondido. El Vacie, parrilla de San Lorenzo, también sirve de refugio a «maleantes y traficantes». Y, a veces, toca redada.

El Vacie es eso: inseguridad y pobreza. Pero también, y sobre todo, un erial lleno de gente a la que le ha tocado vivir allí, como a otros les toca una VPO. Gente que se busca la vida como puede, lo más cerca de la legalidad que puede, como cualquiera. Manuel Olmedo, profesional de la fotografía, da fe de ello con su último encargo. Del razonable «p’al Vacie, ojú» pasó al agradecimiento ante quienes se ofrecen a dar todo sin tener nada. «Meta el coche, que yo me encargo de que no le pase nada», dice un gitano. A la vuelta, el coche bajo la vigilancia de dos de sus hijos, «porque lo dijo el ‘papa’».

Los cerca de 40 grados a la sombra no riñen con el negro riguroso de los patriarcas. Gentes de donde pisan sus botas, con la biografía plasmada en la cara. Una cicatriz aquí, arrugas allí, sudor en la frente bajo el sombrero oscuro. Muchos soles han visto bajo los techos de uralita. 76 años esperando la sombra, escuchando promesas.

Las calles del Vacie se dividen en letras, que son diferentes formas de llamar a la pobreza. Para refugiarse de los calores, se sacan barreños y piscinas de plástico. Ahí se entretienen los niños. En la calle A vive la abuela María, posiblemente la mujer más anciana de España, 116 años contemplados por sus ojos y una realidad incierta nos contempla, sobre todo tras el rechazo a un piso del Ayuntamiento porque «es para seis meses»; «no, hasta que la abuela viva»; «entonces, nos quedamos en la calle»; uno por el otro, la casa sin barrer y la abuela en una estancia de pocos metros, «agobiada» y al resguardo del aire que le ha puesto su nieta. Hoy la han llevado a la ribera, para que se refresque. A los 116 años no aspira a la filosofía de bañarse dos veces en el mismo río; al menos, sí a bañarse sus últimos días en la misma bañera.