Lágrimas y aplausos en la Catedral

Era enero y era invierno. El Betis llegaba a San Mamés, la Catedral del fútbol español, con Clemente en el banquillo; Ureña y Ayala como pareja de centrales; Merino y Otero en los laterales, aunque con el primero pendiente de Julen Guerrero, que todavía jugaba como Peter Pan en Nuncajamás; Fernando, Ito, Filipescu y Benjamín Zarandona tejiendo una maraña en el eje central; y las botas blancas de Alfonso más Oli en el ataque. Ese día de invierno, el jugador más caro del mundo, Denilson de Oliveira, se quedó en el banquillo. Igual que Toni Prats, portero titular indiscutible. Sin discusión, el mallorquín se sentó en el banco, con su rictus serio de kurós. Era el día y la oportunidad de Valerio, eterno suplente, calvo y gordito, y, quizás, de amarillo. Era el día de Valerio, pero era invierno. La Catedral es sabia y sabía que Valerio había jugado poco o nada y, probablemente, iba a seguir jugando poco, nada o menos. Aquel día de invierno sacó varios balones imposibles bajo los palos, en alguno de ellos, jugándose el tipo contra los palos. Reflejos imposibles de quien sale a porta gayola a por la gloria o la nada. Valerio jugó 26 minutos. En una de las paradas, aquel portero calvo y gordito y, quizás, de amarillo se rompió. Y rompió a llorar. Aquella lesión fue en el alma. En ocasiones, la vida deviene tren inalcanzable y, aunque tengamos el billete, las maletas preparadas, y el reloj en hora, el ferrocarril pasa de largo y te deja llorando. El futuro es un tren sin retorno. Mientras Valerio lloraba de rabia e impotencia acumulada, de puro fracaso, de pura derrota, San Mamés, con sus 40.000 almas centenarias de fútbol y vida, con sus colores, sus ideologías, sus boinas, sus bufandas, sus ikurriñas, y su frío de invierno del norte que cala los huesos, se puso en pie y empezó a aplaudir como si fuera un único cuerpo. Los vellos se pusieron de punta al más recio de los vascos y de los andaluces; y no era el frío. Más de 40.000 almas sosteniendo la derrota del rival en la batalla. En pie. Aplaudiendo. Con la única música presente del silencio. Valerio salió llorando, como el niño que pierde un sueño. Para recordar el resultado final (0-0) o algo más, hay que acudir a las hemerotecas. Las pequeñas cosas grandes permanecen y no se olvidan. Por eso, San Mamés es la Catedral. Porque en la derrota de un derrotado, porque cuando la vida o ese cúmulo de alternativas casuísticas al que llaman destino te escupe a la cara, las gentes nobles del pueblo vasco aplauden y se ponen en pie, con la conciencia íntima de que “la victoria de los derrotados es la más bella” y que en esta ocasión, en aquella ocasión de frío invierno, una vez más, no pudo ser.

“Qué bonitos, qué bonitos, son los goles de Alfonsito”

Era un mago llamado a suceder a Butragueño, que era un brujo. Ningún futbolista se ha roto tantas veces de gravedad y se ha levantado tantas veces, desafiando la ley de gravitación universal y la gravedad de la ley de Murphy. Cosa de magos y de botas blancas. El tronco entero de Bogarde aún busca a Alfonsito –qué bonitos, qué bonitos…- tras las medias verónicas en que convirtió el último taconazo de Cuéllar en la élite. Bien es cierto que la posición natural de Bogarde era la de valla de publicidad. El campo del Betis tiene buenas vallas, así que ese día jugó de central. Pero da igual, aquel día, Beckenbauer tampoco lo habría evitado. Ángel (caído) Cuéllar controló en el flanco izquierdo del área grande un balón dividido que había prolongado el propio Alfonso. Cuéllar controló con la izquierda. Taconazo hacia el punto de penalti, zurdo cerrado, también con la izquierda. Alfonso esconde el balón con su cuerpo, de espaldas a portería, en movimiento. Media verónica y tres toques después, el balón estaba dentro, Bogarde en el suelo y 40.000 almas gritando “goooool”. No fue un gol, fue un doble regate y una obra de arte. Lo que realmente pasó, sólo lo saben el defensa holandés y su traumatólogo. El truco de un mago con botas blancas. El Betis –que tenía un equipazo: Finidi, Denilson, Alexis…- bajó ese año a Segunda, entre las lágrimas de Alfonso, derrotado por el Real Madrid –su otro equipo- en Heliópolis. Los goles se olvidan con las tragedias, las obras de arte permanecen en la memoria. Eternas. Meses después, con la misma pierna izquierda con que terminó de romper a Bogarde, Alfonso Pérez Muñoz marcó el gol de Alfonso. Su último gol en el Olimpo del fútbol, el que clasificó a España para los cuartos de final de la Eurocopa de Bélgica y Holanda. Era el minuto 94 y estábamos eliminados por Yugoslavia. Pasamos como primeros de grupo. Cosa de magos.

El no-gol de Messi

Corría el minuto taytantos de la primera parte, pero el que de verdad corría era Messi. El tiempo y el espacio se pararon. El capitán Puyol convirtió en certero pase al pie un despeje en plancha con el pecho, y con dos huevos. Carles Puyol, samurai reconvertido en futbolista, planea al viento. Esto es sólo un prólogo, el resto es historia. La historia del no-gol de Messi.

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