El “iscosistema” en el Parlamento andaluz y la melva canutera

Anda el personal alterado ante la posibilidad de que Vox juegue un papel preponderante en el Parlamento andaluz esta XI Legislatura a punto de arrancar. Ciudadanos hace como que se echa las manos a la cabeza cuando se entera de que Juanma Moreno se ha tomado un café en el Alfonso XIII con Francisco Serrano, líder de Vox en Andalucía. Cabe recordar que para que “el frente del cambio” logre el objetivo de desalojar al PSOE de la Junta tras 36 años de gobiernos socialistas, necesitan, al menos, el voto de cuatro de los doce diputados de Vox o el apoyo súbito del propio PSOE o de los aficionados a la autocrítica “pero sólo un poquito” de Adelante Andalucía. El escenario en el Parlamento se asemeja a la situación que describía Diego Torres -probablemente el periodista que mejor fabula de España y Argentina- durante el pasado Mundial en relación a Isco Alarcón. Al juez Serrano, de nombre Francisco como el futbolista de Arroyo de la Miel, se le achaca también que “cuando baja al medio, no es para jugar rápido con balón y moverse, sino para trasladar y frenar el juego”. Dentro del propio vestuario, según Diego Torres, los galones a Isco -que, por otro lado, estaba desarrollando a la perfección su juego hasta que de unas semanas a esta parte ha entrado en barrena- motivaron las críticas por el paso del juego de toque rápido de la España del tiki-taka a una posesión más densa que conlleva una horizontalidad excesiva que algunos denominan tiqui-tuqui. Es decir, el juego de Isco implica, para bien o para mal -y en función del partido- que todo pase por él. Exactamente como pasa con el juez Serrano en el Parlamento.

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El último alfarero

Por la maqana. Fotos del taller de Antonio Campos. Fotos tambi}n del propio artesano con las manos en el barro, haciendo vasijas y tal. Calle Alfarerka, 22. (Llamar antes al 954 34 33 04 para concertar cita). Y aprovechando que pasais con Alfarerra, fotos de la fachada de alguna de las tiendas de ceremica de esa calle. (Pide Miguel)

Antonio Campos, en su taller de la calle Alfarería, 22. Fotografía de Aníbal González

Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Triana ha sido tierra de caricias fugitivas tras los callejones, y de artesanía. Caricias aún quedan, a cualquier hora, a plena luz del sol. La artesanía, ahora fugitiva, está en vías de extinción. El Ayuntamiento lleva años anunciando un museo de la cerámica que no llega, igual que tampoco se concluye la restauración del Castillo de San Jorge, que acogió la sede tormentosa de la Inquisición y cuyas ruinas sin levantar atormentan ahora a los trianeros.

En el último Pleno, previa petición del Distrito y denuncia de la oposición, el Consistorio se apresuró a asegurar que «el museo está en marcha», que «la colección Carranza estará en Triana», que «en 18 meses se acabará la obra». El primer plazo ofrecido ha concluido este año. Y aún no hay proyecto cerrado. Por un error administrativo, dicen. De momento, se limpian los hornos. El amargo don de la promesa.

Antonio Rodríguez y José Miguel González llevan toda una vida detrás del mostrador de «Rodríguez y Díaz SL, fábrica de cerámica de todas clases», vulgo Cerámica Santa Ana. La empresa existe desde 1870, aunque «se sabe que había hornos más antiguos». Gárgoris y Habis –los Rómulo y Remo de Tartessos– con toda probabilidad bebieron de las vasijas trianeras. Y las santas Justa y Rufina, las hermanas mártires y vírgenes patronas de la ciudad, fueron hijas de un humilde alfarero pagano hispanorromano.

La primera propietaria de Cerámica Santa Ana fue «la viuda de Gómez». En 1939, Eduardo y Enrique Rodríguez –«mi abuelo y mi tío abuelo», narra Antonio– se asociaron con el director artístico Antonio Kiernam. «Ahora conservamos la empresa entre ocho primos», aunque se están planteando «subastar los fondos». «Con la obra del museo, hemos tenido que alquilar una nave en Alcalá de Guadaíra y eso son gastos extras que, unido a la crisis, nos asfixian». «Lo ideal es que las obras se queden en el museo», añade José Manuel, mientras camina por las «catacumbas» de la empresa, unas instalaciones en el presente apuntaladas, en otros tiempos «con hasta 60 empleados». Entonces, había siete hornos de leña quemando eucalipto y pino y vistiendo Triana con un velo de humo.

El libro de pedidos de Cerámica Santa Ana supone un inventario de la historia, un espejo de las personas anónimas e ilustres que se acercaron en algún momento a este rincón de Triana en el que el río ya empieza a oler a mar. Vicente Aleixandre, Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia, que cuenta con un azulejo conmemorativo; la Duquesa de Alba, Carlos Cano o Almodóvar, que escribió: «Gracias por mantener la tradición. A partir de ahora, me veréis a menudo». «Sería en las películas, porque no ha vuelto», cuentan. Anthony Quinn «vino un día y se puso a pintar en el taller». Cuando le sorprendieron, le echaron, mientras repetía: «Soy Anthony Quinn», con acento mexicano. «¡Ni Antonio Quinn ni leche, fuera!».

Los dibujos para tinta china componen otro de los tesoros de Santa Ana, con sus fórmulas magistrales. “Algunos de la Expo del 29”, la mayoría de imágenes marianas. «Cada fábrica tenía sus secretos », explica José Manuel. Y su misterio. «Entre la historia y la leyenda, imprima la leyenda», decía John Ford. A la calle San Jorge, una vez, llegó un pedido de Estados Unidos. El sobre ponía: «Cerámica Santa Ana. Triana. España». La carta llegó.

Cerámica Ruiz; Pisano, con su taller en Alfarería, 45; Montalbán; Mensaque, que se mudó a Santiponce y cerró recientemente; o Santa Isabel, fundada cuando la Revolución Francesa tomó cuerpo, también tienen su propia historia, esperando ser contada en un museo que sigue en obras. Entretanto, la intrahistoria se esconde y se escribe entre las callejuelas.

Mientras en Ginebra el acelerador de partículas recrea el big-bang en busca de vibraciones del vacío, en Alfarería, un alfarero recrea en un torno el principio bíblico de la humanidad. «Oficio noble y bizarro. Entre todos el primero, pues que en la industria del barro Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro», reza un azulejo en Santa Ana. “Entre los pétalos de arcilla/ nace, sonriente,/la flor humana”, escribió Octavio Paz bajo el título “Dios que surge de una orquídea de barro”.

La historia de Antonio Campos es la de quien, sin saberlo ni quererlo, intenta alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de la vida. A la pregunta «¿El último alfarero?», responde: «El último mohicano». Más cínico y descreído que el jefe de los indios sioux. En materia de nihilismo, Triana carece de rival. Campos trabaja en su taller de Alfarería, 22, junto a su hija Ana, que pinta las piezas creadas por su padre en el torno, el invento del escita Anarcarsis. En estos tiempos de urbanizaciones con casas iguales para gente que piensa igual, Antonio se rebela ante el mal llamado «progreso». «Los alfareros se han ido extinguiendo por las máquinas. Antes, las tejas y los cántaros mantenían el sector. Los pocos jóvenes que se interesan quieren saber en meses y se necesitan años para empezar a emprender», dice. «La artesanía ha pasado a ser decorativa ». Piezas por encargo, obras personalizadas, remates, como los del Alcázar o el Alfonso XIII, son los trabajos más repetidos.

Antonio Campos lleva «desde los 13 años con barro en las manos». Entró como aprendiz cuando «la calle Alfarería estaba llena de alfareros». En Triana lleva unos 20 años, «por romanticismo». «Me encanta mi oficio. No es muy rentable. Sólo razonable», sentencia. «Ahora, como los bancos quiebran, no compran», narra, mientras acaba unos cálices. «Para eliminar y quitar pecados. Los créditos no, pero los pecados los quita», bromea. «Con la crisis hay una avalancha de fe increíble».

Antonio cree que el museo «puede ser positivo», pero no da «saltos de alegría». «El turista echa la foto y se va y, a veces, como una vez unos chinos, te piden que cantes algo. Como si en Triana todo el mundo supiera cantar», dice el «mohicano» que fuma Marlboro, como los vaqueros del anuncio, con las manos llenas de barro. Y aconseja: «Lo único importante que puede hacer el alcalde es un aparcamiento gratuito». El artesano crea el cáliz pero no bebe de él, ajeno a «la avalancha de fe». «Cuando yo muera, se acabó». Ese día, sin alfareros en Alfarería, como Eneas paseando por Cartago, habrá que responder a la tristeza: «Sunt lacrimae rerum». «Son lágrimas de las cosas».

Los barcos dejaron de crecer por la máquina de vapor, que trajo navíos lentos, insensibles al viento, con una tripulación menos exigente, como ha pasado con la artesanía. Entonces, nació el clíper, la más bella y esbelta nave. Un «beau geste», diría un francés. Un «arrebato de dignidad», diría un castizo. «Por mis cojones», dicen en Sevilla. En la calle Alfarería, ya se intuye el final de una estirpe, pero, mientras en Ginebra recrean el nacimiento de la vida en un acelerador de partículas, en Triana, el último alfarero modela en barro la última caricia.

El hotel de los toreros se viste de luces

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El antiguo Majestic de Sevilla, por Mari Paz Soler.

Un día Catherine Deneuve guiñó un ojo a Cándido y otro al tiempo en el Hotel Colón de Sevilla llevando a su máxima expresión el concepto «comunicación no verbal», parando los minuteros y los segunderos de los relojes y los sístoles y diástoles de los corazones, desde la moqueta que conducía al ascensor. Deneuve ascendió a su habitación y José Cándido Remujo -conserje del hotel, licenciado en «mundología» por la escuela de los días y la orden de las llaves en la solapa– comprendió que otro cliente –y «qué cliente»– quedaba satisfecho. Así viene sucediendo desde 1929. Así seguirá siendo de nuevo a partir de la primavera de 2008, cuando el Colón reabra sus puertas tras ocho meses de reforma, de simbólico embarazo prematuro para dar a luz el segundo hotel de gran lujo de la ciudad, junto al Alfonso XIII. Desde el 1 de julio, el hotel de los toreros se viste de luces.

«El Colón no es un hotel cualquiera», explica Javier Tenza, gerente del complejo. «Es más importante el nombre que las estrellas. La idea es incrementar el segmento gran lujo». Para ello, el Colón pasará de las actuales 218 habitaciones a 189, con 39 suites, «manteniendo la esencia y la idiosincrasia del establecimiento». Un estilo propio ligado de forma indeleble a lo taurino, como «punto de reunión de ganaderos, apoderados y toreros». «El Colón tiene vida propia de la mano de la Feria de Abril y supone un enclave estratégico en la ciudad», cuenta Tenza, llegado desde México hace tres años, tras hacer escala profesional en Madrid, Barcelona y Caracas desde su Baleares natal, que el camino más corto de Palma a la ciudad de la avenida de la Palmera pasa por el Hotel Colón. «Va a ser el mejor alojamiento de la cadena Sol Meliá y, seguro, el mejor de la Andalucía urbana». La idea es «romper con todo», hacer un hotel «moderno y práctico sin caer en el minimalismo», explica el gerente. Otro de los objetivos es «convertir el hall en punto de encuentro de la sociedad sevillana, como antes».

Antes, el Hotel Colón se llamaba Majestic, cuenta Paco, 36 años en la casa, 14 como responsable de barra de La Tasca de El Burladero, paso previo hasta la reforma de 1985 por el restaurante. El Majestic nació de la mano de la Exposición Iberoamericana de 1929. Tras la Guerra Civil, Timoteo Torres y su hijo Pedro «se lo quedaron» y «compraron el patio de la Iglesia de la Magdalena». Durante la guerra, el Majestic fue sede de las tropas italianas. «En esa época sí se ganaba dinero. Salían 100 soldados y volvían 40». El hotel gana, como la banca. Se acabó la contienda y el establecimiento se rebautizó como Hotel Colón, que eso de Majestic quedaba «demasiado de fuera, demasiado de la República». Después vino la reforma de Detursa, la compra por parte de Tryp y, posteriormente, Meliá asumió el negocio.

Paco –que es uno de los 65 trabajadores fijos, aparte de los 20 discontinuos, para los que se ha acordado un expediente de regulación– entró como aprendiz con 16 años. Cuenta que la mejor época que recuerda fue «hace 21 años, con la reinauguración». «¿Vivencias? Infinitas, pero eso es mío». Durante estos ocho meses, Paco piensa operarse por fin los ojos, cansados del paso de los días tras el burladero de la barra. «Veo menos que Paquirri boca abajo».

Abriendo la puerta a la historia
A Paquirri y a la mayoría de las personas que han marcado la «intrahistoria» del Colón les ha abierto la puerta Juan José Sosa desde enero de 1973, que contaba 13 años y entró en plantilla como mozo. Entonces trabajaba de 16:00 a 00:00 porque «no tenía el tríptico de menores» al no cumplir los 14 años legales para trabajar hasta el 14 de octubre, «que también nació una ilusión» como dice el himno del Centenario del Sevilla. Juan José es bético y ese día lo que nació para él fue «la posibilidad de ganarse las papas». Trabajó como botones; pasó a El Burladero hasta que entró en el ejército; después trabajó en el economato del hotel, hasta que en 1987 comenzó a trabajar como portero. Y ahí sigue, en la puerta, donde vio pasar a Felipe González, a Lola Flores, Montserrat Caballé, Peter O’Toole, Ernest Hemingway, Ava Gardner, los Príncipes de Asturias o la madre del Rey, Doña María de las Mercedes, «que le encantaban las cabrillas de Camacho». Juan José, a sus 47 años, lleva tantas reformas como copas de la UEFA el Sevilla y se muestra dispuesto a estar en «la tercera reforma» del hotel que nació con la Segunda República.

La vista en el horizonte
Un día regaló a Arturo Pérez Reverte una insignia de solapa con dos llaves doradas y el de Cartagena le correspondió con un artículo. José Cándido Remujo cumple a «rajatabla» la máxima de «es de bien nacidos ser agradecidos» y no para de nombrar a su «maestro», «uno de los grandes conserjes de la historia de España», Gaspar García, manteniendo siempre, en palabras del académico, la «sutil distancia entre servilismo y profesionalidad», como el conserje Grüber del Club Dumas.

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Cándido Remujo, por Mari Paz Soler.

Cándido es uno de tantos hijos de la inmigración. Lleva 20 de sus 42 años en el Colón. Regresó de Alemania en el 79, con la recién nacida democracia y con mayoría relativa en el Congreso y absoluta en el Senado de la UCD. De los «tiempos difíciles» lejos de la tierra, conserva el «rédito» de los idiomas. «Cada día es un reto». «Atendemos las necesidades del cliente, que, en ocasiones pide las cosas más variopintas», explica. Desde una pedida de mano en la ruinas de Itálica con mensaje en avioneta incluido a las gestiones para un viaje Sevilla-Málaga en jet privado. El Colón se viste de luces y se lava la cara, pero dentro de ocho meses, la bienvenida será la misma: «¿Puedo ayudarle en algo?». A veces, por ello, Catherine Deneuve en vez de gracias, guiña un ojo y detiene el tiempo.