“Adopta un reportero”: retazos de una especie en peligro de extinción

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El tatuaje de la Leica M3 del 62 de su abuelo, en la diestra, le delata y esconde en tinta el cruel recuerdo de «la felicidad» hecha cámara. Un vestigio del pasado. Cualquier tiempo pasado fue anterior pero no necesariamente mejor («que también»). Un tratado del oficio de mirar y ver. De detener el tiempo en un mundo que no para. La contradicción de una foto. La antigua alquimia de encerrarse en un cuarto oscuro y parir la luz. Un proceso, un parto, ahora reducido al duelo frente a la pantalla de retina de un ordenador. «Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo», decía Hemingway. Lo único que detiene el tiempo es una fotografía. El retrato de un instante enmarcado en una ilusión de eternidad.

Manuel Olmedo (Sevilla, añada del 62, como la Leica M3), sonámbulo sereno, casi de una pieza como el pabellón de Japón de la Expo, Canito sin ruedo, podría definirse, que no limitarse, como la mirada callada del niño que mira la arena de la playa. Una protesta y una fiesta silenciosa en el universo interior de una vocación monástica. Aquello que decía Belmonte, aplicado a la fotografía: «Se torea como se es» y se fotografía como se es. Aunque tiene en su archivo de infinitos gigas retratos del Rey Juan Carlos, Obama, Indurain, Springsteen, Paco de Lucía o «El Lebrijano», prefiere las instantáneas de los niños, descalzos pero felices o felices aunque descalzos, que juegan en el Vacie. Su exposición es sobre los suyos, los «foteros». Los versos sueltos de la industria –es un decir– de la información –otro decir–, convertida en comida basura ahora que Facebook enlata estribillos de Roberto Carlos –«Quiero tener un millón de amigos»– e Instagram crea la ilusión de que cualquiera es fotógrafo. Seres autónomos, que no autómatas, generalmente con salario de dependiente de restaurante de comida rápida, menos protección social que un toro en Tordecillas y con equipos de 10.000 euros a cuestas.

Se quedó instalado en los chistes de Chiquito y siempre saluda con un «Qué pasa, fistro» o «Dónde vas, peaso». En puridad, es aplastante lógica. Atendiendo a sus iniciales y con un título nobiliario de por medio, Manuel Olmedo Rengel podría firmar perfectamente como «Conde MOR». Nobleza obliga. El tipo, en fin, que firma el pie de fotos de éstas sus páginas, callado –la cantidad de ruido que uno hace suele ser inversamente proporcional a su valía.–, con la ilusión de la víspera de Reyes, y que deja a Stajánov al nivel del perezoso abrazado a la rama del árbol. Sólo el 3% de la población tiene los ojos verdes. El porcentaje de personas con el (maldito) don de mirar y ver puede ser estadísticamente inferior. El tanto por ciento de fotógrafos que pueden vivir dignamente de su oficio es aún más pequeño. «Y si cree que el dinero no tiene importancia, pruebe a pedirlo», sostiene Woody Allen. «Cierran las delegaciones y hay mucho más que reivindicar. La gente suele acordarse del redactor que está contratado pero no del 95% que es colaborador y si un periódico se va a la calle, se queda sin nada», proclama.

«Los creadores de la memoria visual de la sociedad», apunta Luis Serrano, comisario de la muestra. «Los notarios de la ciudad», define Olmedo a los protagonistas de los cuadros, cazados en blanco y negro, «que es la pureza del retrato, la escala de grises destaca a la persona», con «una cámara pequeña que llevo siempre», en alguna de las interminables guardias de los juzgados (que el patrón de los periodistas, San Francisco de Sales, guarde en su gloria a la jueza Alaya), un cruce de caminos bajo un soportal donde siempre sopla el viento y ruge la marabunta de la «rabiosa actualidad». Cuando Groucho Marx se fue a buscar fortuna, su madre le dijo que no volviera y su perro le mordió. Cuando Olmedo confesó en casa que iba a ser fotógrafo, orgullosos, le dijeron «que estaba medio loco». Para Olmedo, el barrio de Los Pajaritos es como la franja de Gaza y subir la Cuesta del Rosario, escalar el K2. Tiene alma de Quijote y talante de Sancho, lo que viene a ser un loco cuerdo o un cuerdo loco. Olmedo trabaja lo imposible. El plano cenital de la Torre Sevilla; el balcón frente a la escena del crimen antes de que al volver hayan instalado un Starbucks; el confesionario desde dentro. Olmedo, dotado de tan buen olfato periodístico como el loro aquél que le salvó la vida en un escape de gas, sabe lo que es «que te pongan una pipa en la sien» por una foto y por la precariedad del oficio.

Ciento ocho retratos más uno –el suyo, a cargo de Jesús Morón– recogidos ahora en el Ayuntamiento de Sevilla. Los ojos que se esconden tras la cámara, delante del objetivo, «protagonistas por primera vez en algún sitio». El legado de una estirpe de «foteros». «Mi bisabuelo fue uno de los primeros reporteros de guerra y mi abuelo también era fotoperiodista. Los fotógrafos de esas épocas tenían una base cultural bastante grande, sabían de química, estaban metidos en un mundo de artistas y en los libros salen sus nombres». A saber: Carlos Olmedo Carmona, testigo de la toma del Gurugú, y Manuel Olmedo González, que acabó como fotógrafo oficial del Betis. Más de un siglo contando lo que pasa, fotografiando lo que ven, en una sana competencia que no riñe con la hermandad: «Aquí nadie se va sin la foto».

En la muestra «están todos los que son pero no son todos los que están». Ruso, Acedo, Paco Puentes, Aníbal González, Kiko Hurtado, los hermanos Caro… Retazos de una especie «en peligro de extinción» en la reedición de una muestra con la colaboración del Consistorio –como antes de la Cámara de Comercio–, Fujifilm España, Martín-Iglesias y la Asociación de la Prensa. Las fotografías surgieron de una broma con el cámara Mariano Valladolid, profesional XXL. Del decano Ruesga Bono a la benjamina Inma Flores, con los Morenatti –«Siempre están por ahí»– en espíritu. «Adopta a un reportero. Me sobra mes para este sueldo», cosa seria, plasma, latente tras unos ojos, la ilusión del castillo construido en la arena y que, así vengan las olas, se mantiene en pie. Como el espíritu del verdadero periodismo, resquebrajado y a la vez intacto.

Hasta el 7 de octubre en el Patio Mayor del Ayuntamiento de Sevilla.

Le llaman Manuel, se apellida Olmedo

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Dice que se llama Manuel y que se apellida Olmedo. Pero, sabiendo que el tipo ha sido detective y le han puesto una ‘pipa’ en la sien, es mejor ponerlo en cuarentena. Pertenece a esa rara estirpe de periodistas –fotoperiodista, en su caso- que vive la cotidianidad como algo extraordinario. Para Olmedo, el barrio de los Pajaritos es como la franja de Gaza y subir la Cuesta del Rosario es como escalar el K-2. Tiene alma de Quijote y talante de Sancho, lo que viene a ser lo mismo que decir que es un loco cuerdo o un cuerdo loco. Nuestro Morenatti, que en los altares está, tiene mérito, pero no más que Manolo Olmedo, que el Ruso, que Acedo, que el Gómez y tantos foteros que se la juegan a diario, lo mismo da que sea empotrados en un camión de los Estados Juntitos de América que en una redada en las Tres Mil o sacándole el plano bueno al concejal de turno, algo, a veces, poco menos que imposible. El espíritu es el mismo, sólo cambian las circunstancias. Las circunstancias de Olmedo son sus hijos, que son su vida. No hay sesión de fotos que no comente que su niño tiene un examen o que una de sus niñas está resfriada. Tampoco hay foto que se le resista. Proviene de un linaje de foteros y por sus venas corre el alma de su abuela, de la que siempre lleva una foto de los tiempos de los hermanos Lumière. Los hay igual de artistas que él; más profesionales no los hay. Si los hay, yo no los he visto. Olmedo trabaja lo imposible. El plano desde la planta 15 de un piso; el balcón frente al sitio donde se ha cometido un asesinato; el interior de la sotana del cura. Si hay una cena de Navidad, ahí está el tío sacando fotos. Si está en su balcón conversando con su loro, ahí está el tío fotografiando a unos mangantes que roban cobre de las cocheras del metro. Hace unos años, su loro –tan célebre en su barrio que están pensando cambiar el nombre de Cerro del Águila por el de Cerro del Loro de Olmedo-, le salvó la vida en un escape de gas. El bicho se desmayó y ésa fue la alarma para el incidente. Yo creo que no fue un accidente, sino alguna venganza de su época de detective privado, de antes de ser Tintín, de cuando jugaba a Mortadelo sin Filemón. A los malos, no les gustan los buenos. A los plumillas –que no somos ni buenos ni malos, sino todo lo contrario-, nos podrá gustar más o menos Olmedo, pero todos, da igual el medio en que trabajemos, coincidimos en que lo queremos; en que es un lujo poder llamarlo compañero; y en que su loro debería tener un monumento al lado del de Cayetana de Alba. El honor y los fastos serían para la duquesa, como pasa con las noticias, que toda la gloria se la queda el plumilla. Pero el monumento a la sangre de verdad noble sería el del fotero-aventurero Olmedo, con su loro y su cámara. PD: Hoy es su cumpleaños. Felicidad(es) y salud.

Me colé en una fiesta (no puedo vivir sin ti)

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Yo llegué tarde. A este oficio que se extingue y a esta raza de intemperies que es el periodismo. Me colé en la fiesta, en el oficio – preguntándome mil y una veces “qué carajo hago aquí, con lo tranquilo que estaría si le hubiera hecho caso a mi madre y hubiera estudiado magisterio”- y me colé en el “diario que siempre has querido”. El mismo periódico que al que más y al que menos no le devolvió el cariño que le profesó. Quizás, por eso, lo queremos tanto. Y porque, el que más y el que menos, literalmente, lo ha parido de las entrañas, que es donde decían los griegos que está el alma. (Para las cuentas, los números y los contratos, están los buitres con sus largos apellidos y sus cortas miras, ésos que poco o nada saben del cariño y la pasión y subsisten con sucedáneos). Cuando llegamos, llevábamos los años. Ahora, los años nos llevan a nosotros. Al que más y al que menos. Esperando, en palabras de Santa Teresa, “una muerte tan escondida que no te sienta morir”, con la frase, que es oración, de Ernesto Hemingway tatuada en el brazo izquierdo: “El periodismo es la profesión más bonita del mundo… si se deja a tiempo”. Y ahí seguimos. El que más y el que menos. Con dos cojones.

En Rioja 13 aprendimos que los discos de vinilo son como las medias de encaje, que un escote de lunares, y un lunar en un escote, es más sensual que un desnudo integral, que el maltrato y el dejar sin comer quizá le funcionara a Carlos V para que Tiziano pintara, pero no casa con el oficio de contar las verdades y las mentiras del barquero. Y muchas cosas más. Y aprendiendo, nos hicimos libres. Porque libre es quien no espera recompensas. Aprendimos que “los elefantes pueden reconocerse a sí mismos ante el espejo” y esto podría explicarlo mejor Alfonso Pedrosa o Ismael Gaona en una página de ciencia y escribirlo infinitamente mejor el maestro Correal. Los elefantes pueden reconocerse a sí mismos ante el espejo y los sevillanos no saben reconocerse fuera del espejo de las fiestas de la primavera. Es así. Guste o no. Ombliguismo. Nepotismo. Sevilla tiene un color especial. Narciso ante su reflejo en el río. El tiempo detenido en esta ciudad vieja y cínica, arrogante, intacta. Y nosotros, lo contamos, junto a los sucesos, los devaneos políticos, el horóscopo, la pasarela, el Patín Macarena y el Cristo de los Gitanos. El trabajo y las páginas manchadas hasta la madrugada, probablemente, son intrascendentes. Las horas vividas son trascendentes. Son nuestra vida, oiga.

Dice la ciencia que hacen falta mil siglos para borrar el rastro humano de la faz de la tierra. Sólo hace falta una reunión intergeneracional de plumillas para recordar el rastro inherente de Rioja 13. El presente era –espero que siga siendo- tan poderoso en esa redacción que el pasado se ha perdido. Pero el pasado se pierde sin olvidarse. Y el viernes 12 de marzo, resaca de la efeméride del 11-M, el día en que el gruñón de Griñán sucedió al faraón Chaves y en que Miguel Carcaño nos retuvo 14 horas en los juzgados, tal día como el que nació Jesús Gil y Javier Clemente y murieron Tirso de Molina y Miguel Delibes, el día de San Inocencio y San Jerónimo y San Maximiliano, nos juntamos unos pocos (y otros pocos que faltaron: Barea, Floro, Conradi…) y comprendimos que “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos” para rememorar un tiempo hermoso como una niñez perdida.

Comprendimos que “no somos los mismos”, pero somos iguales, que no es lo mismo, pero es igual. Como si nos hubiéramos quedado anclados en una edad de siete días para siempre, como el Peter Pan de Bury, pero sabiendo, como íntimamente sabemos, que las personas que inspiraron el cuento, los niños perdidos de Peter Pan, sufrieron mil y una desgracias que ya las quisiera el Pérez Ávila para las páginas de sucesos. Sabiendo que la verdadera tragedia es la vida. Por eso, una noche, hasta la madrugada, nos reímos y nos abrazamos, porque el sarcasmo es la mejor forma de asumir la derrota. Aquello de Roberto Bolaño en “Putas asesinas” –que tanto le gusta al Camero, con sus dos metros de periodista pata negra- de “acercarse o alejarse del infierno. A eso se reduce todo. He hecho los mejores regalos de cumpleaños. He financiado proyectos faraónicos. He abierto los ojos en la oscuridad”. La otra noche, la oscuridad sirvió de sala para la proyección de las vivencias de la gente que está viva, que es la que siente, que la pasión es la brújula más sensata que tenemos.

Los que parecían hostiles pero sólo eran faltones y lenguaraces siguen pareciendo hostiles pero sólo son faltones y lenguaraces. Los que parecen inabarcables siguen pareciendo inmensos, pero, en las distancias cortas, resultan ser unos niños grandes con una triada capitolina personal –renault, nokia, ducados- y los últimos especímenes de los buenos tiempos del periodismo, de cuando las noticias se escribían con un cigarro en los labios y un gin tonic en la mano. Los que tiran de nobleza siguen siendo humildes, aunque lleven a Lampedusa dentro, y desbordando vocación, así se recorran el planeta de cabo a rabo buscando andaluces por el mundo, o sean el vivo ejemplo de que se puede ser jefe sin ser un inepto, trabajando el periodismo cada día y no inventando el toreo desde el tendido, como hacen los que no tienen huevos de arremangarse ni cojones y estilo para coger el capote. (Po’ agarra). Los ganadores –superorganización- lo son porque saben que de la derrota es de donde nacen las verdaderas victorias. “…Manque pierda”. Está el que sabe, como Camilo José Cela, que “quien resiste, gana”. El que es capaz de dejar la dirección de un periódico porque le dio su palabra a una becaria. Los hay que siguen siendo monótonos como una cara de póker tratada con bótox. Y las hay que me quedé con las ganas de comentarles lo que Penélope Cruz o Leonor Watling se parecen a ellas. Penélope en Cierre y Leonor en Local, el sueño de todo plumilla.

Y entre todos, Fernando Matres, Mateo González, Juan de la Huerga, Samuel Silva, Luis Carlos Peris, Anita Ramos, Anita Velasco, María Rodríguez Aguilar, Paloma Jara, Antonio Acedo, Juan Llamas, Adrián González, Noelia Márquez, Peperoni Ruiz Garrido, Susana Marín, Sara Arguijo, Alejandro Martín, Carolina García, Juan Morilla, Juan Carlos Blanco, Ray Prados, Mar Gómez, Ana Fernández, Inma Carretero, Lorena García Arrabal, Juan Carlos Zambrano, Vanesa Valencia, Stella Benot, Patricia Godino, Eli García, Nolo Ruiz, Fernando San Basilio, Alfonso Beca, Ricardo Gamaza, Marta Rus, Pilar Peña, Javier Ruano, María José Guzmán, Ana Casado, Fátima Sigüenza, Marina Herrero, Tacho Rufino, Elsa Ferreira, Nuria Castaño, Ramón Ramos, Miguel Ángel Lasida, Luis Márquez, Marta Rodríguez, Nacho Iglesias, Pablo Beca, Carlos Navarro, Javi Gutiérrez, Ana Sánchez Ameneiro, Nieves Blasco, Paco Torres, Carlos Gámez, Cristina García, Begoña Rodz, Victoria Hidalgo, José Antonio de Lamadrid, María del Barco, Macarena Hevia, Jesús Ollero, Juan Rubio, Sandra Jara, Raquel Muñoz, Belén Vargas, Victoria Ramírez, Celia Cañada, Felivia Mejía, Carmen González, Diego Lozano, Rocío Cerezo, Pablo Jiménez, Javi Alonso, Jaime Martínez, María José Vázquez, Isa Campanario, Anita Silva, Inmita Izquierdo, David Estrada, Rodrigo Ponce de León, Javier Ciézar, Antonio Fuentes, Mary Esther Campusano, Tomás Monago, Alex Castillero, Mana Palomar, María Fernández Arenas, Chema Muñoz, Ana Castillo, Ángel Navarro, Penélope Nadia, Myriam Casín, Miguel Ángel Moreno, Héctor Rodríguez, Enrique Ballesteros Manzorro, Ana Garía Romero, Sergio Caro, Vanesa Solano, Nuria Frontado, Carmen Millán, Desirée Hernández, Alicia Lozano, Antonio Navarro Amuedo, Daniel Rosell, Inma Alonso, Manolo Ramos, Laura Salado, Erika López, Bea Colado, Marta Lara, Rodolfo Domínguez Petit, Patricia García, Antonio Chamorro, Mercedes García Ayuso, María Rivero, Rosa Llacer, Raquel Feria, Javier Mérida, Pepelu Martínez, Julio Jiménez Heras, Pilar López, Ana Chaves Reyes, Javier García, Fran Barquilla, Manuel Romero, Pepe Izquierdo, Ana Peña, Juan Luis de las Peñas, Juan Luis Pavón, Tamara Velázquez y muchos más que no estuvieron, como algunos de los nombrados y confirmados que no pudieron venir.

Las firmas con más o menos lustre, con más o menos sueños, de un diario con más de una década que a punto estuvo de derribar al coloso de las tres letras…pero ésa es otra historia que se resume en aquello que dijo Serra cuando el Betis ganó la Copa del Rey y se clasificó para la “ChampionsLigui”: “Será lo que quiera Donmanué”. Pues con el Diario, igual: “Será lo que quieran los corbatas”. Ahora mismo, una gran cantera para la competencia más directa y la metáfora perfecta de los tiempos que corren, como la bomba de neutrones: respeta las cosas, achicharra a las personas.

Del viaje lisérgico que emprendimos, nos queda la cautela, que es la elegancia del marino, la voz con radiaciones de nicotina, las botas gastadas por el tiempo, la franqueza del arponero, los espejos que nos traicionan la cara, la calma de un buda blanco y la mala hostia de los dioses griegos. Y nos queda una eterna tendencia a la resurrección, aunque nos bajemos de la esperanza como quien se baja de un caballo cansado, como si la esperanza fuera un caballo cansado.

Hay quien me repite que “los periodistas no somos nada, somos unos sacos de mierda engreídos, pretenciosos, pseudointelectuales pedantes que no aportamos absolutamente nada, sólo verborrea, palabrería hueca, mentiras y más mentiras, una tras otra, pero además desordenadas, embarulladas y repetidas, y nos creemos importantes porque unos cuantos incautos siguen comprando los periódicos como el pan de cada día y escuchan la radio como si fuera lluvia y encienden la televisión antes que ir al baño aunque estén a punto de cagarse porque necesitan creer estupideces para poder opinar (sobre opiniones de charlatanes)”. Hay quien dice que el resto de la sociedad produce cosas útiles: “puertas, tabiques, ventanas, cañerías, tubos, arreglan grifos, tapan agujeros, se juegan el tipo al borde del vacío, encima del tejado”, mientras nosotros tomamos “el sol tibio de una mañana” de marzo, bebemos “el café a cara de perro” y escuchamos “música” y cambiamos “el agua a la tortuga” y bajamos “a interesarnos por el horario y las tarifas de la piscina climatizada que hay justo enfrente” de la casa que arreglamos porque nos lo permite el sueldo que nos pagan “en el periódico de provincias al que vamos cada día a sentarnos ante un ordenador para corregir páginas de escaso interés, la mayoría hechas con la punta de la polla”, y eso después de habernos “levantado nada temprano, todo lo contrario, ya con el sol bien alto, y haber ido antes, tras el café y la ducha y la cagada matinal a reuniones, cargadas de mamoneo, hablando naderías, y en la que quienes participamos nos creemos importantes opinando de esto y de aquello y de lo otro sin puta idea de nada y haciéndolo sin ningún pudor, con nuestra pose de periodistas más que imitada, muy bien estudiada, para pasar en seguida, como si tal cosa, a cotillear, que es lo que más nos gusta, revolcarnos en nuestra propia mierda imposible de esconder en ningún envoltorio de sobreestima, contándonos y recontándonos anécdotas estúpidas protagonizadas por nosotros mismos, un mundo reducido a la primera persona, singular y plural, y nadie más, vociferando todos a la vez que nuestro pasado, presente y futuro es lo único que ocurre de importancia en varios miles de kilómetros a la redonda, porque no hay nada más, no hay otra cosa, sólo importa eso, un ombliguismo gigantesco, apestoso y nauseabundo, el nuestro, el de los periodistas, en un bla bla bla interminable, un empacho de palabras mal habladas y peor escritas mientras otros construyen casas, siembran alimentos, curan pulmones, limpian alcantarillas, lavan a ancianos, defienden a acusados, conducen autobuses, transportan mercancías, cuidan el ganado, talan árboles, apagan incendios, pescan en alta mar, tejen ropa, fabrican medicinas, cortan el pelo y barren las calles”.

Hay quien me dice eso, cargado de razón, y yo le recuerdo, cargado de sensación, que los periodistas tenemos la sana costumbre de perdernos y que, cuando nos encontramos, nos volvemos a perder. Le recuerdo que a nuestro alrededor, el mundo se cae en pedazos y que en los dos días que han pasado entre los dos ratos que he dedicado a escribir esto, se han muerto 50.000 personas de hambre. Personas tan buenas o tan malas como nosotros. Y, la verdad, sobre estas cosas, lo que más nos preocupa es llegar a fin de mes. Le digo que mañana hay un sol y, espero, vendrá la luna. A lo mejor, nuestras sobrinas nos sonríen e, incluso, hasta les arrancamos una sonrisa mientras echamos una carrera, que nos dejaremos ganar, para ver quién llega antes al cajón del chocolate. Y le reconozco que, efectivamente, los periodistas necesitamos un lazarillo y caminar más de la mano, porque, por defecto de fábrica, no sabemos seguir ni huir más que hacia delante. Adelante, siempre. Le reconozco que cuando uno vive caminando en el alambre, llega un momento en que se disfruta de la vista del vértigo. El entusiasmo, sí, es una grosería, con la que está cayendo. Pero es que los periodistas somos maleducados y malencarados y nos criamos leyendo a Tintín y a Spiderman. Nos lo creímos todo, y así nos va. Las quejas, por responsabilidad, las dejamos para los ratos en las barras de los bares, no para las fiestas de ex y actuales del Diario de Sevilla, y se olvidan rápido si la camarera desciende de la estirpe de las sirenas. Y le reconozco que todo esto que he escrito, efectivamente, es diez veces más tonto que la realidad. (Si es que existe una realidad). A ver si hay huevos de cambiarla. La realidad, digo. No hay que echar a la camarera porque no sea sirena. Nos vale también con que sea simpática. Lo cual, nos lleva al principio, a que no sé si el órgano crea la función o la función crea el órgano. A aquello de León Felipe: “En no sabiendo los oficios los haremos con respeto./ Para enterrar a los muertos como debemos/ cualquiera sirve, cualquiera…/ menos un sepulturero”. Y nos conduce al clíper.

Los barcos dejaron de crecer por la máquina de vapor, que trajo navíos lentos, insensibles al viento, con una tripulación menos exigente, como ha pasado con la artesanía, como ha pasado con el periodismo. Entonces, nació el clíper, la más bella y esbelta nave. Un «beau geste», diría un francés. Un «arrebato de dignidad», diría un castizo. «Por mis cojones», dicen en Sevilla. En la calle Dormitorio, ya se intuye el final de una estirpe, pero, mientras en Ginebra recrean el nacimiento de la vida en un acelerador de partículas, mientras los sesudos intelectuales dicen que el papel muere, en Sevilla, un grupo de plumillas del “diario que siempre has querido” -el que olvidó que no hay mayor patrimonio que el humano- brindamos en velado homenaje a Kierkegaard. “Pierde más quien pierde su pasión que quien se pierde por ella”. Salud.

PD: Y sí, los periodistas no hacemos casas, ni sembramos alimentos, ni curamos pulmones, ni limpiamos alcantarillas… Los periodistas contamos el mundo para que exista, porque las cosas sin nombre y sin crónica no existen, y, el que más y el que menos, lo cuenta para cambiarlo.