Paideia

Alejandro III de Macedonia comenzó sus estudios con Leónidas, un estricto maestro macedonio. Le siguió Lisímaco, que le enseñaba Letras y le llamaba Aquiles. Lo que ahora se denominaría «empoderar» al alumno. Alejandro aprendió de memoria –lo que hoy sería un sacrilegio– los poemas homéricos y dormía con «La Ilíada» bajo la cama. A los 13 años, fue puesto bajo la tutela de Aristóteles, antiguo compañero de juegos de su padre, que durante cinco años se encargó de su educación. Aristóteles, que a su vez fue discípulo de Platón y éste de Sócrates, instruyó a Alejandro en gramática, filosofía, lógica, retórica, metafísica, estética, ética, política, biología, ciencias políticas y naturales, medicina, astronomía, geometría y música. La mayoría de estas materias son repudiadas en el currículo contemporáneo. Las clases eran al aire libre, sobre bancos de piedra, a la sombra de los árboles. Por la mañana, se trataban los temas complejos. Por la tarde, los livianos. Cuesta imaginarse a Filipo dejando a Alejandro en la puerta del colegio con un «pásatelo bien», que es la coletilla en las escuelas de ahora, antes y después de las mascarillas. El «cuquismo- bien» que se viene instaurando desde el fin de la EGB alcanzó su máxima expresión con las bonificaciones por aprobados para los profesores y con la superación de cursos con asignaturas pendientes para los alumnos. La figura legendaria del «tripitidor» se ha perdido en España como se perdieron Cuba o Filipinas. Cuenta la leyenda que Johan Cruyff decía como última instrucción al «Dream Team» aquello de «salid y disfrutad». Los padres de hoy sueltan el alegato cruyffista cada mañana sin considerar lo poco que tiene que ver con negociar el esfuerzo. De hecho, el método Cruyff –que era un genio– lindaba con el maltrato psicológico en no pocas ocasiones, y ahí estaba Guardiola subiendo o bajando de categoría al antojo del holandés o los banquillazos a Laudrup. La belleza, y el genio como su exponente, siempre conlleva dosis de crueldad. Necesariamente, todo en la vida no puede ser divertido. Sin la mezcla de aburrimiento y curiosidad, y también azar, probablemente, el hombre seguiría en Altamira. El aburrimiento es lúcido. Sólo desde el «buenismo-bien» se explica la queja de Iñaki Gabilondo: «Me sorprende que esta sea la primera generación que pide explicaciones a las anteriores. Dicen: “Vaya mierda de democracia que nos dejasteis”. Nosotros nunca le dijimos a nuestros padres que nos habían dejado un país de mierda». Dejamos a los niños con un «pásatelo bien» en la puerta del cole y luego la vida se pone seria y pide explicaciones. Se lee en prensa estos días que «un padre paga a sicarios virtuales para matar a los personajes de su hijo». El muchacho, adicto a los videojuegos, pasaba de los estudios y no tenía trabajo. Tiene 23 años. Con esa edad, la generación maltratada ahora por el coronavirus levantaba una democracia y criaba a tres hijos como mínimo. De la escuela cuqui salen ahora los radicales orgullosos que hasta no hace mucho formaban un reducto localizado como hooligans del fútbol. “Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo. Un país es rico porque tiene educación. Educación significa que, aunque puedas robar, no robas. Educación significa que tú vas paseando por la calle, la acera es estrecha, y tú te bajas y dices: ‘disculpe’. Educación es que, aunque vas a pagar la factura de una tienda o un restaurante, dices ‘gracias’ cuando te la traen, das propina, y cuando te devuelven lo último que te devuelvan, vuelves a decir gracias. Cuando un pueblo tiene eso, cuando un pueblo tiene educación, un pueblo es rico», expuso Escohotado. «Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego», sostenía el maestro de Alejandro Magno. «Dame seis meses de tu vida y yo te doy un Mundial», le dijo Carlos Salvador Bilardo a Jorge Valdano antes de Italia’90. Y después lo dejó fuera de la convocatoria.

Riders (on the storm)

Espinete en paro, Caponata jubilada y el Conde Draco con caries y en horas bajas en Barrio Sésamo. Ya ni los curris –esos muñecotes que no paraban de trabajar en la construcción con los Fraggel– hacen su agosto de la mano de la especulación, en cuarentena también con la pandemia. El Monstruo de las Galletas, con su pelaje azul y sus desordenados ojos, tuvo que hacer de tripas corazón –nunca mejor dicho– y pasarse a las zanahorias, la remolacha y la lechuga para poder seguir trabajando en los tiempos de la sociedad cuqui-«healthy». «Tenemos miles como tú esperando una oportunidad», le dijeron. El Monstruo de las Galletas –con sus dos carreras– trabaja ahora como Monstruo de las Verduras, en virtud del poder de lo políticamente correcto y de la hipoteca a 35 años y un día, como las condenas pero con menor margen de revisión. A comer verduras, así salga urticaria. Mr. Potato ahora se llama sólo Potato por aquello de la diversidad y la discriminación de género, lo cual es un contrasentido cuando hasta Nadia Calviño sabe ya que Paca, la Piraña hizo la mili y Abascal no. La juventud de la clase media española del siglo XXI –la que pasa por la más preparada y también más desencantada de la historia– lejos de costearse viajes a la luna o al centro de la tierra, como en las novelas de Julio Verne, se aferra, por un lado, al «ora et labora» monástico y, por otro, al una hora y otra hora y me deben varios días de las empresas modernas, las que aplican los métodos de toda la vida desde que se levantaron las pirámides. Sólo en Sevilla, antes del covid, el 60% de los salarios no daba para mileurista. Y en Linares, reza por una buena campaña de la aceituna. Esta situación se intensifica entre las mujeres, las personas con estudios primarios, los extranjeros y los menores de 25 años. También en Sevilla, uno de cada cinco jóvenes ni estudia ni trabaja. El mercado laboral obliga a trabajar de bandolero, de mercenario, de filibustero… Los «Riders on the storm», que cantaban los Doors de Jim Morrison, que no Henson, son ahora los ciclistas con una mochila cubiforme a la espalda que reparten a domicilio. Los hijos del santo matrimonio Arnolfini, de saldo. La precariedad de siempre – visualice el vespino rojo del Telepizza. «Eres old pero, ¿así de old?»– revestida de APP. Toda la vida preparándote para comer con tenedor y, a la hora de la verdad, lo importante es guardar el cubierto como arma de defensa. ¿Competente? No, gracias. Competitivo. ¿Compañero? No, gracias. Productivo. Estos son los parámetros de los tiempos modernos desde hace décadas, en sepia ya de repetidos. La revolución industrial en Andalucía fue un animal mitológico del que nos hablaron allende Despeñaperros. El rider malagueño que estudiaba bajo una farola ha triunfado en las redes. La foto del chaval con los apuntes, esperando un pedido, Cinderella postmoderno, removió las entrañas de un señor de Alicante que le ha pagado su último curso de mecánica de competición. Marc Márquez le ha invitado a un gran premio. Carlos Alegre, de 24 años, no entiende que sorprenda que estudie y trabaje a la vez. Hay quien ha reaccionado ante la imagen como si fuera lo que en arqueología se denomina un «unicum», algo nunca hallado. Lo que deriva en la evidencia de que el personal que tiene tanto tiempo para opinar no ha trabajado en su vida. Resulta ahora que trabajar y estudiar o compatibilizar becas y empleos o comenzar a cotizar por el salario mínimo es algo inaudito. Y no lo es. Por desgracia, es lo normal. De ahí que el personal quiera ser «tronista», Gran Hermano o Chaturbate. «Entre mis amigos (trabajar y estudiar) es lo normal», dice. «Ojalá la gente entendiese el valor que tiene el tiempo», señala. Lo decía Escohotado: «Cuando un pueblo tiene educación, entonces un país es rico». En el país de los ninis, el rider es el rey.

La foto viral del rider malagueño realizada por el agente Pedro G. Díaz bajo el título “Hay esperanza”, comparando su actitud con los disturbios de Barcelona