Filtros

La «nueva política» nació bajo el signo de Benjamin Button. El «nuevo tiempo» se va pareciendo tanto al «viejo» que coincide en añejos «tics» como negociar de espaldas a la ciudadanía, sin conocer lo que se plantea, y llegar a la casilla de salida de cada legislatura con los ciudadanos con el asombro intacto y la misma capacidad de respuesta que ante la metafísica culinaria. «¿Puede el metacrilato reinventar la sopa de pollo?», cuestionaba Ferrán Adriá. Con el vicepresidente segundo siempre se tiene la sensación de que es incluso capaz de quedar subcampeón en un concurso de tontos. Si se pone, puede hasta empatar porque es listo como para medrar como profesor de Ciencias Políticas y comparar a un fugado, un prófugo a sueldo del erario público en Waterloo, con exiliados como Antonio Machado, que cruzó la frontera con su madre anciana «ligero de equipaje», o Chaves Nogales, que se fue a París y a Londres a pensiones infames con «méritos suficientes para ser fusilado por los unos y por los otros». La imperfección, la posibilidad de mejora, lejos de convertir una idea, una persona o un sistema en «anormal», lo convierte en verdadero y fieramente humano. De hecho, en los sistemas que se dicen «perfectos», los próceres emparentan con la divinidad o han sido señalados por dios, escuchan hablar a los gorriones, no se admite la crítica y la disidencia termina en una prisión del Caribe o Siberia. Un gulag –conviene recordarle a Echenique que no hay prevista quinta parte de «Dumb and Dumber» para que deje de ensayar–, no es un chiringuito en la nieve donde sirven destilados de plutonio –«agitado no mezclado»– con unas aceitunas también presas de aranceles. Históricamente, por menos predicciones que las que hizo Pedro Sánchez en sus mítines –«¿Os imagináis esta crisis en Cataluña con la mitad del Gobierno con Podemos dentro defendiendo que hay presos políticos y defendiendo el derecho a la autodeterminación?»– nombraban al personal profeta. Otegi y sus colegas pueden dejar atrás un pasado de condescendencia con el crimen –«El daño causado por ETA está reconocido. Justo o injusto… Aquí cada uno tendrá su relato»– y eso es y debe ser «normalidad democrática». ¿Si hubiera mediado una denuncia falsa por malos tratos –recuérdese al ex ministro López Aguilar– estarían más en entredicho los Otegi de la vida que como allegados del terror? Los crímenes prescriben antes que las heridas y Otegi puede seguir ejerciendo de Mandela vasco y Junqueras de Gandhi en Las Ramblas. Los ciudadanos, cansados ya de sandeces, hacemos como la señora que grababa una clase de aerobic mientras daban un golpe de Estado en Birmania. Seguimos, mientras Kiko Rivera borra el teléfono de su madre, Chimo Bayo se convierte en líder de la insurrección hostelera y Leticia Sabater se hace «Una proposición indecente» a la inversa y entonces los tanques ocupan la calle y que sea lo que Dios quiera o lo que Pedro predijo. El vicepresidente le ha puesto un filtro de dictadura a la democracia española, reconocida como plena por organismos independientes. Como el abogado que hizo un Zoom con filtro felino y dijo: «Yo no soy un gato», que es justo lo que diría un gato o Pablo Iglesias. Un estudio de la web Cultture.com dice que 8 de cada 10 españoles suele jugar a juegos de zombies. Los otros dos deben estar dirigiendo un país que se debate entre la antigüedad del manifiesto futurista –«Un espectro recorre Europa» todavía– y el consenso deshecho y deconstruido como la sopa en metacrilato.

“Tengan cuidado ahí fuera”

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Juanma Moreno, séptimo presidente de la Junta de Andalucía, sexto sin contar el período preautonómico. Foto de la cuenta personal del Twitter de @JuanMa_Moreno

En el intervalo de tiempo que arquea dos veces la ceja izquierda, Arenas -al que le dan la enhorabuena a la entrada, como a los suegros en las bodas- ya ha ubicado a todo el espectro parlamentario, ujieres incluidos y hasta a Sor Úrsula, el fantasma del antiguo Hospital de las Cinco Llagas. También a los periodistas. “Te había visto fuera y no nos hemos saludado”, señala, entre la advertencia y el halago. Arenas, de hecho, es un maestro en el arte del mantener el equilibrio entre el palo y la zanahoria. “También te he visto a ti, ni lo dudes, y también sé quién eres tú (o como poco, tiene que parecer que sé quién eres tú porque aunque tú no te creas importante, o sí, para mí todo detalle es importante y, en el peor de los casos, por si acaso)”, sería la traducción libre a las freudianas maneras. Arenas, que por momentos mira al infinito de sus adentros como un matemático buscando el origen del cero, se sienta al lado de José Caballos, con trienios en el Parlamento como para llamarle John Horses y encargarle una banda sonora a Ennio Morricone. Dos cabezas privilegiadas al lado. Caballos fue quien mandó al destierro de Madrid a Susana Díaz cuando ésta todavía no tenía consejeros áulicos, áureos ni máximos que alimentaran su mesianismo. Del combate federal con Pedro Sánchez a esta parte, a Susana le pasó lo que a Cuéllar en el Betis. Se fueron o se quisieron ir -que no es lo mismo, pero es igual- y a la vuelta ya no eran los mismos a ojos de la gente porque, de hecho, no eran los mismos. Lo escribió Sabina y lo cantó mejor que nadie Ana Belén: “En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Susana Díaz, acebrada y hermosa como una Dolorosa, entró por un lateral del Parlamento, en un principio desapercibida, a las 12 horas y 27 minutos, hablando de “responsabilidad” y presentándose como “la garantía de la defensa de la igualdad”. Dos minutos antes, a las 12:25 horas, Juanma Moreno apareció en escena, arrullado por un enjambre de medios, mostrándose “muy ilusionado” en “un día para la esperanza y la ilusión”. Cientos de personas, mujeres en su mayoría, alentadas por el PSOE, Podemos, IU, los sindicatos y colectivos sociales y hasta por el Gobierno en funciones, ya protestaban a las puertas del Parlamento contra la “dictadura patriarcal”. “No era el momento”,  señaló Moreno.

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Licantropía electoral

MO Parlamento, preguntas a la presidenta Susana Diaz 078

Parlamento, preguntas a la presidenta Susana Díaz. Fotón de Manuel Olmedo.

La «licantropía clínica» es un síndrome en el que el paciente cree que puede convertirse, o que se ha transformado ya, en un animal. Con el anuncio de nuevas elecciones –advenimiento, por otra parte, presente del 20N a esta parte–, el político sufre unos síntomas que sólo acaban, si es que terminan, la noche de autos electoral, tras la consabida «fiesta de la democracia» en la que todos los partidos impenitentemente ganan. El Parlamento no es ajeno a los designios electorales. Más aún, viene siendo lo que Guernica a la Gran Guerra mundial. Un laboratorio, un anticipo meridional de posibles pactos y contiendas por venir. El 20N confluye en las Cincos Llagas. Como Picasso respondiendo a sus críticos –«Yo hago lo imposible, porque lo posible lo hace cualquiera»–, Susana Díaz anunció, durante la sesión de control, que el paro bajará de las 950.000 personas este mes, insistió en que «hay que derogar la reforma laboral» y dejó un nuevo argumento para la confrontación electoral: la PAC.

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