“La cabina”

Hubo un tiempo en que los niños de España queríamos ser Martín Vázquez. De súbito, en los años casi yeyé de la Quinta del Buitre, el foco pasó brevemente –temporada o temporada y media– de Butragueño y Míchel y las piruetas de Hugo Sánchez al jugador que decían que, jugando muchas veces a pierna cambiada, era el más dotado de su generación. Técnicamente, se entiende, porque hay fotos del 7 «a calzón quitao’» que atestiguan lo contrario, el 8 tenía un guante en la pierna derecha y ejercía de organizador desde la banda y el propio SanchísHarpo moreno, era un central de categoría con el balón en conducción. Martín Vázquez se dejó bigote, empezó a meter goles de falta y a desequilibrar. Después lo fichó el Torino, que a falta de los engañadores sin pelo y con parabólica, parecía que iba a ser la alternativa al Milan de Sacchi o al Nápoles de Maradona. Por entonces, que un futbolista saliera de España como fichaje de campanillas era un acontecimiento. Los niños queríamos ser Rafael Martín Vázquez ese tiempo, luego el centrocampista volvió al Madrid tras un periplo sin pena ni gloria en Turín y Marsella y acabó en el Deportivo de La Coruña. Eran los tiempos en que no existía ningún Instituto Holístico de Acupuntoras Descalzas. Casi nadie menciona hoy a Martín Vázquez, como casi nadie recuerda a Coloccini, un central, que también jugó en el Dépor, con el pelo del Actor Secundario Bob y que repartía más estopa que Alfonso Guerra en sus mejores tiempos. Tampoco recuerda nadie los billetes de a 1.000 pesetas con la cara de Galdós, que también tenía bigote. Estos días pesan más sus letras con la Pardo Bazán -precuela reguetonera, tiran más que dos carretas- que «Los Episodios Nacionales». Ahora el agua cotiza en bolsa y la RAE ha incluido el término berlanguiano, puede que como aproximación a la definición de 2020. Se nos vendió que el siglo XXI arrancó con la caída del muro de Berlín o, estirando, el atentado de las Torres Gemelas. Toda una vida albergando el resplandor de «Blade Runner» –¿Acaso sueñan los coronavirus con humanos probeta?– para llegar a un presente en el que se venden oficinas para colocar en el jardín y trabajar desde casa. Para el que tenga casa, tenga jardín y tenga trabajo. “Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”. «Quienes cruzan el mar cambian el cielo, pero no de alma», vio venir Horacio. En Nápoles, aún de luto por el Diego, se temen más desastres porque la sangre de San Gennaro no se ha licuado. «La cuestión no es si nosotros creemos o no creemos en Dios. La cuestión es si él cree en nosotros, porque si no cree, estamos jodidos», decía Amador en «Los lunes al sol». Hace 46 años del estreno de «El jovencito Frankenstein», preludio del Gobierno de Pedro Sánchez; y un cuarto de siglo de «Jumanji» justo cuando la vida parece la continuación de la partida de Alan Parrish. Tiempos con cursos para ligar basados en entrar en la discoteca y saludar al personal como si conocieras a todo el mundo. «Hey, qué pasa, crack». Es más cruda la soledad en una pista de baile –templos para cuestionarse la metafísica de la existencia: «Qué carajo yo hago aquí si ni sé bailar»– que en los cementerios. El 2020 ha derrumbado las certezas. Bruselas ya no parece ese sitio aburrido en el que Zoido mira los días lluviosos por la ventana junto a una tapa de melva canutera sino la nueva Sodoma y Gomorra de Europa, con cuadrantes para la orgías más allá de las oficinas instaladas en los fríos jardines de las casas del Viejo Mundo. Mientras en Wuhan ya hacen maratones y van a las discotecas, hemos pasado de albergar el sueño de un día ser Martín Vázquez a la pesadilla de José Luis López Vázquez en «La Cabina» pero con Rafael Amargo de fondo diciéndole a la juez que de su casa, que uno se la imagina a medio camino entre oficina, tablao y embajada de la UE, «nadie-se-va-con-más-droga-de-la-que-llevó». Estaba escrito que un día Azcona se haría cargo de los guiones del cielo en tanto «arden las naves más allá de Orión».

Yerno de las madres de España, Prometeo de «la nueva Transición»

Ciudadanos ha convertido el hotel de las primarias de Susana Díaz contra ella misma, previa elección dactilar de Griñán, en su fortín de campaña. Al lado,  una inmobiliaria anuncia: «Los naranjos de Marbella es tu elección». Cuando el azar –o el destino– se pone, imita los guiones de Rafael Azcona.
«Los naranjitos», como los bautizó el popular Rafael Hernando, de entrada, se diferencian de PP y PSOE en una serie de aspectos obvios para los sentidos. En sus mítines ni se chilla ni se suda. Es más, hay hasta escaleta, sobre la que se improvisa. Un millar de personas se congregaron ayer, por sus  medios y sin que conste débito salarial alguno. A la salida, el único autobús que esperaba era el del Elche, que jugaba con el Sevilla por la tarde. España ha vuelto a las arrobas como unidad de medida y al discurso de la Transición. El líder de C’s, Albert Rivera es un híbrido entre Adolfo Suárez y Pablo Alborán. Él mismo recordó al delegado del Gobierno, Antonio Sanz, sin caer en el estribillo fácil de «Y tú, y tú, y tú» más, que su madre  también es de Málaga. La sintonía de C’s, empero, tiene un aire a la serie de los 90 «Sensación de Vivir». Rivera es el Brandon que toda madre quiere como yerno. Juan Marín no pasa por Dylan pero sus maneras capilares pueden sustituir en el Parlamento el hueco dejado en este aspecto por Diego Valderas. Marín gasta el mismo desparpajo que Manolo García sobre un escenario. Quietud de hombre tranquilo. Testimoniales fueron las intervenciones de Javier Millán, candidato a la Alcaldía de Sevilla, e Irene Rivera, número 1 en la lista por Málaga, piloto de helicópteros, «mayday, mayday». Tomó el testigo Javier Nart, abogado, europarlamentario, fajado en debates televisivos y «Crónicas Marcianas». Nart –chaqueta de pana, reminiscencia de sus tiempos del PSOE de Tierno Galván– también corresponsal de guerra, dispara con vocación de Rambo en Vietnam. «En la guerra la primera víctima es la verdad. En las campañas, el respeto a la ciudadanía». Nart explicó que en los mítines se apela «a sentimientos primarios» pero no se llega al «qué y al por qué». «La lucha contra la corrupción -en Andalucía– ni está ni se la espera», censuró, para hablar de un «franquismo sociológico» en la comunidad y del «España soy yo» de Susana Díaz. Nart ahondó en un «cacicato de fuerzas de izquierda que hacen una política de derecha» y «una ciudadanía captada» a través de subvenciones. «El PSOE es el partido del régimen. Hace falta un golpe de timón serio» y «no pensar con quién se van a liar para seguir haciendo lo mismo. Con nosotros, no, jamás, nunca». Nart, con la Cabalgata de las Walkirias en su cabeza y la mirada del Coronel Kurtz, también agradeció al  PP que le esté «haciendo la campaña», dándole la bienvenida «a Esquerra Republicana» al «señor Floriano, Hernando y a Antonio Sanz». «Ciudadanos, los ciudadanos, tiene la llave», concluyó el eurodiputado del matarile diálectico. «Me encanta el olor a napalm por la mañana», el coronel Kilgore en «Apocalipsis Now».
El candidato Juan Marín abogó por «reformar los que no ha funcionado». «Los investigados, como dicen ahora, a la calle». El fin de los aforados, listas abiertas, limitación de mandatos son otras de las recetas del  candidato de C’s, quien, con la querencia de secundario de Manolo Gómez Bur, espera, tras cinco días de campaña,  dar «un paseo por la playa de Sanlúcar para despejarme». «No hay nada más poderoso que la papeleta para cambiar las cosas. Si no créeis en el cambio, votad a otra fuerza», finalizó, añadiendo que no van a pactar «con quien no lleve las reformas que planteamos». Marín ya gobierna en Sanlúcar con el PSOE.
«No os pido una sociedad de gente cabreada, os pido una sociedad de gente feliz», arrancó Albert Rivera, el líder de C’s, de quien pudiera parecer que cuando nació le hubieran dicho a sus padres: «Enhorabuena, han tenido un candidato». «Viene una nueva era», explicó, tras referirse al 15M ,a una «nueva Transición» y «un renacimiento civil». Rivera, que no vino al mundo con un pan debajo del brazo sino con una americana a medida puesta, aboga por «gente que no sólo protesta sino que propone». La palabra «país» pasa por la favorita del líder de C’s. «No me gusta perder ni al parchís. Esto no ha hecho más que empezar. Ser la tercera fuerza es posible», arengó, sin alzar la voz, si desprender una gota de sudor, gustándose al punto de explotar los recursos como «hijo de comerciantes» acostumbrado a debatir consigo mismo ante el espejo, como el Gran Gatsby. «Igual gobernamos y no somos sólo la llave». Entonces tiró de clásicos: «Tengo un sueño -«I have a dream»–: cambiar este país. Y no se puede sin cambiar Andalucía, que es la tierra de Alfonso Guerra, gran orador y muy buena cabeza», encargado, recordó, de la campaña del 82 –«Por el cambio, el PSOE; «El cambio en Andalucía», C’s ahora– en la que arrasaron los socialistas. Entonces, parafraseó a Guerra: «A Andalucía si  gobierna C’s no la va a conocer ni la madre que la parió». «La vieja política aún piensa en pactos, en ofrecernos sillas. No tienen nada que ofrecernos para que esto siga igual. Ni cargos, ni dinero, ni paguitas. España necesita un plan y C’s es la palanca del cambio».  «¿Serán humildes y entonarán el ‘mea culpa’? Si no, no hay nada que hablar. Oposición dura y a por ellos». También citó como líneas rojas «el fin del aforamiento –«no sólo que dimitan Chaves y Griñán»– y un pacto nacional contra la corrupción» con PSOE, PP y Podemos, del que dijo que, a diferencia de ellos, «no vamos contra nadie». «Como en el 77 y el 78 hacen falta líderes de la reconciliación, gente de Estado, estadistas, no políticos al uso. Ustedes son nuestros jefes», señaló con guante de seda el líder de Ciudadanos, el yerno de todas las madres de España, posible llave de la Junta, Prometeo de «la nueva Transición».