Escarcha

No hacen falta cien años para contemplar más odios eternos que amores para toda la vida. Más vocación de eternidad en la rabia que en el cariño. Más pasión en la venganza que en la culminación del amor. Más veces llorar de pena que de alegría. Cuentan los expertos en los entresijos de la psique humana que, en la mayoría de ocasiones, estas actitudes responden a un único estímulo interior: el miedo. Miedo a querer. Miedo a entregarse. Miedo al desgarro. Miedo al abandono. Miedo, al fin, a la vida. Los sabios en el difícil arte de sonreír a los días –que solían despachar en las barras del Savoy cuando el toque de queda era un recurso narrativo en el café de Nouvion de «Allo, allo!» – sostienen, sin embargo, Baco mediante, que «eso es de tiesos». La mayoría de la fiel infantería de lo que en el siglo XX se llamaba «clase media» puede decir que tiene «casi de todo» –coche, puede que una moto, una vivienda, quizás un apartamento en la playa, puede que un trabajo que deje vivir al menos día y medio de cada siete, familia, perro, gato, equipo de fútbol, algunos trajes para la ocasión, fibra óptima, móvil, libros, perfumes, paracetamol, Netflix, Amazon y hasta la tarjeta del Club Carrefour, un satisfyer y una Playstation– sostenido todo ello por la cuerda floja del crédito y la inestabilidad y precariedad del mercado laboral. Tantas cosas se pueden llegar a tener que existe la posibilidad de sentir vergüenza si no se siente una felicidad plena. Sin embargo, más cuando antes de la pandemia había tiempo para problemas del primer mundo, quedaba una sensación de vacío, de ausencia de felicidad, de desgarro en el alma. Lo retrató por rumbas el Lichis: «Mata más gente el tabaco que los aviones y he perdido el miedo a volar». La paradoja entre tener y ser y el silogismo de la eterna insatisfacción. «Felicidad, qué bonito nombre tienes. Felicidad, vete tú a saber dónde te metes». Los homo sapiens sapiens 5G, la criaturitas hiperconectadas del siglo XXI, en general nos sentimos como personas incompletas, discapacitadas de alma. Y si eres concejal de Vox en Baza –«A los hechos me consumo»–, ni te cuento. En estas circunstancias, hay quien opta por mirar para otro lado y tirar «pa’lante» –como dijo Raphael el 28F cuando no olvidaba la letra del himno– hasta que el corazón aguante. Hay también quien cae en las aguas de la tristeza, como en «La Historia Interminable». (Ya hay estudios que señalan que la depresión afecta hasta a los bebés). Hay quien se ve obligado a guardar el corazón en un cofre, como Davy Jones, para dejar de sufrir, que es dejar de sentir y, esto es, en el fondo, dejar de vivir. La leyenda del holandés errante. Entonces, se sobrevive. La ansiedad pandémica es el agapornis del coronavirus. Si queda alguno que, por imposibilidad congénita u otra causa –tras un año en estado de alarma, 72.000 muertes en España y unos husos horarios a los que sólo le faltan los serenos, los seitas, el gol de Marcelino y Gracita Morales para retrotraernos 100 años– puede levantar la mano y decir que no ha llorado, que se mire seriamente la posibilidad de que en vez de persona sea replicante. El «Blade Runner» original transcurre en 2019. Hay días que la cosa parece que mejora, cuando se tiende a pensar, como en los viejos tiempos, que ese vacío centrifugador de las entrañas al pecho seguramente es sólo un ictus. En este «museo de la escarcha», pequeño vals vienés lorquiano, la felicidad se reconoce en los espejos retrovisores. El CIS es «una muerte para piano» que dice que uno de cada tres españoles ha llorado durante la pandemia. El otro se lo ha callado y el tercero llorará de aquí al retorno –o no– a la vieja normalidad con su bendito vacío existencial a medio camino entre el cuadro de Luca Signorelli («El Juicio Final o Los condenados»), en el que se vislumbra a un bufón, entre las sombras, riéndose del llanto de los que van a morir, y «El jardín de las delicias» del Bosco.

“La cabina”

Hubo un tiempo en que los niños de España queríamos ser Martín Vázquez. De súbito, en los años casi yeyé de la Quinta del Buitre, el foco pasó brevemente –temporada o temporada y media– de Butragueño y Míchel y las piruetas de Hugo Sánchez al jugador que decían que, jugando muchas veces a pierna cambiada, era el más dotado de su generación. Técnicamente, se entiende, porque hay fotos del 7 «a calzón quitao’» que atestiguan lo contrario, el 8 tenía un guante en la pierna derecha y ejercía de organizador desde la banda y el propio SanchísHarpo moreno, era un central de categoría con el balón en conducción. Martín Vázquez se dejó bigote, empezó a meter goles de falta y a desequilibrar. Después lo fichó el Torino, que a falta de los engañadores sin pelo y con parabólica, parecía que iba a ser la alternativa al Milan de Sacchi o al Nápoles de Maradona. Por entonces, que un futbolista saliera de España como fichaje de campanillas era un acontecimiento. Los niños queríamos ser Rafael Martín Vázquez ese tiempo, luego el centrocampista volvió al Madrid tras un periplo sin pena ni gloria en Turín y Marsella y acabó en el Deportivo de La Coruña. Eran los tiempos en que no existía ningún Instituto Holístico de Acupuntoras Descalzas. Casi nadie menciona hoy a Martín Vázquez, como casi nadie recuerda a Coloccini, un central, que también jugó en el Dépor, con el pelo del Actor Secundario Bob y que repartía más estopa que Alfonso Guerra en sus mejores tiempos. Tampoco recuerda nadie los billetes de a 1.000 pesetas con la cara de Galdós, que también tenía bigote. Estos días pesan más sus letras con la Pardo Bazán -precuela reguetonera, tiran más que dos carretas- que «Los Episodios Nacionales». Ahora el agua cotiza en bolsa y la RAE ha incluido el término berlanguiano, puede que como aproximación a la definición de 2020. Se nos vendió que el siglo XXI arrancó con la caída del muro de Berlín o, estirando, el atentado de las Torres Gemelas. Toda una vida albergando el resplandor de «Blade Runner» –¿Acaso sueñan los coronavirus con humanos probeta?– para llegar a un presente en el que se venden oficinas para colocar en el jardín y trabajar desde casa. Para el que tenga casa, tenga jardín y tenga trabajo. “Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”. «Quienes cruzan el mar cambian el cielo, pero no de alma», vio venir Horacio. En Nápoles, aún de luto por el Diego, se temen más desastres porque la sangre de San Gennaro no se ha licuado. «La cuestión no es si nosotros creemos o no creemos en Dios. La cuestión es si él cree en nosotros, porque si no cree, estamos jodidos», decía Amador en «Los lunes al sol». Hace 46 años del estreno de «El jovencito Frankenstein», preludio del Gobierno de Pedro Sánchez; y un cuarto de siglo de «Jumanji» justo cuando la vida parece la continuación de la partida de Alan Parrish. Tiempos con cursos para ligar basados en entrar en la discoteca y saludar al personal como si conocieras a todo el mundo. «Hey, qué pasa, crack». Es más cruda la soledad en una pista de baile –templos para cuestionarse la metafísica de la existencia: «Qué carajo yo hago aquí si ni sé bailar»– que en los cementerios. El 2020 ha derrumbado las certezas. Bruselas ya no parece ese sitio aburrido en el que Zoido mira los días lluviosos por la ventana junto a una tapa de melva canutera sino la nueva Sodoma y Gomorra de Europa, con cuadrantes para la orgías más allá de las oficinas instaladas en los fríos jardines de las casas del Viejo Mundo. Mientras en Wuhan ya hacen maratones y van a las discotecas, hemos pasado de albergar el sueño de un día ser Martín Vázquez a la pesadilla de José Luis López Vázquez en «La Cabina» pero con Rafael Amargo de fondo diciéndole a la juez que de su casa, que uno se la imagina a medio camino entre oficina, tablao y embajada de la UE, «nadie-se-va-con-más-droga-de-la-que-llevó». Estaba escrito que un día Azcona se haría cargo de los guiones del cielo en tanto «arden las naves más allá de Orión».