Millennium (II): El plumilla que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

La esencia de la vida consiste en ir hacia delante. Dar marcha atrás no es viable. El pasado, como decía Soledad Villamil en “El secreto de sus ojos”, no es mi jurisdicción. “Me declaro incompetente”. Adelante, siempre. De derrota en derrota, hasta la victoria final, como dijo Ho Chi Minh o el Che o vaya usted a saber. (La frase le pega a Silvio, el rockero). A trompicones. Como sea. Por inercia. Adelante, siempre.

El periodismo –mayormente el impreso- anda estancado en un bucle melancólico. Las historias que alguien, siempre, todavía, toda/la/vida, ha intentado mantener ocultas permanecen ocultas. No hay medios, ni motivación, para llegar más allá de la convocatoria de rigor, del periodismo de agenda, del canutazo o de la rueda sin preguntas. El perro guardián de la democracia apenas es un yorkshire, con su lacito y todo. Un “lamechichi”, que le llaman las malas lenguas. Bastante tuvimos con sobrevivir, podremos escribir en nuestra lápida.

El producto informativo ya siquiera es producto. Se regala en internet. Se copia y pega de un medio a otro, de una agencia a otra. Sea verdad o mentira. El sindicalista Marcelino Camacho, al parecer, se murió la otra noche y resucitó varios minutos después. Muerte súbita, no. Muerte mediática, se llama la película. (Un purista del plumillaje, en otro tiempo, habría contratado a un par de sicarios para cargarse al menda. Todo menos que la veracidad del medio quede en entredicho).

Sarcasmo aparte, resulta evidente que el periodismo se ha perdido el respeto a sí mismo. Todo empezó el día que vendieron la maravillosa idea del increíble hombre orquesta o, mejor, el increíble becario orquesta. Las víctimas no son los periodistas, es el periodismo, herido de muerte mucho antes de que existiera internet. Los periódicos de papel comenzaron a morir cuando a un lumbreras encorbatado –con la complicidad silenciosa de los directores y demás seres galácticos- se le ocurrió que era más rentable vender malos periódicos que buenos periódicos. Se recortaron –y se recortan- las plantillas, los costes de producción, la calidad del papel y los contenidos para, en teoría, obtener más beneficios. Y la ilegalidad se casó con el fraude, como si fuera una viñeta de El Roto. Los mejores profesionales están fuera de las redacciones. Como si en una cafetería italiana esperaran ganar más cambiando la máquina de 18 bares de presión por una de hospital y cobrando al mismo precio el ‘aguachirri’ que el café expreso. Un lumbreras, el tipo. Y una falta de respeto al periodismo mismo.

Cuando llegó internet, los medios impresos estaban tan destripados que no pudieron ni protestar. ¿Y qué han hecho? Regalar el producto que sale a la mañana siguiente el día antes. El valor añadido del papel es la melancolía. Ni más análisis ni, por supuesto, más calidad que la web. La misma mierda, que diría Felipe González, alias Isidoro. Cojan el mejor periódico nacional, a ver cuántas páginas se pueden salvar de la quema en un día bueno. Nunca más de cinco. Leo en el twitter de Peperoni Ruiz que “The Guardian llevó ayer al pulpo Paul a portada, más destacado que Afganistán. Ya sabéis: la crisis de la prensa es culpa de Internet”. Pues eso.

Después está la falsa ilusión de pensar que el periodismo es un oficio que puede ejercer cualquiera. Un poné’, Belén Esteban. O un bloguero. Un bloguero lo primero que tiene que hacer es inventarse un nombre serio, por favor. Y el anonimato es la madre de la calumnia y la mentira. No sé si leí en algún lado o tuve el momento anual de lucidez el otro día y lo parí yo mismo, que “si se vieran las tripas de los partidos, no habría estómago para votar”. Los periodistas somos profesionales de la casquería. Y los partidos, los grandes, los que mandan, no se equivoquen, funcionan de un modo muy parecido a lo que se cuenta en “El Padrino”. “La familia” y esas cosas. Me contaba Paco Cifuentes, y lo escribía el maestro Correal, que cuando las elecciones norteamericanas, al Cabrero, entre Obama y McCain, le caía más simpático el de la cara oscura. “Las ovejas se están preguntando: ¿Quién será nuestro pastor? El pastor es lo de menos. Detrás del pastor hay un dueño y un carnicero”. Las verdades del Cabrero.

Como dice José Antonio Sola, “todo está inventado”. Evidentemente, no tratamos de descubrir la pólvora. Estas ideas las defiende, entre otros, David Simon. El creador de “The Wire” recuerda que “el periodismo, cuando se practica adecuadamente, es un acto increíblemente delicado, ético y exigente de tiempo que requiere conocer un asunto, mantener las fuentes, saber qué usar y qué no usar de estas fuentes, volver cada día para saber qué es nuevo y relevante en la institución que estás cubriendo y escribir de un modo sofisticado que a la larga desvele cosas complicadas sobre esa institución. Es algo que no puede hacerse desde el cuarto de estar, sino desde la calle y con llamadas telefónicas. La mejor gente que he conocido lo hacía, y cubría las instituciones durante ocho, nueve o diez años. En los periódicos de hoy en día, los reporteros con 10, 15 o 20 años de experiencia se han ido y no confío en que vayamos a descubrir lo que deberíamos descubrir en el ayuntamiento, en el departamento de policía o en el sistema escolar porque el reportero de 24 años que lo cubre lleva sólo seis meses”. Hay más medios y más voces que nunca, pero nos enteramos de menos cosas que nunca. O sea.

A la hora de la verdad, los lumbreras –el enchaquetado de la máquina de café de antes- confundieron internet con un formato publicitario. Internet es otra cosa. En relación a la prensa escrita, la forma de ahorrar costes en la distribución, la parte que se lleva el bocado más grande del pastel. En lugar de difundir los libros electrónicos y los ipad, ipod y toda la pesca –el futuro que no llama a la puerta, sino que va a tirarla abajo-, los periódicos –con los lumbreras encorbatados del café de las cagaleras a la cabeza- se han dedicado a bonitas promociones de, a saber, medio kilo de pepinos, caldito del puchero, pulseritas, televisores, mp3, bicicletas, magdalenas, pasos de Semana Santa en miniatura y un largo etcétera de productos que, lejos de crear clientes, de incentivar la lectura y la información, invitan a pasarse –siguiendo con el símil, es que uno es muy cafetero, oiga- del café al te o al cocalao. Regalar un periódico sin forma humana –o tecnológica- de vender publicidad de manera efectiva –los banner aún no aportan nada- es el suicidio del oficio. Cuesta dinero mandar a un redactor a Madrid, Barcelona, Jerusalén o a la esquina de la Macarena. Normalmente, el taxi lo paga el propio redactor, dicho sea de paso. Ergo, el producto tiene que costar algo. Tratado de Economía, página 25, autor: Perogrullo. El coste de distribución de internet es casi mínimo. Promocionen ustedes, señores encorbatados, las conexiones. Y como queda demostrado que son algo limitados, estimados jefazos de los medios grandes, pequeños y medianos, más clarito: cobrar por los periódicos en internet es la única forma de salvar las redacciones y, con ellas, el periodismo, con lo que ello conlleva. Aparte, el concepto rentabilidad sigue siendo relativo. ¿Acaso el editor de libros, el chatarrero o los primos de Angelina Jolie, los del grupo de homofónico apellido –qué guionista está perdiendo Buenafuente conmigo- cenarían con el Borbón o los presidentes de aquí y allá si se dedicaran, exclusivamente, a vender libros, chatarra o a ‘noséqué’ tanto como ahora? Callar a un periodista equivale a enmudecer la democracia. Si quieres influir en la política, no compres periódicos, compra periodistas.

Los lumbreras pusieron la pistola, pero los periodistas –no escurramos el bulto- estamos apretando el gatillo. Como le dijeron a Rita Amaya la primera vez que puso un pie en una redacción, somos como putas. Al principio, se sintió agraviada. Con el tiempo, comprendió que “los agraviados no somos nosotros. Y si me encontrase con aquel compañero le diría que sólo una cosa nos distingue de las prostitutas: la dignidad. Ellas la tienen”.

Mientras la sangría de profesionales sigue su curso, unos y otros miramos para otro lado. Apenas alguna protesta. Algún paro infructuoso. “Perro no muerde a perro”. El sofisma –como recuerda Aurora Flórez- tras el que nos escondemos para no hacer nada. No somos víctimas de un asesinato, no. La excusa de que “la tecnología cambió” no es válida. No somos el cochero de caballos que no supo sacarse el carné de conducir. La base de este invento que nació mucho antes de la imprenta de Gutenberg es elaborar información precisa y de calidad que ayude a comprender el mundo que pisamos. Si el producto fuera mejor, si cada noticia estuviera escrita como si fuera la noticia más importante del mundo –como hace Paco Correal, por ejemplo-, aunque sea la chorrada más grande del globo, podríamos exigir cobrar por las líneas que escribimos y tendríamos un nuevo sistema de distribución con unos costes limitadísimos. Periodismo Humano se basa en esto. No estamos siendo asesinados. Somos colaboradores directos de nuestra muerte; permitiendo que, por ejemplo, en Sevilla el decano de la facultad de Comunicación, hasta hace dos días, fuera un tipo que jamás ha pisado una redacción. Un amateur –dotado para la pedantería- de la comunicología, o sea. Y con una generación futura que cuando tuvo frente a ella el digno ejemplo de la lucha y la dignidad de El Correo de Andalucía siquiera tuvo el arrojo de cruzar de acera para aplaudir contra la injusticia. No es que perro no muerda a perro. Es que las ratas no nos relacionamos entre nosotros. Y apestamos a indignidad.

Cuenta uno de los más grandes plumillas de este país –un privilegiado en esto de contar historias que ha sido corresponsal en Roma, Londres, Nueva York…, un tipo con arrojo para llamar pan al pan y garrafón al vino malo- que no está “seguro de estar todavía en el oficio”. Humildemente le digo que si él no está en el oficio es que el oficio ya no existe y que en tanto llega el fin del mundo, como dice Sabina, que nos coja bailando. Y contándolo.
Hoy se celebra el Día de San Judas Tadeo, abogado de las causas difíciles y desesperadas, recuerda Sale Cao en el ‘feisbuk’. Adrián González, que se tuvo que coger las maletas para el lado oscuro siendo un plumilla multidisciplinar mucho antes de que existiera el ‘palabro’, cree “que internet le está haciendo mucho daño al periodismo. Se ha desatado la obsesión por informar antes que nadie, da igual qué, pero rápido, sin contrastar, sin verificar, al minuto, al segundo, antes que la competencia, todo bajo el epígrafe de “Urgente”. Hace diez años, el conocimiento acumulado era un valor añadido. Hoy no. Ejemplo: hoy cualquiera puede escribir una doble página sobre qué hacer, qué comer, qué visitar en Kuala Lumpur sin haber salido de su pueblo. Puedes redactar mejor, peor, hacerlo más atractivo, pero la información está ahí, en internet, con todas sus ventajas y sus condenas. Internet es el invento del siglo, pero empieza a tocarme un poco las narices”. “Internet nos va a matar”, dice. Tomás Monago recuerda que “el New Yorker es una referencia en papel y crece como un tiro: tiene ya 1.200.000 lectores, porque ofrece algo diferente. El papel morirá si se dedica a imitar el modelo de periodismo basura, tipo Mcdonalds. Porque, en teoría, el papel está para dar jamón y no hamburguesas”.

Algo pasa cuando hasta las autoras de éxito mundial de libros de autoayuda se suicidan. Algo pasa en el mundo. Y tenemos que contarlo. Aunque, más pronto que tarde, el anuncio para buscar redactores en un periódico recuerde al que puso Ernest Schackleton reclamando voluntarios para la expedición a la Antártida en 1914: “Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida”. (Ni con alma, añado). “Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Seamos como Fineo, rey de Salmideso, el que veía a través del tiempo. La mirada que sólo ve el presente es limitada. (El sabio observa las cosas desde un tiempo eterno). Decir que la realidad es indescifrable, que cualquiera la puede contar, es decir que es inmodificable y eso no sólo es mentira, sino que es lo que pretenden “los carniceros”. Es tiempo de descifrar la piedra Rosseta. La última página aún no está escrita. Aunque no manche los dedos de tinta. Una huella dactilar quedará marcada en la pantalla del Ipad.

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Trasplantes de cara(dura)

Mucho hemos tardado. Una eternidad. España es uno de los cuatro lugares del mundo mundial en el que una persona puede trasplantarse la cara. Somos una superpotencia sanitaria, un bastinazo con el bisturí, un territorio repleto de eminencias médicas. Otra cosa es que para que una ambulancia llegue a Carmona -30.000 habitantes y siglos de historia- se tarde hora y media –según los afectados- o tres cuartitos de hora, que es lo que dura medio partido de fútbol, -según el Servicio Andaluz de Salud- y, por las cosas que tiene el azar, oye, coge y se te muere la señora antes de que lleguen los médicos.

Minucias de este tipo no quitan brillo al hito mundial de trasplantarle la cara a una persona necesitada de trasplantarse la cara. Lo que extraña es que, teniendo en cuenta que contamos con grandes cirujanos modernitos con chilaba que te operan de buen rollo escuchando a Chambao; una ministra de Sanidad para ponerle un piso donde quiera; la tecnología necesaria; el instrumental médico más limpio que una patena; y todos los avíos necesarios; la cosa se haya retrasado porque faltaba “un donante”. De hecho, tenemos varios hospitales más esperando para la operación y esperando un rostro como quien espera a Godot.

Con lo sobraos’ que estamos en el país de gente sobrada de cara. Desde el presidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, al director del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez. Dos personas que lo que se dice llegar a fin de mes, llegan, mire usté’, y que solicitan, así, por y con la cara seria, un abaratamiento del despido “para generar empleo”. Se trata de dos claros casos de posibles donantes incomprendidos. Con lo claro que resulta el sofisma consistente en abaratar despidos y crear más empleo y este país de titulados universitarios buscándose las habichuelas en la hostelería se empeña en no entenderlo. A todas luces, se trata de una magnífica idea: despidos a coste casi cero y, con lo que el empresariado español se ahorra, puede invertir en yates, hoteles, cócteles, señoritas de compañía, etcétera, etcétera, etcétera. En hacer turismo, que es la única industria “made in Spain”.

Con despidos más baratos, estos señores tan preocupados por el bien común podrán tener la mente más liberada para seguir pensando en grandes proyectos innovadores como los que hacen de este país una de las mayores potencias empresariales del universo, gracias a la innovación en sus negocios. Ladrillo mixto, ladrillo de gafa, ladrillo perforado, ladrillo caravista, ladrillo refractario. Un ejemplo en Investigación y Desarrollo esta enladrillada tierra de María santísima. De salir adelante la medida, como homenaje, la patronal debería pasar a llamarse CEOE –OÉ!-OÉ!-OÉ!

Puede ser verdad que el 63% de los trabajadores cobre menos de 1.100 euros brutos al mes o que 16,7 millones de asalariados perciban un sueldo anual inferior a 13.400 euros, pero estas razones no son suficiente argumento para poner en duda el proyecto de unas personas que, como todos reconocemos, son las que tiran del país echando entre 10 y 14 horas diarias en el tajo; llevando a los niños al colegio; llamando a los abuelos para que los recojan y los cuiden hasta la noche; preparando la comida para todo el día y ordenando mal que bien la casa; echando una cabezadita en el sofá con Buenafuente de fondo a las 2:00 de la madrugada; diciendo a la señora que “sí, cariño, que ya voy a la cama, que ya sé que mañana me toca a mí dejar al niño en el colegio y tengo que estar en el laburo a las 8:30 y no veas los atascos”; y, una o dos veces por quincena, echando hasta un polvo, que hay que mantener la tasa de natalidad del país. Que viva España.

Que en este país tan desarrolladito y aseado que tenemos gracias a este tipo de personas se cuenten con los dedos de una mano los trabajadores que ganan más de mil mortadelos al mes no es razón para echar por tierra la bajada de la indemnización por mandarte al paro –o a la puta calle, si se prefiere- o para pedir que, en lugar de bajar los despidos, suban los sueldos. Porque, oiga, si antes del euro un café costaba 60 pesetas –vulgo, 20 duros-, y ahora cuesta, al cambio, 200 perras gordas y, por el contrario, los sueldos no se han triplicado y se gana igual que antes de la moneda común –aclaración: común entre unos pocos que se las reparten-, eso no es culpa de estos señores que tratan de reflotar la economía del país y sus yates privados. Ante este silogismo, que le pidan cuentas a Felipe, que fue el que nos metió en el euro con esa labia y esas chaquetas de pana que gastaba.

No acaban aquí los posibles donantes de cara, por eso de que andan sobraos’ de rostro. Los banqueros, por ejemplo. Los señores banqueros, unas personas que no tienen nada de responsabilidad en esto de la crisis/reajuste del sistema que sufren las economías de los países capitalistas. (En el resto del mundo, la crisis se llama miseria y no es noticia). Unos profesionales de lo suyo que, en un ejercicio de responsabilidad social, después de recibir más de 30.000 millones de euros de los impuestos de los españolitos, y de haber ganado sólo algunos céntimos durante todos los años del llamado ‘boom inmobiliario’ –época en la que para que te concedieran un crédito bastaba con presentar como aval la colección de cromos de Panini-, se muestran reacios –en pos del bien común- a “prestar” el dinero a los empresarios, autónomos y demás ciudadanos para que financien su medio de vida para ganarse nuestro pan bimbo de cada día.

Los banqueros –cuyas pensiones, contando sólo el personal del Ibex, suman 491 millones- en un ingrato ejercicio de pedagogía están enseñando a este país de derrochadores a evitar ir a los bancos para nada, porque te roban. Sin duda, los bancos mundiales, en general, y los españoles, en particular, merecen el premio Principito de Asturias de Economía. Los microcréditos de Muhammad Yunus son una minucia en comparación con la labor de entidades financieras nacionales como el Santander y el BBVA –léase “beba uva”-, las cuales cerraron el pasado ejercicio entre las cuatro primeras del mundo en cuanto a beneficios, con 9.400 millones de superávit en el caso de la empresa del señor Botín, su mujer la Bota y sus hijos los Botines.

Y podemos seguir con personalidades sobradas de cara para un posible trasplante. El señor Rajoy, eminente registrador de la propiedad, con arrojo suficiente para que, en medio de una investigación judicial sobre presunta corrupción en el PP, se atreva a denunciar sin pruebas, sin un atisbo de documentación, que el Gobierno de un país democrático como España persigue a los miembros de su partido. No sólo eso, sino que, como diría la ministra Aído, también persiguen a “las miembras”. Denunciar que Zapatero ha creado una Gestapo española con pruebas, eso lo hace cualquiera. Pero hacerlo como Rajoy, por inspiración divina y encuesta electoral, tirando la piedra y escondiendo la mano, desviando la atención sobre el fondo de armario de don Paco Camps, eso sólo lo puede hacer un donante de rostro altamente cualificado.

O el ministro Sebastián, que, consciente de lo limitado de los sueldos en el país, tiene la bondad de permitir que España tenga las tarifas de móvil más caras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, para que la gente no pierda el tiempo tonteando con el móvil y trabaje de verdad. O los del Gobierno que han prometido un subsidio para los parados sin ningún ingreso y que ahora resulta que sólo es para tres gatos.

O Juan Luis Cebrián, consejero delegado del grupo Prisa, que dice que el Gobierno es “intervencionista e inmoral” por hacer exactamente lo que el Ejecutivo de Felipe González con su empresa, sólo que ahora él no es el favorecido, en relación con la TDT de pago. O por hablar de periodismo de calidad, cuando en la cadena de radio más importante en castellano del mundo y la emisora más rentable de España -la SER- para cubrir los incendios de Grecia, a falta de corresponsales a los que malpagarles, tiran de la crónica de una vecina española que andaba por la zona y veía el fuego desde su balcón. De Premio Pulitzer.

O aquellos que defienden que las injusticias de la Guerra Civil, mejor dejarlas como están, que “ande yo caliente” lo mismo da que el padre de un señor de Cuenca – que le tocó ser nacional- esté enterrado en una fosa común en Paracuellos del Jarama o que el abuelo de una señora de Trebujena –que estaba en el bando republicano- esté bajo una cruz perdida de una carretera secundaria por la que sólo pasan las cabras y las ovejas, que, como los cabrones, tampoco tienen memoria. No importa que en Alemania sigan metiendo cadenas perpetuas a quienes perpetraron matanzas, así pase medio siglo y así tengan 90 años, como recientemente con un tal Josef Scheungraber que mató a 14 personas en la Toscana en represalia por un ataque partisano. Porque los que defienden que se quede todo como está –“atado y bien atado”, como dijo el Generalísimo generalito-, tienen razón. No es una cuestión de memoria. Es una cuestión de vergüenza.

La lista de potenciales donantes en este país es inmensa. Por eso, teniendo más rostro que espalda como tiene el personal, extraña que hayamos tardado tanto en subirnos al tren de los trasplantes de cara. Y ahora que han descubierto el gen que nos da personalidad y nos hace únicos, bien estaría una investigación para hallar el material genético que hace de estas personas unos seres irremplazables, inigualables e insustituibles. Por la cara (dura).