Ecce Homo

Resulta más fácil hallar una ciudad egipcia de 3.500 años bajo el desierto de Luxor o vislumbrar un Caravaggio en una obra atribuida al círculo de Ribera que la «finezza» en Hispania. Después del oprobio de meses en que nuestros vecinos y, a pesar de ello, socios europeos miraban a la piel de toro por encima del hombro –como siempre, o sea– explicando la incidencia patria en supuestos hábitos antihigiénicos, ahora con menores restricciones que ellos, hay menos casos de covid que en Europa y las vacunas se ponen al ritmo del tiqui-taca con el que ganamos un Mundial y dos Eurocopas, precisamente, a Holanda y Alemania (e Italia). Para variar, deberíamos inhalar un mínimo de esperanza y exhalar algo de orgullo; principalmente porque el personal anda fatigado de pandemia y cansado del ayuno de casi todo aquello que el tiempo ha demostrado que hace que los días merezcan la pena: una cerveza a deshora, el abrazo del encuentro y la despedida, los arrebatos en las esquinas. Conviene decirles, de entrada, a nuestros colegas europeos que en la vieja Híspalis se levanta un bar para una reforma y aparece un baño árabe de cuando al Regnum Teutonicorum aún lo estaban peinando –le faltaban dos siglos–. Pero no. En España estamos ocupados en la enésima reposición guerracivilista con Vallecas como escenario. La falacia de las dos Españas y la verdad suprema de cuatro necios. Caín aparecerá un día en una fosa común con una confesión de Abel firmada por Conchita, la poligrafista de «La Máquina de la Verdad». En los ratos libres del revanchismo, se utilizan las vacunas de la esperanza como arma arrojadiza de la confrontación. El personal ya ha olvidado aquello de «vamos a salir mejores». El presidente de turno dice: «La cosa va a ir fenomenal». Y el político de la oposición, de medio ‘lao’ en el atril señala: «Todo es un despropósito; se ha perdido el tiempo; viene el fin del mundo». Alguna vez estaría bien escuchar un balance sincero, profundo, autocrítico. Conviene decir de vez en cuando algo así como que «hemos hecho esto y eso, pero –cago en la mar salada– hemos fallado en aquello». Y el político opositor, mano tendida: «No se preocupe, lo importante es seguir adelante». Y no. La cosa política desde hace tiempo viene a ser algo así como los hermanos Calatrava, que, por un lado, estaba el feo y, por otro, el más feo todavía, esto es, el horroroso. Ocurre que, al lado del segundo –el que se daba un aire a Mick Jagger–, el primero puede pasar, con dos copas y en un día bueno, por resultón. Pero no. La política Calatrava se construye a base de puentes resultones con escaso aguante y caros para la sociedad. El mercadeo de las vacunas deviene en la venta de motos averiadas. Pedro Sánchez «racanea» vacunas a Andalucía, reitera el portavoz andaluz, porque el criterio de la UE es que debe llegar «el mismo porcentaje de vacunas que de población». A renglón seguido, el titular de Salud –el señor que gestiona los pinchazos y al que cualquiera compraría un coche de segunda mano– explica que en las provincias andaluzas el reparto es como en España, por edad y riesgo, y que la responsabilidad del retraso es de «las farmacéuticas». No chirría imaginarle mercadeando investiduras pero a la especie de que el inquilino de La Moncloa sisa dosis en plan Gollum – «Es mi AstraZeneca»– igual habría que darle una vuelta. «Salir mejores» es vacunar antes a un jubilado con EPOC, de Cuenca o Setenil, que al Rey. Vacunas hay las que llegan y hacen bien Bendodo, Ximo Puig, Agamenón y su porquero en pedir más. «Quien no llora no mama» es de lo primero que enseñan en el Carranza. Pero el decoro del relato hay que salvarlo de la licantropía electoral porque no votan sólo los militantes y, así como detrás de algunos cuadros tenebristas se esconde un «Ecce Homo» de Caravaggio, después de algunas restauraciones sólo queda el trampantojo homónimo de Borja.

Carmen Rengel

XIs39r10Los organismos bioluminiscentes emiten luz transformando energía química en lumínica, en descripción de Cayo Plinio II el Viejo. Si una luciérnaga aprende a escribir, resulta que la luz se transmite como palabra. Ella está hecha de respeto y talento. Tiene algo que escasea en estos tiempos de hambre de pan y hambre de abrazos: conciencia y memoria. Y está tocada por el bendito don maldito de la más grande vocación que jamás he visto en mi vida. El día que no informe –de lo que sea, desde donde sea-, el periodismo habrá publicado su propia esquela. Se alimenta de sueños. Tiene nombre de verso y una especie de karma con Jerusalén, la tierra prometida. Habla de Soledad Gallego-Díaz, de Arturo Pérez Reverte –al que llama “el jefe”- o de Manu Leguineche como quien describe las estrellas de la constelación de Andrómeda. Y resulta que Gallego Díaz, Pérez Reverte, Leguineche y todo el oficio de periodista –de contar historias, como ella dice y sabe; de alumbrar las sombras, porque la realidad es un cuadro de Caravaggio- está en deuda con ella. Es del Atleti, porque –como todos los que ansían más que nada en el mundo la justicia-, se alinea con los que tienen todas las papeletas para perder. Con los que luchan, a pesar de que lo más probable sea la derrota. No por melancolía o masoquismo, a lo Saramago –”La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.”, decía-, sino porque sabe que el mayor éxito de una victoria consiste en aprender a ser más humilde. (Para ir con los grandes, ustedes me perdonen, vale cualquiera). Lee todo y conoce todo, que es el principio para saber que uno nunca sabe nada. Morricone debería ponerle música a sus días. Y que cante Madredeus. Porque es una mujer de cojones. O de ovarios, no se enfaden los profetas de la (falsa) igualdad. En otra vida, fue mosquetera. En ésta, es periodista. Que no es lo mismo, pero –con la que está cayendo- es igual. “El conocerme a mí mismo ya me va costando muchos momentos de abismo y el qué y el cómo y el cuándo”, cita a Rubén Darío, “Mar latino”, en su Baluarte de San Gervasio; cerca del balance de los caídos –los daños colaterales, que diría algún ‘hijodelagranputa’, en Irak, la guerra que Occidente se inventó, porque, oiga, los niños de los señores que producen armas –una industria, curiosamente, en manos de los cinco países que deciden sobre la paz mundial- también tienen que comer y derecho a que sus padres tengan fondos para comprarles alguna pistola de juguete, que el negocio hay que ir mamándolo desde chicos. Es de esas compañeras –lo ha demostrado mil veces- con las que uno sabe que si un tiro viene a ajustarte las cuentas con el destino ella se va a poner en medio para frenar el golpe. Así le cueste la vida, el suelo que pisa, el techo que habita y cambiar por completo sus días. Se inmoló hace unos meses, con la puñalada trapera que supuso el ERE –que debería incluirse como epílogo al libro de Thomas de Quincey: “El asesinato como una de las bellas artes”- en El Correo de Andalucía, sintiendo en carne propia el daño licuado de la especie. Como, dentro o fuera, nada iba a ser lo mismo, se agarró a su sueño, igual que el Principito, aprovechando una migración de pájaros silvestres, y se fue a Oriente Medio, negándose a bajar de la esperanza. Es de esas personas que no tienen por qué hacer ciertas cosas, y sin embargo, las hacen. Fronteriza, y feliz, en la frontera. Donde un sístole es de vida y un diástole es de muerte. Debería vivir en un faro, porque ilumina lo que toca. La prensa de Sevilla vale menos sin ella. El periodismo mundial se revaloriza con ella en la trinchera. Mientras ella siga, el oficio está vivo. Se llama Carmen y se apellida Rengel. Ahora escribe en Mediterráneo Sur, en Periodismo Humano, en En La Zona Cero, manda reportajes a Canal Sur –por libre, porque ella es libre-, ha sido la voz de la Ser y los ojos de El País sobre lo que se cuece en Israel. Y no se queda en los datos, se adentra en las personas, que es donde está la vida. Por las ruinas de Jerusalén –las ruinas del mundo- se la ve caminar –oídos atentos, ojos abiertos- libreta y bolígrafo en mano -mientras el mundo se impregna de formas rizadas color satén invierno-, caminando en lo alto de un sueño. Y como en otra vida fue mosquetera -igual que Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan-, dios o el diablo la guardan.