“Siete crisantemos” junto al Palacio de San Telmo

A los mitos sólo los juzga el tiempo. A Joaquín Sabina, Hijo Predilecto de madre putativa, jiennense de Madrid, madrileño de Úbeda,  lo llamó «Susana», «la tarde de febrero» que cumplió «67 tacos». «Presidenta, le dije, no me tiente, con medallas impropias de un gualtrapa, aunque si es de mi tierra y de mi gente será un honor lucirla en la solapa», recitó con  mucho arte, escasa voz y calaveras en los calcetines. «Alguna vez he dado más de lo que tengo, me han dado alguna vez más de lo que doy», cantó una vez Sabina, que sabe que «en Las Ventas se trabaja y en La Maestranza se  torea». Sabina llegó a Sevilla, recitó unos versos y cogió el AVE de vuelta a Madrid. Tiempo justo para los abrazos de Susana Díaz y selfis varios, entre ellos con el consejero de Medio Ambiente, José Fiscal, que confesaba que «Sabina ha sido siempre predilecto para mí. Desde hoy es Hijo Predilecto de toda Andalucía».

El día previo al 28F, en los fastos del PSOE en el Casino de la Exposición, Mercedes de Pablos recordaba que la consejería de Presidencia «cabía en un taxi». Treinta y seis años después, la Junta es el pesebre del 10% de la población activa andaluza De ahí, quizás, que hubiera que habilitar más alas del Teatro de la Maestranza que otros años. De ahí, por ejemplo, que se dejara ver el ex alcalde Monteseirín, flamante nuevo alto cargo a dedo de la Consejería de Salud. El titular del ramo, Aquilino Alonso, sonreía orgulloso cuando le decían, a las puertas del teatro que tres de los galardones eran para Ángel Salvatierra (especialista en trasplantes en Córdoba), Miguel Ángel Arráez (Neurocirugía en Málaga) y Medicus Mundi.

Salvatierra habló «por un quiebro de Sabina». El protocolo no entiende de mitos. Así que, bautizados como «hermanos predilectos», ambos tomaron la palabra. «No digo que sea injusto pero sí que sobrepasa mis méritos, me lo tomo como premio a los miembros del hospital», dijo Salvatierra. Habló de «un sistema sanitario que considero la joya de la corona, imperfecto pero al que todos pueden acceder y de muy alta calidad». «Hacen falta más recursos. Públicos y privados. Salud y Educación», reclamó. En «una época materialista», aludió a «la felicidad que da la entrega» con «gratitud a mis pacientes por lo que me han enseñado de la vida». Sabina bromeó sobre «la magia de Andalucía», de ahí «un hermano predilecto de tal fuste». El trovador jiennense tiró de Machado: «Estos días azules y este sol de la infancia». «Uno acepta encomiendas federales si no son desiguales y gregarias. Urge por eso, en tan inciertos días construir puentes, destruir barreras, que sea la verdiblanca la bandera de la cultura, el pan y la alegría». Señaló que «por ser buen andaluz no es necesario tocarle tantas palmas al ombligo. Mejor pasar a limpio los pecados, los ERE, la ignorancia, el desempleo. Andalucía sabe demasiado lo ingrato que es bailar con el más feo», refirió, para repasar después «el vivan las ‘‘caenas’’», «que aquí nacieron Lorca y su asesino» y «por eso a los tribunos que gobiernan les pido una patria decente, audaz, moderna, humana, justa, libre y progresista». De epitafio: «Dos versos, un cuaderno, un sacramento póstumo del mejor de los Machado, que nos dejó de noble testamento su cómo ser un andaluz honrado».

Entre el gentío, numerosos representantes de la llamada «casta»: Juanma Moreno siguió rompiendo con la tradición de Arenas de no acudir; Zoido; Antonio Sanz; Maeztu, defensor del Pueblo Andaluz, con muletas; Los del Río, cuya «Macarena» bailara Clinton; Diego Valderas, ex vicepresidente de Susana Díaz, y Juan Marín, portavoz de C’s en el Parlamento, unidos por el poderío capilar y como socios capitulares del PSOE en la Junta; los concejales Antonio Muñoz y Carmen Castreño; el ex presidente del Parlamento Torres Vela; o los consejeros de la Junta, entre ellos el actual vicepresidente, Manuel Jiménez Barrios, que al término del acto salió a fumar y a cuya pareja la Policía no dejaba volver a entrar, igual que a los concejales del pueblo de Manuel Carrasco. De los «anticasta» apenas se dejaron ver los diputados Begoña Gutiérrez y Moreno Yagüe. También, como cada 28F, «mucha, mucha Policía» –como cantó Sabina–, pendiente de la clásica manifestación a las puertas del Maestranza, que volvió a sacar en procesión a la «Santa Vagina».

Dentro del coliseo, hubo tiempo de levantar la bandera de la igualdad y, merecidamente, elevar a los altares a Alejandro Sanz, tanto por Susana Díaz –se barrunta nuevo Hijo Predilecto–, como por Sabina. Las condenas por botellas rotas en rostro de mujer son cosas del pasado, al punto que hasta la diputada y ex directora del IAM, Silvia Oñate, subrayó su talento. Parte del discurso de la presidenta sobre la importancia de los entes supramunicipales, en respuesta al pacto de Pedro Sánchez y Albert Rivera y la tentativa de supresión/cambio de nominación, debieron recordar a Sabina las que siempre ha dicho que fueron las últimas palabras de su padre -el comisario con el que se casó Adelita- en su lecho de muerte: “Ya quisiera yo saber de dónde sacan tanto dinero las diputaciones provinciales”.

La presentadora, Carmen Rodríguez, habló de un «progreso innegable» en Andalucía. Como la inercia en el autobús. Se recordó a Carlos Cano  un par de ocasiones, con los acordes de «La verdiblanca». En la antesala de las Medallas, la fiesta del PSOE a la que no invitaron a Chaves y Griñán, Escuredo, también presente ayer, se acordó de García Caparrós y señaló que «Blas Infante también era nuestro». Está al caer que se presente a Carlos Cano como socialista. «La rosa, por tener tantos significados, ya los ha perdido todos», señaló Umberto Eco. Sabina citó «El nombre de la rosa».« La barba es un hecho semiótico que permite distinguir un capuchino de un dominico», decía su autor. En el estrado había un jesuita y periodista –doble devoción y clausura–, Jaime Loring, que aguantaba para no dormitar durante el discurso, rojo en la vestimenta, de la presidenta. Israel Galván, zapatos verdes, demostró que los bailaores se mueven distinto hasta para recoger un premio. Los de IU, con Centella desprovisto ya de la luz del Congreso, esperaban a la viuda de Marcelino Camacho, Josefina Samper, que recogió el galardón con los brazos en alto, para hacerse fotos en plan «Beliebers». Pilar del Río abrazó la medalla. Susana Díaz entregó el premio a los andaluces más mediáticos entre los citados y Juan de Dios Mellado, Gracia Rodríguez, Migasa, Manuel Carrasco y María Luisa Escribano, mientras Canal Sur retransmitía con inverso entusiasmo que ante el encargo de televisar una comisión de investigación.  Al penúltimo que abrazó Díaz, tras el himno de Andalucía de Dorantes y Arcángel,  fue a un muchacho con síndrome down, días después de tumbar en el Parlamento una ley que garantice la atención temprana en Andalucía. «Siete crisantemos», que cantó Sabina, junto al Palacio de San Telmo.

 

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“La vida aparte”

Es un tipo de ley, aunque permanezca eternamente a tres asignaturas de ser abogado. Posee el alma ingrávida de las mariposas y conoce la quietud que soporta la locura. Vive rodeado de seres mágicos y cada rato con él es una aventura vital. Inquilino del claroscuro. Lo mismo se te aparece Javier Ruibal, con una legión de musas en las entrañas; que Juanjo Téllez, con esa calma de jedi de La Caleta, de Buda blanco; que Eli Ramos, con una antigua cámara para sacarle nuevos enfoques al mundo viejo. Un vodka con limón. Y a vivir la vida aparte, que, aunque así se llame su segundo álbum de estudio, es una filosofía vital y una manera de mirar la vida, que no es lo mismo, pero es igual.

No es de multitudes, es de instantes. “Las necesidades básicas son comer, beber, amar”, dice. Eso es “La Vida Aparte”. Formó parte del proyecto de los Cinco Tristes Tigres -a ver “si hay ´güevos´ de decirlo-; es una institución, por ejemplo, del Búho Real y del Libertad 8. En Madrid se tiró ocho años “a lo que salga”, currando hasta de teleoperador para compañías bancarias, negándose a estafar a las abuelitas. Hasta que saltó a “la vida aparte”.

Nadie es profeta en su tierra”, dice, sin prisas ni “hambre de éxito”, en lucha contra “la cultura del pelotazo”, del “éxito fácil”, lo que trasladado fuera de la música explica “la situación que vivimos”. El todo vale. La comida basura. Los contratos basura. Los valores tirados a la basura. “¿Para qué quiero yo un pelotazo?”, plantea con temple torero. “Yo quiero cantar mis canciones”. El precio de la libertad. Palabra de un sobreviviente de las mentiras de la sociedad, digeridas con unas pupilas tras las que esconde esquirlas de la región más profunda del infierno, del averno, que, aunque nadie lo sepa, queda justo al ladito del cielo; porque, que nadie lo olvide, al tal Lucifer –el que porta la luz- lo echaron por ser el ángel más bello de la creación. Que la envidia es mu’ mala, carajo.

Tras la participación en “Adicto” de Lara Moreno –las letras andan vestidas de su desnudez-, se ha dedicado a “vestir los temas con lo que pedía cada texto”. Del flamenco al rock. Con una soleá –o algo surgido de ella- que eriza los vellos con el único acompañamiento de unas palmas sordas. También colaboran Javier Ruibal y Leo Minax. Nuevamente, Joaquín Calderón anda tras “La vida aparte”. No es mal Caronte para que te lleve al infierno; o donde sea.

Yo lo conocí un día en que las gafas de sol le escondían mal los ojos y le dibujaban bien el rostro. Tiene perfil de navaja buena. Por dentro es hueso y talento. Le saca a las cuerdas de la guitarra cataratas de sensaciones. Bebe de Ruibal, de Antonio Vega, de Damien Rice, de Lole y Manuel, de El Cabrero, de Carlos Cano…Ambidiestro. Diapasón de auténtico. Fronterizo. “El erotismo entre blanquecino y color carne de un eucalipto de veinte años. Liso, húmedo y cuajado de lunares”. La “lateralidad” hecha música. Se le recordará, y él lo sabe, por el disco que aún no ha hecho. Su vida es “como un collage en un acantilado de cómic”, “pasa por el animal cobarde que toma el mando a ratos”, “con la de trenes que tienen la culpa del sur contigo”; “buscando siempre, pero desde ti es algo insano; viviendo siempre pero desde ti con cierto desencanto”. “Ojo que todo lo ve”, “con el cinismo de la Gioconda. Haciendo de nosotros una broma”; “descarado, adolescente, incandescente, medio dedo de frente y encima va y me dice que no se arrepiente”. Porque “sabe que el mundo está podrido” y que somos “lo peorcito de la flora y la fauna”. Condenados a añorar “obtusamente, profundamente” –ahora que “en agosto las bocas la carga el diablo”- “el sabor de la sandía” para “desafiar con las pestañas la gravedad” y “usar las manijas para meter las pulsaciones en horas suicidas”. Con la conciencia de que “ningún lugar va a ser nunca el paraíso” y de que “hay noches en el fango con mañana de regalo”. Al final de la partida, sólo quedan “nueve velas como nueve puertas abiertas” y la certeza de que nadie “quiere estar solo”. “Tu vida adentro de la mía”. “Tu boca que viene como de la selva”. Por eso: “Salud” y “que tu vida no pierda nunca tu peso ni te olvides del verbo ‘echarme de menos’” en esta “frontera marítima enlutada”, porque “me sobra espacio y falta tiempo”, “viviendo la vida aparte”. Se llama Paco y se apellida Cifuentes. Escuchen y sientan. Próxima estación: “La vida aparte”.

El último alfarero

Por la maqana. Fotos del taller de Antonio Campos. Fotos tambi}n del propio artesano con las manos en el barro, haciendo vasijas y tal. Calle Alfarerka, 22. (Llamar antes al 954 34 33 04 para concertar cita). Y aprovechando que pasais con Alfarerra, fotos de la fachada de alguna de las tiendas de ceremica de esa calle. (Pide Miguel)

Antonio Campos, en su taller de la calle Alfarería, 22. Fotografía de Aníbal González

Decía Rodin que «el modelado es la emoción que la mano experimenta en la caricia». Triana ha sido tierra de caricias fugitivas tras los callejones, y de artesanía. Caricias aún quedan, a cualquier hora, a plena luz del sol. La artesanía, ahora fugitiva, está en vías de extinción. El Ayuntamiento lleva años anunciando un museo de la cerámica que no llega, igual que tampoco se concluye la restauración del Castillo de San Jorge, que acogió la sede tormentosa de la Inquisición y cuyas ruinas sin levantar atormentan ahora a los trianeros.

En el último Pleno, previa petición del Distrito y denuncia de la oposición, el Consistorio se apresuró a asegurar que «el museo está en marcha», que «la colección Carranza estará en Triana», que «en 18 meses se acabará la obra». El primer plazo ofrecido ha concluido este año. Y aún no hay proyecto cerrado. Por un error administrativo, dicen. De momento, se limpian los hornos. El amargo don de la promesa.

Antonio Rodríguez y José Miguel González llevan toda una vida detrás del mostrador de «Rodríguez y Díaz SL, fábrica de cerámica de todas clases», vulgo Cerámica Santa Ana. La empresa existe desde 1870, aunque «se sabe que había hornos más antiguos». Gárgoris y Habis –los Rómulo y Remo de Tartessos– con toda probabilidad bebieron de las vasijas trianeras. Y las santas Justa y Rufina, las hermanas mártires y vírgenes patronas de la ciudad, fueron hijas de un humilde alfarero pagano hispanorromano.

La primera propietaria de Cerámica Santa Ana fue «la viuda de Gómez». En 1939, Eduardo y Enrique Rodríguez –«mi abuelo y mi tío abuelo», narra Antonio– se asociaron con el director artístico Antonio Kiernam. «Ahora conservamos la empresa entre ocho primos», aunque se están planteando «subastar los fondos». «Con la obra del museo, hemos tenido que alquilar una nave en Alcalá de Guadaíra y eso son gastos extras que, unido a la crisis, nos asfixian». «Lo ideal es que las obras se queden en el museo», añade José Manuel, mientras camina por las «catacumbas» de la empresa, unas instalaciones en el presente apuntaladas, en otros tiempos «con hasta 60 empleados». Entonces, había siete hornos de leña quemando eucalipto y pino y vistiendo Triana con un velo de humo.

El libro de pedidos de Cerámica Santa Ana supone un inventario de la historia, un espejo de las personas anónimas e ilustres que se acercaron en algún momento a este rincón de Triana en el que el río ya empieza a oler a mar. Vicente Aleixandre, Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia, que cuenta con un azulejo conmemorativo; la Duquesa de Alba, Carlos Cano o Almodóvar, que escribió: «Gracias por mantener la tradición. A partir de ahora, me veréis a menudo». «Sería en las películas, porque no ha vuelto», cuentan. Anthony Quinn «vino un día y se puso a pintar en el taller». Cuando le sorprendieron, le echaron, mientras repetía: «Soy Anthony Quinn», con acento mexicano. «¡Ni Antonio Quinn ni leche, fuera!».

Los dibujos para tinta china componen otro de los tesoros de Santa Ana, con sus fórmulas magistrales. “Algunos de la Expo del 29”, la mayoría de imágenes marianas. «Cada fábrica tenía sus secretos », explica José Manuel. Y su misterio. «Entre la historia y la leyenda, imprima la leyenda», decía John Ford. A la calle San Jorge, una vez, llegó un pedido de Estados Unidos. El sobre ponía: «Cerámica Santa Ana. Triana. España». La carta llegó.

Cerámica Ruiz; Pisano, con su taller en Alfarería, 45; Montalbán; Mensaque, que se mudó a Santiponce y cerró recientemente; o Santa Isabel, fundada cuando la Revolución Francesa tomó cuerpo, también tienen su propia historia, esperando ser contada en un museo que sigue en obras. Entretanto, la intrahistoria se esconde y se escribe entre las callejuelas.

Mientras en Ginebra el acelerador de partículas recrea el big-bang en busca de vibraciones del vacío, en Alfarería, un alfarero recrea en un torno el principio bíblico de la humanidad. «Oficio noble y bizarro. Entre todos el primero, pues que en la industria del barro Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro», reza un azulejo en Santa Ana. “Entre los pétalos de arcilla/ nace, sonriente,/la flor humana”, escribió Octavio Paz bajo el título “Dios que surge de una orquídea de barro”.

La historia de Antonio Campos es la de quien, sin saberlo ni quererlo, intenta alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de la vida. A la pregunta «¿El último alfarero?», responde: «El último mohicano». Más cínico y descreído que el jefe de los indios sioux. En materia de nihilismo, Triana carece de rival. Campos trabaja en su taller de Alfarería, 22, junto a su hija Ana, que pinta las piezas creadas por su padre en el torno, el invento del escita Anarcarsis. En estos tiempos de urbanizaciones con casas iguales para gente que piensa igual, Antonio se rebela ante el mal llamado «progreso». «Los alfareros se han ido extinguiendo por las máquinas. Antes, las tejas y los cántaros mantenían el sector. Los pocos jóvenes que se interesan quieren saber en meses y se necesitan años para empezar a emprender», dice. «La artesanía ha pasado a ser decorativa ». Piezas por encargo, obras personalizadas, remates, como los del Alcázar o el Alfonso XIII, son los trabajos más repetidos.

Antonio Campos lleva «desde los 13 años con barro en las manos». Entró como aprendiz cuando «la calle Alfarería estaba llena de alfareros». En Triana lleva unos 20 años, «por romanticismo». «Me encanta mi oficio. No es muy rentable. Sólo razonable», sentencia. «Ahora, como los bancos quiebran, no compran», narra, mientras acaba unos cálices. «Para eliminar y quitar pecados. Los créditos no, pero los pecados los quita», bromea. «Con la crisis hay una avalancha de fe increíble».

Antonio cree que el museo «puede ser positivo», pero no da «saltos de alegría». «El turista echa la foto y se va y, a veces, como una vez unos chinos, te piden que cantes algo. Como si en Triana todo el mundo supiera cantar», dice el «mohicano» que fuma Marlboro, como los vaqueros del anuncio, con las manos llenas de barro. Y aconseja: «Lo único importante que puede hacer el alcalde es un aparcamiento gratuito». El artesano crea el cáliz pero no bebe de él, ajeno a «la avalancha de fe». «Cuando yo muera, se acabó». Ese día, sin alfareros en Alfarería, como Eneas paseando por Cartago, habrá que responder a la tristeza: «Sunt lacrimae rerum». «Son lágrimas de las cosas».

Los barcos dejaron de crecer por la máquina de vapor, que trajo navíos lentos, insensibles al viento, con una tripulación menos exigente, como ha pasado con la artesanía. Entonces, nació el clíper, la más bella y esbelta nave. Un «beau geste», diría un francés. Un «arrebato de dignidad», diría un castizo. «Por mis cojones», dicen en Sevilla. En la calle Alfarería, ya se intuye el final de una estirpe, pero, mientras en Ginebra recrean el nacimiento de la vida en un acelerador de partículas, en Triana, el último alfarero modela en barro la última caricia.

Postales desde el Bar Giralda

Tras las puertas del Bar Giralda, más de 70 años de historia nos contemplan y otros tantos de pequeñas historias. Cotidianas, las que suceden todos los días al abrazo de una tapa y una caña. Las que conforman la intrahistoria, que decía Unamuno, que es eso que ocurre –parafraseando a Lennon– mientras los grandes nombres del mundo se empeñan en hacer otras cosas.

A partir de mañana, en el Bar Giralda también se van a hacer otras cosas. Al echar el candado, tras la puerta quedarán guardados innumerables recuerdos, ilimitados momentos y un puñado de mesas y sillas. «Hasta el infinito y más allá», pensó Francisco Sánchez González, Paco, cuando se decidió a regentar el establecimiento vinculado a su familia desde los años 30. El calendario marcaba «15 de febrero del 84». Su Documento Nacional de Identidad hablaba de 37 años. Hoy, 15 de mayo de 2007, 60 años de edad, en todos los letreros se lee «fin de trayecto».

Como los capitanes de barco, Paco, tiza blanca en la oreja, será el último en abandonar la nave, en pasar el trapo al mostrador, escoltado por las columnas dóricas de la barra y la pátina del antiguo baño árabe que albergaba el lugar.

Los clientes de toda la vida no se pueden creer la noticia. «¿Que va a cerrar?» Cara de sorpresa. «¿Es broma, no?» Cara de póker. «Mira el cartel». «Touché». El futuro del Bar Giralda, de momento, es como una película de Hitchcock: todo suspense. Está en manos de la propietaria del local. ¿Una sucursal de banco, un restaurante, un bar, una tienda? De momento, dieciséis empleados a la calle y se habla «sotto voce» de grandes cantidades por un supuesto traspaso. En cualquier caso, las pequeñas historias siguen.

Tapa y caña, «a dos con diez»
Javier Aguado, 54 años, rememora sus años de universitario, «cuando la caña y la tapa salían a ‘dos con diez’ y venía a pelar la pava». Hasta toma fotografías a los arcos de las entradas, a los bodegones de las paredes, a la antigua máquina de café expreso del rincón, rebelándose contra el rapto de su memoria sentimental. «Me da mucha pena». La última consumición: «Pastel de cabracho con mayonesa», acompañado de un zumo de tomate que, sólo aparentemente, tiene el aspecto de una cerveza rubia, «que después mi mujer me riñe».

«Habrá que conformarse con la Estrella (el otro bar de Paco)», se consuela otro cliente habitual, natural de Malta, como la cerveza y la estatuilla con forma de halcón de la novela de Dashiell Hammet. «No tengo ni que pedir», dice. «Llego y ya saben perfectamente qué quiero. Son 23 años viniendo». Solomillo al whisky es la penúltima tapa del cliente maltés.

«Es como un hijo que se casa y se va», comenta Paco. «Prefiero no pensar. El Bar Giralda es un clásico en el mundo», cuenta. Entonces, Paco, el hijo, sobrino, nieto y ahijado de hosteleros asturianos, desgrana los secretos de un establecimiento que es «una mina». Por su enclave, a la sombra de la Giralda; por su pasado como baño árabe y su decoración; y por sus historias: el Giralda alberga un poso de encuentros culturales y políticos, de veladas hasta altas horas, perennes en el imaginario sevillano. «Los ‘felipesgonzález’, ‘alfonsosguerras’, ‘antoniosburgos’ siempre han sido unos clásicos del lugar». «Y en esa mesita se sentaba habitualmente Carlos Cano», explica el todavía regente del establecimiento con el «clic» de las fotos de los clientes de fondo. «Es el día de la postal», da cuartel Pepe a la broma en medio de su cordial profesionalidad y de su rictus de kurós.

Jane Fonda, Pedro Almodóvar o Chavela Vargas también han probado alguna de las tapas de la pizarra de Paco. «Un día llegaron dos tíos muy fuertes exigiendo mesa. Eran los guardaespaldas de la reina Noor de Jordania», ante la cual corrió a besarle los pies un camarero iraní contratado en esa época, tira Paco de anecdotario. «Podría contar mil historias y no parar».

Algo tendría que contar también la Giralda, los lugares que motivan el tópico de la Sevilla especial, los bares donde tu chica –como canta Quique González– te decía «nunca más». Algo tendrían que contar las calles del barrio de Santa Cruz y los ceniceros llenos de colillas. «La suerte es una ramera de primera». «Jefe, póngame la última».

Cuando algo viejo está muriendo, y no quiere, y algo nuevo no acaba de nacer

Andalucía, tras muchos años en un segundo plano por la coincidencia de generales y autonómicas, acapara todos los focos de cara al 22M, que se presenta como una fecha para la historia en plena encrucijada para el bipartidismo. El S. XXI,  en Andalucía, en lo que a reparto de poder se refiere tras 40 años de dictadura y 35 de régimen socialista, comienza a nacer ahora por más que los libros de historia marquen el 9 de noviembre de 1989. El clientelismo andaluz  sobrevivó al Muro de Berlín.
«Todo lo que existe tiene forma; todo lo que tiene forma puede ser definido; todo lo que puede ser definido puede ser derrotado»,  decía el general Sun Bin. Las andaluzas son las elecciones que pueden marcar el fin del bipartidismo a escalana nacional y que pondrán nombre y, por tanto, ayudarán a definir a los nuevos actores de la escena política. El uno, Podemos, con la vehemencia del paquidermo en la cacharrería. El otro, Ciudadanos, con la querencia y la quietud de la pelusa, que está aunque no se vea. Otros partidos como UPyD, el PA, Vox y puede que hasta IU pese a haber sido fuerza de Gobierno, pelearán por los restos del naufragio. De los comicios puede, incluso, salir una líder nacional. Aunque ella lo niegue, Susana Díaz se presenta como candidata a presidenta de la Junta (por primera vez, hasta ahora ostenta el cargo por decisión dactilar de Griñán) y como aspirante a presidenta del Gobierno, Pedro Sánchez mediante.
La campaña electoral que arranca a las 00:00 con la clásica –y caduca– pegada de carteles, como todo el curso político, se está viendo marcada por la corrupción, con los distintos casos siguiendo su  curso. Los tiempos de la Justicia no son los políticos, dicen. Su influencia puede ser determinante por más que en 2012 sólo le diera al PP para una «triste» victoria. Ganar para perder, esa taciturna paradoja.  El mensaje de la «casta» y el alejamiento de rostros no salpicados por corrupciones o corruptelas ha llevado a las formaciones a apostar por caras nuevas para la X Legislatura. De los 109 candidatos por partido, el PSOE  ha renovado 83 (aunque blindó en la Diputación Permanente a los señalados por los ERE) y el PP, a 56.  Un total de 22 partidos, una coalición y una agrupación concurren a las elecciones. Casi 6,5 millones de electores están llamado a votar. Las encuestas dan una mayoría simple al PSOE, lo que obligaría a Díaz, que está rehuyendo de un «cara a cara» con Juanma Moreno y de la presencia de Pedro Sánchez, a pactar de nuevo. «Hay partido», dice el PP, que tiene día sí y otro también a los ministros y/o Rajoy por la región. En lo que coinciden todas las formaciones es en que el apretón final será decisivo. «Alea iacta est», señalan las formaciones ahora que el viejo grito de «Podemos» tiene copyright. «Crisis es cuando algo viejo está muriendo y algo nuevo no acaba de nacer».De Bertol Brecht en esta campaña se vuelve a la «Murga de los Currelantes» de Carlos Cano como perfecto compendio de las inquietudes que regisra el CIS. La X en las papeletas de los décimos comicios andaluces será definitoria.

Alguien voló sobre el nido de Susana Díaz

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La palabra «Sinsajo» sirve de título a la novela de Suzanne Collins que forma la tercera parte de «Los juegos del hambre» y proviene de los pájaros híbridos que aparecen en la obra y son el cruce de un sinsonte y un charlajo, un pájaro genéticamente alterado por el Capitolio. Se describe a los sinsajos como «los pájaros híbridos que son un importante símbolo de esperanza y rebelión». Collins compara a la protagonista Katniss –encarnada en el cine por Jennifer Lawrence– con un sinsajo por el hecho de que «nunca debería haber existido». El sinsajo, como Pablo Iglesias, es un ser en contra del sistema pero auspiciado, sobradamente preparado y amamantado por el propio sistema. De la Transición a esta parte, ninguna formación ha manejado la política con más perspectiva que Podemos, el partido que ha levantado la bandera de la antipolítica bajo un doble colchón marxista. De un lado, Karl y la lucha de clases, por más que termine con Carmen Lomana ofreciéndose a plancharle las camisas a Monedero vía Twitter. De otro, Groucho: «Estos son mis principios; pero si no les gustan, tengo otros». Pablo Iglesias –que viene a ser para el pueblo lo que «Rosa de España» a OT o Katniss a «Los juegos del hambre»–, en una crisis caracterizada por el aumento de personas al borde o en el umbral de la pobreza, tomó ayer el auditorio de Fibes, el Palacio de Exposiciones y Congresos de Sevilla, convertido hasta ahora por y para Susana Díaz en el velódromo de Dos Hermanas del PSOE de Felipe González; en el primer aniversario del concepto político-intelectual surgido de una serie de cabezas pensantes que han sabido aglutinar la «indignación» social española y que, previo crecimiento exponencial tertulia a tertulia, tuit a tuit, se presenta ahora como la primera fuerza en intención de voto en España según el CIS. Pablo Iglesias, como el cuco, voló ayer sobre el nido de Susana Díaz, la retó y acabó, incluso, con el auditorio en pie cantando el himno de Andalucía, tras la atribución parcial de una figura histórica y minusvalorada en la memoria autonómica  como la de Carlos Cano –la voz del PA se escucha lo mismo que a Diego Valderas en la Junta cuando reivindica el Sáhara–, «Murga de los currelantes» a capela incluida.

El cuco se encuadra en la familia de aves pertenecientes al orden de los «Cuculiformes», en la que se incluyen también los críalos, koeles, malcohas, garrapateros y correcaminos. Se trata de un pájaro que levanta mucho recelo en el orden natural. El huevo del cuco será, si no igual, muy parecido en color, tamaño y forma a los huevos del ave huésped en cuyo nido deja sus huevos. En ocasiones, las similitudes son tales que ni los ornitólogos saben diferenciarlas. Como todos los huevos son iguales, los pájaros huésped incuban y cuidan el huevo ajeno. Con la eclosión de los huevos (generalmente antes que los «originales» del nido),  el pollito del cuco no para hasta deshacerse de todos los demás huevos, empujándolos hasta tirarlos del nido o dando picotazos hasta que acaba con ellos. Así, todo el alimento que traen los padres de los pájaros huéspedes son para los cucos. Iglesias, convertido ya en un neuroma de Morton para lo que denomina partidos «tradicionales», centró su discurso en la que pasa por su más clara propuesta programática: «echar a los sinvergüenzas. Hay que echar a la casta, que se vayan a su casa». Para ello, con vocación de trabajador de Lipasam, proclamó que «hacen falta escobas, no sólo jueces». «Con gente decente, claro que cuadran las cuentas». El segundo punto programático que dejó reluciente es que «no vamos a pactar con el PP» en ningún caso, sino «todo lo contrario», crear dificultades allá donde podrían gobernar. El resto es una promesa de huir del «austericidio» como la mayoría de los dirigentes de un libro de Milan Kundera. «El momento es ahora» fue el mensaje que Iglesias trasladó a los asistentes –alrededor de 4.000, que se desplazaron por sus propios medios, sin autobuses de partido ni promesas de media pensión– a un mitin que agotó la reserva de localidades en cuatro horas. Si  los mítines de Susana Díaz en sus baños de masas recordaban a los eventos de Beyoncé, Pablo Iglesias –que ya camina como Son Goku, en una nube (de protección y focos)– hace las veces de aglutinador de tendencias, a lo Michael Jackson. Está por ver que no destiña. Los «partidos tradicionales» conservan la esperanza de que, como le pasó a la protagonista de «Los juegos del hambre» con el llamado «celebgate», algún destape de última hora –lo de Errejón y la Universidad de Málaga no terminó de cuajar–, enseñe las vergüenzas de los hombres de Pablo Iglesias y frene el vuelo del cuco. La pirotecnia sociopolítica de Podemos busca ahora una fotografía histórica, al estilo de la del «niño con el puño en alto» de la Transición, para el 31 de enero en la Puerta del Sol de Madrid; y a ello convocó a los asistentes Pablo Iglesias, a lo Lawrence (de Arabia, no Jennifer): a formar parte de «la historia», «para poder decir  a los hijos ‘yo también estuve allí’».