Última hora (para morir matando)

La última hora de hace un rato decía que han muerto dos periodistas franceses que estaban raptados en Malí. En Sevilla, 53 profesionales de la comunicación llevan varios años secuestrados y, pese a todo, con las agallas y la suprema dignidad –para entendernos, los huevos del caballo de Espartero- de arrancarse la mordaza de la boca y gritar y seguir contando las verdades del barquero, la información de la comunidad, la ciudad, la provincia; el horóscopo del día, la cartelera; la última derrota del Betis. Informando y defendiendo su empleo. La SER y El País se han hecho eco. Inma Carretero y Carlos Mármol lo cuentan mejor que yo.

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Crónica de una muerte anunciada

La valkirias, los ángeles de la muerte, se posan sobre nuestras ventanas y hasta nos guiñan un ojo, pícaras y putas, mientras tecleamos nuestro teclado sin poder fumar. Primero fueron las olivettis, ahora os toca a vosotros; parecen decir a nuestro luto de pena negra. El canto de los pájaros suena estos días al más triste réquiem de Mozart. Hoy ha cerrado La Opinión de Granada, muriendo de la mano de Francisco Ayala. Pero mañana será Onda Giralda, la delegación de El Mundo en Huelva o La Voz de Cádiz. Las campanas repican y el sepulturero prepara la fosa. Esto no ha hecho más que empezar. La Caja de Pandora, con sus truenos y sus plagas, ha sido abierta. Sigue leyendo

Carmen Rengel

XIs39r10Los organismos bioluminiscentes emiten luz transformando energía química en lumínica, en descripción de Cayo Plinio II el Viejo. Si una luciérnaga aprende a escribir, resulta que la luz se transmite como palabra. Ella está hecha de respeto y talento. Tiene algo que escasea en estos tiempos de hambre de pan y hambre de abrazos: conciencia y memoria. Y está tocada por el bendito don maldito de la más grande vocación que jamás he visto en mi vida. El día que no informe –de lo que sea, desde donde sea-, el periodismo habrá publicado su propia esquela. Se alimenta de sueños. Tiene nombre de verso y una especie de karma con Jerusalén, la tierra prometida. Habla de Soledad Gallego-Díaz, de Arturo Pérez Reverte –al que llama “el jefe”- o de Manu Leguineche como quien describe las estrellas de la constelación de Andrómeda. Y resulta que Gallego Díaz, Pérez Reverte, Leguineche y todo el oficio de periodista –de contar historias, como ella dice y sabe; de alumbrar las sombras, porque la realidad es un cuadro de Caravaggio- está en deuda con ella. Es del Atleti, porque –como todos los que ansían más que nada en el mundo la justicia-, se alinea con los que tienen todas las papeletas para perder. Con los que luchan, a pesar de que lo más probable sea la derrota. No por melancolía o masoquismo, a lo Saramago –”La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.”, decía-, sino porque sabe que el mayor éxito de una victoria consiste en aprender a ser más humilde. (Para ir con los grandes, ustedes me perdonen, vale cualquiera). Lee todo y conoce todo, que es el principio para saber que uno nunca sabe nada. Morricone debería ponerle música a sus días. Y que cante Madredeus. Porque es una mujer de cojones. O de ovarios, no se enfaden los profetas de la (falsa) igualdad. En otra vida, fue mosquetera. En ésta, es periodista. Que no es lo mismo, pero –con la que está cayendo- es igual. “El conocerme a mí mismo ya me va costando muchos momentos de abismo y el qué y el cómo y el cuándo”, cita a Rubén Darío, “Mar latino”, en su Baluarte de San Gervasio; cerca del balance de los caídos –los daños colaterales, que diría algún ‘hijodelagranputa’, en Irak, la guerra que Occidente se inventó, porque, oiga, los niños de los señores que producen armas –una industria, curiosamente, en manos de los cinco países que deciden sobre la paz mundial- también tienen que comer y derecho a que sus padres tengan fondos para comprarles alguna pistola de juguete, que el negocio hay que ir mamándolo desde chicos. Es de esas compañeras –lo ha demostrado mil veces- con las que uno sabe que si un tiro viene a ajustarte las cuentas con el destino ella se va a poner en medio para frenar el golpe. Así le cueste la vida, el suelo que pisa, el techo que habita y cambiar por completo sus días. Se inmoló hace unos meses, con la puñalada trapera que supuso el ERE –que debería incluirse como epílogo al libro de Thomas de Quincey: “El asesinato como una de las bellas artes”- en El Correo de Andalucía, sintiendo en carne propia el daño licuado de la especie. Como, dentro o fuera, nada iba a ser lo mismo, se agarró a su sueño, igual que el Principito, aprovechando una migración de pájaros silvestres, y se fue a Oriente Medio, negándose a bajar de la esperanza. Es de esas personas que no tienen por qué hacer ciertas cosas, y sin embargo, las hacen. Fronteriza, y feliz, en la frontera. Donde un sístole es de vida y un diástole es de muerte. Debería vivir en un faro, porque ilumina lo que toca. La prensa de Sevilla vale menos sin ella. El periodismo mundial se revaloriza con ella en la trinchera. Mientras ella siga, el oficio está vivo. Se llama Carmen y se apellida Rengel. Ahora escribe en Mediterráneo Sur, en Periodismo Humano, en En La Zona Cero, manda reportajes a Canal Sur –por libre, porque ella es libre-, ha sido la voz de la Ser y los ojos de El País sobre lo que se cuece en Israel. Y no se queda en los datos, se adentra en las personas, que es donde está la vida. Por las ruinas de Jerusalén –las ruinas del mundo- se la ve caminar –oídos atentos, ojos abiertos- libreta y bolígrafo en mano -mientras el mundo se impregna de formas rizadas color satén invierno-, caminando en lo alto de un sueño. Y como en otra vida fue mosquetera -igual que Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan-, dios o el diablo la guardan.

Elogio de la mancha de tinta en los dedos

Reniegan del polvo y el barro del que nacieron. Dan la espalda a su pretérito imperfecto. Niegan una vez y dos y hasta tres; como dicen que hizo San Pedro. Aprendieron a amar la palabra -la verdad última- manchándose los dedos con la tinta negra de las hojas de periódico con que el mundo envuelve el pescado y las castañas, y nosotros los regalos y los sueños.

Des-soñados, des-memoriados, des-amados. Desagradecidos. Desamparados. Y todo, con razón, la puta que mezclada con sueños -reputa- produce monstruos. Que se enteró don Francisco de Goya y Lucientes, sordo pero lúcido. “El sueño de la razón produce monstruos”.

Somos especie en extinción, que dice el maestro Del Pozo; animal herido; vista cansada; ilusión quebrada; querencia desquebrajada. Somos sudor y lágrimas; soldado de trinchera; cronista de sucesos; analista político; editorialista; el que mete el horóscopo y el tiempo. Adictos al café; escondidos tras el alcohol. “Cuchillo sin filo”; náufragos (en un castillo de naipes y) de arena. Denunciamos que denuncian; recogemos la queja, la verdad, la mentira; manipulamos; engañamos; nos vendemos; nos compramos. Como todo el puto mundo, pero por vocación. Pero con vocación.

Aquellos, los de entonces, no son los mismos y -prosa aparte- dan la espalda a su antigua condición de canalla, de plumilla, de periodista. Como el señor Burgos y su ombligo “recuadrado”, su agrio envejecer, su chiste forzado diario. “¿Periodista? Yo soy escritor”. De libros de gatos. O mi admirado y comprendido Pérez Reverte, con su rabia del 2 de mayo. “¿Periodista?”, le dices. “No, nunca; si acaso reportero”, contesta. “¿Estilo periodístico, pisha cartagenero?”. “No, monsieur. Documental”. Reniegan. ¿Por alzheimer en el alma? Por vergüenza torera.

Por los ‘hijosdelagranputa’ que nos miran desde arriba y se llevan el taco calentito cada mes, amparados en el apellido de papá y los ascensores exclusivos para el personal ejecutivo que apesta a sus muertos más frescos, aunque gasten Chanel número 5. Por los acomplejados de la vida preocupados y ocupados en marcar el terreno de su incompetencia. Por la politización exacerbada de los medios; el abuso en el manchar -“manchar, manchar”, la gran verdad de Gómez y Méndez-; por los seres sin oficio y con todo el beneficio; sin criterio profesional, educación ni humanidad. Por los palmeros y los que ponen el culo tan barato.

Decía el Gabo, desde Macondo, que el periodismo es el mejor oficio del mundo. Hemingway decía que esta profesión que nos mata, este oficio -el oficio es algo que marca de por vida; así como el minero muere minero, el plumilla muere plumilla-, el arte de juntar letras en los diarios, decía, de contar la vida, es la más bonita del mundo… si se deja a tiempo. Cabe preguntarse si el periódico se deja o te deja, pero, en cualquier caso, considerando que el placer no muere hasta que no se cuenta, un punto hedonista tenemos; y sádico, becados como estuvimos entre Sodoma y Gomorra como reporteros de guerra.

Así las cosas, yo, con mis heridas y mis pupilas cada vez más cansadas, con mi nómina huérfana de ceros y repleta de dignidad y respeto, quisiera tener de nombre y de apellido Carolina y García; Vita y Lirola; Rocío y Vázquez; Claudio J. y Castillo; Ana S. y Ameneiro; Julia y Jiménez; Fátima y Rojas; Fernando y Pérez y Ávila; Jorge y Muñoz; Felipe y Villegas; Manolo y Barea; Daniel y Cela; Isabel y Morillo;Lasida y Miguel; Carmen y Rengel; Patricia y Godino; Paco y Camero; Lucas y Haurie; Juan de la Huerga; Comesaña e Iria; Fernando de Matres; Inmaculada y Carretero; Francisco Correal; Isabel y Morillo; Cela y Daniel; Lourdes Lucio; Luz Sánchez y Mellado; José Antonio García Lorca y Sola… Ni los Pérez ni los Revertes me interesan fuera de sus libros y espadas; ni los Burgos desde el tendido nos van a decir qué es un toro, por muchos cuernos que tengan y mala baba babeen, a nosotros que ejercemos de forcados. Nosotros sabemos qué es la pasión, más allá de la Semana Santa.

Estamos en vías de extinción, sí, somos mala calaña; hierba mala que nunca muere; mas no hemos perdido la memoria y el honor y los textos -dos fuentes como mínimo-; y con las hojas de periódico con las que ellos cubren el olor a pescado de sus vísceras, nosotros los periodistas -pobres, humildes, cabrones, caines y mercurios- envolvemos la mentira de la vida para con su verdad mancharnos los dedos y rozar con nuestras yemas los sueños.