“Adopta un reportero”: retazos de una especie en peligro de extinción

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El tatuaje de la Leica M3 del 62 de su abuelo, en la diestra, le delata y esconde en tinta el cruel recuerdo de «la felicidad» hecha cámara. Un vestigio del pasado. Cualquier tiempo pasado fue anterior pero no necesariamente mejor («que también»). Un tratado del oficio de mirar y ver. De detener el tiempo en un mundo que no para. La contradicción de una foto. La antigua alquimia de encerrarse en un cuarto oscuro y parir la luz. Un proceso, un parto, ahora reducido al duelo frente a la pantalla de retina de un ordenador. «Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo», decía Hemingway. Lo único que detiene el tiempo es una fotografía. El retrato de un instante enmarcado en una ilusión de eternidad.

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“Como un horno en verano, como un frigorífico en invierno”

Sevilla 31-07-08 El calor en el Vacie Foto: Manuel Olmedo

Foto de Manuel Olmedo.

Cuando el reloj en la Campana marca las 19:00 horas, en El Vacie son las 17:30 de hace medio siglo. Cuando a Los Remedios llega el siglo XXI en metro, en el asentamiento hispalense se vive la posguerra. Y cuando el termómetro marca 39 grados en Heliópolis, se comprende que la verdadera Ciudad del Sol está un poco más allá del cementerio de San Fernando, entre Pino Montano, San Jacinto y la nada. La nada despreciable temperatura de 47 grados.

«En invierno es como un frigorífico. En verano, como un horno». Describe Ángel Montoya, portavoz vecinal, la realidad empírica de la cotidianidad de levantarse un día y otro, y otro también, en el asentamiento, un erial lleno de chabolas y casas prefabricadas. Bienvenidos al Vacie, el asentamiento chabolista más antiguo del octavo país más rico del mundo, campeón de la Eurocopa, Wimbledon y el Tour, la Armada Invencible, Fernando Alonso, Pau Gasol y demás. Población estimada: 1.000 personas. Medio de vida habitual: la chatarra y la venta ambulante. Mayor vecino censado: María Díaz Cortés, 116 años. El menor, «las decenas de bebés de pocos meses que hay». Renta media per cápita: sólo mencionarlo es de mal gusto.

En el desierto del Sáhara se registran 45 grados de media, aunque también cuenta con el récord de 58 grados a la sombra. En El Vacie, este verano «está siendo suave». Eso no quita «los 45 ó 50 grados que se alcanzan en una casa con tejado de uralita», explica el portavoz. Algunas chabolas tienen aire acondicionado; la mayoría no tiene nada.

El Ayuntamiento ha decidido instalar un par de contenedores, que dependen del mantenimiento del cementerio. En El Vacie no entra Lipasam. Los vecinos sacan «los diez o doce contenedores para que los camiones retiren la basura cuando pasan de San Jerónimo a Pino Montano». Curiosamente, el Santo Jerónimo conoció el calor del desierto y vivió varios años escondido. El Vacie, parrilla de San Lorenzo, también sirve de refugio a «maleantes y traficantes». Y, a veces, toca redada.

El Vacie es eso: inseguridad y pobreza. Pero también, y sobre todo, un erial lleno de gente a la que le ha tocado vivir allí, como a otros les toca una VPO. Gente que se busca la vida como puede, lo más cerca de la legalidad que puede, como cualquiera. Manuel Olmedo, profesional de la fotografía, da fe de ello con su último encargo. Del razonable «p’al Vacie, ojú» pasó al agradecimiento ante quienes se ofrecen a dar todo sin tener nada. «Meta el coche, que yo me encargo de que no le pase nada», dice un gitano. A la vuelta, el coche bajo la vigilancia de dos de sus hijos, «porque lo dijo el ‘papa’».

Los cerca de 40 grados a la sombra no riñen con el negro riguroso de los patriarcas. Gentes de donde pisan sus botas, con la biografía plasmada en la cara. Una cicatriz aquí, arrugas allí, sudor en la frente bajo el sombrero oscuro. Muchos soles han visto bajo los techos de uralita. 76 años esperando la sombra, escuchando promesas.

Las calles del Vacie se dividen en letras, que son diferentes formas de llamar a la pobreza. Para refugiarse de los calores, se sacan barreños y piscinas de plástico. Ahí se entretienen los niños. En la calle A vive la abuela María, posiblemente la mujer más anciana de España, 116 años contemplados por sus ojos y una realidad incierta nos contempla, sobre todo tras el rechazo a un piso del Ayuntamiento porque «es para seis meses»; «no, hasta que la abuela viva»; «entonces, nos quedamos en la calle»; uno por el otro, la casa sin barrer y la abuela en una estancia de pocos metros, «agobiada» y al resguardo del aire que le ha puesto su nieta. Hoy la han llevado a la ribera, para que se refresque. A los 116 años no aspira a la filosofía de bañarse dos veces en el mismo río; al menos, sí a bañarse sus últimos días en la misma bañera.